Las cinco semillas de naranja · II
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—«¡Pero qué demonios significa esto, John?», balbuceó.
—Sentí que el corazón se me helaba en el pecho. «Es la K. K. K.», dije.
—Miró dentro del sobre. «¡En efecto! —exclamó—. Aquí están esas mismas letras. Pero ¿qué es esto que está escrito encima?».
—«Pon los papeles sobre el reloj de sol —leí yo, mirando por encima de su hombro».
—«¿Qué papeles? ¿Qué reloj de sol?», preguntó él.
—«El reloj de sol del jardín; no hay ningún otro —respondí yo—; pero los papeles deben de ser los que fueron quemados».
—«¡Bah! —dijo él, armándose de valor—. Estamos en un país civilizado y no podemos consentir payasadas de este calibre. ¿De dónde viene esto?».
—«De Dundee», respondí, mirando el matasellos.
—«Una broma pesada e insensata —dijo él—. ¿Qué tengo yo que ver con relojes de sol ni con papeles? No pienso hacer el menor caso de semejante desatino».
—«Yo en su lugar acudiría sin falta a la policía», le dije.
—«Para que se rían de mí por mi cuenta. De ningún modo».
—«¿Me permite entonces que vaya yo?».
—«No, te lo prohíbo terminantemente. No quiero que se arme revuelo por semejante tontería».
—Inútil era discutir con él, pues era hombre de extremada tozudez. Anduve todo el día, sin embargo, con el corazón encogido por negros presentimientos.
—Al tercer día de llegar la carta, mi padre salió de casa para visitar a un viejo amigo suyo, el comandante Freebody, que mandaba uno de los fuertes de Portsdown Hill. Me alegré de su marcha, pues me figuraba que lejos de casa se hallaría más a salvo del peligro. En eso, empero, me equivocaba de medio a medio. Al segundo día de su ausencia recibí un telegrama del comandante rogándome que acudiera de inmediato. Mi padre se había despeñado por una de las profundas canteras de tiza que abundan en la comarca y yacía sin sentido, con el cráneo fracturado. Corrí a su lado, pero falleció sin haber recobrado el conocimiento. Al parecer regresaba de Fareham al caer la tarde y, como no conocía el terreno y la cantera carecía de vallado, el jurado no vaciló en dictaminar muerte por causas accidentales. Por más minuciosamente que examiné cada circunstancia de su muerte, no encontré nada que hiciera sospechar un homicidio: ni huellas de violencia, ni pisadas, ni robo, ni constancia de forasteros en los caminos. Y, sin embargo, no necesito decirles que mi ánimo distaba mucho de estar tranquilo y que tenía la certidumbre moral de que una siniestra conjura se había urdido a su alrededor.
—Por tan tenebroso conducto entré en posesión de mi herencia. Me preguntarán por qué no me deshice de ella. Les responderé que estaba bien convencido de que nuestras desdichas dependían de algún episodio de la vida de mi tío y de que el peligro sería tan apremiante en una casa como en otra.
—En enero de 1885 halló la muerte mi desventurado padre, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses. Durante este tiempo he vivido felizmente en Horsham y había comenzado a albergar la esperanza de que la maldición se hubiera extinguido en la familia y concluido con la generación anterior. Me consolé demasiado pronto, no obstante: ayer por la mañana cayó el golpe exactamente en la misma forma en que había sobrevenido a mi padre.
El joven extrajo de su chaleco un sobre arrugado y, volviéndose hacia la mesa, volcó sobre ella cinco pequeñas semillas secas de naranja.
—Este es el sobre —continuó—. El matasellos es de Londres, distrito este. En su interior figuran las mismas palabras que contenía el último mensaje de mi padre: «K. K. K.», y luego: «Pon los papeles sobre el reloj de sol».
—¿Qué ha hecho usted? —preguntó Holmes.
—Nada.
—¿Nada?
—A decir verdad... —hundió el rostro entre sus manos delgadas y blancas— me he sentido enteramente desamparado. Me he sentido como uno de esos pobres conejos cuando la serpiente repta hacia ellos. Parezco hallarme en las garras de un mal implacable e irresistible contra el cual no valen precauciones ni previsión alguna.
—¡Vamos, vamos! —exclamó Sherlock Holmes—. Es preciso obrar, amigo mío, o estará perdido. Solo la energía puede salvarle. No es momento de desesperar.
—He consultado a la policía.
—¡Ajá!
—Pero escucharon mi relato con una sonrisa de incredulidad. Estoy convencido de que el inspector se ha formado la idea de que todas las cartas son bromas pesadas y de que las muertes de mis parientes fueron en verdad accidentes, como dictaminó el jurado, desvinculadas de cualquier aviso.
Holmes sacudió los puños cerrados en el aire. —¡Estupidez increíble! —exclamó.
—Me han asignado, no obstante, un agente de policía que puede permanecer en la casa conmigo.
—¿Ha venido esta noche con usted?
—No; sus instrucciones eran quedarse en la casa.
De nuevo manoteó Holmes en el aire.
—¿Por qué ha venido a verme a mí? —dijo—. Y, sobre todo, ¿por qué no ha venido de inmediato?
—No lo sabía. Solo hoy comenté mis tribulaciones con el comandante Prendergast y él me aconsejó que acudiera a usted.
—Hace ya dos días que recibió la carta. Deberíamos haber actuado antes de ahora. Supongo que no dispone de más indicios que los que ha puesto ante nosotros... ¿ningún detalle revelador que pueda ayudarnos?
—Hay una cosa —dijo John Openshaw. Rebuscó en el bolsillo de su gabán y, extrayendo una hoja de papel azulado y descolorido, la extendió sobre la mesa—. Recuerdo confusamente —dijo— que el día en que mi tío quemó los documentos advertí que los bordes menudos que quedaron sin arder entre las cenizas eran de este color característico. Encontré esta hoja suelta en el suelo de su aposento y me inclino a creer que se trata de uno de los papeles que tal vez voló de entre los otros y se libró así del fuego. Aparte de la mención a las pepitas, no veo que nos ayude en gran cosa. Personalmente creo que es una página arrancada de algún diario íntimo. La letra es sin duda de mi tío.
Holmes acercó la lámpara y ambos nos inclinamos sobre la hoja de papel, cuyos bordes mellados denotaban que en efecto había sido arrancada de un cuaderno. Llevaba por encabezamiento «Marzo de 1869», y debajo figuraban los siguientes enigmáticos apuntes:
«Día 4. Vino Hudson. Misma vieja plataforma.
Día 7. Enviadas las pepitas a McCauley, Paramore y John Swain, de San Agustín.
Día 9. McCauley ha puesto pies en polvorosa.
Día 10. John Swain ha puesto pies en polvorosa.
Día 12. Visité a Paramore. Todo arreglado».
—¡Muchas gracias! —dijo Holmes, doblando el papel y devolviéndoselo a nuestro visitante—. Y ahora no debe perder otro instante bajo ningún concepto. No disponemos de tiempo ni para comentar lo que me ha relatado. Debe regresar a su casa inmediatamente y actuar.
—¿Qué debo hacer?
—No hay más que una sola cosa que hacer, y debe hacerse sin demora. Debe colocar esta hoja de papel que nos ha mostrado dentro de la arqueta de latón que ha descrito. Debe introducir asimismo una nota manifestando que todos los demás documentos fueron quemados por su tío y que este es el único que se conserva. Debe aseverarlo en términos tan categóricos que inspiren plena convicción. Hecho esto, debe depositar de inmediato la arqueta sobre el reloj de sol, tal como se le indicaba. ¿Me comprende bien?
—Enteramente.
—No piense en venganzas ni en nada por el estilo en estos momentos. Creo que podremos alcanzarla por la vía de la ley; pero nosotros tenemos aún que tejer nuestra red, mientras que la suya ya está tendida. La primera consideración es conjurar el peligro apremiante que se cierne sobre usted. La segunda, esclarecer el misterio y castigar a los culpables.
—Le doy las gracias —dijo el joven, levantándose y poniéndose el abrigo—. Me ha devuelto la vida y la esperanza. Haré sin vacilar cuanto me aconseja.
—No pierda un segundo. Y, sobre todo, cuídese mucho entretanto, pues no creo que quepa duda de que le acecha un peligro muy real e inminente. ¿Cómo piensa regresar?
—En tren desde Waterloo.
—Aún no son las nueve. Las calles estarán concurridas, de suerte que confío en que se halle a salvo. Y, sin embargo, toda precaución será poca.
—Voy armado.
—Eso está bien. Mañana me pondré a trabajar en su caso.
—¿Le veré en Horsham, entonces?
—No; su enigma se oculta en Londres. Es allí donde pienso buscarlo.
—Entonces me pasaré por aquí en un plazo de uno o dos días con noticias sobre la arqueta y los papeles. Seguiré sus consejos al pie de la letra. —Nos estrechó la mano y se despidió. Afuera el viento seguía bramando y la lluvia repiqueteaba y azotaba los cristales. Aquella historia extraña y tenebrosa parecía haber brotado de en medio de los elementos desatados —arrojada sobre nosotros como un sargazo arrastrado por la tempestad— para volver a ser engullida por ellos en un instante.
Sherlock Holmes permaneció durante algún tiempo en silencio, con la cabeza inclinada y los ojos clavados en el rescoldo del fuego. Luego encendió su pipa y, recostándose en el sillón, contempló los aros de humo azulado que se perseguían hacia el techo.
—Creo, Watson —observó al fin—, que de todos nuestros casos jamás hemos tenido entre manos uno más fantástico que este.
—Salvo, tal vez, El signo de los cuatro.
—Bueno, sí. Salvo quizá ese. Y, con todo, me parece que este John Openshaw se mueve entre peligros aún mayores que los que rodearon a los Sholto.
—Pero ¿se ha formado usted —pregunté— alguna idea definida sobre la naturaleza de tales peligros?
—No cabe la menor duda acerca de su naturaleza —respondió él.
—¿Cuáles son, entonces? ¿Quién es esa K. K. K. y por qué persigue a esta desventurada familia?
Sherlock Holmes cerró los ojos y apoyó los codos en los brazos de su sillón, con las yemas de los dedos unidas. —El razonador ideal —comentó—, una vez que se le muestra un hecho aislado en todas sus relaciones, debería deducir de él no solo toda la cadena de acontecimientos que desembocaron en él, sino también todos los resultados que habrán de seguirse. Del mismo modo que Cuvier era capaz de describir con precisión un animal entero a la vista de un solo hueso, así el observador que ha comprendido a fondo un eslabón de una serie de incidentes debería ser capaz de formular con exactitud todos los demás, tanto anteriores como posteriores. Aún no hemos alcanzado a vislumbrar los resultados que la sola razón puede conquistar. En el gabinete de trabajo pueden resolverse enigmas que han desafiado a cuantos intentaron desentrañarlos con el auxilio exclusivo de sus sentidos. Para elevar este arte a su máxima perfección, empero, resulta forzoso que el razonador pueda utilizar todos los hechos que hayan llegado a su conocimiento; lo cual implica, como comprenderá, la posesión de una cultura universal, cualidad ciertamente rara incluso en estos tiempos de instrucción pública y enciclopedias. No es imposible, no obstante, que un hombre atesore todos aquellos conocimientos susceptibles de serle de utilidad en su oficio, y esto es lo que en mi caso me he esforzado en hacer. Si no recuerdo mal, usted mismo definió mis límites con suma precisión en los primeros días de nuestra amistad.
—Sí —respondí, echándome a reír—. Era un inventario muy curioso: filosofía, astronomía y política calificadas con cero, según recuerdo. Botánica variable; geología profunda en lo tocante a manchas de barro en un radio de cincuenta millas alrededor de la capital; química extravagante; anatomía asistemática; literatura sensacionalista y crónicas de crímenes única; violinista, boxeador, espadachín, abogado y autoenvenenador por cocaína y tabaco. Esos eran, creo, los puntos principales de mi análisis.
Holmes sonrió ante el último apunte. —Pues bien —dijo—, sostengo ahora lo mismo que entonces: un hombre debe mantener su modesto ático cerebral provisto de todo el mobiliario que probablemente haya de utilizar, y lo demás puede archivarlo en el trastero de su biblioteca, donde podrá echarle mano cuando lo necesite. Ahora bien: para un caso como el que se nos ha sometido esta noche necesitamos movilizar todos nuestros recursos. Tenga la bondad de alcanzarme el tomo de la letra K de la Enciclopedia Americana que descansa en el anaquel a su lado. Muchas gracias. Y ahora examinemos la situación y veamos qué cabe deducir de ella. En primer lugar, podemos partir de la sólida presunción de que el coronel Openshaw tenía motivos de enorme peso para abandonar América. Los hombres a su edad no mudan todos sus hábitos ni cambian voluntariamente el delicioso clima de Florida por la vida solitaria de una pequeña ciudad de provincias inglesa. Su extremado apego a la soledad en Inglaterra sugiere que temía a alguien o a algo; de modo que podemos adoptar como hipótesis de trabajo que fue el miedo a alguien o a algo lo que le empujó a huir de América. En cuanto a qué era lo que temía, solo podemos colegirlo considerando las temibles cartas que él y sus sucesores recibieron. ¿Se fijó en los matasellos de esas misivas?
—La primera era de Pondicherry, la segunda de Dundee y la tercera de Londres.
—Del este de Londres. ¿Qué deduce de eso?
—Todos son puertos de mar. Que el remitente se hallaba a bordo de un barco.
—Excelente. Ya disponemos de una pista. No cabe duda de que la probabilidad —la altísima probabilidad— es que el autor viajaba a bordo de un navío. Y ahora consideremos otro extremo: en el caso de Pondicherry transcurrieron siete semanas entre la amenaza y su cumplimiento; en el de Dundee apenas mediaron tres o cuatro días. ¿Le sugiere eso algo?
—Una mayor distancia que recorrer.
—Pero la carta tenía asimismo una mayor distancia por salvar.
—Entonces no acabo de ver la cuestión.
—Existe al menos la fundada presunción de que el buque en que viaja ese hombre o esos hombres es un barco de vela. Parece como si enviasen siempre su singular advertencia o contraseña por delante antes de zarpar a cumplir su cometido. Ya vio con qué rapidez siguió el golpe a la señal cuando procedía de Dundee. De haber venido de Pondicherry en un buque de vapor habrían llegado casi al mismo tiempo que la carta. Pero en realidad transcurrieron siete semanas. Considero que esas siete semanas representaron la diferencia entre el vapor correo que trajo la carta y el velero que transportaba al asesino.
—Es posible.
—Más que posible: es probable. Y ahora comprenderá la perentoria urgencia de este nuevo caso y por qué aconsejé prudencia al joven Openshaw. El golpe ha caído siempre al término del plazo que les llevaba a los emisarios recorrer la distancia. Pero esta advertencia procede de Londres, y por consiguiente no podemos contar con dilación alguna.
—¡Santo Dios! —exclamé—. ¿Qué significa esta persecución despiadada?
—Los documentos que Openshaw custodiaba son a todas luces de vital trascendencia para la persona o personas que navegan en ese velero. Me parece enteramente claro que deben ser varios. Un solo individuo no habría podido ejecutar dos muertes de suerte que engañasen al jurado de un juez de instrucción. Tenían que ser varios y debían de ser hombres resueltos y dotados de recursos. Están decididos a recobrar sus papeles, tenga quien los tenga. De este modo, como ve, K. K. K. deja de ser la firma de un individuo para convertirse en el distintivo de una sociedad.
—Pero ¿de qué sociedad?
—¿No ha oído... —dijo Sherlock Holmes, inclinándose hacia delante y bajando la voz— no ha oído jamás hablar del Ku Klux Klan?
—Jamás.
Holmes hojeó el volumen que descansaba sobre sus rodillas. —Aquí está —dijo enseguida:
«Ku Klux Klan. Nombre derivado de la caprichosa semejanza con el chasquido producido al amartillar un fusil. Esta temible sociedad secreta fue constituida por varios antiguos soldados confederados en los estados del Sur tras la Guerra Civil, y no tardó en fundar filiales locales en diversos puntos del país, señaladamente en Tennessee, Luisiana, las Carolinas, Georgia y Florida. Su poderío fue empleado con fines políticos, principalmente para aterrorizar a los votantes negros y asesinar o expulsar del territorio a quienes se oponían a sus doctrinas. Sus atropellos solían ir precedidos de una advertencia remitida al individuo señalado bajo alguna forma extravagante pero universalmente reconocida: una ramita de hojas de roble en algunos parajes, pepitas de melón o semillas de naranja en otros. Al recibirla, la víctima podía o bien abjurar públicamente de sus opiniones anteriores o bien huir del país. Si desafiaba la intimación, la muerte caía indefectiblemente sobre ella, por lo general de un modo extraño e imprevisto. Tan perfecta era la organización de la secta y tan sistemáticos sus procedimientos, que apenas se registra un caso en que alguien lograra desafiarla con impunidad o en que sus crímenes fueran judicialmente probados a sus autores. Durante algunos años la sociedad prosperó a pesar de los esfuerzos del gobierno de los Estados Unidos y de las clases acomodadas del Sur. Finalmente, en el año 1869, la organización se desmoronó de forma repentina, aunque han seguido registrándose brotes esporádicos de idéntico signo desde aquella fecha».
Fin del Episodio 18 · de 47
Las cinco semillas de naranja · II
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