La primera edición
~4 min · 894 palabras
El sótano de las rotativas vibraba bajo las suelas.
Se entraba por la rampa de descarga de la calle Enrico Martínez, esquivando las tarimas de bobinas de papel prensa de dos toneladas que olían a pino mojado y celulosa agria. Abajo, a cuatro metros bajo el nivel de la banqueta, el calor era asfixiante: una mezcla densa de queroseno quemado, grasa de engranajes y el vapor metálico de los crisoles de plomo fundido donde las linotipias fundían los lingotes a trescientos grados. Cincuenta obreros con gorros de papel doblado y mandiles de cuero trabajaban a contrarreloj bajo el estruendo rítmico de los pistones.
Castro y Ruiz llegaron al cubículo de fotomecánica con la ropa pegada al cuerpo.
Don Lupe, el decano de los prensistas, estaba montando los negativos de la última plana sobre una mesa de luz con cristal esmerilado. Tenía setenta años, los dedos teñidos de violeta por las sales de ferricianuro y fumaba colillas de Delicados sin filtro que sostenía con los dientes mientras inspeccionaba las tramas con una lupa de relojero.
—Vienes tarde, muchacho —gruñó el viejo sin soltar la lupa—. El carro de primera plana ya está cerrado. Arriba mandaron una orden sellada de la jefatura para meter la esquela oficial de Sandoval a dos columnas con orla negra.
—Mira esto antes de fundir la placa, Lupe —dijo Castro.
Castro colocó la tira de contactos de treinta y cinco milímetros sobre el cristal iluminado. Al lado puso el carrete sin revelar con las tomas frescas del pilar de Cuauhtémoc, los surcos de arrastre y la mica de la grúa oficial.
Don Lupe acercó el lente de aumento a la emulsión. Miró durante quince segundos sin pestañear. La colilla en sus labios no tembló, pero sus ojos arrugados se abrieron como dos monedas.
—Patrullas de la delegación —murmuró el impresor, reconociendo los números pintados en el toldo de los coches—. Esos cabrones no tienen vergüenza.
—Si quemamos una plancha de zinc de cuatro columnas para la portada, entra en la primera tirada —dijo Castro con la garganta seca.
—El plomo caliente tiene una sola ventaja: una vez que muerde el papel, ya nadie puede comprar el silencio.
Don Lupe tiró la colilla al piso, la pisó con la bota de casquillo y tomó la tira de negativos con pinzas de plástico. Se metió al cuarto oscuro como un relámpago.
Tres minutos después, el timbre de alarma de la escalera de caracol empezó a sonar.
Por los escalones de hierro bajó Saldaña, el director interino de la guardia nocturna, con un traje de lino arrugado y la frente empapada en sudor frío. Detrás de él venían dos hombres con gabardinas oscuras y las manos metidas en los bolsillos, los mismos que se habían bajado del Crown Victoria en la colonia Doctores.
—¡Paren esa mesa! —gritó Saldaña con voz quebrada—. ¡Nadie toca las rotativas! Hay una instrucción directa de la Secretaría de Gobernación: la edición sale limpia o aquí no cobra nadie esta quincena.
Los linotipistas frenaron los teclados. El silencio en el taller se volvió espeso, pesado, roto solo por el goteo rítmico del ácido en las cubetas.
Ruiz dio dos pasos al frente y se plantó al pie de la escalera.
El viejo policía no sacó el revólver. Simplemente apoyó el codo izquierdo sobre la barandilla de hierro y desabotonó el segundo botón de su impermeable, dejando visible la empuñadura gastada de nogal del .38 especial y la placa metálica de la corporación que llevaba prendida al chaleco desde 1968.
—En este taller solo mandan los obreros del sindicato, Saldaña —dijo Ruiz, con una voz tan seca y raspada que pareció arrancar chispas de los peldaños—. Tus dos amigos no tienen jurisdicción federal bajo este techo. Y si dan un paso más hacia la prensa, vamos a tener un peritaje balístico antes de que sirvan el café de las seis.
Los dos pistoleros miraron a Ruiz. Vieron los nudillos artríticos, la mirada inmóvil de quien ya no le teme a la fosa común y el dedo índice apoyado con firmeza sobre el cuero de la funda. Ninguno se movió.
Al fondo de la nave, una campana metálica sonó dos veces: el aviso de plancha asegurada.
Don Lupe salió del pasillo de fundición cargando la semicilíndrica de zinc curvo con la fotografía del coche destrozado a cuatro columnas, el encabezado en tipografía gótica y la firma de Julián Castro al pie del grabado. La encajó de un golpe certero en el rodillo maestro de la prensa Goss número tres, ajustó los pernos de apriete con una llave inglesa de media pulgada y jaló la palanca maestra de tracción.
Los motores de cuarenta caballos bramaron.
Los engranes gigantescos mordieron el papel a toda velocidad con un estruendo ensordecedor de tren de carga. Cincuenta mil pliegos empezaron a volar por las bandas transportadoras, doblándose, cortándose y apilándose en paquetes humeantes que olían a tinta fresca, plomo y libertad.
Saldaña retrocedió despacio por los peldaños de la escalera, mordiéndose los labios sin decir una palabra, mientras los camiones de reparto encendían los faros en el patio de Bucareli para inundar las esquinas de la ciudad.
Castro subió la rampa hacia la calle.
El cielo sobre la avenida Juárez empezaba a teñirse de un gris azulado y frío, y en el aire flotaba el olor inconfundible de los periódicos que ningún cheque en blanco puede detener.
Fin del Episodio 4 · de 4
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