El altar de la escarcha fósil
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Dejaron los caballos en el último aprisco y siguieron a pie por la garganta del Viento Negro, por cornisas de pizarra donde un mal paso eran mil varas de caída. Uxía iba delante, saltando de piedra en piedra como si la montaña fuera el patio de su casa, y de vez en cuando se volvía para chistarles cuando hacían ruido. Kieran cerraba la marcha con el hacha de monte, cortando peldaños en el hielo para que la reina apoyara las botas de fieltro.
El frío cambió de naturaleza a medida que subían. Abajo era el frío húmedo de los arroyos de Oakhaven, el que se mete en los huesos y se queda. Allí arriba era otra cosa: seco, limpio, tan hondo que parecía helar los pensamientos antes de que llegaran a la boca. Elenora dejó de sentir la cara a la segunda hora y dejó de quejarse a la tercera.
—Mi abuela subió una vez hasta la laja partida —contó Uxía en un descanso, con la boca llena de pan duro—. Por una cabra. Dice que desde allí se oía algo debajo de la nieve, como un tambor muy lejos. Bajó sin la cabra.
—¿Y qué era? —preguntó Kieran.
—Mi abuela dice que el corazón del monte. Mi madre dice que mi abuela bebía.
—Ahí arriba ya no subo —dijo Uxía al llegar a una laja partida, a la cuarta vigilia—. Mi abuela decía que el que pasa de esta piedra sin que lo llamen no baja.
—Nadie te pide que pases —dijo Elenora—. Espéranos aquí. Si al amanecer no hemos vuelto, baja a Oakhaven y busca al senescal.
—¿Y qué le digo?
—Lo que veas.
Uxía se sentó en la laja con las rodillas abrazadas y no dijo nada más, que era lo más parecido a un sí que sabía hacer delante de una reina.
La pendiente se suavizó y desembocó en un anfiteatro excavado en la roca viva. Siete monolitos de basalto negro, pulidos como espejos por siglos de ventisca, rodeaban un pozo de hielo azul que daba una luz fría, sin sombra, como la de una luna enterrada. No soplaba el viento. No caía un copo. Era un silencio de antes de la primera primavera del mundo.
Al pasar entre los monolitos, Elenora se vio reflejada en los siete a la vez: siete reinas pequeñas con el manto verde manchado de barro y la cara quemada por el viento, cada una mirándola desde un ángulo distinto. Ninguna llevaba corona. Se la había dejado en la capilla, junto a la carta, y hasta ese momento no se había dado cuenta.
Elenora se quitó el guante derecho y se acercó al borde. El hielo del pozo era tan transparente que se veía el fondo: muy abajo, una masa pálida que latía con la lentitud de un corazón dormido. Sacó la daga de plata de su linaje.
—Soy Elenora, reina de Oakhaven —dijo, y su voz rebotó en los siete espejos negros—. Vengo a pedir que el invierno guarde mi casa.
El hielo crujió con un estampido que sacudió la montaña entera. Del fondo subió un remolino de niebla azul que tomó forma: una figura alta como dos hombres, hecha de escarcha y agujas de cristal, con dos ojos de luz pálida y sin párpados. Cuando habló, la voz no salió de ninguna parte; vibró directamente en los dientes.
El invierno no regala. Quien pide su escudo entrega su calor. Su corazón será la llave del frío hasta que alguien venga a pactar el deshielo con un juramento verdadero y sin cadenas.
Kieran se puso delante de ella de un salto, con la espada en guardia.
—Toma el mío. Lo traigo caliente. Es lo que pides.
Elenora le puso la mano desnuda en el antebrazo y se lo bajó con una suavidad contra la que él no supo pelear.
—No, Kieran. Ya sé lo que te dijo la pastora. Lo supe en cuanto vi la capa de lobo. —Le sostuvo la mirada—. La sangre de un comandante pertenece a las almenas que tienen que resistir. La deuda de la corona la paga quien la lleva. Te lo dije en el adarve y no lo dije por decir.
Se volvió hacia el pozo y se abrió la palma con la daga. La sangre cayó sobre el hielo y cada gota siseó como plomo fundido, abriendo una red de grietas luminosas que corrió por el cráter hasta el pie de los monolitos.
—Que caiga sobre Oakhaven un invierno que ningún ejército pueda cruzar —dijo la reina—. Que las vidrieras se cubran de una escarcha que no rompa ninguna piedra. Y que dure hasta que alguien venga a deshacerlo con verdad.
La figura inclinó la cabeza coronada de carámbanos.
Así queda sellado.
Del pozo brotó una marea blanca que se derramó por el borde del cráter y empezó a bajar por la ladera hacia el valle.
Fin del Episodio 2 · de 4
El altar de la escarcha fósil
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