Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 33

El dedo pulgar del ingeniero · II

~11 min · 2119 palabras

Le ruego que exponga su asunto, caballero —dije yo—; mi tiempo es valioso». Dios me perdone por esta última frase, pero las palabras me acudieron solas a los labios.

—«¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo?», preguntó.

—«De perlas».

—«Digo una noche de trabajo, pero una hora se aproximaría más a la verdad. Deseo simplemente su opinión profesional sobre una prensa hidráulica que se ha averiado. Si nos indica dónde está el fallo, nosotros mismos lo subsanaremos con presteza. ¿Qué le parece semejante comisión?».

—«El trabajo parece leve y los honorarios espléndidos».

—«Exactamente. Necesitaremos que venga esta noche en el último tren».

—«¿Adónde?».

—«A Eyford, en Berkshire. Es una pequeña aldea en los confines de Oxfordshire, a unas siete millas de Reading. Hay un tren desde Paddington que le dejará allí hacia las once y cuarto».

—«Muy bien».

—«Yo mismo bajaré en un carruaje a recogerle a la estación».

—«¿Hay trayecto por carretera, entonces?».

—«Sí: nuestra finca se encuentra enteramente en despoblado, a siete buenas millas de la estación de Eyford».

—«Entonces difícilmente llegaremos antes de medianoche. Supongo que no habrá posibilidad de tomar un tren de regreso: me veré forzado a pasar la noche allí».

—«Sí: fácilmente podremos improvisarle un lecho».

—«Resulta sumamente incómodo. ¿No podría desplazarme a una hora más oportuna?».

—«Hemos juzgado preferible que venga a deshora. Es para recompensarle de cualquier molestia por lo que pagamos a un hombre joven y desconocido una minuta que bastaría para recabar el dictamen de las primeras figuras de su profesión. Con todo, si prefiere desistir del asunto, está enteramente a tiempo de hacerlo».

—Pensé en las cincuenta guineas y en cuán providenciales habrían de serme. «De ningún modo —dije—; me amoldaré gustoso a sus deseos. Desearía, no obstante, comprender con un poco más de claridad qué es lo que espera que haga».

—«Muy natural: es lógico que la promesa de secreto que le hemos exigido haya excitado su curiosidad. No deseo comprometerle en nada sin ponérselo todo de manifiesto. ¿Supongo que estamos a salvo de oídos indiscretos?».

—«Por entero».

—«Pues bien: la cuestión es la siguiente. Sabrá probablemente que la tierra de batán es un producto valioso y que solo se encuentra en uno o dos parajes de Inglaterra».

—«Así lo he oído decir».

—«Hace algún tiempo adquirí una pequeña finca —muy pequeña— a unas diez millas de Reading. Tuve la fortuna de descubrir un yacimiento de tierra de batán en uno de mis prados. Al examinarlo, empero, comprobé que era relativamente reducido y que formaba el nexo entre otros dos yacimientos infinitamente mayores a derecha e izquierda, situados ambos en tierras de mis vecinos. Esas buenas gentes ignoraban por completo que sus terrenos albergaban algo tan valioso como una mina de oro. Naturalmente, me convenía adquirir sus fincas antes de que descubriesen su verdadero valor; pero por desgracia carecía del capital necesario para ello. Confié el secreto a unos pocos amigos y me sugirieron que explotásemos con sigilo nuestro modesto yacimiento para allegar los fondos que nos permitiesen comprar las tierras contiguas. Esto es lo que venimos haciendo desde hace algún tiempo, y para auxiliarnos en las faenas instalamos una prensa hidráulica. Dicha máquina, como le he explicado, se ha descompuesto y deseamos su dictamen técnico. Guardamos celosamente nuestro secreto, no obstante, y si llegara a saberse que acuden ingenieros hidráulicos a nuestra casa suscitaría comentarios, y si la verdad saliera a la luz diríamos adiós a toda posibilidad de comprar esos campos. Por esa razón le hice prometer que no revelaría a alma viviente que viaja a Eyford esta noche. Confío en haberme explicado con entera claridad».

—«Le sigo perfectamente —respondí yo—. El único extremo que no alcanzaba a comprender era qué empleo podía darse a una prensa hidráulica en la extracción de tierra de batán, que según tengo entendido se saca como la grava de una cantera».

—«¡Ah! —dijo con desdén—; tenemos nuestro propio procedimiento: prensamos la arcilla en ladrillos para poder transportarla sin que se sepa de qué se trata. Pero eso es un mero detalle. Le he otorgado mi plena confianza, señor Hatherley, y le he demostrado hasta qué punto confío en usted. —Se levantó al hablar—. Le aguardaré, pues, en Eyford a las once y cuarto».

—«Allí estaré sin falta».

—«Y ni una sola palabra a nadie». Me miró con una última mirada inquisitiva y penetrante y luego, apretándome la mano con un apretón frío y húmedo, salió presuroso de la habitación.

—Pues bien: cuando me puse a cavilar sobre todo ello a sangre fría quedé sumamente asombrado, como pueden suponer, ante este repentino encargo que se me había confiado. Por un lado me alegraba, ciertamente, pues la remuneración decuplicaba la que yo habría pedido de haber tasado mis servicios, y cabía esperar que este trabajo me deparase otros. Por otro lado, la facha y los modales de mi cliente me habían causado una impresión desagradable, y no me parecía que su explicación sobre la tierra de batán bastase para justificar la necesidad de que me trasladase a medianoche ni su extremada inquietud por que no comentara mi encargo con nadie. Arrojé todos los temores por la borda, sin embargo: cené copiosamente, tomé un carruaje hacia Paddington y emprendí el viaje, habiendo observado al pie de la letra la consigna de guardar silencio.

—En Reading tuve que mudar no solo de vagón sino de estación. Llegué a tiempo, no obstante, para el último tren a Eyford y alcancé la modesta y mal iluminada estación pasadas las once de la noche. Fui el único pasajero que se apeó allí y en el andén no había nadie salvo un solitario mozo soñoliento con un farol. Al franquear la cancela de salida, empero, encontré a mi conocido de la mañana aguardando en la sombra al otro lado. Sin mediar palabra me asió del brazo y me introdujo precipitadamente en un carruaje cuya portezuela permanecía abierta. Levantó los cristales a ambos lados, dio unos golpecitos en la madera y partimos a todo el galope que daba el caballo.

—¿Un solo caballo? —intercaló Holmes.

—Sí, uno solo.

—¿Se fijó en el color?

—Sí, lo vi a la luz de los faroles laterales al subir al coche: era castaño.

—¿Parecía fatigado o fresco?

—¡Oh, fresco y reluciente!

—Gracias. Perdone la interrupción: tenga la bondad de continuar su interesantísimo relato.

—Echamos a andar, pues, y rodamos durante al menos una hora entera. El coronel Lysander Stark había dicho que apenas mediaban siete millas; pero a juzgar por la velocidad y por el tiempo transcurrido, me parece que debieron de ser más cerca de doce. Permaneció sentado a mi vera en silencio todo el tiempo, y advertí más de una vez que me miraba con fijeza. Los caminos rurales no debían de ser muy buenos por aquellos pagos, pues dimos unos barquinazos y sacudidas terribles. Intenté mirar por las ventanillas para orientarme, pero los cristales eran esmerilados y solo alcancé a divisar el borrón fugaz de alguna luz lejana. De tarde en tarde aventuraba algún comentario para romper la monotonía del trayecto, pero el coronel solo respondía con monosílabos y la conversación no tardó en extinguirse. Al fin, sin embargo, los baches cesaron para dar paso a la suave grava de un paseo particular y el coche se detuvo. El coronel Lysander Stark saltó al suelo y, al seguirle yo los pasos, me introdujo rápidamente en un pórtico que se abría ante nosotros. Pasamos prácticamente del carruaje al vestíbulo sin que me fuera posible echar la más fugaz ojeada a la fachada de la casa. En el instante en que crucé el umbral, la puerta se cerró pesadamente a nuestras espaldas y escuché a lo lejos el traqueteo de las ruedas del coche alejándose.

—En el interior de la mansión reinaba una oscuridad absoluta, y el coronel anduvo a tientas buscando fósforos y mascullando entre dientes. De pronto se abrió una puerta al fondo del pasillo y una ancha franja dorada de luz se proyectó hacia nosotros. Se ensanchó y apareció una mujer con una lámpara en la mano alzada sobre la cabeza, inclinando el rostro hacia delante para escudriñarnos. Pude ver que era hermosa, y por el brillo con que la luz arrancaba destellos de su vestido oscuro comprendí que era de rica tela. Pronunció unas pocas palabras en lengua extranjera con entonación de pregunta, y cuando mi acompañante le respondió con un áspero monosílabo dio tal respingo que la lámpara estuvo a punto de caérsele de las manos. El coronel Stark se acercó a ella, le susurró algo al oído y luego, empujándola de nuevo hacia el cuarto del que había salido, avanzó hacia mí con la lámpara en la mano.

—«Quizá tenga la bondad de aguardar en esta habitación unos minutos —dijo, abriendo otra puerta». Era un aposento pequeño y sobriamente amueblado, con una mesa redonda en el centro sobre la cual se hallaban dispersos varios libros en alemán. El coronel Stark depositó la lámpara sobre un armonio junto a la puerta: «No le haré esperar un instante», dijo; y se desvaneció en la tiniebla.

—Eché una ojeada a los volúmenes sobre la mesa y, a pesar de mi ignorancia del alemán, alcancé a ver que dos de ellos eran tratados científicos y los restantes libros de poesía. Me acerqué entonces a la ventana confiando en divisar el campo, pero un postigo de roble sólidamente atrancado la clausuraba por completo. Era una casa asombrosamente silenciosa: un viejo reloj hacía sonar su tictac sonoro en alguna parte del pasillo, pero fuera de eso todo permanecía en calma sepulcral. Una vaga sensación de desasosiego comenzó a apoderarse de mí. ¿Quiénes eran aquellos alemanes y qué hacían habitando aquel paraje tan apartado y solitario? ¿Y dónde se hallaba aquel lugar? Me encontraba a unas diez millas de Eyford, eso era cuanto sabía; pero si al norte, sur, este u oeste, no tenía la más remota idea. Para el caso, Reading y otras poblaciones importantes caían dentro de ese radio, de modo que el sitio tal vez no estuviese tan incomunicado después de todo. Con todo, la quietud absoluta denotaba con certeza que nos hallábamos en pleno campo. Paseé arriba y abajo por la estancia, tarareando una melodía por lo bajo para animarme y sintiendo que me ganaba cumplidamente mis cincuenta guineas.

—De repente, sin el menor rumor previo en mitad de aquel silencio absoluto, la puerta de mi cuarto giró despacio sobre sus goznes: la mujer apareció en el umbral, con la oscuridad del pasillo a sus espaldas y la luz amarilla de mi lámpara bañando su hermoso y angustiado rostro. Vi a primera ojeada que se hallaba consumida por el pánico, y el espectáculo me produjo un estremecimiento en el corazón. Alzó un dedo trémulo imponiéndome silencio y me lanzó unas pocas palabras en un inglés entrecortado, mientras sus ojos miraban hacia atrás, como los de un caballo espantado, hacia la penumbra del pasillo.

—«Yo me iría —dijo, esforzándose visiblemente por hablar con calma—; yo me iría. No debería quedarse aquí: nada bueno tiene que hacer aquí dentro».

—«Pero, señora —respondí yo—, aún no he cumplido aquello para lo que vine: me es imposible marcharme sin haber examinado la máquina».

—«No vale la pena esperar —continuó ella—. Puede cruzar la puerta: nadie se lo impide». Y luego, al ver que yo sonreía y negaba con la cabeza, se despojó de pronto de su reserva, dio un paso al frente y apretó las manos con vehemencia: «¡Por amor del cielo! —susurró—. ¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!».

—Pero soy hombre algo testarudo por naturaleza y tanto más dispuesto a acometer una empresa cuanto mayores obstáculos se alzan en el camino. Pensé en mis cincuenta guineas, en mi penoso viaje y en la noche incómoda que se me avecinaba. ¿Iba a quedar todo en agua de borrajas? ¿Por qué habría de marcharme con el rabo entre las piernas sin haber cumplido mi cometido y sin el estipendio que en justicia me correspondía? Aquella mujer bien podía ser una demente, por lo que yo sabía. Con ademán resuelto, por ende, aunque sus modales me habían impresionado más de lo que gustaba confesar, volví a mover la cabeza negativamente y declaré mi propósito de permanecer donde estaba. Se disponía a reiterar sus súplicas cuando una puerta se cerró de golpe en la planta alta y sonaron pasos de varias personas en la escalera: escuchó un instante, alzó las manos con ademán desesperado y se esfumó tan súbita y silenciosamente como había venido.

—Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con barba de chinchilla asomando entre los pliegues de su doble papada, a quien me presentaron con el nombre de Ferguson.

Fin del Episodio 33 · de 47

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