El dedo pulgar del ingeniero · IV
~6 min · 1246 palabras
Unas tres horas después viajábamos todos juntos en el tren rumbo desde Reading a la pequeña aldea de Berkshire. Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero hidráulico, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo mismo. Bradstreet había extendido un mapa topográfico del condado sobre el asiento y se hallaba afanado con su compás trazando un círculo con Eyford como centro.
—Ahí lo tienen —dijo—: ese círculo abarca un radio de diez millas alrededor del pueblo. El paraje que buscamos debe de hallarse cerca de esa línea perimetral. Dijo diez millas, creo recordar, caballero.
—Fue una buena hora de camino.
—¿Y cree usted que le trajeron de vuelta todo ese trecho mientras se hallaba inconsciente?
—Tuvieron que hacerlo por fuerza. Conservo un vago recuerdo, además, de haber sido alzado en brazos y transportado a alguna parte.
—Lo que no alcanzo a comprender —observé yo— es por qué razón le perdonaron la vida cuando le encontraron desmayado en el jardín: tal vez el desalmado se ablandó ante las súplicas de la mujer.
—Apenas lo creo probable: jamás he visto un rostro más inexorable en mi vida.
—¡Oh, muy pronto lo aclararemos todo! —dijo Bradstreet—. Bueno: ya he trazado mi círculo y solo desearía saber en qué punto de su perímetro se hallan las gentes que andamos buscando.
—Creo que podría poner el dedo sobre él —dijo Holmes serenamente.
—¡De veras! —exclamó el inspector—. ¿Conque ya tiene formada su opinión? Veamos quién coincide con usted: yo digo que hacia el sur, pues el terreno es más despoblado.
—Y yo digo que hacia el este —añadió mi paciente.
—Yo me inclino por el oeste —observó el agente de paisano—: hay varias aldeas muy tranquilas por allí.
—Y yo voto por el norte —dije yo—, porque no hay colinas por allí y nuestro amigo asegura que no notó que el carruaje subiera pendiente alguna.
—¡Vaya! —exclamó el inspector, riendo—. Es una bonita diversidad de pareceres: nos hemos repartido los cuatro puntos cardinales. ¿A quién otorga usted su voto de calidad?
—Todos ustedes se equivocan.
—Pero no podemos equivocarnos todos.
—¡Vaya si pueden! Este es mi punto. —Puso el dedo en el centro mismo del círculo—. Aquí es donde los encontraremos.
—Pero ¿y las doce millas de trayecto? —jadeó Hatherley.
—Seis de ida y seis de vuelta: nada más sencillo. Usted mismo afirma que el caballo estaba fresco y reluciente al subir usted al coche. ¿Cómo iba a estarlo si hubiera recorrido doce millas por caminos pesados?
—Ciertamente es una treta harto probable —observó Bradstreet pensativo—. Por supuesto, no cabe duda alguna sobre la catadura de esta banda.
—Ninguna en absoluto —dijo Holmes—: son falsificadores de moneda a gran escala y se servían de la prensa para conformar la amalgama que suplanta a la plata.
—Hace algún tiempo que sabíamos que una banda astutísima operaba por estos contornos —dijo el inspector—: han estado lanzando medias coronas por millares. Les seguimos la pista hasta Reading, pero no pudimos pasar de allí, pues borraban sus huellas de un modo que acreditaba que eran viejos zorros. Pero ahora, gracias a este afortunado azar, creo que les tenemos bien atrapados.
Pero el inspector se equivocaba, pues aquellos malhechores no estaban destinados a caer en manos de la justicia. Al entrar en la estación de Eyford divisamos una columna colosal de humo que se elevaba tras una arboleda cercana y colgaba sobre el paisaje como una inmensa pluma de avestruz.
—¿Una casa en llamas? —preguntó Bradstreet mientras el tren reemprendía la marcha.
—¡Sí, señor! —respondió el jefe de estación.
—¿Cuándo se declaró el fuego?
—He oído que durante la noche, señor; pero ha ido a más y la finca entera es una hoguera.
—¿De quién es la casa?
—Del doctor Becher.
—Dígame —interrumpió el ingeniero—: ¿es el doctor Becher un alemán muy delgado, de nariz larga y afilada?
El jefe de estación se echó a reír con ganas. —No, señor: el doctor Becher es inglés, y no hay hombre en la parroquia que tenga el chaleco mejor forrado de grasa. Pero tiene a un caballero alojado con él, un enfermo según tengo entendido, que es extranjero y a quien no le vendría mal un poco de buena carne de buey de Berkshire.
El jefe de estación no había concluido su perorata cuando ya todos echábamos a correr en dirección al incendio. El camino coronaba un otero y apareció ante nosotros un espacioso edificio encalado, vomitando llamaradas por cada resquicio y ventana, mientras en el jardín delantero tres bombas de bomberos pugnaban en vano por dominar el fuego.
—¡Esa es! —gritó Hatherley preso de viva excitación—. ¡Ahí está el paseo de grava y ahí los rosales donde caí desmayado! Aquella segunda ventana es desde la que me arrojé.
—Bien: al menos —dijo Holmes— ha tenido su venganza sobre ellos. No cabe duda de que fue su lámpara de aceite la que, al quedar aplastada por la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque ellos andaban demasiado enfrascados en su persecución para advertirlo a tiempo. Y ahora mantengan los ojos bien abiertos entre esta multitud en busca de sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que a estas horas se encuentren a cien buenas millas de distancia.
Y los temores de Holmes vinieron a confirmarse, pues desde aquel día hasta hoy jamás ha vuelto a saberse una palabra ni de la hermosa dama, ni del siniestro alemán, ni del adusto inglés. A primera hora de la mañana un campesino se había cruzado con un carro ocupado por varias personas y unos cajones muy voluminosos rodando a toda prisa hacia Reading; pero allí se desvanecieron todos los rastros de los fugitivos y hasta la proverbial agudeza de Holmes fracasó en descubrir la menor pista sobre su paradero.
Los bomberos habían quedado sumamente desconcertados ante las extrañas instalaciones que hallaron en el interior, y aún más al descubrir un pulgar humano recién cortado sobre el alféizar de una ventana del primer piso. Hacia el ocaso sus esfuerzos coronaron con éxito y sofocaron las llamas; pero no antes de que el techo se hubiera derrumbado y la casa entera quedase reducida a una ruina tan absoluta que, salvo algunos cilindros retorcidos y tuberías de hierro, ni vestigio quedó de la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro desventurado conocido. Grandes bloques de níquel y estaño fueron hallados almacenados en un cobertizo anexo, pero no se descubrió ni una sola moneda, lo que bien explicaba la presencia de aquellos pesados cajones a que se ha aludido.
Cómo nuestro ingeniero hidráulico fue transportado desde el jardín hasta el sitio donde recobró el sentido habría quedado sumido para siempre en el misterio de no ser por la tierra blanda del sendero, que nos reveló una historia sumamente elocuente: había sido trasladado a hombros por dos personas, una de las cuales calzaba pies asombrosamente menudos y la otra pies desusadamente grandes. Con toda probabilidad el silencioso inglés, menos osado o menos sanguinario que su camarada, había secundado a la mujer para poner al herido a salvo de todo peligro.
—Bueno —dijo nuestro ingeniero con tristeza al tomar asiento para regresar a Londres—: ¡menudo negocio ha sido para mí! He perdido el dedo pulgar y he perdido mis honorarios de cincuenta guineas, ¿y qué he ganado a cambio?
—Experiencia —respondió Holmes riendo—. Indirectamente puede resultarle de incalculable valor, ¿sabe? Le bastará ponerla por escrito para granjearse la reputación de ser una compañía amena durante el resto de sus días.
Fin del Episodio 35 · de 47
El dedo pulgar del ingeniero · IV
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