Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 24

El carbunclo azul · I

~11 min · 2159 palabras

Había ido a visitar a mi amigo Sherlock Holmes la mañana del segundo día después de Navidad, con el propósito de expresarle las felicitaciones de la época. Se hallaba arrellanado en el sofá, envuelto en un batín morado, con un soporte para pipas a mano derecha y un montón de periódicos matutinos arrugados y recién hojeados a su alcance. Junto al sofá había una silla de madera y del ángulo del respaldo colgaba un sombrero hongo de fieltro sumamente deslucido y andrajoso, muy gastado por el uso y agrietado por varios sitios. Una lupa y unas pinzas que reposaban sobre el asiento sugerían que el sombrero había sido colgado de aquella guisa con fines de examen.

—Está usted ocupado —dije yo—; tal vez le interrumpa.

—De ningún modo. Me alegra tener a un amigo con quien discutir mis deducciones. El asunto es perfectamente trivial —señaló con el pulgar hacia el viejo sombrero—; pero encierra puntos que no carecen enteramente de interés y aun de instrucción.

Tomé asiento en su sillón y me calenté las manos ante el fuego crepitante, pues se había entablado una fuerte helada y los cristales de las ventanas estaban cuajados de escarcha. —Supongo —observé— que, por vulgar que parezca, este objeto lleva emparejada alguna historia sangrienta: que es la pista que le guiará en la resolución de algún misterio y en el castigo de algún crimen.

—No, no; nada de crímenes —dijo Sherlock Holmes, echándose a reír—. Solo uno de esos pequeños incidentes caprichosos que suelen ocurrir cuando cuatro millones de seres humanos se codean apretujados en el espacio de unas pocas millas cuadradas. En medio de la acción y reacción de semejante hormiguero humano cabe esperar cualquier combinación imaginable de sucesos, y surgen muchos pequeños problemas que pueden resultar llamativos y extravagantes sin ser delictivos. Ya hemos tenido experiencia de ellos.

—Hasta tal punto —observé yo— que de los últimos seis casos que he incorporado a mis notas, tres han estado enteramente libres de delito legal alguno.

—Precisamente. Alude usted a mi tentativa de recuperar los papeles de Irene Adler, al singular caso de la señorita Mary Sutherland y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien: no me cabe duda de que este modesto asunto entrará en esa misma categoría inocente. ¿Conoce a Peterson, el ordenanza?

—Sí.

—A él le pertenece este trofeo.

—¿Es su sombrero?

—No, no: lo encontró. Su dueño es desconocido. Le ruego que lo considere, no como un hongo abollado, sino como un problema intelectual. Y primero, en cuanto a cómo llegó aquí: se presentó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que sin duda se está asando en este preciso instante ante el fuego del hogar de Peterson. Los hechos son los siguientes: hacia las cuatro de la madrugada del día de Navidad, Peterson, que como sabe es un hombre honradísimo, regresaba de una modesta juerga y se encaminaba hacia su casa por Tottenham Court Road. Delante de él vio, a la luz del gas, a un hombre alto que caminaba con paso ligeramente vacilante, llevando un ganso blanco colgado del hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street se trabó una pendencia entre este forastero y un grupito de maleantes. Uno de estos últimos le tiró el sombrero de un golpe, ante lo cual el hombre alzó su bastón para defenderse y, al voltearlo sobre su cabeza, hizo añicos el escaparate de la tienda a sus espaldas. Peterson se lanzó hacia delante para proteger al desconocido de sus agresores; pero el individuo, asustado por haber roto el cristal y viendo aproximarse a un hombre de uniforme con aspecto de autoridad, soltó el ganso, echó a correr a toda prisa y se esfumó por el laberinto de callejuelas que se extienden tras Tottenham Court Road. Los gamberros también habían huido al ver a Peterson, de suerte que este quedó dueño del campo de batalla y de los despojos de la victoria en forma de este sombrero estropeado y de un ganso de Navidad irreprochable.

—Que sin duda devolvió a su dueño.

—Mi querido amigo, ahí radica el problema. Es verdad que rezaba «Para la señora de Henry Baker» en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave, y también lo es que las iniciales «H. B.» son legibles en el forro de este sombrero; pero como hay varios millares de Baker y algunos centenares de Henry Baker en esta ciudad nuestra, no resulta fácil devolver una propiedad extraviada a uno cualquiera de ellos.

—¿Qué hizo entonces Peterson?

—Me trajo tanto el sombrero como el ganso la mañana de Navidad, sabiendo que hasta los problemas más nimios suscitan mi interés. Retuvimos el ganso hasta esta misma mañana, en que menudearon los indicios de que, a pesar de la helada, convenía consumirlo sin dilación. Su descubridor se lo ha llevado, por ende, a cumplir el destino inexorable de todo ganso, mientras yo continúo en posesión del sombrero del desconocido caballero que perdió su cena navideña.

—¿No puso ningún anuncio en la prensa?

—No.

—Entonces, ¿qué pistas tiene sobre su identidad?

—Únicamente cuanto podamos deducir.

—¿De su sombrero?

—Precisamente.

—Pero bromea usted. ¿Qué puede sacar en limpio de este viejo fieltro estropeado?

—Aquí tiene mi lupa. Conoce usted mis métodos. ¿Qué alcanza a colegir por sí mismo acerca de la personalidad del individuo que ha llevado este objeto?

Tomé el andrajoso sombrero en mis manos y le di vueltas con aire bastante compungido. Era un vulgar sombrero negro de la consabida copa redondeada, duro y muy ajado por el uso. El forro había sido de seda roja, pero estaba sumamente descolorido. No figuraba el nombre del fabricante; pero, como Holmes había señalado, las iniciales «H. B.» aparecían garabateadas en un costado. Llevaba una presilla perforada en el ala para sujetar la goma de viento, pero la goma faltaba. Por lo demás estaba resquebrajado, sumamente polvoriento y salpicado de manchas en varios sitios, aunque parecía haberse intentado disimular los manchones frotándolos con tinta.

—No alcanzo a ver nada —dije, devolviéndoselo a mi amigo.

—Al contrario, Watson: lo ve usted todo. Lo que no consigue es razonar sobre lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de formular sus inferencias.

—Entonces, dígame, por favor: ¿qué deduce usted de este sombrero?

Lo tomó entre sus manos y lo examinó con ese aire peculiar e introspectivo que le era tan propio. —Quizá resulte menos sugerente de lo que hubiera podido ser —comentó—, y, con todo, hay unas cuantas deducciones muy claras y otras tantas que encierran al menos una sólida probabilidad: que el hombre era sumamente inteligente salta a la vista a primera ojeada, y también que disfrutó de una posición económica bastante desahogada en el transcurso de los últimos tres años, si bien ahora atraviesa una época de decadencia. Tuvo previsión, pero ahora posee menos que antaño, lo que denota una regresión moral que, unida a su declive económico, parece indicar alguna influencia funesta en su vida, con toda probabilidad la bebida. Esto explicaría asimismo el hecho patente de que su esposa ha dejado de amarle.

—¡Mi querido Holmes!

—Ha conservado, empero, cierto grado de respeto por sí mismo —continuó, desatendiendo mis protestas—. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, carece por completo de forma física, es de mediana edad, tiene el pelo entrecano que se ha hecho cortar en los últimos días y que unta con crema de lima. Estos son los hechos más evidentes que cabe deducir de su sombrero. Amén de que, de paso sea dicho, resulta sumamente improbable que disponga de instalación de gas en su casa.

—Se burla usted de mí, Holmes.

—En modo alguno. ¿Es posible que ni aun ahora, cuando le expongo los resultados, sea incapaz de ver cómo se alcanzan?

—No dudo de que soy muy torpe, pero confieso que me es imposible seguirle. Por ejemplo: ¿cómo dedujo que este hombre era inteligente?

Por respuesta Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubrió toda la frente y se le asentó sobre el caballete de la nariz. —Es una cuestión de capacidad cúbica —dijo—; un hombre con semejante cabeza debe de albergar algo dentro.

—¿Y el declive de su fortuna?

—Este sombrero tiene tres años. Estas alas planas y curvadas por los bordes se pusieron de moda entonces. Es una prenda de primerísima calidad: fíjese en la cinta de seda acanalada y en el excelente forro. Si este individuo pudo permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años y no ha adquirido ninguno desde entonces, no cabe duda de que ha venido a menos en el mundo.

—Bien; eso es bastante claro, ciertamente. Pero ¿qué hay de la previsión y de la regresión moral?

Sherlock Holmes se echó a reír. —Aquí tiene la previsión —dijo, posando el índice sobre el pequeño disco y la presilla del sujetador—. Jamás se venden ya puestos en los sombreros. Si este hombre mandó colocarlo, es indicio de cierta previsión, pues se tomó la molestia de adoptar esa precaución contra el viento. Pero puesto que vemos que rompió el elástico y no se cuidó de reemplazarlo, resulta evidente que posee menos previsión ahora que antaño, lo cual constituye una prueba manifiesta de debilitamiento de carácter. Por otra parte, se ha esforzado en disimular algunas de las rozaduras frotándolas con tinta, lo que demuestra que no ha perdido enteramente el amor propio.

—Sus deducciones son plausibles, ciertamente.

—Los demás extremos —que es de edad madura, que peina canas, que se ha cortado el pelo recientemente y que utiliza crema de lima— se desprenden todos de un minucioso examen de la parte inferior del forro. La lupa revela gran cantidad de puntas de cabello limpiamente segadas por las tijeras del barbero. Todas parecen pegajosas y despiden un inconfundible olor a fijador de lima. Este polvo, observará, no es el polvo arenoso y grisáceo de la calle, sino la pelusa parda y suave de una vivienda, lo que demuestra que la prenda ha permanecido colgada en el interior la mayor parte del tiempo; mientras que las marcas de sudor en el interior prueban de manera concluyente que el portador transpiraba copiosamente y, por ende, difícilmente podía hallarse en buena forma física.

—Pero su esposa... dijo usted que había dejado de amarle.

—Este sombrero lleva semanas enteras sin cepillar. Cuando le vea a usted, mi querido Watson, con el polvo de una semana acumulado sobre su sombrero y compruebe que su esposa le permite salir a la calle en semejante estado, temeré que también usted haya tenido la desgracia de perder el afecto conyugal.

—Pero bien pudiera ser soltero.

—De ningún modo: llevaba el ganso a casa como ofrenda de reconciliación para su esposa. Recuerde la tarjeta atada a la pata del animal.

—Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo diablos deduce que no hay gas en su casa?

—Una gota de sebo, o incluso dos, pueden deberse a la casualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, me parece indudable que el individuo está en contacto habitual con velas de sebo: sube por las noches la escalera con el sombrero en una mano y una vela chorreante en la otra. En cualquier caso, jamás le cayeron gotas de sebo de una espita de gas. ¿Se da por satisfecho?

—Bueno, es sumamente ingenioso —dije yo, riendo—; pero dado que, como acaba de afirmar, no se ha cometido ningún delito ni ha mediado más perjuicio que la pérdida de un ganso, todo esto parece un derroche inútil de agudeza.

Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de golpe y Peterson, el ordenanza, irrumpió en la habitación con las mejillas encendidas y el semblante de un hombre estupefacto.

—¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, caballero! —jadeó.

—¿Cómo? ¿Qué le pasa? ¿Ha resucitado y salido volando por la ventana de la cocina? —Holmes se revolvió sobre el sofá para contemplar mejor el rostro agitado del hombre.

—¡Mire aquí, caballero! ¡Mire lo que encontró mi mujer en el buche! —Extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de centelleo deslumbrante, algo más pequeña que un haba, pero de una pureza y fulgor tales que brillaba como un punto eléctrico en el hueco oscuro de su mano.

Sherlock Holmes se incorporó soltando un silbido. —¡Por Júpiter, Peterson! —exclamó—. Esto sí que es un tesoro en toda regla. Supongo que sabe lo que tiene ahí.

—¿Un diamante, caballero? Una piedra preciosa. Corta el cristal como si fuera mantequilla.

—Es más que una piedra preciosa: es la piedra preciosa.

—¡No será el carbunclo azul de la condesa de Morcar! —exclamé.

—Ese mismo. Debería conocer su tamaño y forma, considerando que he leído el anuncio al respecto en The Times todos los días últimamente. Es una joya enteramente única y su valor solo cabe conjeturarlo; pero la recompensa ofrecida de mil libras esterlinas ciertamente no alcanza ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.

Fin del Episodio 24 · de 47

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