La última guardia de Bucareli·Episodio 03

El zumbido del refrigerador

~5 min · 959 palabras

La fonda de la calle Doctor Velasco estaba casi vacía.

El local olía a manteca recalentada, a vinagre de chiles en conserva y al cloro barato con el que acababan de trapear el piso de mosaico verde. En el rincón del fondo, un refrigerador industrial de refrescos roncaba con un zumbido grave, monótono y vibrante que hacía temblar los saleros de vidrio sobre las mesas de fórmica. El cocinero, un hombre gordo con mandil grisáceo y una cicatriz que le partía la ceja izquierda, picaba cebolla sobre una tabla de mezquite sin levantar la vista del cuchillo.

Castro se sentó de espaldas a la pared del fondo, con la Yashica guardada entre las piernas.

Tenía los dedos helados y el pantalón chorreando agua sucia sobre el linóleo. Ruiz pidió dos cafés negros en taza de peltre con el borde desportillado y sacó del bolsillo una libreta de notas con pasta de hule negro, amarrada con una liga vencida.

—Lo que pasa es que Sandoval era zurdo de nacimiento —dijo Ruiz en voz muy baja, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Yo lo vi firmar quinientas actas cuando estaba en el juzgado quinto, siempre con el reloj en la muñeca derecha para que no le estorbara. En la foto del peritaje oficial que mandaron a la prensa, el cadáver tiene el reloj de oro puesto en el brazo izquierdo.

—Alguien se lo puso después de vestirlo —dijo Castro.

—O sea que el magistrado llegó muerto a su recámara de San Jerónimo.

Ruiz abrió la libreta. Las páginas amarillentas estaban cubiertas de una caligrafía diminuta, apretada, escrita con pluma fuente azul que se había corrido en varios renglones por la humedad.

—Sandoval tenía en su despacho el expediente de las bodegas número siete y ocho de la aduana interior. Tres millones de dólares en equipo de radiocomunicación y autopartes que entraron por Manzanillo sin pagar arancel. La firma que autorizó el ingreso es del subprocurador Villaseñor. Sandoval se negó a archivar la querella el lunes por la tarde. El martes a las diez de la noche, su coche se estampó contra el pilar de Cuauhtémoc.

Castro tocó con suavidad la manivela de rebobinado de la cámara. Comprobó la tensión del celuloide: la película corría firme, sin atascos en el chasis.

—¿Por qué te metes en esto, Ruiz? —preguntó Castro—. Tienes sesenta años, la presión por las nubes y una casa en Neza que todavía debes. Este muerto no te correspondía.

El viejo apretó los labios hasta que se le marcaron dos surcos profundos en las comisuras. Miró el humo gris que subía de su taza.

—Hace tres años, cuando me quisieron quitar la pensión por no firmar el despojo de un terreno comunal en Tláhuac, el único que no me cerró la puerta en la cara fue Sandoval. Me dijo: «Ruiz, en este país todos los escritorios tienen precio, menos el mío». No voy a dejar que lo entierren como si fuera un borracho que se durmió en el volante.

El cocinero raspó la tabla con el lomo del cuchillo. El golpe seco de la madera resonó en el salón.

Castro tomó un sorbo del café de peltre. Sabía a óxido, a canela vieja y a posos quemados que se le quedaron pegados al paladar como arenilla. Miró por la ventana empañada que daba a la calle Doctor Velasco. Afuera, la lluvia había amainado hasta convertirse en una llovizna fina, flotante, que envolvía las farolas en halos de gas turbio.

De pronto, una sombra larga cruzó el asfalto mojado.

Un sedán Ford Crown Victoria negro, sin placas visibles en la defensa delantera y con una antena de látigo doblada sobre el toldo, avanzó a paso de peatón pegado a la banqueta de enfrente. Se detuvo justo delante de la cortina metálica de una tapicería cerrada.

El conductor apagó los faros.

El motor se quedó encendido, soltando un murmullo sordo de ocho cilindros que hacía vibrar el cristal del aparador.

—Cuando un coche apaga los faros a las cuatro y media, no viene a pedir café —dijo Castro en voz baja.

Ruiz ni siquiera giró la cabeza. Con calma de viejo zorro, metió la mano bajo el impermeable y deslizó el pulgar sobre el martillo de su revólver Smith & Wesson calibre .38 especial, asegurándose de que la recámara no estuviera trabada.

—Nos vieron salir del callejón —murmuró el comandante—. No quieren el rollo fotográfico, Castro. Quieren que el periódico de mañana salga con la esquela oficial del infarto y que no quede nadie para desmentirlo a las diez.

—El sótano de Bucareli cierra la edición a las cinco y cuarto —dijo Castro, mirando su reloj de pulso—. Quedan cuarenta minutos. Si no entramos a la sala de fotomecánica antes de que fundan las placas, la rotativa corre con la plana oficial de la policía.

—Entonces no vamos a salir por la puerta del frente.

Ruiz sacó dos monedas de veinte pesos, las dejó caer sobre la mesa junto a las tazas humeantes y le hizo una seña con la barbilla al cocinero.

El hombre del mandil no preguntó nada: señaló con la punta del cuchillo hacia una cortina de plástico azul al fondo de la cocina que daba al patio de maniobras de una vecindad trasera.

Castro cargó la Yashica al hombro, respiró hondo y cruzó la cortina con el viejo pisándole los talones.

El patio trasero olía a ladrillo mojado, a ropa tendida en alambres oxidados y a carbón de bracero. Saltaron un charco podrido donde dormía una hilera de huacales de madera y salieron a la calzada de Cuauhtémoc justo cuando una patrulla con torretas mudas doblaba la esquina.

Afuera, en la calle principal, el portazo seco del Ford retumbó en la noche como el chasquido de un gatillo.

Fin del Episodio 3 · de 4

El zumbido del refrigerador

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