El hombre del labio retorcido · III
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Y ahora, señor Sherlock Holmes —dijo la dama cuando entramos en un comedor bien iluminado, sobre cuya mesa se hallaba servida una cena fría—, desearía hacerle una o dos preguntas muy concretas, a las cuales le ruego que me dé una respuesta franca y terminante.
—Por supuesto, señora.
—No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desmayos. Deseo simplemente conocer su sincera, su auténtica opinión.
—¿Sobre qué punto?
—En el fondo de su corazón, ¿cree que Neville sigue con vida?
Sherlock Holmes pareció sentirse incómodo ante la pregunta. —¡Francamente! —repitió ella, de pie sobre la alfombra y clavando la mirada en él mientras mi amigo se recostaba en un sillón de mimbre.
—Francamente, entonces, señora: no lo creo.
—¿Cree que ha muerto?
—Así lo creo.
—¿Asesinado?
—No digo tanto. Tal vez.
—¿Y en qué día halló la muerte?
—El lunes.
—Entonces quizá, señor Holmes, tenga usted la bondad de explicarme cómo es que he recibido una carta suya hoy mismo.
Sherlock Holmes se levantó del asiento de un salto, como impulsado por una descarga eléctrica.
—¡Cómo! —rugió.
—Sí, hoy mismo. —Ella permanecía en pie sonriendo, sosteniendo una hojita de papel en el aire.
—¿Me permite verla?
—Desde luego.
Se la arrebató con avidez y, alisándola sobre la mesa, acercó la lámpara y la examinó con minuciosa atención. Yo había abandonado mi asiento y la contemplaba por encima de su hombro. El sobre era muy basto y llevaba el matasellos de Gravesend con la fecha de ese mismo día, o más bien del día anterior, pues pasaba holgadamente de la medianoche.
—Letra tosca —murmuró Holmes—. Ciertamente esta no es la letra de su marido, señora.
—No, pero la del interior sí lo es.
—Advierto asimismo que quien rotuló el sobre tuvo que pararse a preguntar las señas.
—¿Cómo puede saber eso?
—El nombre, como ve, está escrito con tinta perfectamente negra, secada al aire. El resto presenta un tono grisáceo, lo que indica que se utilizó papel secante. De haberse escrito todo de un tirón y aplicado luego el secante, ninguna parte exhibiría ese tono negro intenso. Este hombre escribió el nombre y luego hizo una pausa antes de escribir la dirección, lo cual solo puede significar que no le resultaba familiar. Es una nimiedad, por supuesto, pero nada hay tan importante como las nimiedades. Veamos ahora la carta. ¡Ajá! ¡Aquí venía algo adjunto!
—Sí, venía un anillo. Su anillo de sello.
—¿Y está segura de que esta es la letra de su esposo?
—Una de sus letras.
—¿Una de ellas?
—Su letra cuando escribía con prisa. Se parece muy poco a su trazo habitual y, sin embargo, la conozco bien.
—«Amadísima mía, no te asustes. Todo saldrá bien. Ha mediado un tremendo error que costará algún tiempo subsanar. Aguarda con paciencia. Neville». Escrito a lápiz en la guarda de un libro, tamaño octavo, sin marca de agua. ¡Hum! Franqueado hoy en Gravesend por un hombre de pulgar mugriento. ¡Ajá! Y la solapa ha sido pegada con saliva, si no me engaño mucho, por alguien que mascaba tabaco. ¿Y no le cabe duda alguna de que es la letra de su esposo, señora?
—Ninguna. Neville escribió esas palabras.
—Y fueron franqueadas hoy en Gravesend. Bien, señora de St. Clair: los nubarrones se aclaran un tanto, aunque no me atrevería a afirmar que el peligro haya pasado.
—Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.
—A menos que se trate de una hábil falsificación para despistarnos. El anillo, al fin y al cabo, nada prueba: pudieron habérselo arrebatado.
—¡No, no! ¡Es, es su propia letra!
—Bien está. Pudo haber sido escrita el lunes, no obstante, y no haber sido echada al correo hasta hoy.
—Eso es posible.
—En tal caso, muchas cosas pudieron ocurrir en el intervalo.
—¡Oh, no me desaliente, señor Holmes! Sé bien que todo marcha bien con él. Existe una compenetración tan honda entre los dos que yo sabría al instante si le sobreviniera una desgracia. El mismo día en que le vi por última vez se hizo un corte en el dormitorio y yo, que me hallaba en el comedor, subí corriendo las escaleras con la certeza absoluta de que algo le había pasado. ¿Cree usted que reaccionaría ante semejante pequeñez y permanecería ajena a su muerte?
—He vivido demasiado para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más valiosa que las conclusiones de un analista lógico. Y en esta carta posee usted, desde luego, un testimonio poderosísimo que corrobora su parecer. Pero si su marido sigue con vida y puede escribir cartas, ¿por qué razón permanece alejado de usted?
—No puedo ni imaginarlo. Resulta inconcebible.
—¿Y el lunes no le hizo ninguna advertencia antes de despedirse?
—Ninguna.
—¿Y se sorprendió de verle en Swandam Lane?
—Muchísimo.
—¿Estaba abierta la ventana?
—Sí.
—¿Habría podido llamarla a voces?
—Habría podido.
—¿Solo profirió, según entiendo, un grito inarticulado?
—Sí.
—¿Un grito de socorro, pensó usted?
—Sí. Hizo señas con las manos.
—Pero bien pudo haber sido un grito de sorpresa. El asombro ante su inesperada presencia, ¿no pudo haberle impulsado a alzar los brazos?
—Es posible.
—¿Y le pareció a usted que le arrastraban hacia atrás?
—Desapareció con tanta brusquedad.
—Pudo haber saltado hacia atrás. ¿No vio a nadie más en la habitación?
—No, pero ese hombre espantoso confesó haber estado allí, y el lascar se hallaba al pie de la escalera.
—En efecto. Su marido, por lo que alcanzó a ver, ¿llevaba puestas sus ropas ordinarias?
—Pero sin cuello ni corbata. Vi distintamente su cuello desnudo.
—¿Le había hablado alguna vez de Swandam Lane?
—Jamás.
—¿Había dado alguna vez muestras de consumir opio?
—Jamás.
—Muchas gracias, señora de St. Clair. Tales son los extremos capitales que deseaba dejar enteramente en claro. Tomaremos ahora un bocado de cena y luego nos retiraremos, pues tal vez tengamos una jornada sumamente ajetreada mañana.
Una habitación amplia y cómoda con dos camas había sido puesta a nuestra disposición, y no tardé en meterme entre las sábanas, pues venía rendido tras mi noche de aventuras. Sherlock Holmes era un hombre, sin embargo, que cuando tenía un enigma irresuelto en la cabeza podía pasarse días enteros, e incluso una semana, sin descansar, dándole vueltas, reorganizando sus datos y contemplándolo desde todas las perspectivas posibles hasta desentrañarlo o convencerse de que sus elementos de juicio eran insuficientes. Pronto comprendí que se disponía a pasar la noche en vela. Se despojó de la levita y del chaleco, se enfundó un amplio batín azul y luego recorrió la estancia recogiendo almohadas de su cama y cojines del sofá y de las butacas. Con todo ello improvisó una suerte de diván oriental sobre el cual se encaramó con las piernas cruzadas, con una onza de tabaco picado y una caja de cerillas dispuestas ante él. A la tenue luz de la lámpara le vi sentado allí, con una vieja pipa de brezo entre los labios, la mirada perdida en un rincón del techo y las espirales de humo azulado elevándose sobre su cabeza: silencioso, inmóvil, con la luz iluminando sus enérgicas facciones aguileñas. Así permanecía cuando me quedé dormido, y así seguía sentado cuando una repentina exclamación me hizo despertar para encontrar el sol estival bañando la estancia. La pipa seguía entre sus labios, el humo continuaba elevándose y la habitación estaba cargada de una densa neblina de tabaco; pero nada quedaba del montón de picadura que había visto la noche anterior.
—¿Despierto, Watson? —preguntó.
—Sí.
—¿Dispuesto para un paseo matutino?
—Desde luego.
—Pues vístase. Nadie se mueve aún por la casa, pero sé dónde duerme el mozo de cuadra y no tardaremos en tener el coche listo. —Se rio entre dientes al hablar, sus ojos brillaban y parecía un hombre enteramente distinto del meditabundo y sombrío pensador de la noche precedente.
Al vestirme miré el reloj. No tenía nada de extraño que nadie se moviese: eran las cuatro y veinticinco. Apenas había concluido cuando Holmes regresó anunciando que el muchacho estaba enganchando el caballo.
—Deseo poner a prueba una pequeña teoría mía —dijo, calzándose las botas—. Creo, Watson, que se halla en presencia de uno de los mayores majaderos de Europa. Merezco que me echen a patadas desde aquí hasta Charing Cross. Pero creo tener ya en la mano la clave del misterio.
—¿Y dónde está? —pregunté, sonriendo.
—En el cuarto de baño —respondió él—. ¡Oh, no bromeo! —continuó al advertir mi gesto de incredulidad—. Acabo de estar allí, la he recogido y la llevo dentro de esta bolsa de viaje. Venga, muchacho, y comprobaremos si encaja en la cerradura.
Bajamos las escaleras lo más silenciosamente posible y salimos al resplandor del sol matutino. En el camino aguardaba nuestro carruaje con el mozo a medio vestir sujetando al caballo por la brida. Subimos ambos de un salto y salimos disparados por el camino de Londres. Algunas carretas campesinas comenzaban a circular transportando hortalizas hacia la capital, pero las hileras de villas a uno y otro lado permanecían tan mudas y desiertas como una ciudad soñada.
—Ha sido en ciertos puntos un caso sumamente singular —dijo Holmes, fustigando al caballo para ponerlo al galope—. Confieso que he estado ciego como un topo; pero más vale adquirir cordura tarde que no adquirirla nunca.
En la ciudad los más madrugadores comenzaban apenas a asomarse adormilados a las ventanas mientras rodábamos por las calles de la orilla de Surrey. Cruzando por Waterloo Bridge Road atravesamos el río y, subiendo a toda prisa por Wellington Street, viramos bruscamente a la derecha para desembocar en Bow Street. Sherlock Holmes era bien conocido por la policía y los dos guardias apostados a la puerta le saludaron militarmente. Uno de ellos sujetó la cabeza del animal mientras el otro nos conducía al interior.
—¿Quién está de servicio? —preguntó Holmes.
—El inspector Bradstreet, señor.
—¡Ah, Bradstreet! ¿Cómo le va? —Un funcionario alto y grueso acababa de descender por el pasillo enlosado, con gorra de plato y guerrera con alamares—. Deseo cambiar dos palabras con usted a solas, Bradstreet.
—Por supuesto, señor Holmes. Pase a mi despacho.
Era una habitación pequeña y de aspecto oficinesco, con un voluminoso libro de registro sobre la mesa y un teléfono colgado de la pared. El inspector tomó asiento ante su pupitre.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?
—He venido por ese mendigo, Boone: el acusado de hallarse implicado en la desaparición del señor Neville St. Clair, de Lee.
—Sí. Compareció ante el juzgado y ha quedado en prisión preventiva a la espera de nuevas diligencias.
—Ya lo sé. ¿Lo tienen aquí?
—En los calabozos.
—¿Se muestra tranquilo?
—¡Oh, no da el menor quebradero de cabeza! Pero es un granuja mugriento.
—¿Mugriento?
—Sí: Dios y ayuda nos cuesta hacerle lavar las manos y tiene la cara negra como la de un calderero. Bueno, una vez que se resuelva su caso se le someterá al reglamentario baño de presidio; y creo que si lo viese convendría conmigo en que le hace buena falta.
—Me gustaría muchísimo verle.
—¿De veras? Eso es fácil de arreglar. Venga por aquí. Puede dejar la bolsa.
—No, creo que me la llevaré conmigo.
—Muy bien. Acompáñenme, por favor. —Nos condujo a lo largo de un pasillo, abrió una cancela enrejada, bajó una escalera de caracol y nos introdujo en un corredor encalado flanqueado por una hilera de puertas a cada lado.
—La tercera a la derecha es la suya —dijo el inspector—. ¡Aquí la tienen! —Descorrió silenciosamente una mirilla en la parte superior del tablero y miró hacia dentro.
—Duerme —dijo—. Se le puede ver a pedir de boca.
Ambos pegamos los ojos a la rejilla. El prisionero yacía de cara a nosotros en un sueño profundísimo, respirando con lentitud y pesadez. Era un hombre de mediana estatura, toscamente vestido como convenía a su oficio, con una camisa de colorines asomando por los desgarradores de su andrajosa chaqueta. Se hallaba, como bien decía el inspector, sumamente sucio; pero la roña que cubría su rostro no lograba enmascarar su fealdad repulsiva: una ancha verruga nacida de una vieja cicatriz le cruzaba la cara desde el ojo hasta la barbilla y al contraerse le levantaba un lado del labio superior, de suerte que tres dientes asomaban en un gruñido perpetuo. Una mata de pelo de un rojo encendido le caía sobre los ojos y la frente.
—Toda una belleza, ¿verdad? —dijo el inspector.
—Ciertamente reclama una buena lavada —observó Holmes—. Me temía que así fuese y me he tomado la libertad de traer las herramientas conmigo. —Abrió la bolsa de viaje al hablar y extrajo de ella, ante mi asombro, una esponja de baño de gran tamaño.
—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene usted! —se rio el inspector.
—Y ahora, si tuviese la gran bondad de abrir esa puerta con el mayor sigilo, haremos que presente un aspecto incomparablemente más respetable.
—Bueno, no veo por qué no —dijo el inspector—. No le hace ningún favor a los calabozos de Bow Street, la verdad. —Introdujo la llave en la cerradura y todos penetramos con pasos de lana en la celda. El durmiente se revolvió a medias y volvió a sumirse en un sueño profundo. Holmes se inclinó hacia el jarrón del agua, empapó la esponja y la frotó dos veces con energía hacia abajo y a través del rostro del prisionero.
—Permítame presentarle —gritó— a don Neville St. Clair, de Lee, en el condado de Kent.
Jamás en mi vida he presenciado semejante espectáculo. El rostro del individuo se desprendió bajo la esponja como la corteza de un árbol. ¡Adiós a aquel tosco tinte pardusco! ¡Adiós a la horrible cicatriz que lo cruzaba y al labio retorcido que le prestaba aquella mueca repulsiva! Un tirón arrancó la enmarañada cabellera roja y allí, incorporándose en su camastro, apareció un hombre pálido, distinguido y de faz melancólica, de pelo negro y piel suave, frotándose los ojos y mirando en derredor con adormilada perplejidad. Luego, comprendiendo de pronto que había sido descubierto, soltó un grito desgarrador y se arrojó de bruces contra la almohada.
—¡Santo Dios! —exclamó el inspector—. Es, ciertamente, el desaparecido. Lo reconozco por la fotografía.
El prisionero se volvió con el aire desesperado de un hombre que se resigna a su suerte. —Sea como sea —dijo—. ¿Y de qué se me acusa, si puede saberse?
—De haber acabado con la vida del señor Neville St... ¡Vaya, hombre! No pueden acusarle de eso a menos que presenten cargos por tentativa de suicidio —dijo el inspector con una amplia sonrisa—. Bueno, llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva verdaderamente la palma.
—Si soy el señor Neville St. Clair, resulta palmario que no se ha cometido ningún delito y que, por ende, me hallo retenido ilegalmente.
—Delito no, pero sí se ha cometido una equivocación garrafal —dijo Holmes—. Habría obrado mucho mejor depositando su confianza en su esposa.
—No era por mi esposa: era por mis hijos —gimió el prisionero—. ¡Que Dios me asista! No quería que tuvieran que avergonzarse de su padre. ¡Dios mío! ¡Qué deshonra! ¿Qué voy a hacer?
Fin del Episodio 22 · de 47
El hombre del labio retorcido · III
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