Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 29

La banda de lunares · II

~13 min · 2618 palabras

Un momento —dijo Holmes—: ¿está segura de ese silbido y de ese chasquido metálico? ¿Podría jurarlo bajo juramento?

—Eso mismo me preguntó el juez forense en la instrucción. Tengo la viva certidumbre de haberlo oído; y, sin embargo, en medio del rugir del temporal y de los crujidos de una casona vieja, es muy posible que me engañara.

—¿Estaba vestida su hermana?

—No, vestía su camisón de noche. En su mano derecha se halló el cabo chamuscado de una cerilla y en la izquierda una caja de fósforos.

—Lo que demuestra que encendió luz y miró en derredor al sonar la alarma. Eso reviste importancia. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?

—Investigó el caso con sumo esmero, pues la conducta del doctor Roylott era notoria desde hacía tiempo en el condado; pero fue incapaz de descubrir causa satisfactoria alguna de la muerte. Mi declaración acreditó que la puerta estaba echada con cerrojo por dentro y las ventanas cerradas con contraventanas a la antigua usanza aseguradas con gruesas barras de hierro todas las noches. Se tantearon minuciosamente las paredes y resultaron ser enteramente macizas en todo el contorno, y el suelo fue asimismo examinado con idéntico resultado. La chimenea es ancha, pero está cruzada por cuatro grandes grapas de hierro. Es seguro, por ende, que mi hermana se hallaba enteramente sola al morir. Además, no presentaba señales de violencia de ninguna clase.

—¿Y qué hay del veneno?

—Los médicos la examinaron en su busca, pero sin resultado.

—¿De qué cree usted que falleció esa desventurada muchacha, entonces?

—Tengo la íntima convicción de que murió de puro espanto y conmoción nerviosa, aunque qué pudo aterrorizarla tanto no acierto a imaginarlo.

—¿Había gitanos acampados en la finca por aquel entonces?

—Sí, casi siempre hay algunos allí.

—¡Ajá! ¿Y qué colegió usted de esa alusión a una banda... a una banda moteada o de lunares?

—Unas veces he pensado que no eran sino desvaríos del delirio; otras, que podía aludir a alguna cuadrilla de gentes: tal vez a esos mismos gitanos de la plantación. Ignoro si los pañuelos de lunares que tantos de ellos llevan atados a la cabeza pudieron sugerirle el extraño calificativo que empleó.

Holmes movió la cabeza con el gesto del hombre que dista mucho de quedar satisfecho.

—Aguas muy profundas son estas —dijo—; le ruego que prosiga con su relato.

—Han transcurrido dos años desde entonces y mi existencia ha sido hasta hace poco más solitaria que nunca. Hace un mes, empero, un querido amigo a quien conozco desde hace muchos años me ha honrado pidiendo mi mano. Se llama Armitage —Percy Armitage—, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha opuesto reparo al matrimonio y debemos casarnos en el curso de la primavera. Hace dos días comenzaron ciertas obras de reparación en el ala oeste del edificio y el tabique de mi alcoba ha quedado perforado, de suerte que he tenido que trasladarme a la habitación donde falleció mi hermana y dormir en el mismo lecho en que ella durmió. Imaginen, pues, mi estremecimiento de pánico cuando anoche, desvelada cavilando sobre su terrible destino, escuché de súbito en el silencio de la noche aquel tenue silbido que había sido el heraldo de su propia muerte. Salté de la cama y encendí la lámpara, pero nada había que ver en la estancia. Me hallaba demasiado trastornada para volver a acostarme, de modo que me vestí y, apenas clareó el día, bajé sigilosamente, tomé un birlocho en la posada Crown, que queda enfrente, y conduje hasta Leatherhead, de donde he venido esta misma mañana con el único propósito de verle y solicitar su consejo.

—Ha obrado usted con cordura —dijo mi amigo—. Pero ¿me lo ha contado todo?

—Sí, todo.

—Señorita Stoner, no es verdad: está encubriendo a su padrastro.

—Pero ¿qué quiere decir?

Por toda respuesta Holmes apartó la blonda de encaje negro que orlaba la muñeca apoyada sobre la rodilla de nuestra visitante: cinco pequeñas manchas lívidas, las marcas de cuatro dedos y un pulgar, estaban impresas sobre la blanca piel.

—La han tratado a usted con crueldad —dijo Holmes.

La dama enrojeció vivamente y se cubrió la muñeca maltratada. —Es un hombre duro —dijo—, y tal vez apenas mida su propia fuerza.

Siguió un prolongado silencio, durante el cual Holmes apoyó la barbilla en las manos y clavó la vista en el fuego chisporroteante.

—Este es un asunto sumamente intrincado —dijo al fin—. Hay mil detalles que desearía averiguar antes de resolver nuestro plan de acción. Con todo, no tenemos un momento que perder. Si fuéramos a Stoke Moran hoy mismo, ¿sería posible inspeccionar esas habitaciones sin conocimiento de su padrastro?

—Da la casualidad de que habló de venir hoy a la capital por unos asuntos de suma importancia. Es probable que permanezca ausente toda la jornada y que nada venga a importunarles. Tenemos un ama de llaves ahora, pero es vieja y chocha, y me resultaría facilísimo alejarla del lugar.

—Excelente. ¿No tiene inconveniente en este viaje, Watson?

—En modo alguno.

—Entonces iremos ambos. ¿Qué piensa hacer usted entretanto?

—Tengo una o dos diligencias que desearía evacuar aprovechando mi venida a Londres. Pero regresaré en el tren de las doce, para estar allí a tiempo de su llegada.

—Pueden esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo algunos asuntillos que resolver. ¿No desea quedarse a desayunar?

—No, debo marcharme: siento el corazón aliviado desde que le he confiado mis penas. Aguardaré con ansia volver a verles esta tarde. —Se bajó el espeso velo negro sobre el rostro y salió silenciosamente de la habitación.

—¿Y qué opina de todo esto, Watson? —preguntó Sherlock Holmes, arrellanándose en el sillón.

—Me parece un negocio sumamente tenebroso y siniestro.

—Bastante tenebroso y bastante siniestro.

—Con todo, si la dama no yerra al afirmar que suelo y paredes son macizos y que puerta, ventana y chimenea resultan impracticables, su hermana se hallaba sin duda enteramente sola al hallar su misteriosa muerte.

—¿Qué fue, entonces, de esos silbidos nocturnos? ¿Y qué de las singularísimas palabras de la moribunda?

—No acierto a imaginarlo.

—Cuando combina usted los silbidos nocturnos, la presencia de una cuadrilla de gitanos en estrecha relación con este viejo doctor, el hecho de que tenemos sobradas razones para sospechar que el médico tiene interés en impedir la boda de su hijastra, la alusión agónica a una banda y, por último, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un chasquido metálico que bien pudo ser causado por una de las barras de hierro de los postigos al caer a su sitio, creo que hay base sólida para suponer que el misterio puede aclararse por esos derroteros.

—Pero ¿qué hicieron los gitanos, entonces?

—No puedo ni concebirlo.

—Veo muchas objeciones a semejante hipótesis.

—Y yo también las veo. Y es precisamente por esa mismísima razón por la que nos trasladamos a Stoke Moran hoy mismo. Deseo comprobar por mis propios ojos si tales objeciones resultan enteramente insalvables o si admiten alguna explicación satisfactoria. Pero ¿qué diantres... qué demonios significa esto?

La exclamación fue arrancada a mi compañero por el hecho de que nuestra puerta se abrió de par en par con estrépito y un hombre corpulento apareció encuadrado en el vano. Su atuendo ofrecía una extraña mezcla de lo profesional y lo campesino: lucía chistera negra, levita larga y polainas altas, blandiendo una fusta de caza en la mano. Tan alto era que su sombrero rozaba prácticamente el dintel de la puerta, y su anchura parecía abarcarla de lado a lado. Un rostro voluminoso, surcado de mil arrugas, tostado y cetrino por el sol y marcado por todas las pasiones malignas, nos miró a uno y a otro, mientras sus ojos hundidos e inyectados en bilis y su nariz afilada y descarnada le prestaban cierto parecido con una feroz ave de rapiña.

—¿Quién de ustedes es Holmes? —preguntó aquella aparición.

—Ese es mi nombre, caballero; pero usted me lleva la delantera —dijo mi compañero con serenidad.

—Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.

—¡Vaya, doctor! —dijo Holmes amablemente—. Tenga la bondad de tomar asiento.

—No haré nada por el estilo. Mi hijastra ha estado aquí: le he seguido la pista. ¿Qué les ha estado contando?

—Hace un frío un tanto excesivo para esta época del año —dijo Holmes.

—¿Qué les ha estado diciendo? —rugió el anciano enfurecido.

—Pero he oído decir que los azafranes prometen buena cosecha —continuó mi compañero imperturbable.

—¡Ajá! ¿Conque me sale con evasivas, eh? —dijo nuestro nuevo visitante, dando un paso al frente y blandiendo la fusta—. ¡Le conozco, granuja! He oído hablar de usted: es usted Holmes, el entrometido.

Mi amigo sonrió.

—¡Holmes, el fisgón!

Su sonrisa se ensanchó.

—¡Holmes, el zángano de Scotland Yard!

Holmes soltó una sonora carcajada. —Su conversación resulta de lo más amena —dijo—. Al salir tenga la bondad de cerrar la puerta, pues hay una corriente molesta.

—Me marcharé cuando haya dicho lo que tengo que decir. ¡No se atreva a meter las narices en mis asuntos! Sé que la señorita Stoner ha estado aquí: ¡le seguí la pista! ¡Soy un hombre peligroso para cruzarse en mi camino! Fíjese bien. —Avanzó resueltamente hacia delante, arrebató el atizador de la chimenea y lo dobló en arco con sus descomunales manos tostadas.

—¡Procure no caer entre mis garras! —gruñó; y arrojando el atizador retorcido al hogar, salió de la estancia a grandes zancadas.

—Parece una persona sumamente afable —dijo Holmes, riendo—. No soy tan voluminoso, pero si se hubiera quedado tal vez le habría demostrado que mis manos no son mucho más débiles que las suyas. —Al hablar recogió el atizador de acero y, con un esfuerzo repentino, lo enderezó de nuevo.

—¡Mire que tener la insolencia de confundirme con la policía oficial! Este incidente añade picante a nuestra investigación, sin embargo, y solo confío en que nuestra amiguita no sufra las consecuencias de su imprudencia al dejarse seguir por este bruto. Y ahora, Watson, encargaremos el desayuno y luego me daré un paseo hasta Doctors’ Commons, donde espero recabar algunos datos que puedan auxiliarnos en esta causa.

Eran cerca de la una cuando Sherlock Holmes regresó de su excursión. Llevaba en la mano un pliego de papel azulado cubierto de notas y cifras.

—He consultado el testamento de la difunta esposa —dijo—. Para determinar su alcance exacto me he visto precisado a calcular las cotizaciones actuales de los valores en que está invertido. La renta total, que al morir la esposa rozaba las mil cien libras, no pasa hoy de las setecientas cincuenta debido a la depreciación agraria. Cada hija puede reclamar una renta de doscientas cincuenta libras en caso de matrimonio. Resulta evidente, por ende, que si ambas muchachas se hubieran casado, a este angelito le habría quedado una mera miseria, e incluso una sola de ellas le mermaría los ingresos de forma gravísima. Mi labor matutina no ha caído en saco roto, pues demuestra que posee motivos de peso para oponerse a cualquier enlace. Y ahora, Watson, esto es demasiado grave para andarse con dilaciones, máxime sabiendo el anciano que nos interesamos en sus asuntos; de modo que si está listo, tomaremos un carruaje y nos dirigiremos a Waterloo. Le agradecería muchísimo que se deslizase el revólver en el bolsillo: un Eley del número dos es un excelente argumento con caballeros capaces de hacer nudos con atizadores de acero. Eso y un cepillo de dientes es, creo, cuanto necesitamos.

En Waterloo tuvimos la fortuna de alcanzar un tren para Leatherhead, donde alquilamos un carruaje en la posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los hermosos senderos de Surrey. Era un día perfecto, de sol radiante y ligeras nubecillas de lana en el firmamento. Los árboles y los setos del camino comenzaban a brotar con sus primeros renuevos verdes y el aire estaba cargado del dulce aroma de la tierra húmeda. Para mí al menos mediaba un extraño contraste entre la dulce promesa de la primavera y aquella siniestra pesquisa en la que andábamos empeñados. Mi compañero viajaba en la delantera del coche con los brazos cruzados, el sombrero calado sobre los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido en profundísimas cavilaciones. De repente, empero, dio un respingo, me tocó en el hombro y señaló hacia las praderas.

—¡Mire allí! —dijo.

Un parque densamente arbolado ascendía en suave pendiente hasta culminar en una espesura en lo más alto. De entre el ramaje emergían los hastiales grises y la alta techumbre de una mansión antiquísima.

—¿Stoke Moran? —preguntó él.

—Sí, señor: esa es la casa del doctor Grimesby Roylott —observó el cochero.

—Hay obras allí —dijo Holmes—; hacia allá nos dirigimos.

—Allí está el pueblo —dijo el cochero, señalando un apiñamiento de tejados a cierta distancia a la izquierda—; pero si quieren llegar a la mansión les resultará más corto saltar esta cancela y tomar el sendero que cruza los campos. Por allí va paseando la señorita.

—Y la señorita es, me figuro, la señorita Stoner —observó Holmes, protegiéndose los ojos con la mano—. Sí, creo que será mejor hacer lo que sugiere.

Nos apeamos, pagamos la carrera y el carruaje emprendió el regreso traqueteando hacia Leatherhead.

—Me pareció oportuno —dijo Holmes mientras franqueábamos la portilla— que este hombre nos tomase por arquitectos o por peritos: evitará comadreos. Buenas tardes, señorita Stoner. Ya ve que hemos sido fieles a nuestra palabra.

Nuestra cliente de la mañana se había adelantado presurosa a nuestro encuentro con el rostro iluminado por el júbilo. —¡Con cuánta ansiedad les aguardaba! —exclamó, estrechándonos calurosamente las manos—. Todo ha salido a pedir de boca: el doctor Roylott se marchó a la capital y es inverosímil que regrese antes del anochecer.

—Hemos tenido el placer de trabar conocimiento con el doctor —dijo Holmes; y en breves palabras le bosquejó lo acaecido. La señorita Stoner se puso blanca como la cera mientras escuchaba.

—¡Santo Dios! —exclamó—. Me ha seguido, entonces.

—Así parece.

—Es tan taimado que jamás sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá cuando regrese?

—Tendrá que guardarse bien, pues tal vez descubra que hay alguien más astuto que él pisándole los talones. Debe encerrarse con llave esta noche. Si se muestra violento, la llevaremos con nosotras a casa de su tía en Harrow. Ahora debemos aprovechar el tiempo al máximo, de suerte que tenga la bondad de conducirnos en el acto a las habitaciones que hemos de inspeccionar.

El edificio era de piedra gris manchada de líquenes, con un cuerpo central elevado y dos alas curvadas que se abrían a cada lado como las pinzas de un cangrejo. En una de esas alas las ventanas estaban rotas y tapiadas con tablas de madera, mientras el tejado se hallaba parcialmente hundido: la viva estampa de la desolación. El cuerpo central se encontraba en un estado poco mejor; pero el bloque de la derecha era comparativamente moderno y los estores en las ventanas, con el humo azulado que salía de las chimeneas, denotaban que allí residía la familia. Se había levantado un andamio contra el muro del extremo y la mampostería estaba picada, pero no se advertía rastro de obreros en el momento de nuestra visita. Holmes paseó despacio por el césped mal cuidado y examinó con profunda atención la fachada exterior de las ventanas.

—Esta corresponde, supongo, a la habitación donde dormía usted antes; la del centro a la de su hermana, y la contigua al cuerpo principal a la estancia del doctor Roylott.

—Exactamente. Pero ahora duermo en la del medio.

—A la espera de que concluyan las obras, según entiendo. Por cierto: no parece advertirse una necesidad perentoria de reparaciones en ese muro del extremo.

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