La receta de volver·Episodio 02

La mesa de la esquina

~8 min · 1592 palabras

El aire de la calle se coló como un tajo limpio entre el calor espeso de la cocina y el olor a tabaco negro que todavía flotaba pegado a las maderas del techo. Roi no soltó la cuchara de palo. Se quedó inmóvil, con el vapor del sofrito pegándosele a las cejas y esa gota de aceite tibio brillando en el dorso de su mano derecha, exactamente entre el índice y el pulgar.

—Cierra, rapaza, que se nos escapa el poco caldo caliente que queda en el pueblo —dijo Antón desde el taburete, sin mirarla de frente pero apartando la manga empapada de la barra.

Lidia no cerró de inmediato. Empujó la puerta con la cadera, despacio, dejando que el pestillo encajara con ese chasquido seco que Roi conocía de memoria: hierro viejo contra marco de castaño combado por la humedad. Llevaba el pelo oscuro pegado a las sienes por la llovizna fina del muelle y una bufanda de lana áspera, de esas que pican nada más mirarlas, anudada al cuello en dos vueltas torpes.

Se quitó los guantes dedo por dedo. Uno estaba descosido en la costura del meñique.

—Buenas noches, Antón. Fontán —dijo ella.

La voz era más grave que en los recuerdos de Roi. O quizá era la misma y el que se había vuelto sordo a fuerza de escuchar el rugido de los quemadores industriales durante diez años era él. No. No era más grave; estaba cansada. Tenía esa aspereza que deja el aire acondicionado de los autobuses de línea cuando te pasas cuatro horas tragando polvo de tapicería y curvas cerradas entre pinos.

—Traes agua en los zapatos —soltó Roi, y fue lo más estúpido que se le ocurrió decir.

Lidia no le hizo caso. Pasó de largo junto a la barra, ignorando el taco de cartas plastificadas que descansaba sobre la vitrina de los pinchos —hojas amarillentas con los precios en pesetas tachados a bolígrafo azul— y fue directa al fondo, sorteando la hilera de banquetas con un movimiento fluido, como si no hubiese pasado un solo día desde la última vez que midió las distancias de ese suelo desnivelado.

—La seis —dijo ella, apoyando los nudillos sobre el respaldo de castaño.

—Esa cojea —advirtió Antón, apurando su vaso de tinto peleón—. Ya le dije a este que le metiera un taco de roble, pero no hay manera. Se empeña en el corcho.

—Ya sé que cojea. Y sé que tiene una cuña de sidra recortada a navaja en la pata de atrás.

Se sentó sin desabrocharse el chaquetón.

Tiene veintitrés años y ella está sentada en esa misma banqueta, con las piernas cruzadas y una libreta de espiral abierta sobre el hule de cuadros mientras él limpia xardas a las seis de la mañana. No hay luz fuera, solo el resplandor de las farolas de vapor de sodio colándose por los cristales y el ruido de la primera lancha saliendo de la dársena. Ella escribe sin levantar la vista y él le pasa un trozo de pan untado con tomate y grasa tibia de cerdo frito, y ella abre la boca sin dejar de mirar la libreta y mastica despacio. No dice gracias. No hace falta que lo diga porque la cocina huele a leña seca y a marea baja, y el mundo entero parece terminar exactamente donde acaba el filo de su tabla de picar.

Roi se frotó con el pulgar la quemadura vieja del antebrazo izquierdo. Aquella cicatriz nacarada, con forma de media luna, le tiraba siempre que el barómetro bajaba de golpe.

—No tengo carta de noche —dijo Roi, saliendo de detrás del mostrador con un trapo de hilo áspero al hombro—. Hay lo que hay en la olla grande. Y si no te gusta, en la fonda de la estación todavía te ponen un filete duro con patatas congeladas.

—Ponme el guiso —respondió ella, clavándole los ojos pardos, firmes, sin un parpadeo—. Lo que haya. Pero ponlo tú, no mandes al marinero.

—Yo me voy marchando, que Rosa me va a cantar las cuarenta si llego después del rosario —farfulló Antón, bajándose del taburete con una torpeza estudiada. Dejó dos monedas sobre el estaño que tintinearon contra la madera húmeda—. Mañana te traigo las fanecas si no entra temporal duro, Roi.

—Tráelas temprano o no las quiero —contestó el tabernero sin volverse.

La puerta volvió a abrirse y a cerrarse tras el marinero. El muelle entero pareció encogerse afuera, sumido en esa oscuridad violeta de las bajamares de noviembre, donde el gasóleo de los barcos y el fango podrido forman una costra densa sobre las piedras del espigón.

Silencio.

Roi entró en la cocina sin encender la campana extractora para no tapar el crujido de las vigas. El guiso de raya y patatas nuevas bufaba a fuego manso en la cazuela grande de hierro esmaltado. El sofrito de pimentón dulce, cebolla morada y panceta curada había espesado el caldo hasta volverlo de un naranja oscuro, casi sanguino. Levantó la tapa pesada con un trapo doblado tres veces; el vaho le empañó las gafas en un segundo, cegándolo por completo.

Se las quitó, limpió los cristales en la pechera del delantal y se quedó mirando el hervor.

Cocinar para quien te conoce el pasado es una trampa: no hay cantidad de sal que tape una promesa rota.

Puso una cazuela honda de barro vidriado sobre la mesa de trabajo. Sirvió dos cazos colmados de patatas quebradas, un trozo generoso de raya con la carne abriéndose en lascas blancas como abanicos y una brizna solitaria de laurel que flotaba sobre la grasa brillante. Cortó tres rebanadas gruesas de pan de hogaza con corteza dura y cenicienta. Cogió el plato con ambas manos, sintiendo el calor excesivo quemándole las yemas a través de la cerámica rústica.

Caminó hacia la mesa seis.

Lidia tenía las manos apoyadas sobre la madera, quietas, esperando. Había colocado su cartera de cuero desgastado sobre la banqueta vacía de enfrente.

—No has cambiado las cucharas —comentó ella cuando él plantó el plato humeante frente a su pecho—. Siguen siendo de alpaca. Se les queda el sabor a metal en la punta.

—Son las que dejó mi abuelo. Si no te gustan, comes con los dedos.

—Siempre tan hospitalario, Fontán.

—Aquí se viene cenado de casa para las tonterías, Lidia. ¿A qué has venido en el coche de las cuatro y media? Antón traía tu revista. Dice que andas husmeando en lo de las Sisargas.

Lidia cogió la cuchara de alpaca, la limpió con la servilleta de papel que crujía como lija y hundió el metal en el caldo espeso. Sopló dos veces, apenas un suspiro breve que desvió el humo cobrizo.

—El artículo está publicado. Lo que está impreso ya no necesita que nadie lo husmee —dijo, antes de meterse la primera patata en la boca.

Cerró los ojos un instante. Masticaba con el lado izquierdo, siempre con el izquierdo, pensando en otra cosa.

—Le falta comino —murmuró ella, tragando despacio.

—No le falta nada. Lleva laurel del huerto de detrás y pimentón ahumado.

—Le falta comino. Tu abuelo le ponía tres granos machacados en el mortero justo antes de apartar la cazuela del fuego. Decía que la raya sin comino sabe a puerto viejo.

—Mi abuelo está enterrado en el alto de San Amaro y yo hago el guiso como me da la real gana.

—Ya lo noto. Más amargo.

—Es el pimentón.

—No. No es el pimentón.

Lidia siguió comiendo en silencio, con una calma metódica, desgajando la carne del cartílago con la punta de la cuchara y mojando el pan hasta que no quedó una sola gota de salsa en los bordes de la cazuela. Roi no se movió de su lado. Se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos del mandil, escuchando el roce del metal contra el barro cocido y el rumor lejano de las olas rompiendo contra las defensas de hormigón de la bocana.

Una lancha diésel tosió a lo lejos, tres golpes sordos que vibraron en los cristales salpicados de salitre, y luego nada.

Paciencia.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome como si fuera a robarte los cubiertos? —preguntó ella, dejando la cuchara atravesada en el plato vacío.

—Estoy esperando para fregar la loza e irme a dormir. Mañana bajo a la lonja a las cinco.

—Mentira. Nunca bajas a la primera subasta a no ser que traigan centolla de roca.

Le dolió directo en el estómago, sin aviso ni defensa.

—Apura —dijo él, extendiendo la mano derecha hacia el plato.

Lidia no se apartó. Se recostó contra el respaldo de castaño, metió las manos en los bolsillos del chaquetón y lo miró fijamente mientras él levantaba la cazuela de barro todavía tibia. El plato pesaba.

Debajo, pegado al borde del plato sobre el mantel de cuadros gastados, había un papel doblado en cuatro partes desiguales. Era una hoja arrancada de un cuaderno de contabilidad antiguo, con las líneas azules borrosas por los pliegues y una mancha tenue de humedad en la esquina superior.

Roi lo reconoció al instante: trazos rectos, secos, con esa tinta azul descolorida que solo usaba una persona.

La caligrafía de su abuelo.

Roi retiró la cazuela unos centímetros y se quedó con la mirada clavada en la doblez del papel, mientras Lidia se levantaba despacio, ajustándose la cartera de cuero al hombro sin quitarle los ojos de encima.

—Dormiré en la pensión de la estación —dijo ella en voz baja—. Guárdame sitio para mañana a mediodía, Fontán. Aún no hemos terminado de hablar de las Sisargas.

Fin del Episodio 2 · de 4

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