La tira de contactos
~5 min · 950 palabras
Eran las tres y cuarenta de la madrugada en Bucareli.
El fluorescente sobre el escritorio parpadeaba cada seis segundos con un zumbido agudo, metálico, que se metía detrás de los ojos como una astilla. La redacción olía a tinta rancia, a ceniceros desbordados y al café tibio de la cafetera de goteo que llevaba encendida desde la tarde del martes. Julián Castro tecleaba con dos dedos sobre una Remington de carro ancho que le saltaba el margen izquierdo cada tres líneas. Tenía que llenar media plana de sucesos menores antes de las cinco: una riña de cantina en la Guerrero, un taxi robado en San Rafael y el incendio de una maderería en Santa María la Ribera donde solo ardieron tres tarimas húmedas y un perro cojo.
Lo que pasa es que a esa hora la ciudad ya no produce noticias; produce restos.
Castro sacó del bolsillo de su gabardina un recibo arrugado de una farmacia de guardia, lo alisó contra la mesa con la uña del pulgar y lo volvió a guardar. Era una costumbre inútil, como tantas otras. Tenía treinta y ocho años, diez de ellos sentado en la misma silla giratoria con el respaldo remendado con cinta gris, y sabía perfectamente que a las cuatro de la mañana los únicos que caminan por los pasillos de un diario son los borrachos, los cobradores de imprenta y la gente que trae problemas envueltos en periódicos viejos.
La puerta de vaivén del pasillo chirrió.
Entró el comandante Ruiz arrastrando los tacones de sus botines de suela gastada. Llevaba el impermeable empapado, con el cuello levantado hasta las orejas y una gorra de lana oscura que le aplastaba las patillas canosas. Tenía sesenta años, dos infartos mal curados y una pensión de la policía judicial que no le alcanzaba ni para comprar las pastillas de la presión.
—Se te está enfriando el veneno, Castro —dijo Ruiz, sin saludar.
Se detuvo frente al escritorio y sacó del bolsillo interior de su chamarra un sobre manila doblado en cuatro. El papel estaba húmedo en las esquinas, manchado de grasa oscura, como si hubiera viajado debajo de la llanta de refacción de una camioneta.
—Ese café lleva encendido desde el martes, comandante —respondió Castro sin levantar la vista de la máquina—. Ya ni veneno es. Si viene por lo del decomiso de Tepito, ya entró en la segunda edición. Dos párrafos en página par. Lo de siempre.
—No vengo por Tepito.
Ruiz dejó caer el sobre sobre el rodillo de la máquina de escribir. El impacto apagó el eco metálico de las teclas.
—Ábrelo.
Castro miró las manos del viejo. Tenía los nudillos hinchados por la artrosis y una quemadura vieja de pólvora en la base del pulgar derecho. No temblaba, pero respiraba con la boca abierta, soltando un vapor denso que olía a tabaco negro y mentol.
Castro desdobló el sobre. Adentro no había ningún boletín sellado ni ninguna denuncia de juzgado. Había una tira de contactos fotográficos de treinta y cinco milímetros, recortada a tijera, con cuatro fotogramas en blanco y negro.
El primer cuadro mostraba el bajo puente del Viaducto a la altura de Cuauhtémoc, bajo un aguacero torrencial. El segundo enfocaba un sedán negro incrustado contra el pilar de concreto, con el cofre doblado como un fuelle de acordeón. El tercero era un plano cerrado de la portezuela del conductor abierta: el volante partido en dos y una mancha oscura y espesa que goteaba sobre la moldura cromada. El cuarto cuadro era el que no encajaba: un hombre con traje oscuro y paraguas de golfista, de espaldas a la cámara, arrancando la placa trasera del vehículo mientras dos patrullas con las torretas apagadas bloqueaban el carril de incorporación.
—El peritaje oficial salió a las doce —dijo Ruiz con la voz rasposa—. Dicen que el magistrado Sandoval falleció en su domicilio de San Jerónimo por una falla cardiopulmonar mientras dormía. En la cama, con pijama de seda y un vaso de agua en el buró.
Castro sostuvo la tira de película contra la luz parpadeante del tubo fluorescente. En el reflejo vio la silueta del coche destrozado y, en la defensa delantera, la placa que nadie se había molestado en arrancar: 884-JLM. El mismo coche que todas las tardes aparcaba frente al Tribunal Superior de Justicia.
—¿Quién tomó esto? —preguntó Castro.
—El muchacho que cubre la guardia nocturna de la Cruz Roja. Le pagaron quinientos pesos en la delegación para que velara el rollo y dijera que la cámara se le cayó en un charco. Pero el muchacho me debe dos favores desde el año pasado, cuando le sacamos al hermano de las galeras de Coyoacán.
—Ruiz, esto no es una nota de sucesos —dijo Castro, dejando la tira sobre la mesa—. Esto es un tiro en la nuca para cualquiera que lo firme.
—En esta ciudad la verdad no se publica: se negocia en la barra antes de que tiren la primera plancha de plomo.
El viejo sacó un cigarrillo arrugado de una cajetilla aplastada. Lo sostuvo entre los labios sin encenderlo, oliendo el filtro con los ojos entrecerrados.
—Lo que pasa es que esta vez no hay nada que negociar, chamaco —murmuró Ruiz—. Sandoval llevaba tres semanas revisando las concesiones de las bodegas fiscales del aeropuerto. Si ese coche se estrelló solo, yo soy cardenal de la basílica. Y los que mandaron apagar las torretas saben que falta un negativo.
Castro miró el reloj de pared con marco de baquelita que colgaba sobre la pizarra de redactores. Marcaba las tres y cuarenta y siete.
Afuera, en el callejón de Bucareli, el motor de una camioneta vieja arrancó en falso, tosió dos veces y se apagó en la sombra.
Fin del Episodio 1 · de 4
La tira de contactos
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