El dedo pulgar del ingeniero · III
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Este es mi secretario y administrador —dijo el coronel—. A propósito: tenía la impresión de haber dejado esta puerta cerrada hace un momento. Me temo que haya sentido la corriente».
—«Al contrario —respondí yo—: abrí la puerta yo mismo porque encontré la habitación un tanto cargada».
—Me lanzó una de sus miradas de recelo. «Quizá sea mejor que pasemos al negocio, entonces —dijo—. El señor Ferguson y yo le acompañaremos arriba a inspeccionar la máquina».
—«Será mejor que tome mi sombrero, supongo».
—«¡Oh, no! La máquina se halla dentro de la casa».
—«¡Cómo! ¿Excavan la tierra de batán dentro de la casa?».
—«No, no: aquí es únicamente donde la prensamos. Pero no se preocupe por eso: todo lo que deseamos que haga es examinar el aparato e indicarnos qué fallo presenta».
—Subimos juntos al piso alto: el coronel delante con la lámpara y el grueso administrador y yo a su zaga. Era una casona laberíntica, cuajada de pasillos, corredores, estrechas escaleras de caracol y puertecillas bajas cuyos umbrales estaban desgastados por las generaciones que los habían hollado. No había alfombras ni vestigio alguno de mobiliario por encima de la planta baja, mientras el yeso se desprendía de los tabiques y la humedad afloraba en manchas verdosas y malsanas. Intenté adoptar un aire lo más despreocupado posible, pero no había echado en saco roto las advertencias de la dama, por más que las hubiera desoído, y no quitaba ojo a mis dos acompañantes. Ferguson parecía un hombre adusto y taciturno, pero por las pocas palabras que pronunció comprendí que se trataba al menos de un compatriota inglés.
—El coronel Lysander Stark se detuvo al fin ante una puerta baja que abrió con una llave. En el interior había una habitación pequeña y cuadrada, en la que a duras penas cabíamos los tres a un tiempo. Ferguson permaneció afuera y el coronel me hizo pasar al interior.
—«Nos encontramos ahora —dijo él— propiamente dentro de la prensa hidráulica, y resultaría sumamente desagradable para nosotros que a alguien se le ocurriera ponerla en marcha. El techo de esta pequeña cámara es en realidad el extremo del émbolo descendente, y cae con la fuerza de muchas toneladas sobre este piso metálico. Afuera existen pequeñas columnas laterales de agua que reciben la presión y la transmiten y multiplican al modo que le es familiar. La máquina funciona con soltura, pero presenta cierta rigidez en sus movimientos y ha perdido parte de su potencia. Quizá tenga la bondad de revisarla e indicarnos cómo subsanar el defecto».
—Tomé la lámpara de sus manos y examiné minuciosamente el ingenio: era ciertamente gigantesco y capaz de ejercer una presión colosal. Al salir al exterior y accionar las palancas de mando, sin embargo, comprendí al instante por el silbido del escape que mediaba una pequeña fuga que permitía el reflujo de agua a través de uno de los cilindros laterales. La inspección reveló que una de las juntas de goma que guarnecía la cabeza de una biela se había encogido de suerte que no llenaba por completo la camisa en que trabajaba. Esa era claramente la causa de la pérdida de potencia, y se lo hice notar a mis acompañantes, quienes siguieron mis observaciones con gran atención y formularon varias preguntas prácticas sobre el modo de proceder a su reparación. Cuando se lo hube dejado bien en claro, regresé a la cámara principal de la máquina y le eché una buena mirada para satisfacer mi propia curiosidad. Bastaba una ojeada para advertir que la patraña de la tierra de batán era una burda invención, pues resultaba absurdo suponer que un ingenio tan poderoso hubiese sido concebido para un menester tan insignificante. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran artesa de hierro, y al examinarla divisé una costra de depósito metálico adherida a todo lo ancho. Me había agachado y estaba raspando aquella costra para cerciorarme de qué era exactamente cuando escuché una maldición entre dientes en alemán y vi el rostro cadavérico del coronel mirándome desde arriba.
—«¿Qué hace usted ahí?», preguntó.
—Sentí rabia al verme embaucado por una patraña tan elaborada como la que me había contado. «Estaba admirando su tierra de batán —dije yo—; creo que estaría en mejores condiciones de asesorarle sobre su máquina si supiese con exactitud a qué fin se destina».
—En el instante mismo de pronunciar las palabras me arrepentí de mi temeridad: su rostro se endureció y un fulgor siniestro brilló en sus ojos grises.
—«Muy bien —dijo—: sabrá todo lo que hay que saber sobre la máquina». Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla y echó la llave en la cerradura. Me abalancé hacia ella y tiré del picaporte, pero estaba sólidamente asegurada y no cedió en lo más mínimo a mis patadas y empellones. «¡Oiga! —grité—. ¡Oiga, coronel! ¡Ábrame!».
—Y de pronto, en medio del silencio, escuché un ruido que me heló el corazón en el pecho: era el chasquido de las palancas y el silbido del cilindro averiado. Había puesto la máquina en marcha. La lámpara permanecía aún sobre el suelo donde la había dejado al inspeccionar la artesa: a su luz vi que el negro techo se me venía encima, despacio, a sacudidas, pero —como nadie sabía mejor que yo— con una fuerza descomunal que en menos de un minuto me trituraría convirtiéndome en una masa informe. Me arrojé, chillando despavorido, contra la puerta y arañé la cerradura con las uñas. Supliqué al coronel que me dejase salir, pero el tableteo inexorable de las palancas ahogó mis lamentos. El techo distaba apenas un pie o dos de mi cabeza y con la mano levantada alcancé a palpar su superficie áspera y metálica. Me cruzó entonces por la mente la idea de que el tormento de mi muerte dependería en gran medida de la postura en que la recibiese: si me tendía de bruces el peso caería sobre mi columna vertebral, y me estremecí al imaginar aquel crujido espantoso. Mejor bocarriba, tal vez; y, con todo, ¿tendría el valor de aguardar tendido mirando aquella sombra negra y letal que descendía inexorable sobre mí? Ya no podía tenerme en pie cuando mis ojos tropezaron con algo que devolvió un torrente de esperanza a mi corazón.
—He dicho que aunque suelo y techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al lanzar una última y desesperada mirada en derredor, divisé una delgada rendija de luz amarilla entre dos de las tablas, que se fue ensanchando a medida que un pequeño panel corredizo era empujado hacia atrás. Por un instante apenas di crédito a mis ojos: allí había una portezuela que me apartaba de la muerte. Al instante siguiente me arrojé a través de ella y caí medio desvanecido al otro lado. El panel volvió a cerrarse a mis espaldas; pero el estrépito de la lámpara al hacerse añicos y, pocos instantes después, el chasquido tremendo de los dos bloques de metal chocando entre sí me advirtieron de cuán milagrosa había sido mi salvación.
—Volví en mí ante los frenéticos tirones que me daban en la muñeca y me encontré tendido en el suelo de piedra de un estrecho corredor, mientras una mujer inclinada sobre mí tiraba de mi brazo con la mano izquierda sosteniendo una vela con la derecha: era la misma buena amiga cuyas advertencias tan neciamente había desoído.
—«¡Venga! ¡Venga! —gritó sin aliento—. Estarán aquí de un momento a otro: verán que no está dentro. ¡Oh, no pierda este tiempo tan precioso y venga!».
—Esta vez al menos no desairé su consejo: me puse en pie tambaleándome y corrí con ella por el pasillo y bajé una escalera de caracol. Esta desembocaba en otra galería más ancha, y justo al alcanzarla escuchamos el tropel de unos pasos precipitados y los gritos de dos voces que se respondían la una a la otra desde el piso en que nos encontrábamos y desde la planta baja. Mi salvadora se detuvo y miró en derredor como quien se halla al borde de la desesperación; luego abrió de par en par una puerta que conducía a un dormitorio por cuya ventana entraba de lleno la luz de la luna.
—«Es su única oportunidad —dijo ella—. Está alto, pero tal vez pueda saltar».
—Al pronunciar estas palabras brilló una luz al fondo del corredor y divisé la figura descarnada del coronel Lysander Stark abalanzándose hacia nosotros con un farol en una mano y un arma semejante a una cuchilla de carnicero en la otra. Crucé el dormitorio a la carrera, abrí la ventana de golpe y miré hacia abajo: ¡qué apacible, dulce y sereno se veía el jardín a la luz de la luna! No podía haber más de treinta pies de caída. Me encaramé al alféizar, pero vacilé en saltar hasta comprobar qué ocurría entre mi bienhechora y el desalmado que me perseguía: si la maltrataba, estaba resuelto a arrostrar cualquier peligro para acudir en su auxilio. Apenas había cruzado el pensamiento por mi mente cuando el hombre llegó a la puerta, empujándola a un lado para abrirse paso; pero ella le echó los brazos al cuello e intentó contenerle.
—«¡Fritz! ¡Fritz! —le gritó en inglés—. Recuerda tu promesa de la última vez: dijiste que no volvería a ocurrir. ¡Guardará silencio! ¡Oh, guardará silencio!».
—«¡Estás loca, Elise! —chilló él, forcejeando por desasirse de ella—. Nos arruinarás a todos: ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!». La arrojó a un lado con violencia y, abalanzándose a la ventana, me descargó un tajo con su pesada arma. Yo me había soltado y colgaba de las manos del alféizar cuando cayó el golpe: sentí un dolor sordo, mis dedos cedieron y caí a plomo en el jardín.
—La caída me aturdió pero no me fracturó ningún hueso; de modo que me puse en pie y eché a correr entre los matorrales cuanto me daban las piernas, comprendiendo que distaba mucho de hallarme a salvo todavía. De súbito, empero, mientras corría me acometió un mareo atroz y una debilidad mortal: bajé los ojos hacia la mano, que me latía con atroz violencia, y entonces vi por vez primera que me habían rebanado el pulgar y que la sangre manaba a borbotones de la herida. Intenté anudarme el pañuelo alrededor, pero me zumbó la cabeza y al instante siguiente caí redondo en un desmayo profundo entre los rosales.
—Cuánto tiempo permanecí sin sentido no acierto a saberlo: debió de ser un lapso prolongadísimo, pues la luna se había ocultado y despuntaba una mañana luminosa cuando volví en mí. Mis ropas estaban empapadas de rocío y la manga de mi levita empapada de sangre proveniente del pulgar herido. El escozor me trajo a la memoria en un instante todos los pormenores de mi aventura nocturna y me puse en pie de un salto con el presentimiento de que apenas estaba a salvo de mis perseguidores. Pero para mi asombro, al mirar en derredor, ni la casa ni el jardín aparecían por ninguna parte: me hallaba tendido en un ángulo del seto junto al camino real y, un poco más abajo, se alzaba un edificio largo que resultó ser, al aproximarme, la mismísima estación a la que había llegado la noche anterior. De no mediar la espantosa mutilación de mi mano, cuanto había vivido en aquellas horas pavorosas se me habría antojado una pesadilla atroz.
—Medio aturdido entré en la estación y pregunté por el tren matutino: saldría uno hacia Reading en menos de una hora. Estaba de servicio el mismo mozo de la víspera. Le pregunté si había oído hablar alguna vez del coronel Lysander Stark: el nombre le resultaba enteramente desconocido. ¿Había visto un carruaje aguardando la noche anterior? No, no lo había visto. ¿Había alguna comisaría de policía en las cercanías? Había una a unas tres millas de distancia.
—Quedaba demasiado lejos para desplazarme hasta allí, débil y quebrantado como me encontraba. Resolví aguardar a llegar a la capital antes de exponer mi caso a la policía. Pasaban unos minutos de las seis cuando llegué a Londres, de suerte que acudí primero a hacerme curar la herida y luego el doctor tuvo la extrema bondad de traerme aquí con usted. Pongo el caso en sus manos y obraré exactamente como me aconseje.
Permanecimos ambos en silencio durante algún tiempo tras escuchar este extraordinario relato. Luego Sherlock Holmes descolgó del anaquel uno de los voluminosos libros de registro en los que pegaba sus recortes de prensa.
—Aquí hay un anuncio que le interesará —dijo—. Apareció en todos los periódicos hace cosa de un año. Escuche esto: «Desaparecido el 9 del corriente el señor Jeremiah Hayling, de veintiséis años de edad, ingeniero hidráulico. Abandonó su domicilio a las diez de la noche y nada más se ha sabido de él. Vestía...», etcétera, etcétera. ¡Ajá! Esa fue la última vez que el coronel necesitó una revisión para su máquina, me figuro.
—¡Santo Dios! —exclamó mi paciente—. Eso explica lo que decía la muchacha.
—Indudablemente. Resulta palmario que el coronel es un hombre frío y despiadado, resuelto a no consentir que nada se interponga en su camino: como esos piratas consumados que no dejan superviviente alguno en el buque apresado. Pues bien: cada minuto es precioso ahora, de modo que si se siente con ánimos nos encaminaremos a Scotland Yard en el acto como paso previo a nuestra partida hacia Eyford.
Fin del Episodio 34 · de 47
El dedo pulgar del ingeniero · III
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