Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 14

El misterio del valle Boscombe · II

~13 min · 2624 palabras

El juez de instrucción: —Me temo que debo insistir en la pregunta.

»Testigo: —Me resulta verdaderamente imposible responder. Puedo asegurarles que nada tiene que ver con la dolorosa tragedia acaecida después.

»El juez: —Eso le corresponde decidirlo al tribunal. No necesito advertirle de que su negativa a contestar perjudicará considerablemente su causa en cualquier actuación ulterior que pudiera sustanciarse.

»Testigo: —Debo mantener mi negativa.

»El juez: —Tengo entendido que el grito de «¡Cooee!» constituía una llamada habitual entre usted y su padre.

»Testigo: —Así es.

»El juez: —¿Cómo se explica entonces que lo profiriera antes de verle y antes siquiera de enterarse de que había regresado de Bristol?

»Testigo (con manifiesta turbación): —No lo sé.

»Un miembro del jurado: —¿No vio nada que despertara sus sospechas cuando regresó al oír el clamor y halló a su padre mortalmente herido?

»Testigo: —Nada concreto.

»El juez: —¿A qué se refiere?

»Testigo: —Me hallaba tan trastornado y agitado al correr a campo abierto que no podía pensar sino en mi padre. Tengo, sin embargo, la vaga impresión de que al correr hacia él vi algo tendido sobre el suelo a mi izquierda. Me pareció algo de color gris: una prenda de abrigo o tal vez una manta escocesa. Al levantarme de junto a mi padre miré en derredor buscándolo, pero había desaparecido.

»—¿Quiere decir que se esfumó antes de que acudiera a pedir auxilio?

»—Sí, ya no estaba allí.

»—¿No puede precisar qué era?

»—No; tuve la sensación de que algo yacía en aquel punto.

»—¿A qué distancia del cadáver?

»—A una docena de yardas, más o menos.

»—¿Y a qué distancia del linde del bosque?

»—Aproximadamente a la misma.

»—Por consiguiente, si alguien se lo llevó, ¿fue mientras usted se hallaba a una docena de yardas?

»—Sí, pero dándole la espalda.

»Con esto concluyó el interrogatorio del testigo».

—Ya veo —dije yo al recorrer con la vista la columna— que el juez de instrucción se mostró bastante severo con el joven McCarthy en sus conclusiones. Llama la atención, y con sobrada razón, sobre la contradicción de que su padre le hubiera hecho señas antes de verle, sobre su negativa a referir los detalles de la conversación sostenida con él y sobre su singular testimonio acerca de las últimas palabras del moribundo. Todo ello, como bien señala, milita pesadamente contra el hijo.

Holmes soltó una risita suave y se repantigó en el mullido asiento. —Tanto usted como el juez de instrucción se han empeñado —dijo— en señalar precisamente los argumentos más sólidos en favor del joven. ¿Es que no ve que le atribuyen indistintamente demasiada imaginación y demasiado poca? Demasiado poca si no fue capaz de inventar un motivo de disputa que le granjeara la simpatía del jurado; demasiada si concibió de su propia cosecha algo tan estrafalario como una alusión a una rata en el lecho de muerte y el episodio del paño que se esfumó. No, amigo mío: abordaré este caso desde la hipótesis de que cuanto afirma este muchacho es rigurosamente cierto, y veremos adónde nos conduce ese supuesto. Y ahora aquí tiene mi Petrarca de bolsillo, y no pronunciaré una sola palabra más sobre el asunto hasta que nos hallemos en el escenario de los hechos. Almorzaremos en Swindon, y calculo que llegaremos allí en veinte minutos.

Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando, tras cruzar el hermoso valle de Stroud y atravesar el ancho y centelleante río Severn, arribamos por fin a la coqueta villa de Ross. Un hombre delgado, con aspecto de comadreja y mirada furtiva y taimada, nos aguardaba en el andén. A pesar del guardapolvo marrón claro y de las polainas de cuero con que se había ataviado por deferencia hacia su entorno campesino, no tuve dificultad alguna en reconocer a Lestrade, de Scotland Yard. Con él nos dirigimos al Hereford Arms, donde ya nos habían reservado aposento.

—He encargado un carruaje —dijo Lestrade mientras tomábamos una taza de té—. Conociendo su carácter enérgico, sabía que no descansaría hasta pisar el lugar del crimen.

—Es sumamente amable y considerado por su parte —respondió Holmes—. Todo depende exclusivamente de la presión barométrica.

Lestrade le miró perplejo. —No le sigo del todo —dijo.

—¿Cómo anda el barómetro? Veintinueve, según veo. Sin viento y sin una nube en el cielo. Tengo una pitillera repleta de cigarrillos que reclama lumbre y este sofá resulta incomparablemente superior a las habituales abominaciones de las posadas de pueblo. No creo que vaya a utilizar el coche esta noche.

Lestrade se echó a reír con benevolencia. —No cabe duda de que ya ha sacado sus conclusiones leyendo los periódicos —dijo—. El caso es más claro que el agua de mayo, y cuanto más se profundiza en él más evidente resulta. Con todo, como comprenderá, uno no puede negarle nada a una dama, y a una dama de carácter tan resuelto. Ha oído hablar de usted y deseaba conocer su opinión, aunque le repetí mil veces que nada podría hacer usted que no hubiera hecho yo antes. ¡Válgame Dios, si ahí está su carruaje ante la puerta!

Apenas había pronunciado estas palabras cuando irrumpió en la habitación una de las jóvenes más hermosas que he contemplado en mi vida. Con los ojos violetas relucientes, los labios entreabiertos y un rubor encendido en las mejillas, toda su timidez natural se había esfumado ante una excitación y una angustia arrolladoras.

—¡Oh, señor Sherlock Holmes! —exclamó, mirando a uno y a otro y posando por fin la vista en mi compañero con rápida intuición femenina—, ¡cuánto me alegro de que haya venido! He venido en coche únicamente para decírselo. ¡Sé que James no lo hizo! Lo sé positivamente, y quiero que empiece su trabajo sabiéndolo usted también. ¡Jamás abrigue una duda sobre ese punto! Nos conocemos desde que éramos niños pequeños y conozco sus faltas como nadie en el mundo; pero es de corazón demasiado tierno para hacer daño a una mosca. Una acusación semejante es un disparate para cualquiera que le conozca de verdad.

—Confío en que podamos exculparlo, señorita Turner —dijo Sherlock Holmes—. Puede contar con que haré cuanto esté en mi mano.

—Pero habrá leído usted las declaraciones. ¿Ha llegado a alguna conclusión? ¿No vislumbra algún resquicio, algún punto flaco? ¿No cree usted mismo que es inocente?

—Considero que es sumamente probable.

—¡Ahí lo tiene! —exclamó ella, echando la cabeza hacia atrás y mirando desafiante a Lestrade—. ¡Ya lo oye! Me da esperanzas.

Lestrade se encogió de hombros. —Me temo que mi colega ha pecado de excesiva premura al formular sus conclusiones —dijo.

—Pero tiene razón. ¡Oh, sé bien que tiene razón! James jamás lo hizo. Y en cuanto a su disputa con su padre, estoy segurísima de que el motivo por el que no quiso hablar de ello ante el juez fue porque yo estaba de por medio.

—¿En qué sentido? —preguntó Holmes.

—No es momento de ocultar nada. James y su padre tenían frecuentes desavenencias por mi causa. El señor McCarthy estaba empeñadísimo en que nos casáramos. James y yo nos hemos querido siempre como hermano y hermana; pero él es joven, desde luego, y apenas ha vivido, y... bueno, como es natural, no deseaba dar un paso semejante todavía. De ahí surgían discusiones, y esta, estoy segura, fue una de ellas.

—¿Y su padre? —preguntó Holmes—. ¿Era partidario de esa unión?

—No, él también se oponía. Nadie más que el señor McCarthy la deseaba. —Un vivo rubor tiñó su rostro juvenil cuando Holmes clavó en ella una de sus penetrantes miradas inquisitivas.

—Muchas gracias por este dato —dijo él—. ¿Podré ver a su padre si me paso mañana por allí?

—Me temo que el médico no lo permitirá.

—¿El médico?

—Sí; ¿es que no lo sabe? El pobre papá nunca ha estado fuerte en estos últimos años, pero esto lo ha destrozado por completo. Ha tenido que meterse en la cama y el doctor Willows asegura que está deshecho y con el sistema nervioso hecho trizas. El señor McCarthy era el único hombre con vida que había conocido a mi padre en los viejos tiempos de Victoria.

—¡Ajá! ¡En Victoria! Eso reviste importancia.

—Sí, en las minas.

—Comprendo; en las minas de oro, donde, según tengo entendido, amasó su fortuna el señor Turner.

—Sí, exactamente.

—Muchas gracias, señorita Turner. Me ha prestado una ayuda muy valiosa.

—Me avisará si tiene alguna noticia mañana. Sin duda irá a la prisión a ver a James. ¡Oh, si va, señor Holmes, dígale por favor que sé que es inocente!

—Así lo haré, señorita Turner.

—Debo marcharme a casa ahora, pues papá está gravísimo y me echa tanto de menos si me aparto de su lado. Adiós, y que Dios bendiga su cometido. —Salió de la estancia con la misma premura con que había entrado, y oímos el estrépito de las ruedas de su carruaje alejarse calle abajo.

—Me avergüenzo de usted, Holmes —dijo Lestrade con dignidad tras unos minutos de silencio—. ¿Para qué alimenta esperanzas que no podrán sino verse defraudadas? No soy hombre blando de corazón, pero llamo a eso una crueldad.

—Creo vislumbrar el modo de exculpar a James McCarthy —dijo Holmes—. ¿Tiene usted autorización para visitarle en la cárcel?

—Sí, pero solo para usted y para mí.

—En tal caso reconsideraré mi decisión de quedarme aquí. ¿Aún tenemos tiempo de tomar un tren a Hereford y verle esta misma noche?

—De sobra.

—Hagámoslo, pues. Watson, me temo que esto le resultará bastante aburrido, pero solo me ausentaré un par de horas.

Los acompañé hasta la estación y luego deambulé por las calles de la pequeña ciudad, regresando por último a la posada, donde me tumbé en el sofá e intenté distraerme con una novela de folletín. La trama insustancial del relato resultaba tan endeble, empero, comparada con el hondo misterio en que andábamos a tientas, y advertí que mi atención divagaba tan continuamente de la ficción a la realidad, que al fin arrojé el libro al otro extremo de la estancia y me consagré por entero a repasar los sucesos del día. Suponiendo que la historia de este desventurado muchacho fuese rigurosamente cierta, ¿qué suceso diabólico, qué calamidad absolutamente imprevista y extraordinaria pudo acaecer entre el instante en que se separó de su padre y el momento en que, atraído por sus alaridos, regresó a la carrera al claro del bosque? Era algo terrible y mortífero. ¿Qué podía ser? ¿No revelaría algo la naturaleza de las heridas a mis instintos médicos? Toqué la campanilla y pedí el semanario del condado, que contenía una relación literal de la instrucción judicial. En la deposición del cirujano se afirmaba que el tercio posterior del hueso parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital habían sido destrozados por un violento golpe asestado con un arma contundente. Me toqué ese punto en mi propia cabeza. A todas luces, un golpe semejante tuvo que propinarse por la espalda. Aquello militaba hasta cierto punto en favor del acusado, pues cuando fueron vistos riñendo se hallaban frente a frente. Con todo, no probaba gran cosa, pues el anciano bien pudo haber dado la espalda antes de caer el golpe. Valdría la pena, no obstante, llamar la atención de Holmes sobre el particular. Luego estaba la extraña alusión de agonía a una rata. ¿Qué podía significar aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que agoniza a causa de un golpe repentino no suele delirar. No: era más probable que se tratara de una tentativa de explicar cómo había hallado la muerte. Pero ¿qué podía indicar? Me devané los sesos buscando alguna explicación plausible. Y luego el detalle de la tela gris vista por el joven McCarthy. De ser cierto, el homicida debió de desprenderse de alguna prenda, presumiblemente de su abrigo, en su huida, y tuvo la osadía de regresar a recogerla en el mismo instante en que el hijo permanecía arrodillado de espaldas a menos de doce pasos. ¡Qué laberinto de misterios y despropósitos resultaba el asunto entero! No me extrañaba el parecer de Lestrade y, sin embargo, tanta fe depositaba en el talento de Sherlock Holmes que no podía perder la esperanza mientras cada nuevo dato pareciese reforzar su convicción de la inocencia del joven McCarthy.

Era tarde cuando Sherlock Holmes regresó. Volvió solo, pues Lestrade se alojaba en una posada del pueblo.

—El barómetro sigue muy alto —comentó al sentarse—. Conviene sobremanera que no llueva antes de que podamos inspeccionar el terreno. Por otra parte, conviene hallarse en plena forma y con el juicio despejado para una labor tan minuciosa como esa, y no deseaba emprenderla rendido por un largo viaje. He visto al joven McCarthy.

—¿Y qué sacó de él?

—Nada.

—¿No pudo arrojar ninguna luz?

—Absolutamente ninguna. Por un momento me incliné a creer que sabía quién lo había hecho y que trataba de encubrir al culpable; pero ahora estoy convencido de que anda tan perplejo como los demás. No es un muchacho de entendimiento muy despierto, aunque resulta bien parecido y, a mi entender, noble de corazón.

—No puedo aplaudir su buen gusto —observé—, si es verdad que se negaba a casarse con una joven tan encantadora como la señorita Turner.

—¡Ah, tras de eso se esconde una historia harto penosa! Este muchacho está loco de amor por ella; pero hace unos dos años, siendo aún casi un chiquillo y antes de conocerla de veras, pues ella llevaba cinco años interna en un colegio, ¿qué hace el insensato sino caer en las redes de una camarera de taberna en Bristol y casarse con ella en el registro civil? Nadie sabe una palabra del asunto, pero ya puede imaginar lo enloquecedor que debe resultarle que le echen en cara su negativa a hacer aquello por lo que daría los ojos de la cara, pero que sabe que resulta enteramente imposible. Fue un auténtico arrebato de esta índole lo que le impulsó a alzar los brazos al aire cuando su padre, en su última entrevista, le azuzaba para que pidiera la mano de la señorita Turner. Por otra parte, carecía de medios de subsistencia y su padre, que era según todos los indicios un hombre durísimo, lo habría puesto en la calle de patitas de haber sabido la verdad. Precisamente con su esposa camarera había pasado los tres últimos días en Bristol, y su padre ignoraba dónde se hallaba. Repare en ese punto: reviste gran importancia. El bien ha salido del mal, con todo, pues la camarera, enterándose por la prensa de que su esposo se halla en un grave aprieto y con muchas probabilidades de ser ahorcado, le ha dado de lado por completo y le ha escrito una carta informándole de que ya tiene un marido legítimo en los astilleros de Bermudas, de suerte que en realidad no media ningún lazo entre ambos. Creo que esa noticia ha consolado al joven McCarthy de todas sus desdichas.

—Pero si él es inocente, ¿quién lo hizo?

—¡Ah, quién! Llamaría su atención de forma muy especial sobre dos puntos concretos: el primero es que el asesinado tenía una cita fijada con alguien junto al estanque y que ese alguien no podía ser su hijo, pues su hijo se hallaba ausente y él ignoraba cuándo regresaría. El segundo es que se oyó al muerto proferir el grito de «¡Cooee!» antes de saber siquiera que su hijo había vuelto. Tales son los extremos capitales sobre los que pivota el enigma. Y ahora hablemos de George Meredith, si no le importa, y dejaremos todos los asuntos menores para mañana.

No llovió, tal como Holmes había vaticinado, y la mañana amaneció radiante y despejada. A las nueve en punto Lestrade se presentó con el coche y nos pusimos en marcha rumbo a la granja de Hatherley y al estanque de Boscombe.

Fin del Episodio 14 · de 47

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