El carbunclo azul · IV
~5 min · 945 palabras
Tuve en otro tiempo un amigo llamado Maudsley, que se echó a perder y acababa de cumplir condena en Pentonville. Un día tropezó conmigo y nos pusimos a hablar de los procedimientos de los ladrones y de cómo daban salida a lo robado. Sabía que no me traicionaría, pues yo sabía un par de cosas sobre él; de modo que resolví marcharme directo a Kilburn, donde residía, y ponerle al corriente de todo. Él me enseñaría el modo de convertir la joya en dinero contante y sonante. Pero ¿cómo llegar hasta él sano y salvo? Recordaba las angustias que había pasado para salir del hotel: en cualquier instante podían prenderme y registrarme, y allí estaría la piedra en el bolsillo de mi chaleco. Me hallaba apoyado contra la pared en aquel instante, mirando a los gansos que correteaban a mis pies, y de súbito me asaltó una idea que me demostró cómo burlar al mejor detective del mundo.
—Mi hermana me había dicho unas semanas antes que podía elegir el mejor de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que cumplía siempre su palabra. Tomaría mi ganso ahora mismo y en él transportaría mi gema hasta Kilburn. Había un pequeño cobertizo en el patio y detrás de él empujé a una de las aves: un ejemplar magnífico y corpulento, blanco con una raya en la cola. Lo atrapé y, abriéndole el pico a la fuerza, le introduje la piedra por la garganta hasta donde alcanzaba mi dedo. El animal hizo una deglución y sentí que la piedra descendía por el esófago hasta alojarse en el buche. Pero la bestia aleteó y forcejeó, y mi hermana salió al patio para averiguar qué pasaba. Al volverme a hablarle, el bicho se me escapó y fue a revolotear entre los demás.
—«¿Qué demonios hacías con ese animal, Jem?», me dice ella.
—«Pues verás —le respondí—: me dijiste que me regalarías uno por Navidad y estaba tanteando cuál era el más gordo».
—«¡Ah! —dice ella—. Te habíamos reservado el tuyo: el de Jem, le llamamos. Es aquel blanco tan grande de allí. Hay veintiséis en total, lo que hace uno para ti, uno para nosotros y dos docenas para el mercado».
—«Muchas gracias, Maggie —le dije—; pero si te da lo mismo, preferiría quedarme con ese que estaba manoseando hace un momento».
—«El otro pesa tres buenas libras más —dijo ella— y lo hemos cebado expresamente para ti».
—«No importa: prefiero el otro y me lo llevaré ahora mismo», respondí.
—«Bueno, como gustes —dijo ella, un tanto ofendida—. ¿Cuál es el que quieres, entonces?».
—«Aquel blanco de la raya en la cola, el que anda justo en mitad de la manada».
—«Muy bien: mátalo y llévatelo contigo».
—Pues bien: hice lo que me decía, señor Holmes, y cargué con el ganso hasta Kilburn. Le conté a mi compinche lo que había hecho, pues era hombre a quien resultaba fácil confiar semejantes lances. Se rio hasta atragantarse, tomamos un cuchillo y abrimos el animal. El corazón se me cayó a los pies: no había ni rastro de la piedra y comprendí que había mediado una equivocación espantosa. Dejé allí el ganso, corrí de vuelta a casa de mi hermana y me precipité en el corral. No quedaba ni un solo ganso a la vista.
—«¿Dónde están todos, Maggie?», grité.
—«Se los llevaron al tratante, Jem».
—«¿A qué tratante?».
—«A Breckinridge, el de Covent Garden».
—«Pero ¿había otro con una raya en la cola? —pregunté—; ¿idéntico al que yo elegí?».
—«Sí, Jem: había dos con la raya en la cola y yo jamás lograba distinguirlos».
—Pues bien: lo vi todo claro al instante y corrí cuanto me daban las piernas a ver a ese tal Breckinridge; pero había vendido la partida en el acto y no quiso decirme una palabra de adónde habían ido a parar. Ustedes mismos le oyeron esta noche: siempre me ha respondido del mismo modo. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces pienso que en efecto lo estoy. Y ahora... ¡ahora soy un ladrón marcado sin haber llegado a tocar jamás la riqueza por la que vendí mi honra! ¡Que Dios me asista! ¡Que Dios me asista! —Rompió en sollozos convulsivos, con el rostro sepultado entre las manos.
Siguió un prolongado silencio, roto únicamente por su respiración fatigosa y por el acompasado tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el borde de la mesa. Luego mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.
—¡Lárguese! —dijo.
—¡Cómo, caballero! ¡Oh, que el cielo le bendiga!
—¡Ni una palabra más! ¡Lárguese!
Y no hicieron falta más palabras: se oyó una carrera precipitada, un tropel de pasos por la escalera, el golpe del portal y el eco sonoro de unas pisadas huyendo a la carrera por la calle.
—Al fin y al cabo, Watson —dijo Holmes, alargando la mano hacia su pipa de arcilla—, la policía no me paga para suplir sus deficiencias. Si Horner corriera verdadero peligro sería otro cantar; pero este sujeto no comparecerá a declarar contra él y la acusación se vendrá abajo por su propio peso. Supongo que estoy encubriendo un delito, pero es muy posible que esté salvando un alma. Este individuo no volverá a descarriarse: el susto ha sido demasiado grande. Si lo encierra ahora en presidio, lo convertirá en un criminal para los restos de sus días. Además, estamos en tiempo de perdón. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema sumamente singular y caprichoso, y su resolución encierra su propia recompensa. Si tuviese la bondad de tocar la campanilla, doctor, emprenderemos otra investigación en la que también un ave figurará como protagonista.
Fin del Episodio 27 · de 47
El carbunclo azul · IV
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