La reina de los siete ojos·Episodio 04

Las trescientas vidrieras del invierno

~4 min · 820 palabras

Uxía tardó dos días en bajar. Envolvió el trozo de hielo en su pañuelo y se lo metió bajo la camisa, contra la piel, y el frío que daba le dejó una marca azul en el pecho que no se le iría en toda la vida. Durante el descenso no se encontró con nadie. Los tercios habían huido tan deprisa que dejaron atrás ollas al fuego ya apagado, botas, una carreta con su mula todavía uncida y helada de pie. El valle entero estaba blanco y callado, como si lo hubieran envuelto en algodón.

Durmió la primera noche en el aprisco donde habían dejado los caballos. Los caballos ya no estaban; solo quedaban las huellas, llenas de escarcha, camino del valle.

Oakhaven no dormía. Eso fue lo primero que la sorprendió. Esperaba encontrar un castillo de estatuas, como en los cuentos de su abuela, y encontró centinelas golpeando los pies en el adarve para no helarse, humo en todas las chimeneas y una cola de mujeres con cántaros delante del único pozo que no se había congelado. El invierno había caído sobre ellos de golpe, sin otoño que lo anunciara, y la gente había hecho lo que hace la gente de montaña: maldecir, encender fuego y seguir.

La llevaron ante el senescal Mauricio en la capilla, donde el viejo había pasado la noche leyendo y releyendo la carta del altar. A su lado, envuelto en una manta demasiado grande, estaba Bermudo, el hermano de la reina, que tenía seis años y miraba a Uxía como se mira a alguien que viene de muy lejos.

—Dime lo que viste —dijo el senescal.

Uxía se lo dijo. Todo, sin adornos, como se lo había dicho la reina: lo que veas. El pozo, la figura de escarcha, la sangre en el hielo. La capa de lobo. Las dos figuras que no se soltaron. Cuando terminó, sacó el pañuelo de debajo de la camisa y lo abrió sobre el altar. El trozo de hielo latía despacio, una vez cada tantos segundos, y en la capilla helada era lo único que se movía.

◇

Mauricio no lo tocó. Lo miró durante mucho rato.

—El corazón de la reina es la llave del frío —murmuró, repitiendo las palabras de Uxía—. Hasta que alguien venga a deshacerlo con un juramento verdadero.

—¿Y qué hacemos con él? —preguntó Bermudo.

—Guardarlo. —El viejo se pasó la mano por la cara—. Si se rompe, se rompe el invierno, y con él la muralla que nos ha salvado. Lo bajaremos a la cueva del Glaciar Ciego, debajo del bastión, donde nunca da el sol. Y cada heredero de Oakhaven lo llevará consigo, como lo llevó ella, para que no olvide nunca lo que costó.

—¿Y la reina? —preguntó Bermudo.

—Arriba —dijo Uxía—. Con él.

El niño se quedó pensando, con la manta hasta las orejas.

—¿Tiene frío?

Uxía no supo qué contestar. Se acordó del beso, de los brazos que no se soltaron, de la capa de lobo. —Menos que nosotros —dijo al final, y no supo si mentía.

Uxía pensó que aquello era mucho peso para un niño de seis años. No lo dijo. Pensó también que la reina no había pedido eso; había pedido que alguien viniera a deshacer el invierno, no que lo guardaran como una reliquia. Tampoco lo dijo. Tenía catorce años y estaba delante de un senescal.

Esa noche, antes de volver a su aldea, subió al gran salón. Las trescientas vidrieras estaban cubiertas de escarcha por dentro y por fuera, y la luz de la luna entraba a través de ellas convertida en un resplandor azul que no hacía sombra. Se quedó un rato mirándolas. En una, la más alta, el hielo había dibujado sin que nadie lo tocara dos figuras abrazadas.

◇

El invierno duró trescientos años.

Los pastores de la Garganta de las Ánimas siguieron contando la historia junto al fuego, y cada generación la contó un poco distinta. En el sur, los cronistas de la corte escribieron que Oakhaven había caído bajo una maldición demoníaca, porque no supieron entender que una reina prefiriera el hielo a la servidumbre. En Oakhaven, cada heredero bajó a la cueva del Glaciar Ciego a los siete años y salió con el frío dentro, y algunos se volvieron crueles por él y otros se volvieron tristes, y casi todos olvidaron que la reina no había pedido una reliquia, sino un deshielo.

Hasta que una noche, tres siglos después, una muchacha del sur cruzó el viaducto de los Siete Ojos con un salvoconducto falso en el jubón y una mentira que contar en la corte del príncipe. No sabía nada de Elenora. No sabía nada de Kieran. Solo sabía que, para salvar a su hermano, tenía que fingir un juramento.

La escarcha de la vidriera más alta, la de las dos figuras abrazadas, crujió una vez cuando ella pasó por debajo. Nadie lo oyó.

Fin del Episodio 4 · de 4

Las trescientas vidrieras del invierno

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