Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 25

El carbunclo azul · II

~11 min · 2167 palabras

—¡Mil libras! ¡Dios todopoderoso! —El ordenanza se desplomó en una silla y nos miró a uno y a otro con ojos desorbitados.

—Esa es la recompensa, y tengo motivos para saber que median razones sentimentales de fondo que inducirían a la condesa a desprenderse de la mitad de su fortuna con tal de recuperar la gema.

—Se extravió, si mal no recuerdo, en el Hotel Cosmopolitan —observé.

—Exactamente: el veintidós de diciembre, hace cinco días escasos. John Horner, un fontanero, fue acusado de haberla sustraído del joyero de la dama. Las pruebas contra él eran tan abrumadoras que la causa ha sido remitida al tribunal de lo criminal. Creo tener aquí alguna reseña del suceso. —Hurgó entre sus periódicos, recorriendo las fechas, hasta que al fin alisó un pliego, lo dobló y leyó el siguiente párrafo:

«Robo de joyas en el Hotel Cosmopolitan. John Horner, de veintiséis años, fontanero de oficio, compareció acusado de haber sustraído el veintidós del corriente del joyero de la condesa de Morcar la valiosa gema conocida como el carbunclo azul. James Ryder, jefe de mozos del establecimiento, declaró que había conducido a Horner al tocador de la condesa el día del robo para soldar el segundo barrote de la chimenea, que se hallaba suelto. Había permanecido a su lado algún tiempo, pero por último fue llamado por otros asuntos. Al regresar comprobó que Horner había desaparecido, que el secreter había sido forzado y que el pequeño estuche de tafilete en el que la condesa acostumbraba a guardar su joya yacía vacío sobre el tocador. Ryder dio la alarma al instante y Horner fue detenido esa misma tarde; pero la piedra no pudo hallarse ni sobre su persona ni en sus habitaciones. Catherine Cusack, doncella de la condesa, depuso haber oído el grito de pavor de Ryder al descubrir el expolio y haber acudido a la habitación, donde comprobó los hechos descritos por el testigo precedente. El inspector Bradstreet, de la división B, prestó declaración sobre el arresto de Horner, quien opuso feroz resistencia y protestó su inocencia en los términos más enérgicos. Habiéndose acreditado condenas anteriores por robo contra el reo, el magistrado rehusó resolver sumariamente y remitió la causa a las próximas sesiones del tribunal de lo criminal. Horner, que exhibió muestras de vivísima angustia durante las diligencias, sufrió un desmayo al concluir la vista y hubo de ser sacado en brazos de la sala».

—¡Hum! Hasta ahí las actuaciones del juzgado —dijo Holmes pensativamente, arrojando el periódico a un lado—. El problema que nos corresponde dilucidar ahora es la serie de eslabones que conducen desde un joyero forzado en un extremo hasta el buche de un ganso en Tottenham Court Road en el otro. Ya ve, Watson: nuestras modestas deducciones han cobrado de pronto un aspecto incomparablemente más grave y menos inocente. Aquí está la gema; la gema salió del ganso, y el ganso provino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero deslucido y de todos los demás rasgos con los que le he tenido a usted entretenido. De suerte que ahora debemos consagrarnos seriamente a dar con este caballero y averiguar qué papel ha desempeñado en este pequeño misterio. Para ello probaremos primero los medios más sencillos, y estos radican sin duda en un anuncio en todos los diarios vespertinos. Si esto fracasa, recurriré a otros procedimientos.

—¿Qué pondrá en el anuncio?

—Deme un lápiz y esa tira de papel. Veamos: «Hallados en la esquina de Goodge Street un ganso y un sombrero negro de fieltro. El señor Henry Baker puede recuperarlos presentándose esta tarde a las 6:30 en el 221B de Baker Street». Claro y conciso.

—Mucho. Pero ¿llegará a verlo?

—Bueno, no dejará de consultar la prensa, ya que para un hombre pobre la pérdida resultaba cuantiosa. Estaba tan asustado por su percance al romper el cristal y por la llegada de Peterson que solo pensó en la huida; pero desde entonces habrá lamentado amargamente el arrebato que le indujo a soltar el ave. Además, la mención de su nombre asegurará que se entere, pues cualquiera que le conozca le llamará la atención sobre ello. Tome, Peterson: corra a la agencia de publicidad y haga insertar esto en los diarios de la tarde.

—¿En cuáles, señor?

—¡Oh, en el Globe, en el Star, en el Pall Mall, en la St. James’s Gazette, en el Evening News, en el Standard, en el Echo y en cuantos se le ocurran!

—Muy bien, señor. ¿Y la piedra?

—¡Ah, sí! Me quedaré con la joya. Muchas gracias. Y óigame, Peterson: compre un ganso a la vuelta y déjelo aquí conmigo, pues debemos disponer de uno para entregárselo a este caballero en lugar del que su familia se está zampando en este momento.

Cuando el ordenanza se hubo marchado, Holmes tomó la piedra y la sostuvo a contraluz. —Es una preciosidad —dijo—. Fíjese cómo centellea y chisporrotea. Naturalmente, constituye un foco y núcleo de crímenes. Toda joya valiosa lo es: son los cebos predilectos del demonio. En las gemas mayores y más antiguas cada faceta bien puede representar un hecho sangriento. Esta piedra apenas cuenta veinte años de edad: fue hallada en las orillas del río Amoy, en el sur de China, y encierra la particularidad de reunir todos los caracteres del carbunclo, salvo que es de color azul en vez de rojo rubí. A pesar de su juventud cuenta ya con un siniestro historial: dos asesinatos, una agresión con vitriolo, un suicidio y varios robos se han cometido por culpa de estos cuarenta granos de carbón cristalizado. ¿Quién creería que un juguete tan primoroso fuese proveedor habitual del presidio y de la horca? La encerraré en mi caja de caudales ahora y pondré unas líneas a la condesa avisándole de que obra en nuestro poder.

—¿Cree que este tal Horner es inocente?

—No sabría decirlo.

—Y bien, ¿se imagina que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver en el asunto?

—Me parece infinitamente más probable que Henry Baker sea un hombre enteramente inocente, que no tenía la menor sospecha de que el ave que transportaba valía mucho más que si fuera de oro macizo. Eso, empero, lo dilucidaré mediante una sencilla prueba si obtenemos respuesta a nuestro anuncio.

—¿Y nada puede hacer usted hasta entonces?

—Nada.

—En tal caso continuaré mi ronda profesional de visitas. Pero regresaré al anochecer a la hora que ha fijado, pues me gustaría presenciar el desenlace de un negocio tan enredado.

—Me alegrará muchísimo verle. Ceno a las siete: hay becada, creo. Por cierto: en vista de los recientes acontecimientos, tal vez debería pedirle a la señora Hudson que examine minuciosamente el buche.

Me había demorado con un enfermo y pasaban unos minutos de las seis y media cuando me encontré de nuevo en Baker Street. Al aproximarme a la casa divisé a un hombre alto con gorra escocesa y el gabán abotonado hasta la barbilla, aguardando en la acera bajo el luminoso semicírculo que proyectaba el montante de la puerta. Justo al llegar yo se abrió la cancela y fuimos conducidos juntos a la habitación de Holmes.

—El señor Henry Baker, supongo —dijo él, levantándose del sillón y saludando a su visitante con ese aire llano y afable que tan fácilmente sabía adoptar—. Tenga la bondad de tomar asiento junto al fuego, señor Baker. Es una noche fría y observo que su circulación está mejor adaptada para el verano que para el invierno. ¡Ah, Watson, llega justo a tiempo! ¿Es este su sombrero, señor Baker?

—Sí, caballero; ese es indiscutiblemente mi sombrero.

Era un hombre corpulento de hombros caídos, cabeza voluminosa y rostro ancho e inteligente, que remataba en una barba puntiaguda de color castaño entrecano. Un ligero rubor en la nariz y en las mejillas, unido al leve temblor de su mano extendida, recordaba las sospechas de Holmes acerca de sus costumbres. Su levita negra y raída estaba abotonada hasta arriba con el cuello levantado, y sus muñecas descarnadas asomaban por las mangas sin asomo de camisa ni de puños. Hablaba con pausada cadencia, escogiendo las palabras con esmero, y daba en conjunto la impresión de un hombre de letras e instrucción a quien la fortuna había tratado con dureza.

—Hemos conservado estos efectos durante algunos días —dijo Holmes— porque esperábamos ver un anuncio suyo facilitando sus señas. No acierto a comprender por qué no puso ningún aviso en la prensa.

Nuestro visitante soltó una risita un tanto avergonzada. —Los chelines no abundan tanto en mis bolsillos como en otro tiempo —observó—. No me cabía duda de que la cuadrilla de granujas que me asaltó se había llevado tanto el sombrero como el ave. No quise gastar más dinero en una tentativa desesperada de recuperarlos.

—Muy natural. A propósito del animal: nos vimos obligados a comérnoslo.

—¡A comérselo! —Nuestro visitante se incorporó a medias de su asiento por la excitación.

—Sí: a nadie le habría servido de no haberlo hecho así. Pero supongo que este otro ganso que descansa sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fresco, cumplirá sus fines con idéntica eficacia.

—¡Oh, desde luego, desde luego! —respondió el señor Baker con un suspiro de alivio.

—Por supuesto, conservamos aún las plumas, las patas, el buche y demás despojos de su propia ave, de modo que si lo desea...

El hombre rompió en una sonora carcajada. —Podrían serme de utilidad como reliquias de mi aventura —dijo—; pero fuera de eso no alcanzo a ver de qué podrían servirme los disjecta membra de mi difunto conocido. No, caballero: creo que, con su permiso, circunscribiré mis atenciones al excelente animal que diviso en el aparador.

Sherlock Holmes me lanzó una rápida mirada con un leve encogimiento de hombros.

—Ahí tiene su sombrero, pues, y ahí su ave —dijo—. Por cierto: ¿le molestaría decirme de dónde sacó la otra? Soy un tanto aficionado a las aves de corral y raras veces he visto un ganso mejor cebado.

—Con mucho gusto, caballero —respondió Baker, que se había puesto en pie y colocado su flamante propiedad bajo el brazo—. Somos unos cuantos amigos los que frecuentamos la taberna Alpha, cerca del Museo: durante el día se nos puede encontrar en el Museo mismo, como comprenderá. Este año nuestro buen posadero, un tal Windigate, constituyó un club del ganso, mediante el cual, a cambio de unos pocos peniques semanales, cada uno de nosotros debía recibir un ave por Navidad. Pagué religiosamente mis cuotas y lo demás ya le es conocido. Le quedo sumamente agradecido, caballero, pues una gorra escocesa no se acomoda a mis años ni a mi gravedad. —Con una cómica pompa de modales nos hizo una solemne reverencia a los dos y se marchó a grandes zancadas.

—Eso en cuanto al señor Henry Baker —dijo Holmes cuando cerró la puerta a sus espaldas—. Es enteramente seguro que no sabe una palabra del asunto. ¿Tiene apetito, Watson?

—No especialmente.

—Entonces sugiero que transformemos nuestra cena en un refrigerio tardío y sigamos esta pista mientras esté caliente.

—Por todos los medios.

Hacía una noche crudísima, de modo que nos enfundamos los gabanes y nos liamos sendas bufandas al cuello. Afuera las estrellas centelleaban con frío fulgor en un cielo despejado y el aliento de los transeúntes se condensaba en humo como otros tantos disparos de pistola. Nuestras pisadas resonaban secas y sonoras al cruzar el barrio de los médicos: Wimpole Street, Harley Street y luego por Wigmore Street hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos hallábamos en Bloomsbury, ante la taberna Alpha, una modesta cervecería situada en la esquina de una de las calles que bajan hacia Holborn. Holmes empujó la puerta del reservado y pidió dos cañas de cerveza al rollizo y rubicundo tabernero del delantal blanco.

—Su cerveza debería ser excelente si es tan buena como sus gansos —dijo él.

—¡Mis gansos! —El hombre pareció sorprendido.

—Sí: hace apenas media hora hablaba con el señor Henry Baker, que era socio de su club del ganso.

—¡Ah, sí, ya comprendo! Pero verá, caballero: esos no eran nuestros gansos.

—¡De veras! ¿De quién eran entonces?

—Pues bien: le compré las dos docenas a un comerciante de Covent Garden.

—¿En efecto? Conozco a algunos de ellos. ¿A cuál fue?

—Se llama Breckinridge.

—¡Ah! No le conozco. Bueno: ¡a su salud, patrón, y prosperidad para su casa! Buenas noches.

—Y ahora rumbo al señor Breckinridge —continuó, abotonándose el gabán al salir al aire gélido—. Recuerde, Watson, que aunque en un extremo de la cadena tenemos una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro extremo tenemos a un hombre a quien le caerán con certeza siete años de presidio a menos que logremos demostrar su inocencia. Es muy posible que nuestras pesquisas no hagan más que confirmar su culpabilidad; pero, en cualquier caso, disponemos de una línea de investigación que pasó inadvertida a la policía y que una singular casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta sus últimas consecuencias. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!

Fin del Episodio 25 · de 47

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