La receta de volver·Episodio 03

Fuego sordo y marea viva

~8 min · 1556 palabras

A los siete años ya sabía que el abuelo no usaba reloj. Para qué, decía, si la marea no atiende a números de latón. El viejo miraba el hervor de la pota, metía el pulgar en el agua tibia para comprobar la sal y sabía exactamente cuándo las lanchas estaban doblando el cabo hacia la rula sin levantar la cabeza del fogón.

Ahora el reloj de pared de la taberna, un armatoste de roble con el péndulo oxidado, marcaba las once y cuarto.

El papel seguía sobre el mostrador, aplastado bajo el cenicero de loza blanca.

«A raya pide lume manso e compaña de quen non fuxa», ponía con la tinta azul desteñida por tres décadas de grasa y gavetas de pino. La letra picuda, rota en las eses, inconfundible.

Roi se frotó con el índice la quemadura blanca del antebrazo izquierdo, un mapa rugoso que le tiraba cada vez que el tiempo viraba a nordés. Cerró la compuerta de la cocina. El cerrojo de hierro chirrió contra el marco de castaño.

Tres golpes secos sacudieron el cristal de la entrada.

No era Lidia.

Antón empujó la puerta antes de que Roi terminase de descorrer el pasador. Traía el chubasquero amarillo empapado de relente, goteando charcos oscuros sobre las losas de granito, y cuatro botellines de cerveza verde sujetos por el cuello con una mano que olía a carnada podrida.

—Rosa sigue en el novenario rezando por el alma de la difunta —dijo Antón, colándose hacia la barra sin pedir permiso—. Y yo tengo la garganta que parece un camino de cabras.

—Estaba cerrando, Antón.

—Cierra lo que te dé la gana, pero dame un abridor.

Chapa contra metal. El tapón rodó hasta detenerse junto al trapo de cocina endurecido por la lejía de lavar a mano.

El viento de bajamar soplaba del sudoeste, sacudiendo los ventanales con una violencia seca, de esas que levantan la arena sucia del fondo de la ría y la estrellan contra los vidrios hasta dejarlos ciegos. Olía a fango expuesto, a hierba marina pudriéndose al aire frío y al humo rancio de los motores que dormían en la dársena.

Antón le dio un trago largo a la botella, dejando la mitad en el fondo con un chasquido de lengua.

—La viste —soltó el marinero.

—Comió. Se fue a la pensión.

—Va a volver mañana.

—Dijo que al mediodía.

Silencio.

Roi cogió una bayeta de hilo recio, áspera como lija vieja, y empezó a frotar un cerco de vino que llevaba seco en la encimera desde el martes. No salía. Frotó más fuerte, haciendo rechinar la madera.

—Deja la barra en paz, carallo, que la vas a agujerear —gruñó Antón, apartando el botellín vacío para abrir el segundo con el canto del mostrador—. Te pasas la vida raspando cosas que no se quitan.

—Mañana hay que encender a las ocho.

—Pues no enciendas.

Roi se detuvo. Miró a Antón. El marinero tenía los párpados hinchados por el salitre y la falta de sueño, y esa sombra cenicienta en las mejillas que a los hombres de mar les sale cuando llevan demasiados días bebiendo para no pensar en las redes.

—¿Qué quieres, Antón?

—Decirte que no la culpes a ella.

Afuera, una ráfaga sacudió los cristales con la fuerza de un puñetazo, haciendo vibrar las botellas vacías alineadas en el anaquel superior.

—¿Culparla de qué? Vino a escribir de barcos hundidos. Cobra de un periódico de Madrid.

—No vino por los barcos, Roi.

Antón bajó la vista hacia sus propios nudillos, callosos, manchados de alquitrán que ya formaba parte de su piel. Se pasó el dorso de la manga por la nariz goteante y empujó el segundo botellín vacío contra el primero.

—Fui yo.

Una pausa se instaló en el aire, densa como el vapor de una cazuela destapada a destiempo.

—¿Tú qué?

—La carta. Hace tres meses, cuando te devolvieron el recibo del banco y el camión de la salmuera se negó a descargar si no pagabas al contado. Maldito orgullo el tuyo. No ibas a pedirle un céntimo a nadie de la dársena. Te conozco desde que llevabas pantalones cortos y te quemabas los dedos con las brasas del abuelo.

A Roi se le cortó el aire un segundo. No dijo nada.

—¿Qué carta, Antón?

—La que mandé a la redacción de esa revista suya. Le pedí a la maestra de la escuela que me la escribiera a máquina para que pareciese cosa seria. Le puse que en la Taberna Fontán se cocinaba la última memoria de las Sisargas, que si esto cerraba no quedaba nadie en toda la ría capaz de entender el fondo del agua. Que estábamos quebrados. Que te quedaban dos mareas antes de que el juzgado te pusiera el precinto.

Roi apretó el trapo mojado entre los dedos hasta que los nudillos se le quedaron blancos. El agua sucia escurrió por la madera.

—No tenías derecho.

—Ibas a hundirte con la persiana echada, Roi. Igual que el viejo. Exactamente igual que el viejo, sin decirle una palabra a nadie.

—Era mi negocio.

—¡Era la casa de todos, imbécil! —escupió Antón, golpeando la madera con la base del tercer botellín sin llegar a abrirlo—. Rosa no duerme pensando en las letras. Yo no duermo. ¿Crees que eres el único que tiene hambre aquí?

Hambre.

Roi no contestó. Miró el papel amarillento con la letra de su abuelo, todavía bajo el cenicero. Lidia no había venido por casualidad ni por nostalgia. Había venido a tasar una ruina que Antón le había servido en bandeja.

—Márchate —dijo Roi en un hilo de voz—. Vete a buscar a Rosa.

Antón se quedó mirando la cerveza sin abrir durante unos segundos largos. Después suspiró, metió las manos en los bolsillos del chubasquero y dio media vuelta arrastrando las botas por el suelo.

La puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido húmedo.

◇

A las doce de la mañana el viento había amainado lo justo para dejar una llovizna fina, pegajosa, que convertía el asfalto del puerto en una pista de grasa y escamas.

La cocina olía a sofrito pausado. Panceta picada muy fina sudando en la sartén de hierro colado, la grasa transparente fundiéndose despacio con la cebolla morada que Roi removía con una cuchara de madera gastada. No había prisa. Si apuras la cebolla, amarga; si la dejas en paz, se entrega. Un puñado de ajo laminado cayó en el centro, crujiendo con un chisporroteo sordo al soltar el agua de huerta en el fondo caliente.

La campana extractora zumbaba como un motor diésel en punto muerto.

La campanilla de la puerta sonó.

Lidia entró sin sacudirse el agua del abrigo gris. Traía el pelo recogido con una pinza de carey y ojeras profundas, de haber pasado la noche oyendo pasar los trenes de mercancías que hacen temblar la pensión de la estación.

—Huele a pimentón —dijo ella, apoyando el paraguas cerrado en el paragüero de cinc.

—De la Vera. El dulce —respondió Roi desde el vano de la cocina, sin soltar la cuchara—. El picante tapa el pescado y no me gusta hacer trampas.

—Tu abuelo le metía una punta de guindilla cuando el día venía torcido.

—Mi abuelo hacía lo que le daba la gana porque este suelo era suyo.

Lidia caminó despacio hasta la mesa número seis. Apartó la silla de castaño, que protestó con un gemido agudo contra el suelo, y se sentó sin quitarse el abrigo. Cruzó las piernas con esa naturalidad calculada de quien ha aprendido a ocupar espacio en redacciones llenas de hombres que gritan.

Sacó del bolso una libreta pequeña, encuadernada en cuero granate con las esquinas desgastadas por los viajes, y una estilográfica plateada.

Roi salió de la cocina secándose las manos en el mandil de lino. Se detuvo a dos pasos de la mesa.

—Antón estuvo aquí anoche.

Lidia no pestañeó. Ni siquiera levantó las cejas.

—Me lo imaginé. Cuando bajé del coche de línea estaba en el muelle mirándome como si hubiera visto a una muerta.

—Él te escribió.

—Lo sé, Roi. Con faltas de ortografía corregidas con típex líquido. Una carta patética y hermosa. De esas que los directores de cierre tiran a la papelera antes de comer.

—Pero tú viniste.

—Yo vine porque quise venir.

De la cocina llegó el sonido del sofrito empezando a pedir caldo a gritos, un crepitar bajo y amenazante que exigía atención inmediata. Roi no se movió.

—No necesito caridad de una revista de banquetes, Lidia. Si tengo que cerrar la reja, la cierro yo solo.

—Qué manía con cerrar cosas —dijo ella, pasando la yema del pulgar por el lomo de la libreta—. No tienes dinero ni para renovar la licencia de la terraza y sigues hablando como si fueras el rey de la ría. Orgulho estúpido, dicen en Lisboa. Aquí le llamáis tradición para no admitir que tenéis miedo.

—Aquí le llamamos no vender a los muertos.

Lidia sonrió apenas, una mueca amarga que se le disolvió enseguida en la comisura de los labios. Abrió la libreta por una página en blanco.

Lidia apoyó la libreta de cuero sobre la madera manchada y destapó la estilográfica sin mirarlo.

—Si mañana pongo en la portada que este fogón es el único que todavía respeta las Sisargas... ¿vas a ser capaz de encenderlo sin odiarme por haberte salvado?

Fin del Episodio 3 · de 4

Fuego sordo y marea viva

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