Última noche de radio pirata·Episodio 02

La una: la enfermera de Samper Mendoza

~4 min · 863 palabras

A la una y diez de la madrugada, la aguja del vúmetro oscilaba con suavidad al compás de una cinta de bossa nova que un estudiante de arquitectura me había traído desde Río de Janeiro en julio. En la calle el viento arreciaba, sacudiendo los cables del tendido eléctrico con un silbido metálico que se colaba por los cristales. Tomé mi cuaderno de bitácora y anoté con tinta estilográfica la hora exacta: 01:15 AM. Encendí mi segundo cigarrillo de la noche, dejando que el humo azulado subiera en espirales hacia el techo de yeso agrietado.

En aquel apartamento de techos altos, la soledad se transformaba en una presencia tangible y acogedora. Sobre los estantes de madera descansaban cientos de casetes TDK y BASF cuidadosamente rotulados a mano con plumilla fina: grabaciones de programas de radio de onda corta captados desde La Habana, recitales clandestinos de cantautores chilenos exiliados, y paisajes sonoros de trenes de vapor cruzando la sabana de Cundinamarca que mi tío había registrado en cintas de carrete abierto. Cada casete era un pequeño archivo de resistencia afectiva contra la vulgaridad del comercio diurno.

El teléfono volvió a sonar con su repique tímido. Levanté el auricular sabiendo que a esa hora de la madrugada las llamadas cambiaban de tono: se acababan los saludos casuales y empezaban las confesiones de quienes velaban enfermos o cuidaban soledades que nadie más veía.

—Buenas noches, Radio Neblina al aire —dije con voz serena.

—Hola, Sofía —respondió una voz de mujer limpia, cansada y dulce, que hablaba en un susurro cuidadoso para no despertar a nadie—. Habla Beatriz. La llamo desde el conmutador del pabellón de quemados del hospital de Samper Mendoza.

—Buenas noches, Beatriz —respondí, bajando ligeramente el retorno de la música en mis auriculares—. Qué alegría escucharla. ¿Cómo está la sala esta noche?

—En calma, gracias a Dios —dijo la enfermera, y al fondo se escuchaba el leve goteo de un grifo y el zumbido de un refrigerador de medicinas—. Los siete pacientes del pabellón están dormidos. Tengo mi radiocassette Sanyo de dos pilas apoyado sobre el mesón de curaciones, con el volumen en el número dos para que la música llegue a las camas sin perturbar el descanso de los niños.

Beatriz me relató la rutina de su guardia: cambiar los vendajes de gasa empapados en suero fisiológico a las dos de la mañana, vigilar los goteros de las soluciones salinas y frotar las manos frías de los pequeños campesinos que despertaban asustados por las pesadillas del fuego. El pabellón olía a desinfectante barato y a té de hierbabuena que las enfermeras preparaban en una cafetera eléctrica escondida en el cuarto de ropa limpia.

Beatriz me contó que el radio Sanyo pertenecía a su hermano mayor, un maquinista de los Ferrocarriles Nacionales que recorría la ruta de La Dorada antes de que clausuraran los talleres de La Sabana. En la penumbra de la sala de curaciones, el pequeño dial verde era su único vínculo con los cerros y con el rumor de la lluvia lejana. Me dijo que las enfermeras del turno de noche tenían un pacto tácito: cuando el cansancio amenazaba con vencerlas, se turnaban diez minutos frente al aparato para escuchar los conciertos sin hablar, sosteniendo una taza de café caliente entre las manos enguantadas.

La imagen de aquel pequeño aparato de transistores alumbrando con su escala verde la penumbra de un hospital público de Bogotá me conmovió profundamente.

—¿Qué canción le gustaría escuchar para sobrellevar la guardia, Beatriz?

—No llamaba para pedir una canción, Sofía —dijo la mujer tras una breve pausa en la que pareció tomar aire—. Llamaba para darle las gracias. En este pabellón vemos mucho dolor que no sale en los periódicos. Vemos familias campesinas que llegan sin un peso y gente que pierde todo en un incendio de choza en los cerros. Durante los últimos dos años, cada vez que el turno de las dos de la mañana se me hacía insoportable, su voz era como una mano que me sostenía el hombro y me decía que valía la pena seguir despierta una hora más.

Sentí que los ojos se me humedecían bajo la montura de mis gafas. Apreté la empuñadura del micrófono con fuerza para que el temblor de mi garganta no saliera al aire.

—El turno lo sostiene usted con su cuidado, Beatriz —le dije con ternura—. Una locutora en un cuarto oscuro solo mueve perillas; son ustedes los que le ponen vendas a las heridas del mundo real. Prométame que cuidará mucho ese radio Sanyo cuando amanezca.

—Se lo prometo, señorita —respondió la enfermera con una sonrisa que se adivinaba a través de la línea—. Pónganos esa música de cuerdas que parece lluvia sobre hojas de plátano. Los niños duermen mejor cuando el dial suena a agua mansa.

Puse en el tocadiscos un concierto para violonchelo grabado en Checoslovaquia que compré por cincuenta pesos en el mercado de pulgas de San Alejo. La música inundó la noche de la ciudad, viajando por las ondas invisibles hasta las salas blancas de Samper Mendoza, tendiendo un puente de terciopelo entre dos mujeres que no se conocían y que velaban juntas en la sombra de la capital.

Fin del Episodio 2 · de 4

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