Capítulo II · II
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Como ve —comentó Holmes mientras nos paseábamos ante la casa—, este matrimonio no hace más que simplificar las cosas. La fotografía se convierte ahora en un arma de doble filo. Lo más probable es que a ella le repugne tanto que la vea el señor Godfrey Norton como a nuestro cliente que llegue a ojos de su princesa. Ahora la cuestión radica en saber: ¿dónde encontraremos la fotografía?
—¿Dónde, en efecto?
—Es sumamente inverosímil que la lleve encima. Es de tamaño de gabinete. Demasiado grande para ocultarla fácilmente en el vestido de una dama. Sabe de sobra que el Rey es capaz de hacerla asaltar y registrar. Ya se han llevado a cabo dos tentativas de esa clase. Podemos dar por seguro, por tanto, que no la lleva consigo.
—¿Dónde está, entonces?
—En poder de su banquero o de su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero me inclino a pensar que en ninguno de los dos sitios. Las mujeres son reservadas por naturaleza y les gusta guardar sus propios secretos. ¿Por qué iba a confiársela a un tercero? Podía fiarse de su propia custodia, pero no podía prever qué influencias indirectas o políticas podían ejercerse sobre un hombre de negocios. Además, recuerde que estaba resuelta a utilizarla dentro de pocos días. Debe hallarse en un sitio donde pueda echarle mano de inmediato. Tiene que estar en su propia casa.
—Pero ya la han allanado dos veces.
—¡Bah! No sabían buscar.
—¿Y cómo piensa buscar usted?
—Yo no pienso buscar.
—¿Qué hará, entonces?
—Conseguiré que ella misma me la muestre.
—Pero ella se negará.
—No estará en condiciones de hacerlo. Pero oigo el rodar de unas ruedas. Es su carruaje. Y ahora, cumpla mis instrucciones al pie de la letra.
Al pronunciar estas palabras, el resplandor de los faroles de un coche dobló la curva de la avenida. Era un elegante landó que subió ruidosamente hasta la puerta de Briony Lodge. Al detenerse, uno de los holgazanes de la esquina corrió hacia delante para abrir la portezuela con la esperanza de ganarse una moneda de cobre, pero fue apartado de un codazo por otro maleante que se había precipitado con idéntica intención. Se entabló una violenta disputa, atizada por los dos soldados de la guardia, que tomaron partido por uno de los desocupados, y por el afilador, que se puso con igual furia del bando contrario. Voló un puñetazo, y en un instante la dama, que acababa de apearse del coche, se encontró en el centro de un remolino de hombres encendidos y forcejeantes que se golpeaban con saña con los puños y con palos. Holmes se abalanzó entre la multitud para proteger a la señora; pero justo al alcanzarla lanzó un grito y cayó al suelo, con la sangre manándole abundantemente por la cara. Al verle desplomarse, los soldados pusieron pies en polvorosa en una dirección y los vagabundos en otra, mientras varias personas mejor vestidas, que habían presenciado la refriega sin tomar parte en ella, se arremolinaron para auxiliar a la dama y atender al herido. Irene Adler, como seguiré llamándola, había subido a toda prisa los peldaños; pero se detuvo en lo alto con su espléndida silueta recortada contra las luces del vestíbulo, mirando hacia la calle.
—¿Está muy malherido ese pobre caballero? —preguntó ella.
—¡Está muerto! —gritaron varias voces.
—¡No, no, aún respira! —gritó otro—. ¡Pero se nos irá antes de que puedan llevarlo al hospital!
—Es un hombre valiente —dijo una mujer—. Le habrían quitado a la señora el bolso y el reloj de no ser por él. Eran una banda, y bien peligrosa. ¡Ah, ya respira!
—No puede quedarse tirado en la calle. ¿Podemos meterlo dentro, señora?
—Desde luego. Llévenlo al salón. Hay un sofá cómodo. ¡Por aquí, por favor!
Con paso lento y solemne fue conducido al interior de Briony Lodge y tendido en la sala principal, mientras yo observaba los movimientos desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las lámparas, pero no habían echado las cortinas, de modo que alcanzaba a ver a Holmes recostado en el sofá. Ignoro si sintió algún remordimiento en aquel instante por el papel que estaba representando, pero sé muy bien que jamás me sentí más avergonzado en mi vida que al contemplar a la hermosa criatura contra la que conspiraba, o la gracia y bondad con que atendía al herido. Y, con todo, habría sido la más negra de las traiciones hacia Holmes dar marcha atrás ahora y abandonar la misión que me había confiado. Endurecí mi corazón y saqué el cohete fumígeno de debajo de mi gabán. Al fin y al cabo, pensé, no le causamos ningún daño; nos limitamos a evitar que ella dañe a otro.
Holmes se incorporó en el sofá y le vi hacer un ademán como quien necesita aire. Una sirvienta corrió hacia la ventana y la abrió de par en par. En ese mismo instante vi que alzaba la mano y, ante la señal, arrojé el cohete al interior de la habitación con un grito de «¡Fuego!». Apenas había salido la palabra de mis labios cuando toda la multitud de curiosos, bien trajeados y harapientos —caballeros, mozos de cuadra y doncellas—, se sumó a un alarido unánime de «¡Fuego!». Espesas columnas de humo invadieron la sala y salieron por la ventana abierta. Entreví figuras corriendo de un lado a otro y un instante después llegó la voz de Holmes desde dentro asegurando que se trataba de una falsa alarma. Abriéndome paso entre la multitud vocinglera, alcancé la esquina de la calle y, a los diez minutos, tuve la dicha de sentir el brazo de mi amigo enlazado al mío y de alejarnos juntos de aquel alboroto. Caminó a paso rápido y en silencio durante unos minutos, hasta que doblamos por una de las calles tranquilas que conducen a Edgeware Road.
—Lo ha hecho de maravilla, doctor —comentó—. No podía haber salido mejor. Todo marcha a la perfección.
—¿Tiene la fotografía?
—Sé dónde está.
—¿Y cómo lo ha averiguado?
—Me lo mostró ella misma, tal como le aseguré que haría.
—Sigo a oscuras.
—No pretendo envolverlo en misterio —dijo él, sonriendo—. El asunto era sumamente sencillo. Usted advirtió, por supuesto, que todos los presentes en la calle eran cómplices míos. Estaban todos contratados para la velada.
—Eso me lo imaginé.
—Pues bien, cuando estalló la trifulca, yo llevaba un poco de pintura roja húmeda en la palma de la mano. Me abalancé hacia delante, caí de bruces, me llevé la mano a la cara y ofrecí un espectáculo lastimoso. Es un truco muy viejo.
—Eso también lo intuí.
—Luego me metieron dentro. Ella no tenía más remedio que acogerme. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y me llevaron a su salón, que era precisamente la estancia de la que sospechaba. La duda estaba entre esa y su dormitorio, y yo estaba resuelto a comprobarlo. Me tendieron en un diván, hice ademán de asfixiarme, se vieron obligados a abrir la ventana y usted tuvo su oportunidad.
—¿Y de qué le sirvió aquello?
—Fue capital. Cuando una mujer cree que su casa se quema, su instinto inmediato la impulsa a arrojarse sobre aquello que más valora en el mundo. Es un impulso irresistible, y me he aprovechado de él en más de una ocasión. En el escándalo de la sustitución de Darlington me prestó un gran servicio, y también en el asunto del castillo de Arnsworth. Una mujer casada se abalanza sobre su bebé; una soltera corre hacia su joyero. Pues bien, para mí resultaba evidente que nuestra dama de hoy no guardaba nada en la casa que le fuese más precioso que lo que nosotros andamos buscando. Se apresuraría a ponerlo a salvo. La alarma de fuego estuvo admirablemente ejecutada. El humo y los gritos bastaban para quebrantar unos nervios de acero. Ella reaccionó a las mil maravillas. La fotografía se halla en un hueco detrás de un panel deslizante, justo encima del cordón derecho de la campanilla. Estuvo allí en un parpadeo y alcancé a vislumbrarla cuando la sacaba a medias. Cuando grité que se trataba de una falsa alarma, la volvió a guardar, miró de reojo el cohete, salió precipitadamente de la estancia y no he vuelto a verla. Me puse en pie y, pidiendo disculpas, me escabullí de la casa. Dudé si intentar apoderarme de la fotografía en el acto, pero el cochero acababa de entrar y, como me vigilaba con atención, me pareció más prudente esperar. Un exceso de precipitación puede echarlo todo a perder.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Nuestra pesquisa está prácticamente concluida. Mañana me presentaré allí con el Rey, y con usted si desea acompañarnos. Nos harán pasar al salón para esperar a la señora; pero es muy probable que, cuando baje, no nos encuentre ni a nosotros ni a la fotografía. Tal vez resulte una satisfacción para Su Majestad recuperarla por sus propias manos.
—¿Y a qué hora iremos?
—A las ocho de la mañana. Todavía no se habrá levantado, de modo que tendremos el campo libre. Además, conviene obrar con rapidez, pues este matrimonio puede implicar un cambio radical en su vida y en sus costumbres. Debo telegrafiar al Rey sin pérdida de tiempo.
Habíamos alcanzado ya Baker Street y nos detuvimos ante la puerta. Holmes buscaba la llave en sus bolsillos cuando un transeúnte dijo al pasar:
—Buenas noches, señor Sherlock Holmes.
Había varias personas en la acera en aquel momento, pero el saludo pareció provenir de un joven esbelto, embozado en un gabán, que se alejó apresuradamente.
—Esa voz la he oído antes —dijo Holmes, clavando la mirada en la calle tenuemente alumbrada—. Quién diablos habrá podido ser.
Fin del Episodio 4 · de 47
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