La reina de los siete ojos·Episodio 03

El beso bajo la ventisca eterna

~4 min · 823 palabras

Desde la cumbre lo vieron todo. La marea de escarcha bajó por las laderas como una sábana que se extiende sobre una cama, sin ruido, y donde tocaba el tiempo parecía detenerse. Las torres de asedio del duque se cubrieron de carámbanos del grosor de un brazo; la pólvora de los arcabuces se empapó bajo una nieve fina como harina; los caballos rompieron las estacas y huyeron hacia el sur arrastrando las tiendas. Antes de que saliera la luna, los cien fuegos se habían apagado y los tercios corrían en desbandada por los barrancos, tirando picas y estandartes para llegar antes a las tierras templadas.

Y la escarcha siguió bajando hasta Oakhaven. Cubrió el foso, las almenas, los tejados de pizarra. Cubrió las trescientas vidrieras del gran salón con una capa de hielo tan gruesa y tan limpia que, desde arriba, el bastión parecía tallado en un solo diamante. Elenora sabía lo que significaba. Su pueblo estaba a salvo, y su pueblo iba a vivir en invierno. Mucho tiempo. Más del que ella podía imaginar.

Pensó en las mujeres de la cola del pozo, en el panadero que discutía cada mañana por media hogaza, en el muchacho sin pierna de la enfermería, que mañana despertaría con escarcha en la manta y sin un solo tercio al pie de la muralla. Pensó en Bermudo, que tenía seis años y odiaba el frío. Iba a crecer en invierno. Iba a reinar en invierno. Ojalá alguien le enseñara a montar.

En el cráter, el frío empezó a bajar hacia algo que ya no tenía nombre.

Ya no era frío de invierno. Era el frío de antes de que existieran las estaciones, el que había dormido en el fondo del pozo esperando a que alguien lo llamara por su nombre.

Elenora lo sintió primero en las yemas de los dedos y luego en el pecho, justo encima del corazón, como si alguien le apoyara una moneda helada que fuera hundiéndose. Pequeños hexágonos de hielo azul se le pegaban al terciopelo verde del manto y trepaban, despacio, con la paciencia de un bosque que se petrifica. Bajó la vista. En la palma abierta, la herida ya no sangraba. Brillaba.

◇

Kieran tiró la espada a la nieve y la envolvió con la capa de lobo, la que había escogido para ella sin saberlo.

—Vete —dijo Elenora—. Uxía te espera en la laja. Baja con ella. Oakhaven necesita a su comandante más que nunca: van a ser inviernos muy largos.

—Oakhaven tiene a Mauricio, y a tu hermano, y una carta tuya sobre el altar que lo dice todo mejor que yo. —Kieran le apartó del pelo cobrizo los cristales que se le iban formando—. No tiene a nadie que te acompañe aquí arriba.

—Te vas a helar.

—Eso ya lo sé. —Sonrió, y era la sonrisa del chico que le enseñaba a montar—. Me juré que ningún frío te tocaría mientras me quedara aliento. Déjame cumplirlo a mi manera. Si no puedo quitarte el frío, por lo menos que no te lo comas sola.

Elenora quiso discutir y no le quedó fuerza para eso. Se le llenaron los ojos de lágrimas que se helaban al bajar por los pómulos. Toda la vida le habían dicho que una reina no tiene derecho a lo que tienen las pastoras, y toda la vida lo había creído.

—Durante diez años —dijo— cada vez que subías a la torre a cambiar la guardia, yo contaba tus pasos en la escalera.

—Treinta y nueve.

—Treinta y nueve.

Kieran bajó la cabeza y la besó. Fue un beso torpe, con los labios agrietados de frío, y duró mucho, y en él cupieron diez años de pasillos y de guardias en las almenas y de cosas que no se habían dicho porque no tocaba decirlas.

◇

El hielo siguió subiendo. Les cubrió los hombros, el pelo enredado, las manos que no se soltaron. Kieran mantuvo los brazos cerrados alrededor de ella con una terquedad que no tenía nada que ver con la física, como si pudiera discutirle al glaciar.

Desde la laja partida, cien pasos más abajo, Uxía lo vio todo con las manos metidas en la boca para no gritar: la luz azul del pozo, las dos figuras abrazadas en mitad del cráter, el brillo que iba cubriéndolas como un barniz. Vio cómo la reina, en el último momento, alzaba la mano herida hacia el cielo. Y vio cómo algo pequeño, del tamaño de una nuez, se desprendía de aquella palma y rodaba por la nieve hasta detenerse a sus pies.

Era un trozo de hielo que latía.

Uxía lo recogió con las dos manos, como se recoge un pájaro caído del nido. Quemaba de frío. Cuando volvió a mirar hacia el cráter, la luz del pozo se había apagado y en el centro solo quedaba una forma brillante bajo la luna, quieta, que de lejos parecía una sola persona.

Fin del Episodio 3 · de 4

El beso bajo la ventisca eterna

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