Las dos: cartas sin remitente
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A las dos de la madrugada, la temperatura de mi estudio había caído tanto que el vaho de mi respiración nublaba el cristal de los medidores de aguja. Encendí la hornilla eléctrica de dos puestos y puse a hervir agua con una rama de canela para calentar el ambiente. Sobre el tapete de fieltro verde del mostrador descansaba una caja de zapatos de cartón donde guardaba las cartas que los oyentes habían deslizado durante tres años bajo la persiana metálica de la panadería de la esquina. Cartas sin sello postal, escritas en hojas de cuaderno de cuadrícula, en servilletas de cafetería de la avenida Jiménez o en el reverso de recibos de la luz.
Había cartas de toda clase de desvelados: un panadero nocturno de Palermo que explicaba cómo el aroma del pan de anís recién horneado a las tres de la mañana era su único consuelo tras la muerte de su esposa; una mecanógrafa del Ministerio de Hacienda que copiaba versos de José Asunción Silva para sobrellevar la soledad de su pensión en La Candelaria; y un estudiante de biología que nos enviaba dibujos minuciosos de mariposas nocturnas de los páramos de Chingaza.
Deslicé el disco de vinilo de Billie Holiday hacia el plato y acerqué el flexo de luz cálida a mis papeles.
—Son las dos y cuarto de la madrugada en Radio Neblina —dije al micrófono, sintiendo el silencio denso de Bogotá envolviendo el edificio—. Esta noche quiero leer algunas de las cartas que ustedes nos han dejado en la rendija de la calle 53. No tienen nombres ni apellidos, pero tienen la verdad limpia de las cosas que solo se pueden escribir cuando toda la casa está a oscuras.
Abrí una hoja de papel ministro doblada en cuatro partes y leí con voz pausada: 'A quien encienda este micrófono: mi abuelo murió el martes pasado. Durante cuarenta años fue tipógrafo en una imprenta de San Victorino. Dejó una caja de madera con tipos de plomo y este disco de tangos viejos que ya no tengo en qué tocar. Si alguna vez suena en su emisora, sabré que su oficio no murió del todo'.
Mientras la voz de Billie Holiday flotaba entre los compases de 'Lover Man', el teléfono volvió a sonar. Levanté el auricular esperando otra voz madura de la noche, pero quien habló al otro lado era un muchacho muy joven cuya respiración entrecortada delataba una angustia honda.
—Aló... ¿es la emisora del cuarto piso? —preguntó el chico en un susurro temeroso.
—Sí, estás en Radio Neblina. ¿Cómo te llamas, amigo?
—Prefiero no decir mi nombre, señorita —respondió el muchacho, y se escuchó el chirrido de monedas cayendo en la ranura de un teléfono público callejero—. La estoy llamando desde una cabina de Telecom cerca al terminal de transportes de Ciudad Salitre. A las doce del mediodía sale mi bus hacia la frontera con Venezuela. Tengo el pasaje en el bolsillo y una maleta de lona con dos mudas de ropa.
El corazón me dio un vuelco. En aquel año amargo de 1987, miles de muchachos colombianos empacaban maletas huyendo de la violencia, del desempleo y del miedo que rondaba las esquinas.
—¿Por qué llamaste a la radio a esta hora, muchacho?
—Porque no puedo dormir en la sala de espera y traje un radio de bolsillo con audífonos —confesó el chico, con la voz quebrándosele en la última palabra—. Toda mi vida viví en el barrio Santa Fe. Esta noche me di cuenta de que tengo miedo de no volver a ver a mi madre, pero tengo todavía más miedo de olvidar cómo huele el aire de los cerros orientales en las mañanas de lluvia. Su emisora suena a ese aire, señorita. Suena a la casa que estoy dejando atrás.
Me mordí el labio inferior, sintiendo el peso desgarrador de su partida como si fuera la de un hermano menor.
—Escúchame bien, muchacho —le dije con firmeza serena, mirando las luces lejanas de la cordillera—. El olor de los cerros no se te va a olvidar nunca porque lo llevas grabado en la memoria del cuerpo. Vayas a donde vayas, trabaja honrado, cuídate de las malas compañías y escríbele a tu madre cada semana aunque sea en una postal de cinco centavos. La tierra propia no se pierde mientras uno guarde con dignidad las palabras que aprendió en su casa.
—Gracias, Sofía —susurró el chico antes de que el pitido metálico de la cabina anunciara que se le acababan las monedas—. Nunca voy a olvidar esta noche.
La línea se cortó con un chasquido sordo. Puse al aire una melodía de flauta andina que mi tío había grabado en Silvia, Cauca, en 1978. Dejé que la madera dulce del instrumento llenara el éter de la capital, sabiendo que en algún banco de madera del terminal de buses, un muchacho con una maleta al hombro escuchaba con los ojos cerrados la última melodía de su patria.
Fin del Episodio 3 · de 4
Las dos: cartas sin remitente
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