Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 20

El hombre del labio retorcido · I

~14 min · 2704 palabras

Isa Whitney, hermano del difunto reverendo Elias Whitney, doctor en Teología y rector del Colegio Teológico de San Jorge, era un empedernido adicto al opio. El hábito se había apoderado de él, según tengo entendido, a raíz de un disparate juvenil en su época universitaria; pues habiendo leído la descripción que De Quincey hace de sus ensueños y sensaciones, empapó su tabaco en láudano en una tentativa de experimentar idénticos efectos. Comprobó, como tantos otros antes que él, que la costumbre resulta mucho más fácil de contraer que de erradicar, y durante muchos años continuó siendo un esclavo del veneno, objeto de mezclado horror y piedad para sus parientes y amigos. Aún alcanzo a verle ahora, con su rostro amarillento y pastoso, los párpados caídos y las pupilas reducidas a cabezas de alfiler, acurrucado en un sillón: la ruina y el despojo de lo que fue un hombre noble.

Una noche —era en junio de 1889— sonó la campanilla de mi puerta alrededor de esa hora en que un hombre suelta su primer bostezo y consulta el reloj. Me incorporé en mi asiento y mi esposa dejó la labor de aguja sobre su regazo con un mohín de desencanto.

—¡Un enfermo! —dijo ella—. Tendrás que salir.

Solté un gemido, pues acababa de regresar rendido tras una jornada agotadora.

Oímos abrirse la puerta principal, unas pocas palabras apresuradas y luego unos pasos presurosos sobre el hule del pasillo. Nuestra propia puerta se abrió de golpe y una dama vestida con ropas oscuras y cubierta con un velo negro entró en la habitación.

—Disculparán que me presente a horas tan intempestivas —comenzó a decir; y luego, perdiendo de pronto el dominio de sí misma, corrió hacia delante, echó los brazos al cuello de mi esposa y rompió a sollozar sobre su hombro—. ¡Oh, me hallo en un apuro tan espantoso! —exclamó—; ¡necesito tanto un poco de ayuda!

—Pero ¡si es Kate Whitney! —exclamó mi mujer, levantándole el velo—. ¡Qué susto me has dado, Kate! No tenía la menor idea de quién eras al verte entrar.

—No sabía qué hacer y me vine derecha a veros. —Así ocurría siempre: las personas atribuladas acudían a mi esposa como las aves al faro en mitad de la noche.

—Ha sido un acierto inmenso que vinieras. Ahora tómate un poco de vino con agua, siéntate aquí cómodamente y cuéntanoslo todo con calma. ¿O prefieres que mande a James a la cama?

—¡Oh, no, no! Necesito el consejo y el auxilio del doctor también. Se trata de Isa. Hace dos días que no aparece por casa. ¡Estoy tan angustiada por él!

No era la primera vez que nos hablaba de las tribulaciones de su marido: a mí como médico, a mi esposa como antigua amiga y compañera de colegio. La calmamos y consolamos con cuantas palabras afectuosas pudimos encontrar. ¿Sabía dónde se hallaba su esposo? ¿Sería posible devolvérselo sano y salvo?

Al parecer sí lo era. Poseía la certeza absoluta de que en los últimos tiempos, cuando le asaltaba el acceso, acudía a un fumadero de opio situado en el extremo más oriental de la City. Hasta entonces sus orgías siempre se habían circunscrito a una sola jornada y regresaba a casa al anochecer, trémulo y destrozado. Pero ahora el embrujo se prolongaba ya durante cuarenta y ocho horas y allí permanecía tendido, sin duda entre la escoria de los muelles, inhalando el veneno o durmiendo la mona. Allí se le podía encontrar, estaba segurísima de ello: en el Bar de Oro, en Upper Swandam Lane. Pero ¿qué podía hacer ella? ¿Cómo iba una mujer joven y tímida a internarse en semejante antro y arrancar a su marido de entre los malhechores que lo rodeaban?

Ese era el dilema, y por supuesto no cabía más que una salida. ¿No podía yo acompañarla a aquel paraje? Y luego, pensándolo mejor, ¿para qué iba a acudir ella? Yo era el médico de cabecera de Isa Whitney y en calidad de tal ejercía influencia sobre su ánimo. Me desenvolvería mucho mejor estando solo. Le di mi palabra de honor de que se lo enviaría a casa en un coche en el plazo de dos horas si en efecto se hallaba en las señas que me había facilitado. Y así, a los diez minutos, había dejado atrás mi sillón y mi apacible sala de estar y rodaba hacia el este en un coche de punto cumpliendo una extraña misión, según me pareció por entonces, aunque solo el porvenir habría de demostrar cuán extraña estaba llamada a resultar.

No tropecé con gran dificultad en la primera etapa de mi aventura. Upper Swandam Lane es una inmunda callejuela agazapada tras los altos muelles que jalonan la orilla norte del río, al este del puente de Londres. Entre una tienda de ropas de marinero y una taberna de ginebra, a la que se accedía por una empinada escalera que descendía hacia una hendidura negra como la boca de una cueva, encontré el antro que andaba buscando. Ordenando al cochero que aguardase, bajé los peldaños, desgastados en su parte central por el incesante trajín de pasos vacilantes; y a la luz de un candil de aceite que parpadeaba sobre la puerta encontré el pestillo y penetré en una estancia larga y baja, cargada de un humo pardusco y pesado de opio, dispuesta en literas de madera escalonadas como el castillo de proa de un buque de emigrantes.

A través de la penumbra se alcanzaban a vislumbrar confusamente cuerpos tendidos en las posturas más insólitas y extravagantes: hombros caídos, rodillas dobladas, cabezas echadas hacia atrás y barbillas apuntando al techo, con algún que otro ojo oscuro y sin brillo volviéndose con indiferencia hacia el recién llegado. De entre las sombras densas centelleaban pequeños círculos rojizos de luz, ora vivos, ora mortecinos, según el veneno incandescente crecía o menguaba en las cazoletas metálicas de las pipas. Los más yacían en silencio sepulcral, pero algunos farfullaban entre dientes y otros conversaban en voz baja, extraña y monótona, en diálogos que brotaban a borbotones para apagarse de súbito en la mudez, mascullando cada cual sus propios desvaríos sin prestar la menor atención a las palabras del vecino. Al fondo de la sala había un pequeño brasero de carbón encendido, junto al cual, sentado en un taburete de tres patas, permanecía un anciano alto y enjuto, con la quijada apoyada en los puños y los codos en las rodillas, con la vista clavada en el fuego.

Al entrar yo, un sirviente malayo de tez cetrina se acercó presuroso con una pipa y una ración de la droga, invitándome con señas a ocupar una litera vacía.

—Gracias. No he venido a quedarme —dije yo—. Tengo aquí a un amigo mío, el señor Isa Whitney, y deseo hablar con él.

Se produjo un movimiento y una exclamación a mi derecha y, escudriñando a través de la tiniebla, vi a Whitney, pálido, demacrado y desgreñado, mirándome fijamente.

—¡Santo Dios! ¡Es Watson! —exclamó. Se hallaba en un estado lastimoso de abatimiento, con todos los nervios crispados—. Oiga, Watson, ¿qué hora es?

—Cerca de las once.

—¿De qué día?

—Del viernes, diecinueve de junio.

—¡Cielo santo! Creí que era miércoles. Es miércoles. ¿Para qué quiere asustar a un pobre diablo? —Hundió la cara entre los brazos y rompió a sollozar con un tono agudo y lastimero.

—Le digo que es viernes, hombre de Dios. Su esposa lleva dos días enteros aguardándole. ¡Debería darle vergüenza!

—Y me da. Pero se confunde usted, Watson, pues apenas llevo aquí unas pocas horas: tres pipas, cuatro pipas... ya no sé cuántas. Pero me iré a casa con usted. No quisiera asustar a Kate... a mi pobre Kate. ¡Deme la mano! ¿Tiene un carruaje fuera?

—Sí, tengo uno esperando.

—Entonces me iré en él. Pero debo de deber algo. Averigüe qué debo, Watson. Estoy completamente deshecho. No puedo valerme por mí mismo.

Avancé por el estrecho pasillo entre la doble fila de durmientes, conteniendo la respiración para no inhalar los miasmas fétidos y embriagadores de la droga, buscando con la mirada al encargado. Al pasar junto al anciano alto que permanecía sentado junto al brasero, sentí un repentino tirón en los faldones de mi chaqueta y una voz baja susurró: «Pase de largo y luego vuélvase a mirarme». Las palabras sonaron con perfecta nitidez en mi oído. Bajé la vista: solo podían proceder del viejo a mi vera; y, sin embargo, permanecía tan absorto como antes, flaquísimo, lleno de arrugas, encorvado por los años, con una pipa de opio colgando entre las rodillas como si se le hubiera escurrido de los dedos por puro cansancio. Di dos pasos al frente y miré hacia atrás. Hube de apelar a todo mi autodominio para no lanzar un grito de estupefacción. Se había vuelto de espaldas de modo que nadie pudiera verle salvo yo. Su figura se había erguido, las arrugas habían desaparecido, los ojos apagados recobraban su fuego y allí, sentado junto a las brasas y sonriendo con socarronería ante mi asombro, ¡se hallaba nada menos que Sherlock Holmes! Me hizo un leve ademán indicándome que me acercase y al instante, volviendo el rostro a medias hacia la concurrencia, recayó en su senilidad vacilante y temblorosa.

—¡Holmes! —susurré—. ¿Qué demonios hace usted en este antro?

—Hable lo más bajo que pueda —respondió él—; tengo un oído excelente. Si tuviera la gran bondad de desembarazarse de ese achispado amigo suyo, me alegraría infinito cruzar dos palabras con usted.

—Tengo un coche fuera.

—En tal caso mándelo a casa en él. Puede confiar en él sin temor, pues se halla demasiado flojo para meterse en líos. Le recomendaría asimismo que envíe unas líneas con el cochero a su esposa avisándole de que se ha unido a mi suerte. Si me espera fuera, estaré con usted en cinco minutos.

Resultaba difícil desairar cualquier ruego de Sherlock Holmes, pues los formulaba siempre con una precisión matemática y con un sereno aplomo de mando. Comprendí, además, que una vez metido Whitney en el carruaje mi cometido estaba prácticamente cumplido; y por lo demás, nada mejor podía desear que verme asociado a mi amigo en una de esas singulares aventuras que constituían el pan nuestro de cada día en su existencia. En pocos minutos redacté mi nota, pagué la cuenta de Whitney, lo conduje hasta el carruaje y lo vi alejarse en la oscuridad. Al poco tiempo una figura decrépita emergió del fumadero de opio y me encontré caminando por la calle junto a Sherlock Holmes. Durante dos manzanas arrastró los pies encorvado y vacilante; luego, mirando rápidamente en derredor, se enderezó de golpe y estalló en una sonora carcajada.

—Supongo, Watson —dijo—, que se imaginará que he añadido el fumar opio a las inyecciones de cocaína y a todas esas pequeñas debilidades sobre las que ha tenido la gentileza de ilustrarme con sus opiniones médicas.

—Desde luego me sorprendió encontrarle allí.

—Pero no más de lo que a mí me sorprendió verle a usted.

—Yo venía a buscar a un amigo.

—Y yo a buscar a un enemigo.

—¿A un enemigo?

—Sí: a uno de mis enemigos naturales o, mejor dicho, a una de mis presas naturales. En síntesis, Watson: me hallo en mitad de una investigación sumamente singular y confiaba en encontrar una pista en los desvaríos inconexos de estos borrachos, como ya he hecho en otras ocasiones. Si me hubieran reconocido en ese antro mi vida no habría valido un penique; pues ya lo he utilizado antes para mis propios fines y el canalla del lascar que lo regenta ha jurado vengarse de mí. Hay una trampilla en la parte trasera de ese edificio, cerca de la esquina del muelle de San Pablo, que podría contar historias espeluznantes de lo que ha cruzado por ella en las noches sin luna.

—¡Cómo! ¿No querrá decir cadáveres?

—Sí, cadáveres, Watson. Seríamos hombres ricos si nos dieran mil libras por cada pobre diablo que ha sido ultimado en esa ratonera. Es la trampa homicida más inmunda de toda la orilla del río y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ella para no salir jamás. Pero nuestro carruaje ya debería estar aquí. —Se llevó dos dedos a los labios y soltó un silbido estridente: una señal que fue respondida a lo lejos por otro silbido semejante, seguido poco después del traqueteo de unas ruedas y el piafar de unos cascos de caballo.

—Y ahora, Watson —dijo Holmes cuando un alto birlocho se detuvo en la penumbra, arrojando dos conos dorados de luz desde sus faroles laterales—, vendrá conmigo, ¿verdad?

—Si puedo serle de utilidad.

—¡Oh, un compañero de confianza siempre resulta útil, y un cronista todavía más! Mi habitación en Los Cedros tiene dos camas.

—¿Los Cedros?

—Sí; esa es la residencia del señor St. Clair. Me hospedo allí mientras dirijo las pesquisas.

—¿Dónde se encuentra, entonces?

—Cerca de Lee, en Kent. Nos aguarda un trayecto de siete millas.

—Pero sigo a oscuras sobre todo el asunto.

—Naturalmente. Pronto lo sabrá todo. Suba aquí. Todo en orden, John; no le necesitaremos. Aquí tiene media corona. Espéreme mañana hacia las once. Suelta las riendas. ¡Hasta la vista!

Chasqueó el látigo y salimos disparados a través de una sucesión interminable de calles sombrías y desiertas que se iban ensanchando poco a poco, hasta cruzar a toda carrera un ancho puente con balaustrada, bajo el cual el río cenagoso discurría con pereza. Más allá se extendía otro laberinto silencioso de ladrillo y argamasa, cuya quietud solo se veía quebrantada por las pisadas pesadas y acompasadas de algún guardia o los cantos y gritos de algún grupo de jaraneros rezagados. Un manto uniforme de nubes grises cruzaba despacio el firmamento y una o dos estrellas centelleaban débilmente a través de los claros. Holmes conducía en silencio, con la cabeza gacha sobre el pecho y el aire de un hombre sumido en hondas reflexiones, mientras yo permanecía a su lado, deseoso de averiguar qué nueva pesquisa podía poner tan a prueba sus facultades y temeroso a la par de interrumpir el curso de sus pensamientos. Habíamos recorrido varias millas y comenzábamos a rozar el cinturón de villas suburbanas cuando se sacudió, se encogió de hombros y encendió su pipa con la actitud del hombre que se ha convencido de que obra lo mejor posible.

—Posee usted el don inapreciable del silencio, Watson —dijo él—. Eso le convierte en un compañero de incalculable valor. Palabra que supone un gran alivio para mí tener a alguien con quien hablar, pues mis propios pensamientos distan mucho de ser placenteros. Me preguntaba qué voy a decirle esta noche a esa pobre mujercita cuando me reciba a la puerta.

—Olvida usted que no sé absolutamente nada del asunto.

—Apenas tendré tiempo de ponerle al corriente de los hechos antes de llegar a Lee. Parece absurdamente sencillo y, sin embargo, no consigo encontrar un punto de apoyo firme. Hilo sobra, desde luego, pero no logro asir el cabo con la mano. Mire: le expondré el caso con claridad y concisión, Watson, y tal vez usted vislumbre una chispa donde para mí todo son tinieblas.

—Prosiga, le escucho.

—Hace algunos años —para ser precisos, en mayo de 1884— llegó a Lee un caballero llamado Neville St. Clair, que parecía disponer de abundante dinero. Alquiló una hermosa villa, arregló el jardín con gran esmero y llevó en general un tren de vida desahogado. Poco a poco trabó amistad en el vecindario y en 1887 contrajo matrimonio con la hija de un cervecero local, con la que tiene dos niños. No ejercía profesión alguna, pero participaba en varias compañías y solía desplazarse a la City por las mañanas, regresando en el tren de las 5:14 de Cannon Street todas las tardes. El señor St. Clair cuenta ahora treinta y siete años de edad, es hombre de costumbres sobrias, buen esposo, padre afectuoso y querido por cuantos le tratan. Debo añadir que sus deudas totales en el momento presente, según hemos podido averiguar, ascienden a ochenta y ocho libras con diez chelines, mientras que dispone de doscientas veinte libras a su favor en el Capital and Counties Bank. No existe motivo alguno, por ende, para sospechar que las dificultades económicas hayan pesado en su ánimo.

Fin del Episodio 20 · de 47

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