Última noche de radio pirata·Episodio 01

Medianoche: la aguja en el surco

~4 min · 864 palabras

A las doce menos cinco de la noche, el frío de la cordillera bajaba por los cerros orientales de Bogotá colándose por las rendijas de mi ventana de madera en la calle 57 con carrera Séptima. Encendí las dos bombillas ámbar de la consola que mi tío Alberto había soldado con piezas de desguace de Radio Sutatenza en 1981. El transformador casero zumbó con ese zumbido grave que me acompañaba desde hacía tres años, un ronroneo caliente que olía a resina y a estaño recalentado. Sobre el tocadiscos Lenco descansaba un disco de vinilo de acetato negro: una grabación de 1975 de piano solo que no sonaba en ninguna de las grandes cadenas comerciales del país.

Mi tío Alberto me había enseñado a calibrar las bobinas de cobre en una azotea de tejas quebradas cuando yo apenas tenía diecinueve años. 'La radio comercial le pertenece a tres familias ricas que venden detergente y jabón de lavar', solía decirme mientras apretaba una tuerca con un alicate gastado; 'el aire de la noche, en cambio, le pertenece a quien no puede dormir'. Durante tres inviernos habíamos logrado esquivar los controles del Ministerio de Comunicaciones cambiando la frecuencia diez kilohercios arriba o abajo cada trimestre, pero sabíamos que el cerco se estrechaba.

Sabía con total certeza que esta noche era la última. A las cuatro de la tarde, don Bernardo, el zapatero remendón del primer piso que recibía mi correo clandestino, me había subido una advertencia escrita en un pedazo de cartón de suela: un camión blanco con antenas parabólicas del Ministerio de Comunicaciones había estado midiendo la intensidad de señal en la esquina de la plaza de Lourdes. A las cinco y media de la madrugada, cuando despuntara el sol sobre Monserrate, una patrulla tocaría el timbre para llevarse el transmisor de setenta vatios, los micrófonos Shure y las cajas de casetes. Tenía exactamente cuatro horas de aire.

Me acomodé los auriculares de diadema sobre las orejas, respiré hondo para disipar el temblor de mis manos y deslicé el potenciómetro rojo del micrófono hacia arriba.

—Buenas noches, Bogotá —dije al micrófono con mi voz habitual, pausada y cercana—. Son las doce en punto del jueves doce de noviembre de 1987. La temperatura en la plaza de Bolívar es de ocho grados centígrados y una garúa fina cae sobre los techos de lata de Chapinero. Están ustedes en el 104.3 de la frecuencia modulada, sintonizando Radio Neblina. Esta madrugada transmitiremos hasta que se apague la última válvula. Para quienes van al volante o miran el techo de su cuarto en silencio, va esta primera aguja.

Solté el brazo del tocadiscos. La aguja de diamante cayó sobre el surco con un chasquido suave, y los primeros acordes de piano llenaron el pequeño estudio improvisado. Me recosté contra el respaldo de lona de mi silla de tijera, sintiendo el calor reconfortante de una taza de café negro que humeaba junto a las perillas.

A los veinte minutos de emisión, el teléfono de disco negro que teníamos conectado a un híbrido telefónico casero empezó a sonar con su timbre metálico y amortiguado. Descolgué con el auricular pegado al oído izquierdo y levanté el fader del canal cuatro.

—Radio Neblina al aire —dije con suavidad.

—Buenas noches, señorita Sofía —respondió una voz masculina áspera, templada por el tabaco y el aire helado de la calle—. Habla Carlos, del taxi 2418. Estoy detenido en la bomba de gasolina de la Caracas con 45, esperando a que escampe un poco para seguir hacia el sur.

—Bienvenido, don Carlos —le respondí, sonriendo en la penumbra—. ¿Cómo se ve la ciudad desde allá abajo a estas horas?

—Vacía y gris, como casi siempre en noviembre —suspiró el taxista, y al fondo se escuchaba el chasquido rítmico de sus limpiaparabrisas sobre el vidrio mojado—. Pero llamaba porque hace diez años que hago el turno de la noche y su estación es la única que no me revienta la cabeza con anuncios de almacenes de colchones ni discursos de políticos. Cuando uno maneja solo a la una de la mañana por estas calles rotas, su música es lo único que le hace pensar a uno que Bogotá no es una trampa de cemento.

Carlos me contó que conducía un Dodge Polara destartalado con los amortiguadores vencidos, transportando enfermeras de turno, vigilantes desvelados y borrachos melancólicos que lloraban sin motivo aparente en el asiento trasero. Para él, la luz del dial en el tablero era el único faro en mitad de la llovizna.

Tragué saliva, sintiendo una opresión dulce y amarga en el pecho al saber lo que Carlos todavía ignoraba.

—Gracias por acompañarme todas estas madrugadas, don Carlos —le dije con emoción contenida—. La radio no la hace la antena del tejado; la hacen las personas que encienden el dial para sentirse menos solas en mitad de la noche. Quédese en sintonía, que después del corte instrumental tengo una balada vieja de los Beatles que le grabé en cinta de cromo.

Colgué la línea con dedos lentos. Miré por la ventana el reflejo de la Séptima mojada bajo las farolas amarillas. La noche apenas comenzaba, y cada segundo en el dial era un territorio arrebatado al silencio.

Fin del Episodio 1 · de 4

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