Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 26

El carbunclo azul · III

~11 min · 2283 palabras

Cruzamos Holborn, bajamos por Endell Street y luego, a través de un laberinto de callejuelas miserables, desembocamos en el mercado de Covent Garden. Uno de los puestos mayores lucía el rótulo de Breckinridge, y su dueño —un hombre de aire caballar, cara afilada y pulcras patillas— ayudaba a un mozo a echar los cierres metálicos.

—Buenas noches. Hace una noche gélida —dijo Holmes.

El comerciante asintió y lanzó una mirada inquisitiva a mi compañero.

—Veo que se ha quedado sin gansos —continuó Holmes, señalando los mostradores desnudos de mármol.

—Puedo servirle quinientos mañana por la mañana.

—Eso no me sirve.

—Bueno, quedan algunos en el puesto del mechero de gas.

—¡Ah! Pero me habían recomendado acudir a usted.

—¿Quién se lo recomendó?

—El dueño de la taberna Alpha.

—¡Ah, sí! Le envié un par de docenas.

—Magníficas aves, por cierto. Y dígame: ¿de dónde las sacó?

Para mi asombro, la pregunta provocó un repentino estallido de cólera en el comerciante.

—A ver, caballero —dijo, ladeando la cabeza y plantándose en jarras—: ¿adónde quiere ir a parar? Hable claro de una vez.

—Hablo bastante claro: desearía saber quién le vendió los gansos que suministró a la taberna Alpha.

—¡Pues no pienso decírselo! ¡Ahí lo tiene!

—¡Oh, es un asunto sin la menor importancia! Pero no comprendo por qué se acalora tanto por una insignificancia semejante.

—¿Acalorarme? ¡Quizá se acalorase usted si le atosigaran tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por una buena mercancía, ahí debería terminar el negocio; pero no hacen más que: «¿Dónde están los gansos?», y «¿A quién le vendió los gansos?», y «¿Cuánto pide por los gansos?». Se diría que son los únicos gansos del mundo entero, a juzgar por el alboroto que se traen con ellos.

—Bueno, nada tengo que ver con las demás personas que hayan venido a importunarle —dijo Holmes con aire displicente—. Si no quiere decírnoslo la apuesta queda en nada, eso es todo. Pero siempre estoy dispuesto a defender mi opinión en materia de aves, y me juego cinco libras a que el animal que me comí fue criado en el campo.

—¡Pues ha perdido sus cinco libras, porque fue criado en la ciudad! —espetó el comerciante.

—Nada de eso.

—Le digo que sí.

—No me lo creo.

—¿Cree que sabe más de aves que yo, que llevo tratándolas desde que era un renacuajo? Le aseguro que todos los animales que fueron a la taberna Alpha se criaron en la ciudad.

—Jamás me convencerá de semejante disparate.

—¿Quiere apostar, entonces?

—Es quitarle el dinero vilmente, pues sé bien que estoy en lo cierto. Pero me apostaré un soberano de oro con usted, solo para enseñarle a no ser tan testarudo.

El comerciante soltó una risita socarrona. —Tráeme los libros, Bill —dijo.

El muchacho se acercó con un cuaderno menudo y delgado y un gran libro encuadernado en piel grasienta, depositándolos juntos bajo la lámpara colgante.

—Y ahora, señor Sabihondo —dijo el vendedor—, creía haberme quedado sin gansos, pero antes de que acabe comprobará que todavía me queda uno en la tienda. ¿Ve este librito?

—¿Y bien?

—Esa es la lista de la gente a quien compro. ¿Lo ve? Pues bien: aquí, en esta página, están los del campo, y los números que siguen a sus nombres remiten a donde figuran sus cuentas en el libro mayor. ¡Y ahora mire! ¿Ve esta otra página escrita en tinta roja? Es la relación de mis proveedores de la ciudad. Mire ahora el tercer nombre: tenga la bondad de leérmelo en voz alta.

—«Señora Oakshott, Brixton Road, número 117... 249» —leyó Holmes.

—Exacto. Busque ahora esa partida en el libro mayor.

Holmes abrió el libro por la página indicada. —Aquí está: «Señora Oakshott, Brixton Road, número 117, proveedora de huevos y aves de corral».

—¿Y cuál es el último asiento?

—«22 de diciembre: veinticuatro gansos a siete chelines y seis peniques».

—¡Exacto! Ahí lo tiene. ¿Y qué pone debajo?

—«Vendidos al señor Windigate, de la taberna Alpha, a doce chelines».

—¿Qué tiene que decir ahora?

Sherlock Holmes adoptó un aire de profunda contrariedad. Extrajo un soberano de oro del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador de mármol, dándose la vuelta con la actitud del hombre cuyo disgusto resulta demasiado hondo para las palabras. A pocos pasos se detuvo bajo una farola y rompió a reír con esa risa silenciosa y sincera tan característica en él.

—Cuando ve a un hombre con patillas de ese corte y el periódico de carreras asomándole por el bolsillo, siempre puede ablandarle mediante una apuesta —dijo—. Me atrevo a asegurar que si le hubiera puesto cien libras sobre la mesa no me habría facilitado unos datos tan completos como los que le arrancó la idea de desplumarme con una apuesta. Bueno, Watson: me parece que nos acercamos al final de nuestras pesquisas, y el único extremo que resta por dilucidar es si debemos encaminarnos a ver a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Resulta evidente por lo que dijo ese patán que hay otros tan interesados como nosotros en el asunto, y yo...

Sus palabras se vieron bruscamente interrumpidas por un formidable alboroto que estalló en el puesto que acabábamos de abandonar. Al volver la vista vimos a un individuo menudo, con cara de rata, plantado en el centro del círculo de luz amarilla que arrojaba la lámpara oscilante, mientras Breckinridge, encuadrado en la puerta de su tenderete, sacudía ferozmente los puños contra la encogida figurilla.

—¡Estoy hasta la coronilla de usted y de sus gansos! —gritaba—. ¡Ojalá se fueran todos al diablo juntos! Como vuelva a importunarme con sus majaderías le azuzaré el perro. ¡Tráigame aquí a la señora Oakshott y le responderé a ella! Pero ¿qué tiene usted que ver en esto? ¿Acaso le compré los gansos a usted?

—No; pero uno de ellos era mío a pesar de todo —gimoteó el hombrecillo.

—¡Pues pídaselo a la señora Oakshott!

—Ella me dijo que se lo pidiera a usted.

—¡Pues puede pedírselo al rey de Prusia, si le viene en gana! ¡Ya he tenido bastante! ¡Lárguese de aquí! —Se abalanzó furioso hacia delante y el preguntón se esfumó en la oscuridad.

—¡Ajá! Esto puede ahorrarnos el viaje a Brixton Road —susurró Holmes—. Venga conmigo y veremos qué se puede sacar en limpio de este sujeto. —Abriéndose paso a grandes zancadas entre los grupos dispersos que merodeaban junto a los puestos iluminados, mi compañero dio alcance con presteza al hombrecillo y le tocó en el hombro. Este se revolvió de un salto y pude ver a la luz del gas que hasta la última gota de color había huido de sus mejillas.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —preguntó con voz temblorosa.

—Disculpará —dijo Holmes amablemente—, pero no he podido evitar escuchar las preguntas que acaba de formular al comerciante. Creo que podría serle de alguna utilidad.

—¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo podría saber nada del asunto?

—Me llamo Sherlock Holmes. Mi oficio consiste en saber lo que los demás ignoran.

—¡Pero de esto no puede saber nada!

—Perdóneme: lo sé todo. Trata de seguir el rastro de unos gansos vendidos por la señora Oakshott, de Brixton Road, a un tratante llamado Breckinridge, vendidos por este a su vez al señor Windigate, de la taberna Alpha, y por este a su club, del cual es socio el señor Henry Baker.

—¡Oh, caballero, es usted el hombre a quien tanto ansiaba encontrar! —exclamó el hombrecillo con las manos extendidas y los dedos trémulos—. Apenas puedo explicarle cuán hondamente interesado estoy en este asunto.

Sherlock Holmes hizo una seña a un coche de alquiler que pasaba. —En tal caso más valdrá discutirlo en una habitación acogedora que en esta plaza de mercado azotada por el viento —dijo—. Pero dígame, por favor, antes de continuar: ¿a quién tengo el honor de prestar auxilio?

El hombre vaciló un instante. —Me llamo John Robinson —respondió con una mirada de soslayo.

—No, no; el verdadero nombre —dijo Holmes con dulzura—. Siempre resulta engorroso hacer negocios bajo seudónimo.

Un rubor encendido tiñó las mejillas macilentas del forastero. —Bueno, entonces: mi verdadero nombre es James Ryder.

—Exactamente: jefe de mozos de llaves del Hotel Cosmopolitan. Tenga la bondad de subir al coche y muy pronto podré revelarle cuanto desea saber.

El hombrecillo permaneció mirándonos a uno y a otro con ojos a medias asustados y a medias esperanzados, como quien no sabe si se halla al borde de una fortuna o de un cataclismo. Luego subió al carruaje y al cabo de media hora nos encontrábamos de regreso en la sala de estar de Baker Street. Nada se había dicho durante el trayecto, pero la respiración entrecortada de nuestro acompañante y sus manos crispadas denotaban la violenta tensión que lo embargaba.

—¡Ya estamos aquí! —dijo Holmes jovialmente al entrar en la estancia—. El fuego resulta sumamente oportuno con este tiempo. Parece aterido, señor Ryder. Tome asiento en esa butaca de mimbre. Me pondré las zapatillas antes de arreglar este modesto asunto suyo. Y ahora, veamos: ¿desea saber qué fue de aquellos gansos?

—Sí, señor.

—O más bien, me figuro, de aquel ganso concreto: de un animal específico por el que sentía especial apego, blanco con una raya negra cruzándole la cola.

Ryder se estremeció de pies a cabeza. —¡Oh, caballero! —exclamó—. ¿Puede decirme adónde fue a parar?

—Vino a parar aquí.

—¿Aquí?

—Sí; y resultó ser un ave en verdad extraordinaria. No me extraña que sienta un vivo interés por ella: puso un huevo después de muerta, el huevecillo azul más primoroso y deslumbrante que jamás se haya visto. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se puso en pie tambaleándose y se aferró a la repisa de la chimenea con la mano derecha. Holmes abrió su caja fuerte y alzó en alto el carbunclo azul, que centelleó como una estrella con un resplandor frío, límpido y de mil facetas. Ryder permaneció mirándolo con rostro desencajado, sin saber si reclamarlo o desentenderse de él.

—El juego ha terminado, Ryder —dijo Holmes serenamente—. ¡Téngase en pie, hombre, o caerá sobre el fuego! Ayúdele a sentarse de nuevo, Watson. No tiene sangre en las venas para meterse a criminal con impunidad. Dele un trago de coñac. ¡Así! Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo alfeñique, la verdad!

Por un momento se había tambaleado a punto de desplomarse, pero el licor devolvió un tinte de color a sus mejillas y permaneció mirando con ojos aterrados a su acusador.

—Tengo casi todos los eslabones en mi poder y cuantas pruebas pudiera necesitar, de modo que muy poco es lo que precisa contarme. Con todo, conviene dejar bien atado ese poco para completar la causa. ¿Había oído hablar, Ryder, de esta piedra azul de la condesa de Morcar?

—Fue Catherine Cusack quien me habló de ella —dijo con voz cascada.

—Comprendo: la doncella de Su Señoría. Pues bien: la tentación de una riqueza repentina y fácil de adquirir resultó superior a sus fuerzas, como lo ha sido para hombres mejores que usted; pero no anduvo con demasiados escrúpulos en los medios empleados. Se me antoja, Ryder, que lleva dentro madera de consumado bellaco. Sabía que este hombre Horner, el fontanero, se había visto mezclado en un asunto similar con anterioridad y que las sospechas recaerían con mayor presteza sobre él. ¿Qué hizo entonces? Buscó un pequeño apaño que hacer en el tocador de la señora —usted y su cómplice la Cusack— y se las arregló para que le mandaran llamar a él. Luego, una vez marchado, forzó el joyero, dio la alarma e hizo arrestar a este desventurado individuo. Y luego...

Ryder se arrojó de pronto de rodillas sobre la alfombra y se aferró a las piernas de mi compañero. —¡Por el amor de Dios, tenga piedad! —chilló—. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Les partiría el corazón. ¡Jamás cometí una falta antes de ahora! ¡Jamás volveré a hacerlo! Se lo juro: lo juraré sobre la Biblia. ¡Oh, no me lleve ante los tribunales! ¡Por Cristo bendito, no lo haga!

—¡Vuelva a su asiento! —dijo Holmes en tono severo—. Muy bien está arrastrarse y gemir ahora; pero poco pensó en el pobre Horner en el banquillo por un delito del que nada sabía.

—Huiré, señor Holmes. Abandonaré el país, caballero: de ese modo la acusación contra él se vendrá abajo.

—¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora escucharemos la relación verídica del acto siguiente: ¿cómo llegó la piedra al ganso y cómo llegó el ganso al mercado abierto? Cuéntenos la verdad, pues en ella radica su única esperanza de salvación.

Ryder se pasó la lengua por los labios secos. —Se lo relataré exactamente tal como sucedió, caballero —dijo—. Cuando Horner fue arrestado comprendí que lo más prudente era poner pies en polvorosa con la piedra en el acto, pues no sabía en qué momento a la policía le daría por registrarme a mí y a mi habitación. En ningún rincón del hotel se hallaba segura. Salí con el pretexto de un recado y me dirigí a casa de mi hermana: se había casado con un tal Oakshott y residía en Brixton Road, donde se dedicaba a cebar aves para el mercado. Durante todo el camino cada hombre con el que me cruzaba me parecía un policía o un detective; y a pesar de la gélida noche, el sudor me corría a chorros por el rostro antes de llegar a Brixton Road. Mi hermana me preguntó qué me ocurría y por qué me hallaba tan pálido; pero le respondí que me había alterado el robo de las joyas en el hotel. Luego salí al corral de atrás, encendí una pipa y me puse a cavilar qué sería mejor hacer.

Fin del Episodio 26 · de 47

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