Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 39

El aristócrata solterón · IV

~6 min · 1103 palabras

Lo vi en un periódico —explicó el norteamericano—: daba el nombre y la iglesia, pero no el domicilio de la dama.

—Hablamos entonces de lo que debíamos hacer y Frank era partidario de obrar a cara descubierta; pero yo me sentía tan avergonzada de todo que deseaba esfumarme y no volver a ver a nadie jamás: tan solo enviar unas líneas a papá para que supiese que seguía con vida. Me horrorizaba pensar en todos aquellos lores y damas sentados al banquete aguardando mi regreso. Frank tomó entonces mi vestido de novia y mis cosas e hizo un fardo con ellos para que no pudieran rastrearme, arrojándolos donde nadie pudiera encontrarlos. Es probable que hubiésemos salido para París mañana mismo de no haberse presentado este bondadoso caballero, el señor Holmes, en nuestra casa esta tarde —aunque cómo dio con nosotros es más de lo que alcanzo a imaginar—; y nos demostró con suma claridad y gentileza que yo me equivocaba y que Frank tenía razón, y que nos pondríamos en falta si guardábamos tanto secreto. Nos brindó entonces la ocasión de hablar con lord St. Simon a solas y vinimos a sus habitaciones en el acto. Y ahora, Robert, ya lo has oído todo: siento en el alma si te he causado pesar y confío en que no tengas una opinión demasiado mezquina de mí.

Lord St. Simon no había relajado en lo más mínimo su rígida actitud: había escuchado la larga narración con el ceño fruncido y los labios apretados.

—Disculpe —dijo—; pero no acostumbro a debatir mis asuntos personales más íntimos de esta manera pública.

—¿Conque no me perdonas? ¿No me estrecharás la mano antes de que me marche?

—¡Oh, por supuesto, si le causa algún agrado! —Extendió la mano y estrechó fríamente la que ella le ofrecía.

—Había confiado —insinuó Holmes— en que nos acompañase en una cena cordial.

—Creo que en eso pide usted un poco demasiado —respondió su señoría—. Podré verme obligado a acatar estos últimos acontecimientos, pero difícilmente cabe esperar que me regocije con ellos. Con su venia, creo que les desearé a todos ustedes muy buenas noches. —Nos incluyó a todos en una reverencia ceremoniosa y salió de la estancia con paso majestuoso.

—Entonces confío en que al menos ustedes me honren con su compañía —dijo Sherlock Holmes—. Siempre resulta grato conocer a un norteamericano, señor Moulton, pues me cuento entre los que confían en que la insensatez de un monarca y los desatinos de un ministro en años pretéritos no impedirán que nuestros descendientes sean algún día conciudadanos de una misma patria mundial bajo una bandera que cuartelará la enseña británica con las barras y estrellas.

—El caso ha resultado interesante —observó Holmes cuando nuestros visitantes nos hubieron dejado—, porque sirve para demostrar con suma claridad cuán sencilla puede resultar la explicación de un enigma que a primera vista parece casi inexplicable. Nada más natural que la sucesión de los hechos referidos por esta dama, y nada más insólito que el desenlace contemplado, por ejemplo, por el señor Lestrade de Scotland Yard.

—¿No anduvo usted descaminado en nada, entonces?

—Desde el principio dos hechos me parecieron evidentes: uno, que la dama había concurrido de buen grado al oficio religioso; el otro, que se había arrepentido a los pocos minutos de regresar a casa. Resultaba palmario, por consiguiente, que algo había acontecido durante la mañana para hacerle mudar de criterio. ¿Qué podía ser ese algo? No había hablado con nadie afuera, pues se hallaba en compañía del novio. ¿Había visto a alguien, entonces? De haberlo visto, forzosamente debía tratarse de alguien venido de América, pues tan poco tiempo llevaba en este país que difícilmente habría permitido a nadie adquirir sobre ella un ascendiente tan hondo que la mera vista de su persona bastase para inducirla a cambiar de planes tan radicalmente. Ya ve que arribamos por eliminación a la sospecha de que vio a un americano. ¿Quién podía ser ese americano y por qué gozaba de semejante influjo sobre ella? Podía ser un amante o un marido: su juventud, bien lo sabía yo, había transcurrido en escenarios ásperos y en condiciones singulares. Hasta ahí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando nos habló de aquel hombre en el banco, de la repentina mudanza de la novia, del ardid transparente de dejar caer el ramo para recibir una nota, del recurso a la doncella de confianza y de su significativísima alusión a la usurpación de concesiones —que en jerga minera equivale a apropiarse de lo que pertenece a otro por derecho preferente—, el cuadro entero cobró claridad absoluta: se había marchado con un hombre, y ese hombre era o un amante o un marido anterior, abonando las mayores probabilidades esta última hipótesis.

—¿Y cómo demonios dio con su paradero?

—Habría podido resultar laborioso; pero el amigo Lestrade tenía en las manos una información de cuyo verdadero alcance ni él mismo se percataba. Las iniciales revestían suma importancia, ciertamente; pero más valioso todavía resultaba saber que en el transcurso de una semana aquel individuo había abonado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

—¿Cómo dedujo lo de selecto?

—Por los precios selectos: ocho chelines por una habitación y ocho peniques por una copa de jerez denotaban uno de los establecimientos más caros de la ciudad: no hay muchos en Londres que cobren a esa tarifa. En el segundo que visité en Northumberland Avenue averigüé al consultar el libro de registro que Francis H. Moulton, caballero americano, se había marchado la víspera, y al examinar las partidas comprobé que coincidían al céntimo con las del recibo. Sus cartas debían remitirse al 226 de Gordon Square: allí me dirigí y, teniendo la fortuna de encontrar a los enamorados en casa, me permití dispensarles algunos consejos paternales y hacerles ver que convendría en todos los respectos que aclarasen su situación tanto ante el público como ante lord St. Simon en particular. Les invité a reunirse con él aquí y, como ve, logré que acudieran a la cita.

—Aunque sin gran provecho —observé yo—. Su actitud distó mucho de ser afable.

—¡Ah, Watson! —dijo Holmes sonriendo—. Quizá usted tampoco se mostrase muy afable si, tras todos los afanes del cortejo y de la boda, se viese privado de improviso de esposa y de fortuna. Creo que debemos juzgar a lord St. Simon con benevolencia y dar gracias a nuestra buena estrella por no encontrarnos probablemente jamás en idéntica tesitura. Acerque su silla y alcánceme el violín, pues el único enigma que nos resta por resolver es cómo matar estas desapacibles veladas de otoño.

Fin del Episodio 39 · de 47

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