Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 19

Las cinco semillas de naranja · III

~7 min · 1442 palabras

Observará —dijo Holmes, dejando el volumen sobre la mesa— que la repentina disolución de la sociedad coincidió con la desaparición del coronel Openshaw de América con sus papeles. Bien pudiera haber una relación de causa y efecto. Nada tiene de extraño que él y los suyos se vean acosados por los hombres más implacables de la confederación. Comprenderá que este registro y este diario pueden comprometer a algunos de los próceres del Sur y que habrá no pocos que no duerman tranquilos mientras no los hayan recuperado.

—Entonces la página que hemos visto...

—Es exactamente lo que cabía esperar. Decía, si mal no recuerdo: «Enviadas las pepitas a A, B y C», es decir, enviada la advertencia de la sociedad a todos ellos. Luego figuran sucesivos asientos indicando que A y B se marcharon, o abandonaron el país, y finalmente que se visitó a C, me temo que con un siniestro resultado para C. Bien, creo, doctor, que podremos arrojar un poco de luz sobre este oscuro rincón, y estoy convencido de que la única oportunidad que tiene el joven Openshaw entretanto es hacer lo que le he indicado. Nada más cabe decir ni hacer esta noche, de modo que tenga la bondad de alcanzarme mi violín y tratemos de olvidar durante media hora el tiempo espantoso y los hábitos aún más espantosos de nuestros semejantes.

El tiempo había aclarado por la mañana y el sol brillaba con suave fulgor a través del velo grisáceo que cuelga permanentemente sobre la gran metrópoli. Sherlock Holmes se hallaba ya desayunando cuando bajé a la sala.

—Me disculpará que no le haya esperado —dijo—; tengo por delante, según preveo, una jornada sumamente ajetreada para desentrañar el drama de este joven Openshaw.

—¿Qué pasos piensa dar? —pregunté.

—Dependerá en gran medida de los resultados de mis primeras indagaciones. Es muy posible que tenga que desplazarme a Horsham, después de todo.

—¿No irá allí en primer término?

—No; comenzaré por la City. Toque la campanilla y la doncella le subirá el café.

Mientras esperaba, levanté el periódico aún cerrado de la mesa y recorrí sus columnas con la mirada. Mis ojos se clavaron en un titular que me heló la sangre. «¡Holmes! —grité—, llega usted demasiado tarde».

—¡Holmes! —exclamé—, ha llegado usted tarde.

—¡Ah! —dijo él, posando la taza—. Me lo temía. ¿Cómo ha sucedido? —Hablaba con serenidad, pero alcancé a percibir que se hallaba hondamente conmovido.

—He tropezado con el nombre de Openshaw y el titular: «Tragedia cerca del puente de Waterloo». He aquí la noticia:

«Anoche, entre las nueve y las diez, el guardia Cook, de la división H, de servicio en las proximidades del puente de Waterloo, escuchó un grito de socorro seguido de un chapoteo en el río. La noche era borrascosa y oscura, de suerte que a pesar del auxilio de varios transeúntes resultó imposible prestar ayuda inmediata. Se dio aviso, no obstante, a la policía fluvial y el cadáver fue recuperado al fin. Resultó ser el de un joven caballero cuyo billete de ferrocarril indicaba que respondía al nombre de John Openshaw y residía cerca de Horsham. Se presume que se apresuraba a tomar el último tren en la estación de Waterloo y que, en la densa oscuridad y a consecuencia del temporal, erró el camino y cayó al río desde uno de los pequeños muelles de vapores. El cadáver no presentaba señales de violencia y no cabe duda de que el desventurado joven fue víctima de un lamentable accidente, lo que debe llamar la atención de las autoridades sobre el estado precario de los accesos fluviales».

Permanecimos sentados en silencio durante unos minutos, con Holmes más abatido y sacudido de lo que jamás le había visto.

—Esto hiere mi orgullo, Watson —dijo al fin—. Es un sentimiento mezquino, sin duda, pero hiere profundamente mi orgullo. Se convierte ahora en un asunto personal entre esa banda y yo, y si Dios me concede salud, les echaré el guante encima. ¡Pensar que vino a mí en busca de auxilio y que yo lo envié directo a la muerte...! —Se levantó de su asiento de un salto y empezó a recorrer la estancia con una agitación incontenible, con un vivo rubor encendido en sus mejillas cetrinas y entrelazando y desentrelazando nerviosamente sus manos largas y delgadas.

—Deben de ser unos demonios astutísimos —exclamó al fin—. ¿Cómo pudieron atraerlo hasta allí? El terraplén del Támesis no queda en la línea directa hacia la estación. El puente, sin duda, estaba demasiado transitado, incluso en una noche semejante, para sus propósitos criminales. Pues bien, Watson, ya veremos quién ríe el último. ¡Salgo ahora mismo!

—¿A la policía?

—No; seré mi propia policía. Cuando haya tejido la red, ellos podrán atrapar las moscas, pero no antes.

Durante todo el día estuve entregado a mis quehaceres profesionales y era ya muy tarde cuando regresé a Baker Street. Sherlock Holmes aún no había vuelto. Eran cerca de las diez cuando regresó, pálido y fatigado. Se acercó al aparador y cortó un pedazo de pan, devorándolo con avidez junto a un largo trago de agua.

—Tiene hambre —observé.

—Me muero de inanición. Se me había olvidado comer por completo. No he probado bocado desde el desayuno.

—¿Nada?

—Ni un bocado. No tuve tiempo de pensar en ello.

—¿Y qué éxito ha obtenido?

—Bueno.

—¿Tiene alguna pista?

—Los tengo en el hueco de mi mano. El joven Openshaw no permanecerá mucho tiempo sin vengar. ¿Sabe, Watson? Vamos a pagarles con su propia moneda. ¡Es una ocurrencia genial!

—¿Qué quiere decir?

Tomó una naranja del aparador y, partiéndola en pedazos, extrajo las semillas sobre la mesa. De ellas tomó cinco y las introdujo en un sobre. En la solapa interior escribió «S. H. para J. C.» y luego rotuló las señas: «Capitán James Calhoun, bricbarca Lone Star, Savannah, Georgia».

—Esto le aguardará cuando arribe a puerto —dijo, soltando una risita—. Puede que le depare una noche de insomnio. Lo encontrará tan inexorable como la heraldo de su propia muerte.

—¿Y quién es ese capitán Calhoun?

—El cabecilla de la banda. Ya daré con los otros, pero él caerá primero.

—¿Y cómo logró descubrirlo?

Extrajo de su bolsillo una amplia hoja de papel cubierta de fechas y nombres.

—He pasado la jornada entera —dijo— sobre los registros del Lloyd y los ficheros de la prensa antigua, siguiendo la singladura de todos los barcos que recalaron en Pondicherry en enero y febrero de 1883. Treinta y seis navíos de porte considerable estaban registrados allí durante esos meses. Uno de ellos, el Lone Star, atrajo mi atención de inmediato, pues aunque figuraba con pabellón londinense, su nombre remitía al apodo de uno de los estados de la Unión americana.

—Texas, creo recordar.

—No estaba ni estoy seguro de cuál de ellos; pero sabía que el buque tenía que tener origen norteamericano.

—¿Y luego?

—Revisé los registros de Dundee, y cuando comprobé que la bricbarca Lone Star se hallaba allí en enero de 1885, mi sospecha se convirtió en certidumbre. Averigüé entonces qué barcos surcaban las aguas del puerto de Londres en la actualidad.

—¿Y bien?

—El Lone Star había arribado aquí la semana pasada. Bajé al muelle Albert y descubrí que había zarpado río abajo con la marea de la mañana de hoy, rumbo a Savannah. Telegrafié a Gravesend y me enteré de que había cruzado allí hace pocas horas; y como el viento sopla del este, no me cabe duda de que ya ha dejado atrás la isla de Wight.

—¿Qué piensa hacer, entonces?

—¡Oh, lo tengo atrapado! Él y sus dos oficiales son, según he sabido, los únicos americanos nativos a bordo. Los demás son marineros suecos y alemanes. Sé asimismo que los tres estuvieron ausentes del barco anoche. Para cuando su velero arribe a Savannah, el vapor correo habrá entregado ya esta carta y el cable telegráfico habrá puesto sobre aviso a la policía de que esos tres caballeros son buscados aquí por homicidio premeditado.

Existe siempre un fallo, sin embargo, en los planes humanos mejor trazados, y los asesinos de John Openshaw jamás habrían de recibir aquellas cinco semillas de naranja que debían anunciarles que otro tan resuelto y astuto como ellos les pisaba los talones. Aquel otoño las tempestades equinocciales fueron de una violencia inusitada y prolongada. Largo tiempo aguardamos noticias del Lone Star en Savannah, pero jamás llegó a destino. Al fin supimos que en algún punto del Atlántico se divisaron flotando los restos del espejo de popa de un buque naufragado, con las letras «L. S.» grabadas en la madera; y eso fue todo cuanto llegó a saberse sobre el paradero final de la tripulación del Lone Star.

Fin del Episodio 19 · de 47

Las cinco semillas de naranja · III

Siguiente Episodio 20~14 minEl hombre del labio retorcido · I“—Así ocurría siempre: las personas atribuladas acudían a mi esposa como las aves al faro en mitad de la noche.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.