El misterio del valle Boscombe · III
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Hay noticias graves esta mañana —observó Lestrade—. Se dice que el señor Turner, el de la mansión, se halla tan enfermo que se teme por su vida.
—Un hombre de edad madura, supongo —dijo Holmes.
—Alrededor de los sesenta años; pero su salud se quebrantó a raíz de su vida en ultramar y lleva ya algún tiempo delicado. Este suceso ha causado un efecto pésimo en su ánimo. Era un viejo amigo de McCarthy y, debo añadir, su gran benefactor, pues he sabido que le cedió la granja de Hatherley libre de arrendamiento.
—¡Vaya! Eso es interesante —dijo Holmes.
—¡Oh, sí! De cien maneras distintas le ha prestado ayuda. Todo el mundo en la comarca habla de sus bondades para con él.
—¡De veras! ¿No le resulta un tanto insólito que este McCarthy, que al parecer casi nada poseía por sí mismo y se hallaba tan obligado con Turner, hablase a pesar de todo de casar a su hijo con la hija de Turner, que es, presumiblemente, la heredera de la hacienda, y ello con semejante aplomo y seguridad en sí mismo, como si se tratara de una mera proposición y todo lo demás hubiera de seguirse por añadidura? Resulta tanto más extraño por cuanto sabemos que el propio Turner era contrario a esa unión. La hija misma nos lo confirmó. ¿No deduce usted nada de semejante actitud?
—Ya estamos con las deducciones y las inferencias —dijo Lestrade, guiñándome un ojo—. Bastante trabajo me cuesta atenerse a los hechos, Holmes, para andar volando tras teorías e imaginaciones.
—Tiene usted toda la razón —dijo Holmes con fingida modestia—; ciertamente le cuesta muchísimo trabajo atenerse a los hechos.
—En cualquier caso, he captado un hecho que a usted parece costarle trabajo asimilar —replicó Lestrade con cierto acaloramiento.
—Y ese hecho es...
—Que McCarthy padre halló la muerte a manos de McCarthy hijo y que cualquier teoría en sentido contrario es pura fantasía.
—Bueno, la fantasía es algo más luminoso que la niebla —dijo Holmes, riendo—. Pero mucho me engaño si eso que asoma a la izquierda no es la granja de Hatherley.
—Sí, esa es. —Era un edificio espacioso y de aspecto desahogado, de dos plantas y tejado de pizarra, con grandes manchas amarillentas de líquenes sobre los muros de piedra gris. Las cortinas echadas y las chimeneas desprovistas de humo, empero, le conferían un aire luctuoso, como si el peso de aquel horror continuara gravitando sobre él. Llamamos a la puerta y la criada, a petición de Holmes, nos mostró las botas que calzaba su señor en el momento de morir y también un par de las de su hijo, aunque no las mismas que llevaba puestas aquel día. Tras medirlas minuciosamente en siete u ocho puntos diferentes, Holmes expresó el deseo de pasar al corral, desde donde seguimos todos el sendero serpenteante que conducía al estanque de Boscombe.
Sherlock Holmes se transformaba por entero cuando seguía un rastro tan candente como este. Quienes solo conocían al sereno pensador y lógico de Baker Street no habrían sido capaces de reconocerlo. El rostro se le encendía y ensombrecía a un tiempo. Las cejas se le juntaban formando dos líneas negras y duras, mientras sus ojos centelleaban por debajo con un brillo de acero. Inclinaba la cabeza hacia el suelo, encorvaba los hombros, apretaba los labios y las venas de su cuello largo y fibroso se hinchaban como cuerdas. Sus aletas de la nariz parecían dilatarse con un instinto puramente animal de caza y su mente estaba tan enteramente concentrada en el problema que cualquier pregunta u observación caía en oídos sordos o, a lo sumo, solo arrancaba un gruñido impaciente por respuesta. Con paso raudo y silencioso avanzó por el sendero que cruzaba las praderas y se internaba por los bosques hacia el estanque de Boscombe. Era un terreno húmedo y cenagoso, como lo es toda aquella comarca, y abundaban las huellas de pisadas tanto en el sendero como en la hierba corta que lo bordeaba a uno y otro lado. Unas veces Holmes apresuraba el paso, otras se detenía en seco y en una ocasión dio un rodeo considerable por el prado. Lestrade y yo marchábamos detrás de él: el detective con aire displicente y despectivo, mientras yo contemplaba a mi amigo con el vivo interés nacido de la certeza de que cada uno de sus actos respondía a un fin determinado.
El estanque de Boscombe, que no es más que una pequeña lámina de agua cercada de juncos de unas cincuenta yardas de anchura, se halla situado en el linde entre la granja de Hatherley y el parque privado del acaudalado señor Turner. Por encima de los árboles que lo flanqueaban en la orilla opuesta divisábamos las torres rojas y puntiagudas que señalaban la mansión del rico hacendado. Por el lado de Hatherley la arboleda era densísima y mediaba una estrecha franja de hierba encharcada de unos veinte pasos de anchura entre el borde de los árboles y los carrizos del lago. Lestrade nos señaló el lugar exacto en que se había encontrado el cadáver y, en verdad, tan blando estaba el terreno que alcancé a ver con nitidez las marcas dejadas por la caída de la víctima. Para Holmes, como colegí por su rostro ansioso y sus ojos escrutadores, había otras muchas cosas que descifrar sobre la hierba pisoteada. Corrió en derredor como un sabueso que husmea el rastro y luego se encaró con mi acompañante.
—¿A qué entró usted en el estanque? —preguntó.
—Estuve tanteando con un rastrillo. Pensé que podría haber algún arma u otra pista. Pero ¿cómo demonios...?
—¡Bah, no tengo tiempo que perder! Ese pie izquierdo suyo con su torcedura hacia dentro está marcado por todas partes. Un topo podría seguirle la pista, y ahí se pierde entre los juncos. ¡Ah, qué sencillo habría resultado todo si hubiera llegado aquí antes de que vinieran como una manada de búfalos a pisotearlo todo! Aquí es por donde llegó la partida con el conserje, y han borrado todas las huellas en un radio de seis u ocho pies alrededor del cuerpo. Pero aquí hay tres rastros separados de los mismos pies. —Sacó una lupa y se tendió cuan largo era sobre su impermeable para ver mejor, hablando todo el tiempo más bien para sí mismo que para nosotros—. Estos son los pies del joven McCarthy. Dos veces caminó con paso ordinario y una corrió a toda prisa, de modo que las suelas están hondamente marcadas y los tacones apenas se perciben. Eso corrobora su relato: echó a correr cuando vio a su padre en el suelo. Aquí están las huellas del padre mientras paseaba arriba y abajo. ¿Y qué es esto? Es la culata de la escopeta apoyada mientras el hijo permanecía escuchando. ¿Y esto otro? ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí? ¡De puntillas! ¡De puntillas! Y cuadradas, además: ¡un calzado sumamente insólito! Vienen, van, vuelven a venir... naturalmente, fue para recoger la capa. Ahora bien: ¿de dónde salieron? —Corrió arriba y abajo, perdiendo a ratos y recuperando luego el rastro, hasta internarnos en la orilla del bosque y quedar bajo la sombra de una gran haya, el árbol más corpulento de la comarca. Holmes siguió las huellas hasta el lado opuesto del tronco y se arrojó de nuevo de bruces con un leve grito de satisfacción. Durante un largo rato permaneció allí, revolviendo las hojas caídas y las ramas secas, recogiendo en un sobre lo que me pareció polvo y examinando con la lupa no solo el suelo sino hasta la corteza del árbol hasta donde alcanzaba su mano. Una piedra mellada yacía entre el musgo, y también esta la examinó minuciosamente y se la guardó. Luego siguió un sendero a través del bosque hasta salir al camino real, donde se perdían todas las huellas.
—Ha sido un caso de considerable interés —comentó, recobrando su talante habitual—. Supongo que esa casita gris a la derecha debe de ser la portería. Creo que entraré a cruzar dos palabras con Moran y tal vez a escribir unas líneas. Hecho esto, podremos regresar a almorzar. Pueden caminar hacia el coche; enseguida estaré con ustedes.
Tardó unos diez minutos en reunirse con nosotros en el carruaje y emprendimos el regreso a Ross, llevando Holmes consigo la piedra que había recogido en el bosque.
—Esto puede interesarle, Lestrade —observó, mostrándosela—. El crimen se cometió con esto.
—No veo huella alguna.
—No las hay.
—¿Cómo lo sabe, entonces?
—La hierba crecía debajo de ella. Llevaba allí solo unos días. No había ningún indicio del sitio de donde hubiera sido arrancada. Coincide exactamente con las heridas. Y no hay rastro de ninguna otra arma.
—¿Y el asesino?
—Es un hombre alto, zurdo, cojo de la pierna derecha, calza botas de caza de suela gruesa y lleva una capa gris, fuma cigarros indios, utiliza boquilla y lleva un cortaplumas mellado en el bolsillo. Hay otros varios indicios, pero estos bastarán para orientarnos en la búsqueda.
Lestrade se rio. —Me temo que sigo siendo escéptico —dijo—. Las teorías son muy bonitas, pero nosotros tenemos que vérnoslas con un jurado británico de hombres prácticos.
—Nous verrons —respondió Holmes con calma—. Trabaje usted según su método y yo trabajaré según el mío. Esta tarde estaré ocupado y es muy probable que regrese a Londres en el tren nocturno.
—¿Y dejará su caso sin concluir?
—No, concluido.
—¿Y el misterio?
—Está resuelto.
—¿Quién es el criminal, entonces?
—El caballero que le acabo de describir.
—Pero ¿quién es?
—Ciertamente no resultará difícil dar con él. Esta comarca no está tan densamente poblada.
Lestrade se encogió de hombros. —Soy un hombre práctico —dijo—, y la verdad es que no puedo ponerme a recorrer el campo en busca de un caballero zurdo y con una pierna estropeada. Me convertiría en el hazmerreír de Scotland Yard.
—Muy bien —dijo Holmes con tranquilidad—. Le he dado la oportunidad. Aquí tiene su posada. Adiós. Le pondré unas líneas antes de marcharme.
Tras dejar a Lestrade en su alojamiento, nos dirigimos a nuestro hotel, donde encontramos el almuerzo servido sobre la mesa. Holmes permaneció en silencio y abismado en sus pensamientos con una expresión dolorida en el rostro, como quien se halla ante una encrucijada difícil.
—Mire, Watson —dijo cuando retiraron el mantel—, siéntese en ese sillón y permítame desahogarme un rato. No sé con certeza qué hacer y agradecería su consejo. Encienda un cigarro y déjeme exponerle la cuestión.
—Le escucho con gusto.
—Pues bien: al examinar este caso, hay dos detalles en el relato del joven McCarthy que nos llamaron la atención de inmediato a ambos, aunque a mí me predispusieron en su favor y a usted en su contra. Uno fue el hecho de que su padre lanzara el grito de «¡Cooee!» antes de verle, según el muchacho. El otro fue su singular alusión de agonía a una rata. Balbuceó varias palabras, como comprenderá, pero eso fue lo único que captó el oído de su hijo. Pues bien: de este doble indicio deben arrancar nuestras pesquisas, y comenzaremos dando por supuesto que cuanto afirma el joven es rigurosamente cierto.
—¿Y qué hay de ese «¡Cooee!» entonces?
—Pues bien: es evidente que no podía ir destinado al hijo. El hijo, hasta donde el padre sabía, se hallaba en Bristol. Fue pura casualidad que estuviera al alcance de su voz. El grito de «¡Cooee!» pretendía llamar la atención de la persona con quien tenía concertada la cita. Pero «Cooee» es un grito típicamente australiano, empleado exclusivamente entre australianos. Hay sobradas razones para presumir que la persona a quien McCarthy esperaba en el estanque de Boscombe era alguien que había vivido en Australia.
—¿Y lo de la rata, entonces?
Sherlock Holmes sacó un papel doblado del bolsillo y lo desdobló sobre la mesa. —Este es un mapa de la colonia de Victoria —dijo—. Telegrafié anoche a Bristol pidiéndolo. —Cubrió una parte del mapa con la mano—. ¿Qué lee ahí?
—ARAT —leí yo.
—¿Y ahora? —Alzó la mano.
—BALLARAT.
—Exacto. Esa fue la palabra que pronunció el moribundo y de la que su hijo solo captó las dos últimas sílabas. Intentaba pronunciar el nombre de su asesino: Fulano de tal, de Ballarat.
—¡Es portentoso! —exclamé.
—Es palmario. Y ahora, como ve, había estrechado considerablemente el círculo. La posesión de una prenda gris constituía un tercer dato que, dando por buena la declaración del hijo, resultaba una certidumbre. Habíamos pasado de la más vaga incertidumbre a la idea precisa de un australiano de Ballarat provisto de una capa gris.
—Desde luego.
—Y de alguien que conocía bien la comarca, pues al estanque solo se puede llegar cruzando la granja o la finca, por donde difícilmente merodearían extraños.
—Cierto.
—Luego vino nuestra expedición de hoy. Mediante el examen del terreno obtuve los pormenores menudos que facilité a ese mentecato de Lestrade sobre la personalidad del criminal.
—Pero ¿cómo los averiguó?
—Ya conoce mi método: se funda en la observación de pequeñeces.
—Su estatura ya sé que podía calcularla a grandes rasgos por la longitud de su zancada. Sus botas también podían identificarse por las huellas.
—Sí, eran unas botas muy particulares.
—¿Pero su cojera?
—La huella de su pie derecho resultaba siempre menos marcada que la del izquierdo. Cargaba menos peso sobre él. ¿Por qué razón? Porque cojeaba: era cojo.
—¿Y lo de ser zurdo?
—A usted mismo le llamó la atención la índole de la herida descrita por el médico en el sumario. El golpe fue asestado justo por la espalda y, sin embargo, incidió en el lado izquierdo. Ahora bien: ¿cómo explicarse eso a menos que el agresor fuese zurdo? Había permanecido detrás de aquel árbol durante la discusión entre el padre y el hijo. Incluso estuvo fumando allí: encontré la ceniza de un cigarro puro, que mis conocimientos especiales en la materia me permiten clasificar como un cigarro indio. He consagrado cierta atención a este asunto, como bien sabe, y redacté una pequeña monografía sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades de tabaco de pipa, cigarro y cigarrillo. Tras encontrar la ceniza, miré en derredor y descubrí la colilla entre el musgo, donde la había arrojado. Era un cigarro indio, de la variedad que se elabora en Róterdam.
—¿Y la boquilla?
—Pude advertir que el extremo no había estado en su boca. Por ende, utilizaba boquilla. La punta había sido cortada, no mordisqueada; pero el corte no era limpio, de donde deduje un cortaplumas mellado.
—Holmes —dije yo—, ha tendido usted una red alrededor de ese hombre de la que no podrá escapar, y ha salvado una vida inocente con tanta certeza como si hubiera cortado la soga que iba a ahorcarlo. Veo con toda claridad adónde apunta todo esto. El culpable es...
—El señor John Turner —anunció el camarero de la posada, abriendo la puerta de nuestra sala y dando paso a un visitante.
El hombre que entró ofrecía una estampa extraña e impresionante. Su paso lento y vacilante y sus hombros encorvados daban la impresión de decrepitud y, sin embargo, sus facciones duras, agrietadas y enérgicas, y sus miembros descomunales demostraban que poseía una fortaleza extraordinaria de cuerpo y de carácter. Su barba revuelta, su pelo entrecano y sus cejas pobladas y caídas se combinaban para prestar a su aspecto un aire de dignidad y poderío; pero su rostro presentaba una blancura cenicienta, mientras sus labios y las aletas de su nariz estaban teñidos de un tono azulado. Me bastó una sola mirada para comprender que se hallaba en las garras de una enfermedad crónica y mortal.
—Tenga la bondad de sentarse en el sofá —dijo Holmes suavemente—. ¿Recibió mi nota?
—Sí, me la subió el conserje. Decía usted que deseaba verme aquí para evitar el escándalo.
—Pensé que la gente murmuraría si acudía yo a la mansión.
—¿Y por qué deseaba verme? —Miró a mi compañero con infinita desesperación en sus ojos cansados, como si su pregunta viniera ya respondida de antemano.
—Sí —dijo Holmes, contestando a la mirada más que a las palabras—. Así es. Lo sé todo acerca de McCarthy.
El anciano hundió el rostro entre las manos. —¡Que Dios me asista! —exclamó—. Pero jamás habría permitido que le ocurriera nada malo al muchacho. Le doy mi palabra de honor de que lo habría confesado todo si la sentencia del tribunal se pronunciaba en su contra.
Fin del Episodio 15 · de 47
El misterio del valle Boscombe · III
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