Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 28

La banda de lunares · I

~14 min · 2867 palabras

Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en que he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes durante los últimos ocho años, encuentro muchos trágicos, algunos cómicos, gran número de ellos meramente singulares, pero ninguno vulgar; pues trabajando como trabajaba más por amor a su arte que por afán de lucro, rehusaba intervenir en cualquier investigación que no tendiese a lo desacostumbrado y aun a lo fantástico. De todos estos casos tan diversos, empero, no recuerdo ninguno que presentara rasgos más singulares que aquel relacionado con la conocida familia Roylott de Stoke Moran, en Surrey. Los sucesos en cuestión ocurrieron en los primeros tiempos de mi asociación con Holmes, cuando compartíamos aposentos de solteros en Baker Street. Es posible que los hubiera consignado antes, pero en su momento se hizo una promesa de secreto de la que solo he quedado libre el mes pasado merced al prematuro fallecimiento de la dama a quien fue empeñada la palabra. Conviene quizá que la verdad salga a la luz ahora, pues tengo motivos para saber que circulan insistentes rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que propenden a hacer el asunto aún más terrible de lo que fue en la realidad.

A principios de abril del año 1883 desperté una mañana para encontrar a Sherlock Holmes plantado, enteramente vestido, junto a mi cama. Por regla general era remolón en levantarse, y como el reloj de la repisa de la chimenea me indicaba que eran apenas las siete y cuarto, le miré parpadeando con cierto asombro y tal vez con una pizca de contrariedad, pues yo era hombre de hábitos muy regulares.

—Siento mucho despertarle, Watson —dijo él—, pero hoy nos ha tocado a todos: han despertado a la señora Hudson, ella se ha desquitado conmigo y yo hago lo propio con usted.

—¿Qué ocurre, entonces? ¿Un incendio?

—No: un cliente. Al parecer ha llegado una joven en un estado de suma agitación que insiste en verme. Aguarda en la sala de estar en este momento. Ahora bien: cuando señoritas jóvenes deambulan por la metrópoli a estas horas de la mañana y hacen saltar de la cama a personas adormiladas, presumo que tienen algo sumamente apremiante que comunicar. Si el caso resultase interesante, desearía usted, estoy seguro, seguirlo desde su comienzo. Creí, en cualquier caso, que debía avisarle y brindarle la oportunidad.

—Mi querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo.

No experimentaba yo mayor deleite que acompañar a Holmes en sus indagaciones profesionales y admirar aquellas deducciones vertiginosas, raudas como intuiciones pero asentadas siempre sobre una base lógica rigurosa, con las que desentrañaba los enigmas que le eran sometidos. Me vestí a escape y en pocos minutos estuve listo para bajar con mi amigo a la sala. Una dama enlutada y cubierta por un espeso velo, que aguardaba sentada junto a la ventana, se puso en pie al vernos entrar.

—Buenos días, señora —dijo Holmes cordialmente—. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante quien puede hablar con tanta franqueza como ante mí mismo. ¡Ajá! Celebro ver que la señora Hudson ha tenido el buen juicio de encender el fuego. Tenga la bondad de acercarse al hogar y mandaré que le suban una taza de café bien caliente, pues observo que tiembla de frío.

—No es el frío lo que me hace temblar —dijo la mujer en voz baja, mudando de asiento como se le indicaba.

—¿Qué es, entonces?

—Es miedo, señor Holmes: es puro terror. —Se levantó el velo al hablar y pudimos ver que se hallaba ciertamente en un lastimoso estado de agitación: el rostro demacrado y ceniciento, con ojos inquietos y aterrados como los de un animal acorralado. Sus facciones y talle correspondían a los de una mujer de treinta años, pero sus cabellos estaban surcados de canas prematuras y su expresión era fatigada y marchita. Sherlock Holmes la recorrió con una de sus miradas rápidas y escrutadoras.

—No debe temer —dijo él con tono apaciguador, inclinándose hacia delante y palmeándole el antebrazo—. Muy pronto enderezaremos las cosas, no me cabe duda. Ha venido en tren esta mañana, según veo.

—¿Me conoce, entonces?

—No; pero observo la vuelta de un billete de ida y vuelta en la palma de su guante izquierdo. Tuvo que salir temprano y, no obstante, recorrió un buen trayecto en birlocho por caminos pesados antes de alcanzar la estación.

La dama dio un violento respingo y contempló a mi compañero con infinita perplejidad.

—No hay misterio alguno, distinguida señora —dijo él, sonriendo—. La manga izquierda de su chaqueta está salpicada de barro en nada menos que siete sitios. Las manchas son perfectamente frescas. No hay vehículo salvo un birlocho que salpique el lodo de ese modo, y solo cuando se viaja a la izquierda del cochero.

—Sean cuales fueren sus razones, ha acertado de medio a medio —dijo ella—. Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y tomé el primer tren para Waterloo. Caballero, no puedo soportar esta angustia por más tiempo: me volveré loca si esto continúa. No tengo a nadie a quien acudir: a nadie salvo a una persona que me profesa cariño y que, pobre muchacho, de poca ayuda puede servirme. He oído hablar de usted, señor Holmes: me habló de usted la señora Farintosh, a quien auxilió en la hora de su mayor desamparo. De ella obtuve sus señas. ¡Oh, caballero! ¿No cree que podría ayudarme también a mí y arrojar al menos un poco de luz sobre las densas tinieblas que me rodean? Por el momento carezco de medios para recompensarle por sus servicios; pero dentro de un mes o seis semanas habré contraído matrimonio, seré dueña de mis propias rentas y entonces al menos comprobará que no soy una ingrata.

Holmes se dirigió a su escritorio y, abriéndolo con llave, extrajo un pequeño cuaderno de notas que consultó con presteza.

—Farintosh —dijo—. ¡Ah, sí! Recuerdo el caso: guardaba relación con una tiara de ópalos. Creo que fue antes de conocerle a usted, Watson. Solo puedo decirle, señora, que consagraré con sumo gusto a su asunto el mismo desvelo que dediqué al de su amiga. En cuanto a honorarios, mi profesión encuentra en sí misma su propia recompensa; pero queda en libertad de reembolsarme los gastos en que pueda incurrir cuando mejor le convenga. Y ahora le ruego que exponga ante nosotros cuanto pueda auxiliarnos para formarnos un juicio cabal sobre el asunto.

—¡Ay de mí! —respondió nuestra visitante—. El horror mismo de mi situación radica en que mis temores son tan vagos y mis sospechas dependen por entero de detalles menudos, que a otro parecerían triviales, que incluso aquel a quien por encima de todos tengo derecho a pedir auxilio y consejo considera cuanto le refiero como fantasías de una mujer nerviosa. No me lo dice abiertamente, pero lo adivino en sus respuestas tranquilizadoras y en sus miradas esquivas. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted alcanza a sondear los más recónditos pliegues de la maldad del corazón humano. Tal vez pueda aconsejarme cómo conducirme entre los peligros que me acechan.

—Soy todo oídos, señora.

—Me llamo Helen Stoner y vivo con mi padrastro, que es el último superviviente de una de las más rancias estirpes sajonas de Inglaterra: los Roylott de Stoke Moran, en el confín occidental de Surrey.

Holmes asintió con la cabeza. —El apellido me es familiar —dijo.

—La familia figuró en otro tiempo entre las más opulentas de Inglaterra y sus posesiones se extendían cruzando las lindes hacia Berkshire por el norte y hacia Hampshire por el oeste. En el siglo pasado, sin embargo, cuatro herederos sucesivos fueron de índole disoluta y derrochadora, y la ruina familiar fue consumada definitivamente por un jugador en los tiempos de la Regencia. Nada quedó salvo unos pocos acres de tierra y la casona solariega bicentenaria, aplastada a su vez bajo una pesada hipoteca. El último hacendado arrastró allí su existencia llevando la espantosa vida de un aristócrata pordiosero; pero su único hijo, mi padrastro, comprendiendo que debía adaptarse a las nuevas condiciones, obtuvo un préstamo de un pariente que le permitió licenciarse en Medicina y marchó a Calcuta, donde gracias a su pericia profesional y a su recio carácter consolidó una clientela considerable. En un acceso de cólera provocado por ciertos hurtos perpetrados en su vivienda, empero, propinó una paliza mortal a su mayordomo nativo y escapó a duras penas de la pena capital. Sufrió una prolongada condena de prisión y regresó después a Inglaterra convertido en un hombre adusto y amargado.

—Durante su estancia en la India el doctor Roylott contrajo matrimonio con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general de brigada Stoner, de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas y contábamos apenas dos años de edad al celebrarse las segundas nupcias de mi madre. Ella disponía de un capital cuantioso —nada menos que mil libras anuales— que legó íntegramente al doctor Roylott mientras residiéramos con él, con la cláusula de que se señalaría una renta determinada a cada una de nosotras en caso de matrimonio. Poco después de nuestro regreso a Inglaterra falleció mi madre: pereció hace ocho años en un accidente ferroviario cerca de Crewe. El doctor Roylott abandonó entonces sus tentativas de abrir consulta en Londres y nos llevó consigo a habitar la vieja casa solariega de Stoke Moran. El dinero que dejó mi madre bastaba holgadamente para todas nuestras necesidades y nada parecía oponerse a nuestra felicidad.

—Pero por aquel entonces se operó un cambio espantoso en el carácter de nuestro padrastro. En vez de entablar amistad e intercambiar visitas con los vecinos, que en un principio se habían mostrado alborozados al ver a un Roylott de Stoke Moran de regreso en el solar patrio, se encerró en su mansión y raras veces salía como no fuera para trabar feroces altercados con cuantos tropezaban en su camino. La violencia de genio rayana en la manía había sido hereditaria en los varones de la estirpe, y en el caso de mi padrastro creo que se había exacerbado a raíz de su prolongada permanencia en los trópicos. Se sucedieron una serie de reyertas bochornosas, dos de las cuales acabaron ante el juzgado de policía, hasta que con el tiempo se convirtió en el terror del pueblo y las gentes huían despavoridas al divisarle, pues es hombre de fuerza hercúlea y enteramente incontrolable en sus accesos de cólera.

—La semana pasada arrojó al herrero del pueblo por encima de un pretil al arroyo, y solo desembolsando cuanto dinero pude allegar logré evitar otro escándalo público. No conservaba más amigos que los gitanos errantes, a cuyos vagabundos permitía acampar en los escasos acres de matorrales que componen la hacienda, aceptando en correspondencia la hospitalidad de sus tiendas y marchándose con ellos a vagar a veces durante semanas enteras. Siente además pasión por los animales de la India, que le son remitidos por un corresponsal, y en estos momentos posee un guepardo y un babuino que corretean libremente por sus tierras y a los que los aldeanos temen casi tanto como a su amo.

—Ya pueden figurarse por cuanto llevo dicho que mi pobre hermana Julia y yo escasas alegrías teníamos en nuestra existencia. Ningún criado quería permanecer a nuestro servicio y durante largo tiempo nosotras mismas hubimos de desempeñar todas las faenas domésticas. Apenas contaba treinta años al morir y, con todo, su cabello había comenzado ya a encanecer, exactamente igual que el mío.

—¿Su hermana ha muerto, entonces?

—Falleció hace justo dos años, y de su muerte es de lo que deseo hablarles. Comprenderán que, llevando la vida que les he descrito, escasas probabilidades teníamos de tratar a nadie de nuestra edad y posición social. Teníamos, no obstante, una tía materna, la señorita Honoria Westphail, que reside cerca de Harrow, y de cuando en cuando se nos permitía hacerle breves visitas. Julia acudió allí por Navidad hace dos años y conoció a un comandante de infantería de marina retirado, con quien se comprometió en matrimonio. Mi padrastro se enteró del compromiso al regreso de mi hermana y no opuso reparo alguno a la boda; pero a las dos semanas escasas de la fecha fijada para el enlace ocurrió el terrible acontecimiento que me privó de mi única compañera.

Sherlock Holmes había permanecido recostado en su sillón con los ojos cerrados y la cabeza hundida en el almohadón; pero entreabrió los párpados en aquel instante y miró a su visitante.

—Le ruego que sea muy precisa en los detalles —dijo.

—Me resulta fácil serlo, pues cada incidente de aquella hora espantosa está grabado a fuego en mi memoria. La mansión, como les he indicado, es antiquísima y solo un ala se halla actualmente habitada. Los dormitorios de esa ala se encuentran en la planta baja, mientras que las salas de estar ocupan el cuerpo central del edificio. De estos aposentos el primero es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana y el tercero el mío propio. No se comunican entre sí, pero todos se abren al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?

—Con toda claridad.

—Las ventanas de las tres habitaciones dan al césped del jardín. Aquella noche fatal el doctor Roylott se había retirado temprano a su cuarto, aunque sabíamos que no se había acostado, pues a mi hermana la molestaba el olor de los fuertes cigarros indios que acostumbraba a fumar. Salió de su cuarto, por ende, y vino al mío, donde permaneció largo rato charlando sobre su próxima boda. A las once en punto se levantó para despedirse, pero se detuvo junto a la puerta y miró hacia atrás.

—«Dime, Helen —preguntó—: ¿has oído alguna vez silbar a alguien en mitad de la noche?».

—«Jamás», respondí.

—«Supongo que tú misma no silbarás en sueños, ¿verdad?».

—«¡Por supuesto que no! Pero ¿por qué lo preguntas?».

—«Porque durante las últimas noches he escuchado invariablemente, hacia las tres de la madrugada, un silbido suave y claro. Tengo el sueño ligero y me ha despertado. No acierto a saber de dónde proviene: tal vez de la habitación vecina, tal vez del jardín. Quería preguntarte simplemente si tú lo habías oído».

—«No, no lo he oído. Deben de ser esos malditos gitanos acampados en la plantación».

—«Muy probable es. Y, sin embargo, si sonase en el césped, me extraña que no lo oyeras tú también».

—«¡Ah, pero es que yo duermo mucho más profundamente que tú!».

—«Bueno, tampoco reviste mayor importancia, en todo caso». Me sonrió, cerró la puerta y pocos instantes después oí girar la llave en su cerradura.

—¡Vaya! —dijo Holmes—. ¿Tenían por costumbre encerrarse con llave por las noches?

—Siempre.

—¿Y por qué razón?

—Creo haberles mencionado que el doctor poseía un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras a menos que nuestras puertas estuvieran cerradas con cerrojo.

—Comprendo. Tenga la bondad de continuar.

—No pude conciliar el sueño aquella noche: me embargaba un vago presentimiento de desgracia inminente. Mi hermana y yo, recordarán, éramos gemelas, y bien saben cuán sutiles son los lazos que unen a dos almas tan estrechamente hermanadas. Era una noche desapacible: el viento aullaba afuera y la lluvia azotaba y repiqueteaba contra las ventanas. De pronto, en medio del bramido de la tempestad, resonó el grito desgarrador de una mujer aterrada. Reconocí al punto la voz de mi hermana: salté de la cama, me eché un chal por los hombros y salí corriendo al pasillo. Al abrir la puerta me pareció percibir un silbido suave, idéntico al que mi hermana había descrito, y pocos instantes después un chasquido metálico, como si un objeto de hierro hubiera caído al suelo. Al llegar corriendo frente a su estancia, la puerta se hallaba sin cerrojo y giró despacio sobre sus goznes. La contemplé paralizada de espanto, sin saber qué iba a salir de allí. A la luz de la lámpara del corredor vi a mi hermana aparecer en el umbral, con el rostro cadavérico de terror, las manos buscando auxilio a tientas y toda su figura tambaleándose como la de un ebrio. Corrí hacia ella y la estreché entre mis brazos, pero en aquel instante parecieron doblársele las rodillas y cayó a plomo sobre el suelo. Se retorcía como presa de atroz sufrimiento y sus miembros sufrían espantosas convulsiones. Al principio creí que no me había reconocido; pero al inclinarme sobre ella gritó de súbito con una voz que jamás podré olvidar: «¡Oh, Dios mío, Helen! ¡Fue la banda! ¡La banda de lunares!». Algo más pugnaba por decir y señaló con el dedo en el aire en dirección a la estancia del doctor; pero una nueva convulsión la sacudió y ahogó sus palabras. Salí corriendo llamando a grandes voces a mi padrastro y me tropecé con él, que salía presuroso de su habitación en bata de dormir. Cuando llegó al lado de mi hermana esta se hallaba ya inconsciente, y aunque le introdujo coñac por la garganta e hizo llamar al médico del pueblo, todos los auxilios resultaron vanos: se apagó lentamente y expiró sin haber recobrado el sentido. Tal fue el espantoso fin de mi adorada hermana.

Fin del Episodio 28 · de 47

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