Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 21

El hombre del labio retorcido · II

~12 min · 2497 palabras

El lunes pasado el señor Neville St. Clair se desplazó a la City algo más temprano de lo habitual, observando antes de partir que tenía que realizar dos recados de importancia y que traería a su hijo pequeño una caja de piezas de construcción. Pues bien: por la más pura casualidad, su esposa recibió un telegrama ese mismo lunes, muy poco después de su marcha, en el que se le comunicaba que un pequeño paquete de considerable valor que esperaba le aguardaba en las oficinas de la Compañía Naviera de Aberdeen. Ahora bien: si conoce bien Londres, sabrá que las oficinas de dicha naviera se hallan en Fresno Street, una bocacalle de Upper Swandam Lane, donde usted me ha encontrado esta noche. La señora de St. Clair almorzó, se dirigió a la City, hizo algunas compras, pasó por las oficinas de la compañía, recogió su paquete y a las cuatro y treinta y cinco en punto se encontró caminando por Swandam Lane de regreso hacia la estación. ¿Me sigue hasta aquí?

—Con toda claridad.

—Si recuerda bien, el lunes fue un día sumamente caluroso y la señora de St. Clair caminaba despacio, mirando en derredor con la esperanza de encontrar un coche de alquiler, pues no le agradaban las inmediaciones en que se encontraba. Mientras avanzaba de este modo por Swandam Lane, oyó de repente un grito o exclamación y se quedó helada de espanto al ver a su marido mirándola desde arriba y haciéndole señas con los brazos desde la ventana de un segundo piso. La ventana estaba abierta y vio distintamente su rostro, que describe presa de terrible agitación. Le hizo señas frenéticas con las manos y luego desapareció de la ventana con tal brusquedad que a ella le pareció como si hubiera sido arrastrado hacia atrás por una fuerza irresistible. Un detalle singular que llamó la atención de su perspicaz mirada femenina fue que, aunque llevaba puesta una levita oscura idéntica a aquella con la que había salido de casa por la mañana, no lucía ni cuello postizo ni corbata.

—Convencida de que algo terrible le ocurría, bajó a toda prisa los peldaños —pues la casa no era otra que el fumadero de opio en que me ha encontrado usted esta noche— y cruzando la sala delantera intentó subir la escalera que conducía al primer piso. Al pie de los peldaños, sin embargo, le salió al paso ese canalla de lascar de quien le he hablado, quien la empujó hacia atrás y, con la ayuda de un danés que trabaja allí de criado, la arrojó a la calle. Embargada por las más angustiosas dudas y temores, corrió calle abajo y, por rara fortuna, tropezó en Fresno Street con un pelotón de guardias acompañados por un inspector que se dirigían a su ronda. El inspector y dos agentes la acompañaron de vuelta y, a despecho de la enconada resistencia del dueño, se abrieron paso hasta la habitación en la que el señor St. Clair había sido visto por última vez. Allí no había ni rastro de él. De hecho, en toda aquella planta no se halló a nadie salvo a un desgraciado lisiado de repugnante aspecto que al parecer vive allí. Tanto él como el lascar juraron rotundamente que nadie más había estado en la sala delantera durante toda la tarde. Tan tajante fue su negativa que el inspector quedó desconcertado y estuvo a punto de creer que la señora de St. Clair había sufrido una alucinación cuando esta, soltando un alarido, se abalanzó sobre una pequeña cajita de madera de pino que descansaba sobre la mesa y le arrancó la tapa. De su interior cayó una cascada de ladrillitos de juguete: era el juguete que su esposo había prometido traer a casa.

—Este hallazgo y la manifiesta turbación que exhibió el lisiado hicieron comprender al inspector que el asunto encerraba gravedad. Las habitaciones fueron minuciosamente registradas y los indicios apuntaban a un crimen abominable. La habitación delantera estaba sobria pero decentemente amueblada como sala de estar y comunicaba con una pequeña alcoba que daba a la trasera de uno de los muelles. Entre el muelle y la ventana del dormitorio media una estrecha lengua de fango que queda al descubierto con marea baja pero que con pleamar se cubre con al menos cuatro pies y medio de agua. La ventana del dormitorio era ancha y se abría desde abajo. Al inspeccionarla se apreciaron manchas de sangre sobre el alféizar y varias gotas dispersas en el suelo de madera de la alcoba. Ocultas detrás de una cortina en la sala delantera estaban todas las ropas del señor Neville St. Clair, con la única excepción de su chaqueta: sus botas, sus calcetines, su sombrero y su reloj, todo se hallaba allí. No había señales de violencia en ninguna de estas prendas ni se encontró ningún otro rastro del señor Neville St. Clair. Por la ventana tuvo que salir por fuerza, pues no se descubrió ninguna otra salida, y las siniestras manchas de sangre del alféizar hacían poco probable que pudiera ponerse a salvo a nado, máxime cuando la marea alcanzaba su punto culminante en el momento de la tragedia.

—Y ahora vayamos a los malhechores que parecían directamente implicados en el asunto. Del lascar se sabía que era un individuo de los peores antecedentes; pero como, según el testimonio de la señora de St. Clair, se hallaba al pie de la escalera escasos segundos después de asomar su marido a la ventana, difícilmente podía ser más que un cómplice secundario del crimen. Su defensa consistió en una absoluta ignorancia y protestó no saber nada de los andares de Hugh Boone, su huésped, sin acertar a explicar la presencia de las ropas del caballero desaparecido.

—Eso por lo que toca al encargado lascar. Vayamos ahora al siniestro lisiado que habita en el segundo piso del fumadero y que fue sin duda el último ser humano cuyos ojos vieron con vida a Neville St. Clair. Se llama Hugh Boone y su rostro repugnante resulta familiar a cuantos frecuentan la City. Es un mendigo profesional, si bien para eludir las ordenanzas de policía finge comerciar con cerillas de cera. A poca distancia por Threadneedle Street, a mano izquierda, existe, como tal vez haya observado, un pequeño recodo en la pared. Allí es donde este sujeto se sienta diariamente, con las piernas cruzadas y su modesta provisión de fósforos en el regazo; y como ofrece un espectáculo conmovedor, una lluvia menuda de limosnas cae en la grasienta gorra de cuero que reposa sobre el pavimento a su vera. He observado a este individuo en más de una ocasión antes de proponerme trabar conocimiento profesional con él, y me ha asombrado la cosecha que recoge en poco tiempo. Su aspecto es tan singular que nadie puede pasar de largo sin reparar en él: una mata de pelo anaranjado, un rostro pálido desfigurado por una cicatriz horrible que al retraerse le levanta el labio superior por un lado, una quijada de bulldog y un par de ojos oscuros sumamente penetrantes que contrastan de forma extraña con el color de su cabello. Todo ello le distingue de la masa vulgar de mendicantes, como también lo hace su agudeza de ingenio, pues siempre tiene a punto una réplica punzante para cualquier zumba que le lancen los transeúntes. Este es el hombre que ahora sabemos que era el inquilino del fumadero de opio y el último en ver al caballero a quien buscamos.

—Pero ¡un lisiado! —exclamé yo—. ¿Qué podía hacer él solo contra un hombre en la plenitud de la vida?

—Es lisiado en el sentido de que cojea al andar; pero en los demás aspectos parece un hombre fornido y vigoroso. Su experiencia médica bien le dirá, Watson, que la debilidad de un miembro suele verse compensada por una fuerza extraordinaria en los demás.

—Tenga la bondad de continuar su relato.

—La señora de St. Clair se desmayó al ver la sangre en la ventana y la policía la acompañó a casa en un carruaje, pues su presencia nada podía aportar a la investigación. El inspector Barton, encargado del caso, registró minuciosamente el edificio sin hallar nada que arrojase luz sobre el misterio. Se incurrió en el error de no arrestar a Boone en el acto, concediéndole unos minutos en los que pudo comunicarse con su compinche el lascar; pero esta falta fue subsanada en seguida: se le detuvo y se le cacheó sin encontrar nada que pudiera incriminarle. Había, es verdad, algunas manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero señaló su dedo anular, que presentaba un corte junto a la uña, y explicó que la sangre procedía de allí, añadiendo que se había asomado a la ventana poco antes y que las manchas observadas allí provenían sin duda de idéntico origen. Negó categóricamente haber visto jamás al señor Neville St. Clair y juró que la presencia de las ropas en su estancia era un misterio tan grande para él como para la policía. En cuanto a la afirmación de la señora de St. Clair de haber visto a su esposo en la ventana, declaró que debía de estar loca o soñando. Fue conducido entre vivas protestas a la comisaría, mientras el inspector permanecía en el lugar con la esperanza de que la bajamar deparase alguna nueva pista.

—Y así fue, aunque difícilmente encontraron en el fango lo que temían hallar. Fue la levita de Neville St. Clair, y no Neville St. Clair, lo que quedó al descubierto al retirarse las aguas. ¿Y qué cree usted que encontraron en los bolsillos?

—No puedo ni imaginarlo.

—No, no creo que lo adivinase. Todos los bolsillos estaban atiborrados de peniques y medios peniques: cuatrocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios peniques. No tenía nada de extraño que la corriente no se la hubiera llevado. Pero un cuerpo humano es harina de otro costal: existe un remolino violentísimo entre el muelle y la casa. Parecía muy probable que la prenda lastrada hubiera quedado en el fondo mientras el cuerpo despojado de ropa era arrastrado río abajo por la corriente.

—Pero tengo entendido que todas las demás ropas se encontraron en la habitación. ¿Iba a estar el cadáver vestido únicamente con la levita?

—No, caballero; pero los hechos admiten una explicación bastante plausible. Suponga que este hombre Boone arrojó a Neville St. Clair por la ventana; ningún ojo humano pudo presenciar la acción. ¿Qué haría entonces? Al instante comprendería que debía deshacerse de las ropas delatadoras. Tomaría la levita, pues, y al disponerse a arrojarla al agua se percataría de que flotaría en vez de hundirse. Dispone de poco tiempo, pues ha oído el forcejeo en la planta baja cuando la esposa intentaba subir, y tal vez su cómplice el lascar le ha avisado ya de que la policía sube por la calle a la carrera. No hay un instante que perder. Corre hacia algún escondrijo secreto donde guarda el producto de su mendicidad y atiborra de monedas todos los bolsillos para asegurarse de que la prenda se hunda. La arroja por la ventana y habría hecho lo propio con las demás ropas de no haber escuchado el tropel de pasos en la escalera, dándole apenas tiempo a cerrar la ventana cuando irrumpía la policía.

—Ciertamente suena verosímil.

—Bien: lo adoptaremos como hipótesis de trabajo a falta de otra mejor. Boone, como le he dicho, fue arrestado y conducido a comisaría; pero no se pudo demostrar que pesara antecedente alguno contra él con anterioridad. Llevaba años ejerciendo de mendigo profesional, pero su existencia parecía haber sido sumamente pacífica e inofensiva. En este punto se halla el asunto por ahora, y las cuestiones que reclaman respuesta —qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le ocurrió allí dentro, dónde se halla en estos momentos y qué tuvo que ver Hugh Boone en su desaparición— están tan lejos de resolverse como siempre. Confieso que no recuerdo caso alguno en mi experiencia que a primera vista pareciese tan sencillo y que, no obstante, presentase semejantes dificultades.

Mientras Sherlock Holmes pormenorizaba esta singular cadena de acontecimientos, habíamos estado rodando por las afueras de la gran ciudad hasta dejar atrás las últimas casas dispersas y avanzar flanqueados por setos campesinos a uno y otro lado. Justo al concluir su relato, empero, atravesamos dos aldeas donde aún parpadeaban algunas luces en las ventanas.

—Estamos en los lindes de Lee —dijo mi compañero—. Hemos rozado tres condados ingleses en este corto trayecto: salimos de Middlesex, cruzamos un ángulo de Surrey y terminamos en Kent. ¿Ve esa luz entre los árboles? Es Los Cedros, y junto a esa lámpara aguarda una mujer cuyos oídos angustiados han captado ya, no me cabe duda, el piafar de los cascos de nuestro caballo.

—Pero ¿por qué no dirige usted el caso desde Baker Street? —pregunté.

—Porque hay muchas indagaciones que deben practicarse sobre el terreno. La señora de St. Clair ha puesto amablemente dos habitaciones a mi disposición y puede tener la certeza de que acogerá con los brazos abiertos a mi amigo y colega. Me repugna presentarme ante ella, Watson, cuando no traigo noticias de su marido. Ya hemos llegado. ¡So, caballo, so!

Nos habíamos detenido ante una espaciosa villa levantada en su propio parque. Un mozo de cuadra acudió a sujetar la cabeza del animal y, apeándome de un salto, seguí a Holmes por el sinuoso caminito de grava que conducía a la fachada. Al acercarnos, la puerta se abrió de par en par y una mujer rubia y menuda apareció en el umbral, vestida con una vaporosa muselina de seda con toques de gasa rosa en el cuello y en las muñecas. Su silueta se recortaba contra el torrente de luz interior: una mano en la puerta y la otra alzada a medias por la ansiedad, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y el rostro anhelante, con los ojos ansiosos y los labios entreabiertos: la viva estampa de una interrogación.

—¿Y bien? —exclamó—, ¿y bien? —Y luego, advirtiendo que éramos dos, lanzó un grito de esperanza que se trocó en gemido al ver que mi compañero movía negativamente la cabeza y se encogía de hombros.

—¿Ninguna buena noticia?

—Ninguna.

—¿Ninguna mala?

—Tampoco.

—Gracias a Dios por ello. Pero pasen adentro: deben de venir rendidos, pues han tenido una jornada muy larga.

—Este es mi amigo el doctor Watson. Me ha prestado una ayuda incalculable en varios de mis casos y una afortunada coincidencia me ha permitido traerle conmigo e incorporarlo a esta investigación.

—Celebro infinito conocerle —dijo ella, estrechándome calurosamente la mano—. Sabrá perdonar, estoy segura, cualquier deficiencia en nuestras atenciones considerando el terrible golpe que ha caído de improviso sobre nosotros.

—Mi querida señora —respondí yo—, soy un viejo soldado de campaña y, aunque no lo fuera, bien veo que no precisa excusarse en modo alguno. Si en algo puedo serle de utilidad, bien a usted o bien a mi amigo aquí presente, me consideraré sumamente dichoso.

Fin del Episodio 21 · de 47

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