La última guardia de Bucareli·Episodio 02

Aceite en el asfalto

~5 min · 954 palabras

La lluvia en Tlalpan olía a gasolina quemada y lodo.

El Dodge Dart del 78 de Ruiz bajaba por el carril central con los limpiaparabrisas chillando sobre el cristal rayado. Cada vez que el caucho reseco barría el agua, dejaba una estela lechosa que deformaba los semáforos en amarillo intermitente. En el tablero de lámina pelada no funcionaba el velocímetro ni el indicador de combustible, pero una aguja de presión de aceite temblaba al ritmo desigual de las bujías.

Nadie hablaba.

El silencio en el habitáculo olía a impermeable húmedo, a filtro de tabaco mascado y a la espuma podrida de los asientos que soltaba un polvillo amarillo con cada bache de la calzada. Castro llevaba la cámara telemétrica Yashica de la redacción metida entre las rodillas, oculta bajo los pliegues de su impermeable de hule negro. Era una máquina pesada, con el visor empañado y el diafragma que se atascaba en f/4, pero era lo único que el jefe de talleres no guardaba bajo llave en la caja fuerte del archivo.

—El problema es que a esa hora todas las grúas de tránsito dependen de la misma frecuencia de radio —dijo Ruiz, frenando junto a la banqueta antes de la curva del Viaducto—. Si la orden vino de arriba, no hubo reporte al 06. Se lo turnaron de palabra en el estacionamiento de Balderas, con un café de termo y un fajo de billetes en la guantera.

Se bajaron al fango de la orilla.

El bajo puente de Cuauhtémoc parecía un túnel abandonado de ferrocarril. El agua estancada formaba charcos de tres dedos de profundidad donde flotaban colillas, tapacoronas oxidadas y restos de aceite negro que dibujaban arcoíris iridiscentes bajo las lámparas de sodio. El eco del tráfico lejano rebotaba contra las losas con la cadencia de una marea sorda. La columna de concreto número doce mostraba la herida fresca: una mordida de medio metro en la cantera donde el parachoques de acero del sedán del magistrado había arrancado el revoque hasta dejar al descubierto las varillas de hierro retorcido.

Castro sacó una pequeña linterna de dos pilas del bolsillo y se arrodilló sobre el asfalto empapado.

El frío del pavimento le caló los pantalones de franela en tres segundos, una punzada helada que le subió por las espinillas. Ajustó el foco de la linterna y alumbró la base del pilar.

—Mira esto, Ruiz —susurró Castro, pasando la yema del guante sobre el pavimento.

No había una sola huella de frenada en línea recta. No había marcas de pánico ni bandazos de un conductor que se queda dormido al volante. Había dos surcos transversales de arrastre, profundos y paralelos, causados por neumáticos de doce capas con dibujo de tracción industrial. Un vehículo de más de seis toneladas había embestido la aleta trasera izquierda del sedán mientras entraba a la curva, obligándolo a girar sobre su propio eje antes de clavarlo contra el pilar.

—El asfalto mojado no miente, lo que mienten son los sellos oficiales de la jefatura.

Ruiz se agachó con dificultad, apoyando una mano huesuda sobre su rodilla izquierda que crujió como una rama seca. Respiraba con un silbido bronquial corto, esforzado. Con la punta de la navaja de electricista recogió un fragmento de mica triangular que había quedado encajado en la junta de dilatación del pilar.

Era un trozo de plástico ámbar reforzado con malla de alambre interior. Ningún sedán diplomático ni ningún auto particular usaba ese blindaje en los faros: era el material reglamentario de las defensas delanteras de las grúas pesadas de la Dirección General de Autotransporte Urbano.

—La Grúa 44 —murmuró Ruiz, pasándose la manga mojada por la frente—. La que guarda turno en el corralón de San Antonio Abad. El operador se llama Morales. Le dicen el Caimán. Lleva diez años limpiando choques raros para la comandancia general.

Castro alzó la Yashica. Enfocó a pulso con la linterna entre los dientes: el pilar raspado, las marcas de arrastre lateral y la mano del comandante sosteniendo la mica ámbar contra el concreto. Disparó tres veces. El obturador chasqueó con un clic seco, limpio y metálico, que resonó bajo la bóveda de concreto.

Avanzó la película con el pulgar. El carrete corrió con suavidad dentro del chasis de aluminio.

De pronto, a cien metros sobre la rampa de incorporación de Obrero Mundial, dos luces redondas de halógeno se encendieron de golpe.

No llevaban sirena ni torreta.

Era una camioneta blindada de tres toneladas, con defensas tubulares soldadas y los vidrios polarizados en negro humo. El motor diésel rugió con un silbido de turbo y el haz de luz blanca cayó directamente sobre los dos hombres, cegándolos por completo contra la pared del pilar.

—¡Al carro! —rugió Ruiz, empujando a Castro por el hombro.

Los botines resbalaron en el lodo con aceite. Castro se tiró de cabeza al asiento del copiloto mientras una ráfaga de agua y grava salpicaba la lámina del Dodge con la violencia de una perdigonada. Ruiz metió la reversa a tirones; los engranes rasparon con un aullido de dientes rotos y el coche salió disparado hacia atrás sobre el carril inundado, esquivando por diez centímetros el morro de la blindada que intentó cerrarlos contra la guarnición.

El impacto no llegó.

Ruiz clavó el freno de mano, trompicó el coche en un giro cerrado de noventa grados y se metió en sentido contrario por el callejón de Doctor Barragán, levantando una ola de agua sucia que golpeó las cortinas de metal de los talleres mecánicos dormidos.

La camioneta no los siguió por la calle estrecha: frenó en seco en la esquina, encendió las intermitentes una sola vez y se quedó esperando en la sombra como un perro guardián que ya conoce la dirección de su presa.

Fin del Episodio 2 · de 4

Aceite en el asfalto

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