Capítulo II · I
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A las tres en punto de la tarde me hallaba en Baker Street, pero Holmes aún no había regresado. La patrona me informó de que había salido poco después de las ocho de la mañana. Me senté, no obstante, junto a la lumbre con el propósito de esperarle todo el tiempo que hiciera falta. Ya me sentía hondamente interesado en su pesquisa; pues aunque no estuviera rodeada de ninguno de los rasgos siniestros y extraños que caracterizaron a los dos crímenes que he dejado ya consignados por escrito, con todo, la índole del caso y la encumbrada posición de su cliente le conferían un carácter muy particular. En verdad, aparte de la naturaleza de la investigación que mi amigo tenía entre manos, había algo en su magistral comprensión de las situaciones y en su razonamiento agudo e incisivo que convertía en un auténtico placer para mí el estudio de su método de trabajo y el seguimiento de los procedimientos sutiles y veloces con que desentrañaba los enigmas más inextricables. Tan habituado estaba a sus infalibles triunfos que la mera idea de un fracaso suyo había dejado de caber en mi cabeza.
Eran cerca de las cuatro cuando se abrió la puerta y un mozo de cuadras de aspecto achispado, desgreñado y con patillas pobladas, de rostro enrojecido y ropa de mala muerte, entró en la habitación. Acostumbrado como estaba a las asombrosas facultades de mi amigo en el arte del disfraz, hube de mirarlo tres veces antes de cerciorarme de que era él en persona. Con un cabeceo desapareció en el dormitorio, de donde salió cinco minutos más tarde vestido con su traje de tweed y respetable como antaño. Hundiendo las manos en los bolsillos, estiró las piernas ante el fuego y se rio con ganas durante unos minutos.
—¡Vaya, de verdad! —exclamó, y luego se atragantó y volvió a reír hasta que se vio forzado a recostarse en el sillón, flojo e impotente.
—¿Qué ocurre?
—Es de lo más cómico. Estoy seguro de que jamás adivinaría cómo he empleado la mañana ni en qué he acabado metido.
—No puedo ni imaginarlo. Supongo que habrá estado vigilando los hábitos, y tal vez la casa, de la señorita Irene Adler.
—En efecto; pero el desenlace ha sido sumamente insólito. Se lo contaré, no obstante. Salí de casa un poco después de las ocho de la mañana caracterizado como un palafrenero sin trabajo. Existe una maravillosa simpatía y masonería entre la gente del gremio de los caballos. Hágase pasar por uno de ellos y sabrá cuanto haya que saber. No tardé en encontrar Briony Lodge. Es una villa primorosa, con un jardín en la parte trasera, pero edificada por delante hasta la misma calzada, de dos plantas. Cerradura Chubb en la puerta de entrada. Un salón espacioso a mano derecha, bien amueblado, con ventanales que bajan casi hasta el suelo y esos absurdos pasadores ingleses que un niño pequeño sabría abrir. Por detrás no había nada digno de mención, salvo que a la ventana del pasillo se puede llegar desde el tejado de las cocheras. La rodeé y la examiné de cerca desde todos los ángulos posibles, pero sin advertir nada más de interés.
—Luego recorrí la calle y comprobé, como esperaba, que en una callejuela que bordea una de las tapias del jardín había unas caballerizas. Eché una mano a los mozos a almohazar los caballos y recibí a cambio dos peniques, un vaso de cerveza con ginebra, dos cargas de tabaco negro picado y cuanta información podía desear sobre la señorita Adler, por no hablar de media docena de vecinos del barrio por los que no sentía el menor interés, pero cuyas biografías hube de escuchar pacientemente.
—¿Y qué hay de Irene Adler? —pregunté.
—¡Oh, tiene la cabeza trastornada a todos los hombres de por allí! Es la criatura más primorosa que jamás haya llevado cofia sobre este planeta. Así lo aseguran, unánimes, en las caballerizas de Serpentine. Lleva una vida sosegada, canta en conciertos, sale en coche a las cinco todas las tardes y regresa puntualmente a las siete para cenar. Raras veces sale a otras horas, salvo cuando tiene alguna actuación. Solo recibe a un caballero, pero a este lo ve muy a menudo. Es moreno, apuesto y gallardo; no pasa un día sin que acuda al menos una vez, y con frecuencia dos. Se trata de un tal don Godfrey Norton, del Inner Temple. Vea usted las ventajas de contar con un cochero por confidente. Lo habían llevado a su casa una docena de veces desde las caballerizas y conocían toda su vida. Cuando hube escuchado todo cuanto tenían que decirme, comencé a pasear de nuevo arriba y abajo junto a Briony Lodge para reflexionar sobre mi plan de campaña.
—Este tal Godfrey Norton constituía a todas luces un factor de gran peso en el asunto. Era abogado. Aquello sonaba inquietante. ¿Qué relación existía entre ambos y cuál era el objeto de sus reiteradas visitas? ¿Era ella su cliente, su amiga o su amante? Si se trataba de lo primero, probablemente le habría confiado la custodia de la fotografía. Si era lo segundo, resultaba menos verosímil. Del desenlace de esta cuestión dependía que yo continuara mis pesquisas en Briony Lodge o que dirigiera mi atención hacia el bufete del caballero en el Temple. Era un punto delicado y ensanchaba el campo de mi investigación. Me temo que le aburro con estos pormenores, pero necesito mostrarle mis pequeñas dificultades para que entienda bien la situación.
—Le sigo con la mayor atención —respondí.
—Aún andaba yo sopesando el asunto en mi cabeza cuando un coche de punto se detuvo ante Briony Lodge y un caballero apeóse de un salto. Era un hombre notablemente apuesto, moreno, de nariz aguileña y bigote; a todas luces la persona de quien me habían hablado. Parecía tener una prisa tremenda, gritó al cochero que aguardara y pasó de largo junto a la criada que abrió la puerta con el aplomo de quien se siente enteramente en su propia casa.
—Permaneció en la vivienda cerca de media hora, y yo alcanzaba a divisarlo a través de los cristales del salón, paseando arriba y abajo, gesticulando con agitación y alzando los brazos. De ella no lograba ver nada. Al cabo salió, con un aspecto aún más aturullado que al entrar. Al acercarse al coche, extrajo un reloj de oro del bolsillo y lo miró con fijeza. «¡Arree como alma que lleva el diablo! —gritó—. Primero a Gross y Hankey, en Regent Street, y luego a la iglesia de Santa Mónica, en Edgeware Road. ¡Media guinea si lo hace en veinte minutos!».
—Salieron disparados, y yo andaba preguntándome si no convendría seguirlos cuando dobló la esquina un coqueto landó, con el cochero con la levita a medio abotonar y la corbata debajo de una oreja, mientras todas las correas de los arneses colgaban fuera de las hebillas. Apenas se había detenido cuando ella salió disparada por la puerta principal y subió al carruaje. Solo alcancé a vislumbrarla un segundo, pero es una mujer bellísima, con un rostro por el que un hombre daría la vida.
—«¡A la iglesia de Santa Mónica, John! —gritó ella—, ¡y medio soberano si llega en veinte minutos!».
—Aquello era demasiado tentador para dejarlo pasar, Watson. Andaba yo dudando entre echar a correr o encaramarme a la trasera del landó cuando un coche de alquiler cruzó la calle. El cochero miró con recelo a un cliente tan andrajoso, pero salté dentro antes de que pudiera rechazarme. «A la iglesia de Santa Mónica —le dije—, y medio soberano si llega en veinte minutos». Eran las doce menos veinticinco y, desde luego, resultaba meridianamente claro lo que se traían entre manos.
—Mi cochero corrió de veras. No creo haber viajado jamás a mayor velocidad, pero los otros llegaron antes que nosotros. El coche de punto y el landó, con sus caballos echando vaho, estaban a la puerta del templo cuando yo llegué. Pagué al hombre y entré a toda prisa en la iglesia. No había allí un alma viva, salvo las dos personas a las que había seguido y un clérigo revestido con sobrepelliz, que parecía estar discutiendo acaloradamente con ellos. Formaban un grupito apretado ante el altar. Avancé por la nave lateral con paso indolente, como cualquier ocioso que entra a curiosear en una iglesia. De pronto, para mi asombro, los tres se volvieron hacia mí y Godfrey Norton echó a correr a toda prisa en mi dirección.
—«¡Gracias a Dios! —exclamó—. Usted servirá. ¡Venga! ¡Venga!».
—«¿Qué ocurre?», pregunté.
—«¡Venga, amigo, venga! ¡Solo quedan tres minutos o el matrimonio no será legal!».
—Me arrastraron casi en volandas hasta el altar, y antes de percatarme de lo que sucedía me encontré balbuceando respuestas que me susurraban al oído, atestiguando cosas de las que no tenía la menor idea y, en suma, cooperando a atar bien atada a Irene Adler, soltera, con Godfrey Norton, soltero. Todo se consumó en un instante, y allí tenía al caballero dándome las gracias por un flanco y a la dama por el otro, mientras el clérigo me dedicaba su más amplia sonrisa desde el frente. Fue la situación más disparatada en que me he visto en toda mi vida, y la sola evocación de ella es lo que me provocaba tanta risa hace unos instantes. Parece ser que había mediado cierta irregularidad en la licencia matrimonial, que el reverendo se negaba en redondo a desposarlos sin un testigo presencial y que mi providencial aparición salvó al novio de tener que salir a la carrera a la calle en pos de un padrino. La novia me regaló un soberano, y pienso llevarlo en la leontina de mi reloj como recuerdo del suceso.
—Se trata de un giro de lo más imprevisto —dije yo—. ¿Y luego qué sucedió?
—Pues bien, vi mis planes seriamente amenazados. Parecía como si la pareja se dispusiera a partir de inmediato, lo que habría exigido medidas sumamente enérgicas y perentorias por mi parte. A la puerta de la iglesia, sin embargo, se separaron; él tomó un coche rumbo al Temple y ella regresó a su propia casa. «Saldré en coche por el parque a las cinco, como de costumbre», le dijo ella al despedirse. No escuché nada más. Cada cual marchó en una dirección distinta y yo me retiré a disponer mis propios preparativos.
—¿Cuáles son?
—Un poco de carne fría y un vaso de cerveza —respondió, tocando la campanilla—. He estado demasiado ocupado para acordarme de comer, y es muy probable que esté aún más atareado esta noche. Por cierto, doctor, voy a necesitar su colaboración.
—Estaré encantado.
—¿No le importará quebrantar la ley?
—En lo más mínimo.
—¿Ni correr el riesgo de ser arrestado?
—No por una buena causa.
—¡Oh, la causa es inmejorable!
—En tal caso, cuente conmigo.
—Estaba convencido de que podía confiar en usted.
—Pero ¿qué es lo que desea?
—Cuando la señora Turner traiga la bandeja se lo explicaré con detalle. Y ahora —añadió, arrojándose con apetito sobre la sobria pitanza que la patrona nos había preparado—, tendré que exponerlo mientras como, porque no disponemos de mucho tiempo. Son casi las cinco. En dos horas debemos encontrarnos en el escenario de los hechos. La señorita Irene, o más bien la señora, regresa de su paseo a las siete. Debemos estar en Briony Lodge para recibirla.
—¿Y luego qué?
—Eso déjemelo a mí. Ya he preparado cuanto ha de suceder. Solo hay un punto en el que debo insistir con firmeza: no debe intervenir bajo ningún concepto, ocurra lo que ocurra. ¿Me comprende?
—¿Debo permanecer neutral?
—Completamente inactivo. Es muy probable que se produzca un pequeño altercado. No se mezcle en él. El desenlace será que me introducirán en el interior de la casa. Cuatro o cinco minutos después se abrirá la ventana del salón. Debe situarse muy cerca de esa ventana abierta.
—De acuerdo.
—Debe observarme con atención, pues yo seré visible para usted.
—Entendido.
—Y cuando yo alce la mano... así... arrojará al interior de la habitación el objeto que voy a entregarle y, al mismo tiempo, dará la voz de fuego. ¿Me sigue con claridad?
—Por completo.
—No es nada demasiado temible —dijo, sacando del bolsillo un largo rollo con forma de cigarro puro—. Se trata de un cohete fumígeno ordinario de fontanero, provisto de una cápsula en cada extremo para que prenda por sí solo. Su tarea se limita a eso. Cuando lance el grito de fuego, una multitud de gente se sumará al clamor. Luego podrá dirigirse con paso tranquilo al final de la calle y yo me reuniré con usted a los diez minutos. ¿Confío en haberme explicado con toda claridad?
—Debo permanecer neutral, acercarme a la ventana, vigilar sus movimientos, arrojar este artefacto a la señal convenida, dar la voz de alarma de fuego y aguardarle en la esquina de la calle.
—Exactamente.
—En tal caso, puede contar enteramente conmigo.
—Magnífico. Creo que ya es hora de que me prepare para el nuevo papel que me toca interpretar.
Desapareció en su dormitorio y regresó unos minutos más tarde caracterizado como un clérigo no conformista, bondadoso y candoroso. Su sombrero negro de ala ancha, sus pantalones holgados, su corbata blanca, su sonrisa benevolente y un aire general de curiosidad inquisitiva y afable eran tales que solo el señor John Hare habría podido igualar. No era solo que Holmes cambiara de atuendo: su expresión, sus modales, su espíritu entero parecían transformarse con cada nuevo personaje que adoptaba. Los escenarios perdieron a un magnífico actor, del mismo modo que la ciencia se vio privada de un sutil razonador, en el momento en que se consagró al estudio del delito.
Eran las seis y cuarto cuando abandonamos Baker Street, y aún faltaban diez minutos para las siete cuando llegamos a Serpentine Avenue. Ya caía la tarde y comenzaban a encenderse las farolas mientras paseábamos de un lado a otro frente a Briony Lodge, aguardando la llegada de su dueña. La casa correspondía con exactitud a la imagen que me había formado gracias a la concisa descripción de Sherlock Holmes, pero el lugar resultó menos solitario de lo que yo había supuesto. Por el contrario, para tratarse de una callejuela de un barrio tranquilo, bullía de notable animación. Había un corrillo de hombres mal vestidos fumando y riendo en una esquina, un afilador con su rueda, dos soldados de la guardia que cortejaban a una niñera y varios jóvenes elegantes que paseaban arriba y abajo con puros en la boca.
Fin del Episodio 3 · de 47
Capítulo II · I
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