Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 32

El dedo pulgar del ingeniero · I

~11 min · 2244 palabras

De todos los problemas que fueron sometidos a mi amigo el señor Sherlock Holmes para su resolución durante los años de nuestra intimidad, solo hubo dos en los que yo fui el conducto para ponerlos en su conocimiento: el del dedo pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De estos últimos tal vez el segundo ofreciera un campo más propicio para un observador agudo y original; pero el primero era tan insólito en su planteamiento y tan dramático en sus detalles que bien merece ser consignado en estas páginas, aun cuando brindase a mi amigo menos ocasiones para aquellos métodos de razonamiento deductivo merced a los cuales alcanzaba resultados tan sorprendentes. La historia ha sido relatada, creo, más de una vez en los periódicos; pero como ocurre con todas las narraciones semejantes, su efecto resulta infinitamente menos vivo cuando se expone en bloque en media columna impresa que cuando los hechos van desgranándose despacio ante los propios ojos y el enigma se aclara gradualmente a medida que cada nuevo descubrimiento aporta un paso que conduce hacia la verdad absoluta. En su momento las circunstancias me causaron una honda impresión, y el transcurso de dos años apenas ha servido para debilitar su efecto.

Fue en el verano de 1889, poco después de contraer matrimonio, cuando acaecieron los sucesos que me dispongo a resumir. Había regresado al ejercicio de la medicina civil y abandonado definitivamente a Holmes en sus habitaciones de Baker Street, si bien continuaba visitándole con asiduidad y en ocasiones lograba persuadirle de que renunciara a sus costumbres bohemias hasta el extremo de venir a vernos. Mi consulta había aumentado de modo constante, y como daba la casualidad de que residía a escasa distancia de la estación de Paddington, contaba con algunos pacientes entre los empleados ferroviarios. Uno de ellos, a quien había librado de una dolorosa y pertinaz dolencia, no se cansaba jamás de pregonar mis virtudes y de enviarme a cuantos enfermos caían bajo su radio de influencia.

Una mañana, poco antes de las siete, me despertaron unos golpecitos de la doncella en la puerta avisándome de que dos hombres procedentes de Paddington aguardaban en la sala de consulta. Me vestí a escape, pues sabía por experiencia que los casos del ferrocarril rara vez resultaban triviales, y bajé apresuradamente las escaleras. Mientras descendía, mi viejo aliado el guardia salía de la consulta, cerrando la puerta con sigilo a sus espaldas.

—Se lo tengo aquí dentro —susurró, señalando con el pulgar por encima del hombro—; está en buen recaudo.

—¿De qué se trata, entonces? —pregunté, pues sus modales sugerían que había enjaulado a alguna fiera extraña en mi gabinete.

—Es un nuevo paciente —cuchicheó—. Pensé en traérselo yo mismo para que no se me escapase por el camino. Ahí lo tiene, sano y salvo. Debo marcharme ahora, doctor: tengo mis obligaciones, exactamente igual que usted. —Y se fue a toda prisa, aquel leal propagandista, sin darme tiempo siquiera a darle las gracias.

Entré en la sala de consulta y encontré a un caballero sentado junto a la mesa. Vestía con sobriedad un traje de paño de tweed jaspeado, con una gorra de tela suave que había depositado sobre mis libros. Llevaba envuelta una mano en un pañuelo cuajado de manchas de sangre. Era joven, de no más de veinticinco años a mi parecer, de facciones enérgicas y viriles; pero se hallaba sumamente pálido y me causó la impresión de un hombre sometido a una violenta agitación que le costaba todo su aplomo reprimir.

—Siento mucho despertarle tan temprano, doctor —dijo—, pero he sufrido un gravísimo accidente durante la noche. Llegué en tren esta mañana y, al preguntar en Paddington dónde podría encontrar a un médico, un digno empleado tuvo la gentileza de acompañarme hasta aquí. Entregué mi tarjeta a la doncella, pero veo que la ha dejado sobre la mesita.

La tomé y la leí de una ojeada: «Señor Victor Hatherley, ingeniero hidráulico, Victoria Street, 16A (tercer piso)». Tales eran el nombre, profesión y domicilio de mi matutino visitante. —Lamento haberle hecho esperar —dije, sentándome en mi sillón de despacho—. Viene recién llegado de un viaje nocturno, según entiendo: faena monótona de por sí.

—¡Oh, mi noche difícilmente podría calificarse de monótona! —exclamó; y rompió a reír. Reía con sonora estridencia, con una carcajada aguda y descompuesta, echándose hacia atrás en el asiento y sacudiendo los costados. Todos mis instintos médicos se sublevaron contra aquella risa histérica.

—¡Basta! —grité—; ¡serénese! —y le serví un vaso de agua de una garrafa.

Fue inútil, no obstante: se hallaba presa de uno de esos arrebatos de histeria que asaltan a una naturaleza vigorosa cuando una gran crisis ha pasado ya. Poco a poco recobró el dominio de sí mismo, fatigadísimo y con el rostro lívido.

—He hecho un papel ridículo —balbuceó.

—En modo alguno. Beba esto. —Añadí un chorro de coñac al agua y el color comenzó a retornar a sus mejillas exangües.

—¡Eso está mejor! —dijo—. Y ahora, doctor, quizá tenga la bondad de atender a mi pulgar o, mejor dicho, al sitio donde solía estar mi pulgar.

Se desenrolló el pañuelo y extendió la mano. Verla causó un estremecimiento incluso a mis curtidos nervios profesionales: quedaban cuatro dedos intactos y una superficie roja, esponjosa y horrible donde debía alzarse el pulgar. Había sido segado o arrancado limpiamente desde la raíz.

—¡Santo Dios! —exclamé—. Esta es una herida espantosa. Debe de haber sangrado copiosamente.

—Sí, así fue. Me desmayé cuando ocurrió y creo que debí de permanecer inconsciente durante largo tiempo. Al volver en mí comprobé que seguía manando sangre, de modo que me até un extremo del pañuelo con fuerza alrededor de la muñeca y lo apreté con una ramita a modo de torniquete.

—¡Excelente! Debería haber sido usted cirujano.

—Es una cuestión de hidráulica, como ve: entraba de lleno en mi terreno.

—Esto ha sido hecho —dije, examinando la herida— con un instrumento sumamente pesado y afilado.

—Un objeto parecido a una cuchilla de carnicero —dijo él.

—¿Un accidente, presumo?

—En modo alguno.

—¡Cómo! ¿Una agresión criminal?

—Sumamente criminal, en verdad.

—Me horroriza lo que dice.

Lavé la herida con la esponja, la desinfecté, le apliqué las curas y finalmente la envolví con apósitos de algodón y vendajes fenicados. El joven permaneció recostado sin un mal gesto, aunque se mordía los labios de cuando en cuando.

—¿Qué tal se siente? —le pregunté al concluir.

—¡Magníficamente! Entre su coñac y su vendaje me siento un hombre nuevo. Me hallaba sumamente débil, pero es que he tenido que pasar por un trance tremendo.

—Tal vez fuera mejor que no hablase del asunto por ahora: resulta evidente que sus nervios han sufrido una dura prueba.

—¡Oh, no, ahora no! Tendré que exponer mi caso a la policía; pero entre nosotros: de no mediar el testimonio concluyente de esta herida mía, me sorprendería que diesen crédito a mi relato, pues es extraordinario en grado sumo y apenas dispongo de pruebas materiales con que corroborarlo; y aun si me creyeran, las señas que puedo facilitarles son tan vagas que dudo mucho que llegue a hacerse justicia.

—¡Ajá! —exclamé—. Si encierra el carácter de un enigma que desea ver resuelto, le recomendaría encarecidamente que acuda a mi amigo el señor Sherlock Holmes antes de dirigirse a la policía oficial.

—¡Oh, he oído hablar de ese caballero! —respondió mi visitante—, y me complacería infinito que se hiciera cargo del caso, aunque naturalmente tendré que recurrir a la policía oficial también. ¿Tendría la bondad de darme una carta de presentación para él?

—Haré algo mejor: le acompañaré yo mismo.

—Se lo agradecería en el alma.

—Pediremos un carruaje e iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo de desayunar con él. ¿Se siente con ánimos?

—Sí: no me sentiré tranquilo hasta haber contado mi historia.

—Entonces mi doncella llamará un coche y estaré con usted en un santiamén. —Subí apresuradamente las escaleras, expliqué brevemente el asunto a mi esposa y en cinco minutos rodaba en un coche de punto con mi nuevo conocido con rumbo a Baker Street.

Sherlock Holmes se hallaba, como era de esperar, paseando por su sala de estar en batín, leyendo la sección de anuncios de The Times y fumando su pipa anterior al desayuno, cargada con las colillas y restos de tabaco de las fumadas del día anterior, cuidadosamente secados y recogidos en una esquina de la chimenea. Nos recibió con su afabilidad tranquila y característica, encargó lonchas de tocino y huevos frescos y compartió con nosotros un sustancioso desayuno. Al terminar acomodó a nuestro acompañante en el sofá, le puso una almohada bajo la cabeza y le dejó al alcance de la mano un vaso de agua con coñac.

—Es fácil advertir que su experiencia no ha sido vulgar, señor Hatherley —dijo—. Échese ahí y siéntase como en su propia casa. Cuéntenos cuanto pueda, pero deténgase si se fatiga y reponga fuerzas con un poco de estimulante.

—Gracias —respondió mi paciente—; me siento otro hombre desde que el doctor me vendó, y creo que su desayuno ha completado la cura. Ocuparé el menor tiempo posible de su valiosa atención, de modo que comenzaré de inmediato a relatar mis extrañas vivencias.

Holmes se arrellanó en su amplio sillón con esa expresión fatigada y de párpados caídos que velaba su naturaleza viva y penetrante, mientras yo tomaba asiento enfrente de él y escuchábamos ambos en silencio la singular narración que nuestro visitante pasó a exponernos.

—Han de saber —dijo— que soy huérfano y soltero y que vivo solo en una casa de huéspedes en Londres. De profesión soy ingeniero hidráulico y adquirí considerable experiencia durante los siete años que pasé como aprendiz en Venner & Matheson, la acreditada empresa de Greenwich. Hace dos años, habiendo cumplido mi tiempo de aprendizaje y habiendo recibido asimismo una regular suma por fallecimiento de mi desventurado padre, resolví establecerme por mi cuenta y abrí despacho profesional en Victoria Street.

—Supongo que todo el mundo encuentra sus primeros comienzos independientes en los negocios una experiencia desoladora; para mí ha resultado excepcionalmente dura. En dos años he tenido tres consultas y un trabajillo de nada: eso es absolutamente todo cuanto me ha reportado mi profesión. Mis ingresos brutos ascienden a veintisiete libras y diez chelines. Todos los santos días, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, aguardaba en mi modesto despachito hasta que el corazón comenzó a flaquearme y me convencí de que jamás llegaría a tener clientela.

—Ayer, sin embargo, justo cuando me disponía a marcharme, entró mi empleado para anunciarme que un caballero aguardaba deseoso de verme por negocios. Traía una tarjeta en la que figuraba grabado el nombre del «coronel Lysander Stark». Pegado a sus talones venía el coronel en persona: un hombre que pasaba de la mediana estatura pero de una delgadez espantosa. No creo haber visto jamás a un ser humano tan descarnado: todo su rostro se afilaba en nariz y barbilla y la piel de sus mejillas aparecía tirante sobre los pómulos salientes. Y, con todo, aquella demacración parecía constituir su estado natural y no el fruto de una enfermedad, pues su mirada era brillante, su paso ágil y su porte resuelto. Vestía con sobriedad y pulcritud y su edad, a juzgar por su aspecto, se aproximaba más a los cuarenta que a los treinta.

—«¿El señor Hatherley? —dijo con cierto dejo de acento alemán—. Me ha sido recomendado usted, señor Hatherley, como hombre no solo competente en su profesión sino además discreto y capaz de guardar un secreto».

—Hice una inclinación de cabeza, sintiéndome tan halagado como cualquier joven ante semejante elogio. «¿Puedo preguntar quién me recomendó de forma tan lisonjera?».

—«Bueno: quizá sea mejor que no se lo diga en este preciso momento. Sé por ese mismo conducto que es usted huérfano y soltero y que reside solo en Londres».

—«Exactamente —respondí—; pero me dispensará si le digo que no alcanzo a ver qué relación guarda todo esto con mis aptitudes profesionales. ¿No era de un asunto profesional de lo que deseaba hablarme?».

—«Indudablemente. Pero ya verá cómo cuanto digo viene muy al caso. Tengo un encargo profesional para usted, pero el secreto más absoluto resulta enteramente imprescindible: secreto absoluto, ¿comprende? Y naturalmente cabe esperar más discreción de un hombre solo que de quien vive en el seno de su familia».

—«Si prometo guardar un secreto —dije yo—, puede tener la absoluta seguridad de que lo cumpliré».

—Me miró fijamente al hablar y se me antojó que jamás había visto unos ojos tan recelosos y escrutadores.

—«¿Lo promete, entonces?», dijo al fin.

—«Sí, lo prometo».

—«¿Silencio absoluto y completo antes, durante y después? ¿Ninguna mención del asunto en absoluto, ni de palabra ni por escrito?».

—«Ya le he dado mi palabra».

—«Muy bien». Se puso en pie de un salto repentino y, cruzando la habitación como un rayo, abrió la puerta de par en par: el pasillo exterior estaba desierto.

—«Todo en orden —dijo, regresando a mi lado—. Sé que los pasantes son a veces curiosos respecto a los asuntos de sus amos. Ahora podemos hablar con entera seguridad». Acercó su silla muy cerca de la mía y comenzó a mirarme de nuevo con aquella misma expresión inquisitiva y meditabunda.

—Una sensación de repugnancia y de algo parecido al miedo comenzó a nacer en mi interior ante las extravagancias de aquel hombre esquelético. Ni siquiera mi pavor a perder un cliente logró impedir que exteriorizase mi impaciencia.

Fin del Episodio 32 · de 47

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