El hombre del labio retorcido · IV
~6 min · 1217 palabras
Sherlock Holmes se sentó a su lado en el camastro y le palmeó afablemente el hombro.
—Si deja el esclarecimiento del asunto en manos de un tribunal de justicia —dijo—, difícilmente podrá evitar la publicidad. Por otra parte, si convence a las autoridades policiales de que no cabe formular cargo alguno contra usted, no veo motivo alguno para que los pormenores salten a la prensa. El inspector Bradstreet tomará nota, estoy seguro, de cuanto tenga a bien manifestarnos y lo someterá a sus superiores. De este modo el caso jamás llegará a verse en los juzgados.
—¡Dios le bendiga! —exclamó el prisionero con fervor—. Habría soportado la cárcel, e incluso el cadalso, antes que dejar mi vergonzoso secreto como una mancha familiar para mis hijos.
—Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de escuela en Chesterfield, donde recibí una esmerada educación. Viajé en mi juventud, me dediqué al teatro y finalmente entré de reportero en un periódico vespertino de Londres. Un día mi director quiso publicar una serie de artículos sobre la mendicidad en la metrópoli y me ofrecí voluntario para redactarlos. Ese fue el punto de partida de todas mis aventuras. Solo fingiéndome mendigo aficionado podía recabar los datos sobre los que asentar mis reportajes. Como antiguo actor conocía todos los secretos del maquillaje y había alcanzado fama en los camerinos por mi destreza. Aproveché mis conocimientos: me pinté la cara y, para resultar lo más lastimero posible, me tracé una buena cicatriz y me torcí un lado del labio con ayuda de una pequeña tira de esparadrapo color carne. Luego, con una peluca roja y unos harapos adecuados, me aposté en el corazón comercial de la City, en apariencia vendiendo fósforos pero en realidad pidiendo limosna. Durante siete horas ejercí mi oficio y cuando regresé a casa por la noche descubrí para mi asombro que había recaudado nada menos que veintiséis chelines y cuatro peniques.
—Escribí mis artículos y apenas volví a acordarme del asunto hasta que, tiempo después, avalé una letra a un amigo y me llegó una orden de embargo por veinticinco libras. No sabía de dónde demonios sacar el dinero, pero me asaltó una idea repentina: pedí un plazo de quince días al acreedor, solicité unas vacaciones a mis jefes y dediqué ese tiempo a mendigar en la City bajo mi disfraz. A los diez días tenía reunida la suma y pagué la deuda.
—Pues bien: ya pueden imaginar lo duro que resultaba volver a un trabajo penoso por dos libras a la semana cuando sabía que podía ganar eso mismo en una sola jornada con untarme la cara de almagre, poner la gorra en el suelo y sentarme sin mover un dedo. Fue una dura batalla entre mi orgullo y el dinero; pero las monedas ganaron al fin, abandoné el periodismo y me senté día tras día en la esquina que había elegido en un principio, inspirando compasión con mi rostro repulsivo y llenándome los bolsillos de calderilla. Un solo hombre conocía mi secreto: el dueño del sórdido tugurio donde me alojaba en Swandam Lane, de donde salía cada mañana transformado en un mendigo andrajoso para regresar al anochecer y convertirme en un caballero bien trajeado. Este individuo, un lascar, recibía una excelente paga por sus habitaciones, de suerte que mi secreto estaba a buen recaudo en sus manos.
—Muy pronto comprobé que estaba ahorrando sumas considerables. No quiero decir que cualquier mendigo de las calles de Londres pueda embolsarse setecientas libras al año —que es menos de mis ingresos medios—; pero yo gozaba de ventajas excepcionales en mi arte de maquillarme y en mi facilidad de réplica, que se fue perfeccionando con la práctica hasta hacerme un personaje muy popular en la City. Todo el santo día caía sobre mí una lluvia continua de peniques y monedas de plata, y muy malo tenía que ser el día en que no recaudara dos libras.
—A medida que me enriquecía me volvía más ambicioso: compré una casa en el campo y con el tiempo contraje matrimonio, sin que nadie sospechase mi verdadera ocupación. Mi querida esposa sabía que tenía negocios en la City; poco se imaginaba de qué negocios se trataba.
—El lunes pasado había terminado mi jornada y me estaba vistiendo en mi aposento sobre el fumadero de opio cuando miré por la ventana y vi, con horror y espanto, a mi esposa plantada en la calle con los ojos clavados en mí. Lancé un grito de asombro, alcé los brazos para taparme la cara y, corriendo hacia mi confidente el lascar, le supliqué que impidiese que nadie subiera a mi cuarto. Oí su voz abajo, pero sabía que no podría subir. A toda prisa me quité las ropas, me enfundé los andrajos de mendigo y me apliqué los tintes y la peluca. Ni siquiera la mirada de una esposa podía atravesar un disfraz tan consumado. Pero entonces comprendí que podían registrar la habitación y que las ropas me delatarían. Abrí la ventana de par en par, reabriendo con la brusquedad un pequeño corte que me había hecho en el dormitorio aquella misma mañana. Tomé la levita, lastrada por las monedas que acababa de vaciar en los bolsillos desde la bolsa de cuero donde guardaba la recaudación. La arrojé por la ventana y desapareció en el Támesis. Las demás prendas habrían corrido idéntica suerte de no haber sonado el tropel de los guardias escaleras arriba; y pocos minutos después comprobé, confieso que con bastante alivio, que en vez de ser reconocido como el señor Neville St. Clair era detenido como su asesino.
—No sé si me queda algo más por explicar. Estaba resuelto a mantener mi disfraz todo el tiempo que pudiera, de ahí mi empeño en no lavarme la cara. Sabiendo que mi esposa se hallaría angustiadísima, me quité el anillo y se lo confié al lascar en un momento en que ningún policía me vigilaba, junto a unas líneas apresuradas diciéndole que no tenía motivo alguno para temer.
—Esa nota no llegó a su poder hasta ayer —dijo Holmes.
—¡Santo Dios! ¡Qué semana habrá pasado!
—La policía vigilaba de cerca a ese lascar —dijo el inspector Bradstreet—, y comprendo muy bien que le resultara difícil echar una carta al buzón sin ser visto. Es muy probable que se la entregase a algún marinero cliente suyo, que se olvidó de ella durante unos días.
—Eso fue sin duda —dijo Holmes, asintiendo con aprobación—. No me cabe la menor duda. Pero ¿no le procesaron nunca por mendicidad?
—Muchas veces; pero ¿qué significaba una multa para mí?
—Tendrá que acabarse aquí, no obstante —dijo Bradstreet—. Si la policía ha de echar tierra sobre este asunto, Hugh Boone no puede volver a existir.
—Lo he jurado por los juramentos más sagrados que un hombre puede pronunciar.
—En tal caso creo muy probable que no se adopte ninguna otra medida. Pero si vuelve a presentarse en las calles, todo saldrá a la luz. Estoy seguro, señor Holmes, de que le estamos sumamente agradecidos por haber esclarecido el misterio. Ojalá supiera cómo llega usted a sus conclusiones.
—A esta llegué —respondió mi amigo— sentándome sobre cinco almohadones y consumiendo una onza entera de tabaco picado. Creo, Watson, que si nos dirigimos a Baker Street llegaremos justo a tiempo de desayunar.
Fin del Episodio 23 · de 47
El hombre del labio retorcido · IV
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