Las tres: el dial en blanco
~4 min · 855 palabras
A las tres en punto de la madrugada, un trueno seco retumbó en los cerros de Monserrate anunciando el aguacero más fuerte del mes. El agua golpeaba las tejas de barro del tejado con la fuerza de una granizada furiosa, haciendo oscilar la antena de cobre que mi tío había atado a la chimenea con alambre galvanizado. En el vúmetro, la potencia de salida empezó a parpadear: la humedad de Bogotá estaba empapando el cable coaxial, pero las dos válvulas rusas del amplificador final seguían ardiendo con su luz naranja y desafiante en el fondo del chasis.
Miré por la ventana hacia la esquina de la Séptima con 57. Dos cuadras al sur, estacionado bajo el alero de una droguería cerrada, divisé los faros apagados del furgón blanco del Ministerio de Comunicaciones. Esperaban la luz de las cinco y media para actuar amparados por la ley de allanamientos diurnos. Tenía sesenta minutos exactos de transmisión.
Me acerqué al micrófono y abrí el canal principal sin música de fondo, dejando que el sonido natural del aguacero sobre el tejado fuera la única cortina del programa.
—Son las tres y cinco de la mañana —dije con una calma honda que me nacía desde el fondo del pecho—. A los que siguen despiertos en los cuatro puntos cardinales de esta ciudad fría: les habla Sofía Cárdenas por última vez desde el 104.3 de Radio Neblina. En menos de una hora esta frecuencia quedará en blanco. La policía y los inspectores de telecomunicaciones están en la esquina esperando el amanecer para apagar nuestra antena. No hay rencor en mis palabras; sabíamos desde el primer día que la libertad de emitir sin permiso en este país tiene fecha de vencimiento.
El teléfono del estudio sonó una sola vez. No fue el repique largo de Carlos ni la llamada dubitativa del muchacho de la terminal: fue el sonido breve y puntual de una línea que entra directa. Levanté el auricular sabiendo perfectamente quién estaba al otro lado. Desde hacía tres años, cada noche a las tres y media, esa misma línea se abría durante dos minutos exactos: una persona que nunca decía una sola palabra, que solo respiraba despacio mientras yo leía poemas o ponía canciones de cuna en el tocadiscos.
—Buenas noches —dije con infinita dulzura—. Sé que estás ahí. Gracias por no haberme dejado sola durante tres años de madrugadas.
Por primera vez en mil noches de silencio cómplice, la persona al otro lado de la línea carraspeó con un hilo de voz débil, frágil y tembloroso: la voz de una anciana que parecía hablar desde una cama muy lejana.
—Hija mía... —susurró la voz, con un acento bogotano antiguo, de aquellos que pronunciaban las erres con la suavidad del agua sobre la piedra—. Te escuché cada noche desde que enterré a mi único hijo en el cementerio Central en 1984. Tu voz era la única que no me pedía que dejara de llorar. Dios te bendiga dondequiera que vayas.
Un nudo me cerró la garganta por completo. Sentí una lágrima tibia rodar por mi mejilla hasta la comisura de los labios, pero no la sequé.
—Gracias a usted, madre —le respondí en un susurro que tembló sobre las ondas hertzianas de toda la sabana—. La radio se apaga, pero la compañía no se pierde. Mientras usted conserve su memoria intacta, yo seguiré transmitiendo en su corazón.
La anciana colgó despacio, con la reverencia de quien cierra un misal tras la misa de réquiem. Miré el reloj de pared de cuerda: eran las cuatro menos diez de la mañana. En la calle, las luces de la patrulla blanca se encendieron, proyectando destellos rojizos sobre las fachadas empapadas de Chapinero.
Puse en el tocadiscos el último disco de mi vida radial: una grabación solitaria de guitarra clásica tocando 'El cóndor pasa' con arreglos de cuerda campesina. Dejé que la melodía se elevara sobre la lluvia de Bogotá, limpia y serena como un vuelo sobre el abismo.
—A todos los que nos escucharon desde los taxis, los hospitales, las panaderías y los cuartos desvelados: gracias por haber hecho que esta niebla fuera menos fría —dije con orgullo sereno—. Esta fue Radio Neblina. Sigan cuidándose unos a otros en la oscuridad.
A las cuatro en punto bajé el potenciómetro maestro. Apagué el transformador de alta tensión. El zumbido de las válvulas cesó de golpe, dejando el estudio en un silencio absoluto, limpio y sagrado.
Me quedé un momento inmóvil frente a los controles apagados. A través de la ventana vi cómo la lluvia lavaba los ladrillos de la calle 57, reflejando el primer resplandor grisáceo del amanecer bogotano. Sabía que se llevarían el transmisor de setenta vatios, los cables de cobre y las cajas de casetes, pero ninguna orden judicial podía decomisar las madrugadas compartidas, los suspiros aliviados de los taxistas ni el consuelo silencioso de una madre en duelo.
Afuera sonaron los primeros golpes secos en el zaguán de la entrada. Me levanté del taburete, me abotoné el abrigo de lana gris y caminé hacia la puerta con la certeza inquebrantable de haber cumplido con mi deber hasta el último segundo.
Fin del Episodio 4 · de 4
Las tres: el dial en blanco
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

Lo que duerme bajo Cartagena
Bajo el casco de un galeón en Cartagena, una arqueóloga subacuática descubre una escalera de piedra que desciende hacia una fosa no registrada. Mientras los perros enmudecen en la ciudad amurallada y los pescadores comparten la misma pesadilla, un diario colonial desvela el verdadero propósito de los baluartes. Antes de que concluya octubre, solo queda sellar el abismo o bajar el último peldaño.