El cerco de los cien fuegos
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El humo de las hogueras del asedio subía desde el fondo del valle en columnas grasientas, y a la hora de vísperas ya no dejaba ver el río. Desde el adarve más alto de Oakhaven, la reina Elenora contó otra vez los fuegos. Cien. El duque de Valtierra había traído diez mil piqueros y arcabuceros del sur, había cavado trincheras en anillo alrededor de la fortaleza y había cerrado todos los desfiladeros. Hacía cuarenta días que en Oakhaven no entraba harina.
Tenía veintitrés años y llevaba dos inviernos reinando, desde que su padre se ahogó en el vado del Arlanza con media guardia detrás. Había aprendido el oficio deprisa: dormía con una daga bajo la almohada, comía el mismo pan negro que los centinelas y sabía el nombre de cada arquero de las troneras. Aquella mañana había ayudado a amputar la pierna de un muchacho de quince años en la enfermería, y todavía tenía sangre seca bajo las uñas.
Al terminar, el chico le había agarrado la manga con la mano que le quedaba firme. ¿Vamos a ganar, señora? Ella le había dicho que sí, porque una reina no puede decir otra cosa delante de un muchacho sin pierna, y llevaba toda la tarde con aquel sí atravesado en la garganta como una espina de pescado.
A su lado, lord Kieran de Valdelobos apretaba la empuñadura del mandoble con los nudillos blancos. Era su comandante de armas y había sido, antes que eso, el chico que le enseñó a montar, el que le guardó la espalda en su primera escaramuza, el que dormía atravesado en el pasillo de la torre cuando había traidores en la corte. Nunca le había dicho lo demás. No hacía falta: Oakhaven entero lo sabía, y Oakhaven entero sabía que una reina no se casa con su comandante.
—El emisario de Valtierra ha vuelto a cruzar el puente —dijo él—. Os da hasta el toque de completas. Si no abrís los portones y aceptáis la boda con el duque ante el obispo del sur, prenderán fuego a las empalizadas bajas y pasarán a cuchillo a los heridos.
—Valtierra no quiere una esposa. Quiere una firma para vaciar las minas, talar los alerces y meter a mi gente en el censo perpetuo del sur. —Elenora pasó la mano por la piedra helada de la almena—. Si firmo, en diez años no quedará un pastor libre en la cordillera.
—Si no firmáis, mañana no quedará nadie.
Ella no contestó enseguida. Miró hacia el norte, hacia donde las nubes se amontonaban sobre una cumbre negra de laderas lisas, con siete picachos en corona como los dientes de una mandíbula. Los pastores la llamaban los Siete Ojos y no subían nunca.
—Esta noche no bajaremos al foso —dijo—. Subiremos allí.
Kieran palideció bajo el moreno del viento. Se llevó la mano al pecho, el gesto viejo de los montañeses contra el mal de ojo.
—Ese monte es tabú desde los primeros colonos. Dicen que allí duerme el corazón de la escarcha y que el pozo concede lo que se le pide, pero que siempre cobra.
—Por eso subo yo. —Elenora se volvió hacia él—. La deuda de una corona la paga quien la lleva.
Le pidió dos caballos en la poterna del acantilado, una soga, mantas, una tea de resina y una guía que conociera la garganta del Viento Negro. Kieran se arrodilló en el granito, le tomó la mano enguantada y le besó los nudillos. Fue todo lo que se permitió.
—Hasta donde haga falta, mi reina.
Elenora lo vio alejarse hacia la escalera con el paso de siempre, un poco cargado del lado izquierdo por la herida vieja de la rodilla. Pensó en llamarlo. Pensó en decirle que se quedara, que mandara a otro, que no hacía falta que un comandante subiera a un monte maldito a ver morir a su reina. No lo llamó. Era la última noche en que iba a tener que elegir entre lo que quería y lo que debía, y eligió como había elegido siempre.
Cuando se marchó por la escalera de caracol, Elenora bajó a la capilla y escribió una carta para el senescal Mauricio: qué hacer con el grano que quedaba, quién debía regir hasta que su hermano Bermudo cumpliera la edad, dónde estaba enterrada la plata de su madre. La lacró con el sello de los siete ojos y la dejó sobre el altar.
Kieran, mientras tanto, fue a buscar a la guía. La encontró en el establo de los pastores refugiados: Uxía, una chica de catorce años con las piernas como sarmientos y la lengua más rápida que las cabras. Mientras ella ensillaba, él le preguntó, como quien pregunta por el tiempo, qué contaban en su aldea del pozo de los Siete Ojos.
—Que concede lo que le pides —dijo Uxía sin mirarlo—. Y que se cobra un corazón caliente. El primero que encuentra.
Kieran se quedó un rato quieto junto al caballo. Luego fue a la armería y escogió la capa más gruesa que tenía, la forrada de lobo. No era para él.
Fin del Episodio 1 · de 4
El cerco de los cien fuegos
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