La banda de lunares · IV
~6 min · 1193 palabras
—¿La ve usted, Watson? —gritó—. ¿La ve?
Pero yo no veía nada. En el instante en que Holmes encendió la cerilla escuché un silbido suave y claro; pero el repentino fulgor en mis ojos fatigados me impidió distinguir contra qué descargaba mi amigo golpes tan salvajes. Pude ver, sin embargo, que su rostro estaba mortalmente pálido y desencajado de horror y repulsión. Había cesado de golpear y contemplaba fijamente el respiradero cuando de pronto rasgó el silencio de la noche el alarido más espantoso que jamás haya escuchado: fue cobrando fuerza, un bramido ronco de dolor, pánico y rabia mezclados en un único chillido desgarrador. Cuentan que allá abajo en la aldea, y aun en la lejana rectoría, aquel alarido hizo saltar a los durmientes de sus lechos. Nos heló la sangre en las venas y permanecí mirando a Holmes, y él a mí, hasta que los últimos ecos se extinguieron en el mismo silencio del que habían brotado.
—¿Qué significa esto? —jadeé.
—Significa que todo ha terminado —respondió Holmes—. Y tal vez, después de todo, sea lo mejor. Tome su revólver y entraremos en la habitación del doctor Roylott.
Con semblante grave encendió la lámpara y nos guio a lo largo del pasillo. Dos veces golpeó la puerta del aposento sin obtener respuesta del interior. Giró entonces el picaporte y entró, siguiéndole yo los pasos con el revólver amartillado en la mano.
Era un cuadro singularísimo el que se ofreció a nuestros ojos: sobre la mesa descansaba una linterna sorda con la rejilla entornada, arrojando un haz luminoso sobre la caja fuerte de hierro, cuya puerta se hallaba entornada. Junto a la mesa, en la tosca silla de madera, permanecía sentado el doctor Grimesby Roylott, envuelto en un largo batín gris que dejaba al descubierto sus tobillos descarnados, calzados en unas babuchas turcas encarnadas sin talón. Sobre su regazo reposaba la fusta corta con el lazo corredizo que habíamos observado durante el día. Tenía la barbilla levantada y sus ojos permanecían clavados en una mirada rígida y espantosa hacia un rincón del techo. Alrededor de la frente llevaba una extraña cinta amarilla, salpicada de manchas parduscas, que parecía ceñirle fuertemente la cabeza. Al entrar nosotros no hizo el menor movimiento ni profirió sonido alguno.
—¡La banda! ¡La banda de lunares! —susurró Holmes.
Di un paso al frente. Al instante aquella extraña diadema comenzó a moverse, y de entre su cabello emergió la cabeza achatada en forma de rombo y el cuello hinchado de una serpiente repulsiva.
—¡Es una víbora de los pantanos! —exclamó Holmes—: la serpiente más mortífera de la India. Ha muerto a los diez segundos escasos de recibir la mordedura. La violencia, en verdad, recae sobre el violento, y el malhechor cae en la misma fosa que cavó para otro. Metamos a este bicho en su guarida; luego podremos poner a salvo a la señorita Stoner en algún refugio y dar cuenta a la policía del condado de lo sucedido.
Al hablar arrebató diestramente la fusta del regazo del difunto y, pasando el lazo corredizo alrededor del cuello del reptil, lo arrancó de su espantoso posadero y, sosteniéndolo a distancia con el brazo extendido, lo arrojó dentro de la caja de caudales, cerrando la pesada puerta de hierro sobre él.
Tales son los hechos verídicos sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran. No es menester que prolongue un relato que ha alcanzado ya demasiada extensión refiriendo cómo comunicamos la triste noticia a la aterrorizada muchacha, cómo la trasladamos en el tren de la mañana al amparo de su buena tía en Harrow, ni cómo las lentas diligencias judiciales concluyeron que el doctor halló la muerte al jugar imprudentemente con una peligrosa fiera exótica. Lo poco que me restaba por averiguar del asunto me lo refirió Sherlock Holmes durante el viaje de regreso al día siguiente.
—Había llegado —dijo él— a una conclusión enteramente errónea, lo cual demuestra, mi querido Watson, cuán peligroso resulta siempre razonar a partir de datos insuficientes. La presencia de los gitanos y el empleo de la palabra «banda», utilizada sin duda por la pobre muchacha para describir lo que había vislumbrado a la luz fugaz de su cerilla, bastaron para descarriarme por una pista falsa. Solo puedo atribuirme el mérito de haber rectificado mi criterio en cuanto comprendí que el peligro que amenazaba al ocupante del cuarto no podía proceder ni de la ventana ni de la puerta. Mi atención se dirigió enseguida, como ya le comenté, a ese respiradero y al cordón de la campanilla que colgaba sobre la cama. El descubrimiento de que era fingido y de que la cama estaba atornillada al suelo hizo nacer de inmediato la sospecha de que la cuerda servía de puente para que algo cruzase por el orificio y alcanzase el lecho. La idea de una serpiente se me ocurrió al punto, y al unirla al conocimiento de que el doctor se proveía de alimañas de la India, comprendí que probablemente marchaba por buen camino. La ocurrencia de recurrir a un veneno indetectable por cualquier análisis químico era propia de un hombre astuto y desalmado educado en Oriente. La rapidez con que surtía efecto representaba asimismo una ventaja desde su punto de vista: muy avispado tendría que ser el forense capaz de distinguir las dos diminutas punciones oscuras que delatasen la mordedura de los colmillos ponzoñosos. Luego pensé en el silbido: naturalmente, debía hacer regresar a la serpiente antes de que la luz del alba la delatase ante la víctima. La había amaestrado, probablemente con la leche que vimos, para acudir a su reclamo. La introducía por el respiradero a la hora que juzgaba propicia, con la certidumbre de que descendería por la cuerda y caería sobre el lecho. Podía o no morder a la durmiente; tal vez esta escapara todas las noches durante una semana, pero tarde o temprano caería indefectiblemente víctima de la alimaña.
—A estas conclusiones había llegado antes de poner los pies en su aposento. La inspección de su silla me demostró que acostumbraba a subirse en ella, lo que resultaba forzoso para alcanzar el respiradero. La visión de la caja de caudales, el platito de leche y el lazo corredizo bastaron para disipar cuantas dudas pudieran restarme. El chasquido metálico escuchado por la señorita Stoner fue causado a todas luces por su padrastro al cerrar precipitadamente la puerta de la caja fuerte sobre su terrible ocupante. Una vez formado mi juicio, ya sabe qué disposiciones adopté para poner el asunto a prueba: escuché el siseo del reptil, como no dudo que lo oyó usted también, e instantáneamente encendí la luz y lo ataqué a golpes.
—Con el resultado de obligarlo a huir por el respiradero.
—Y también con el resultado de hacer que se revolviera contra su dueño al otro lado: algunos de los golpes de mi bastón alcanzaron al reptil y excitaron su cólera viperina, de suerte que se lanzó contra la primera persona que halló al paso. De este modo soy, sin duda, responsable indirecto de la muerte del doctor Grimesby Roylott, y no puedo afirmar que semejante desenlace vaya a pesar con excesiva pesadumbre sobre mi conciencia.
Fin del Episodio 31 · de 47
La banda de lunares · IV
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