La receta de volver·Episodio 01

Pimentón y gasóleo

~8 min · 1520 palabras

El aceite no miente nunca. Si la sartén de hierro colado conserva el fondo tiznado por diez años de lumbre y el fuego se mantiene manso, el ajo laminado empieza a cantar con un murmullo fino, casi perezoso, soltando esa humedad de huerta fresca que todavía retiene entre los dientes. No hace falta meterle prisa.

Roi Fontán no necesita consultar el reloj de pared con la esfera comida por el óxido. Sabe que pasan de las siete porque la luz del Atlántico se desmorona en un gris ceniza pegajoso contra los ventanales salpicados de salitre, y porque los dados de panceta, que llevan diez minutos sudando en la lumbre baja, empiezan a tornarse de un ámbar translúcido sobre el hierro, pidiendo a gritos el pimentón dulce para no marchitarse.

Se frota con el pulgar la quemadura vieja del antebrazo izquierdo. Tres centímetros de piel tirante, blanca como una raspa de xurelo, un recuerdo del vapor traicionero de una pota de congrio.

Fuego.

Tiene catorce años y su abuelo le sujeta la muñeca con la mano dura, llena de escamas secas y callos como piedras de pedernal. No apartes la cara, rapás, le dice el viejo sin mirarlo, con la voz rota por el tabaco de boga y la humedad de la lonja; el humo en los ojos enseña a ver lo que otros no distinguen en la niebla. Y no le da un abrazo porque en esta costa nadie regala caricias que no sirvan para calentar una red mojada, pero le deja sobre la tabla media empanada tibia de zamburiñas para que cene mientras limpia los fogones.

Saudade, dicen al cruzar la frontera de Tuy, como si la tristeza necesitase pasaporte para doler menos. Morriña, decimos de este lado, qué más da; aquí en la ría nos tragamos la amargura con un trago de ribeiro peleón y decimos que nos lloran los ojos por culpa de la leña verde.

Estaba en calma. No, en calma no. Era una tregua floja, un remanso de esos que dejan las mareas vivas justo antes de cambiar de luna y llevarse las boyas por delante.

El filo gastado del cuchillo de cocina golpea la tabla de olivo con un compás que ya no controla. Tac, tac, tac. Un golpe seco cada dos segundos, metódico, troceando la cebolla morada en una lluvia de hebras finas que van directas a la grasa derretida.

Y le pesaba el pecho. Así. De repente, sin que mediara un solo motivo sensato más allá de la lluvia fría que arreciaba contra el tejado de uralita.

Un portazo violento reventó el silencio de la cocina, haciendo temblar los cacillos de latón que colgaban de la campana.

Una bofetada de viento salitroso entró de golpe, mezclando la pesadez de la bajamar con ese tufo agrio a gasóleo quemado que despiden los motores diésel de los pesqueros amarrados de popa en el dique de poniente.

Entró Antón Rivas. El agua de la ría le chorreaba por los pliegues del impermeable amarillo de goma, dejando un reguero turbio sobre las baldosas de barro cocido. Traía la boina calada casi hasta el tabique, la barba blanca llena de goterones y la respiración rota.

—Apaga esa llama, Roi, o vas a ahumar la taberna antes de que abra el servicio —soltó Antón, sacudiéndose las mangas como un perro mojado.

—El fuego está donde tiene que estar —respondió Roi sin apartar la vista de la sartén, bajando el gas medio milímetro con un golpe de uña—. Y límpiate las botas en el felpudo de esparto, que tengo el suelo recién fregado.

—El suelo dice. Paciencia, virgen del Carmen, cómo nos ponemos por cuatro gotas de agua dulce.

—Es agua de muelle, Antón. Y viene con mierda de motor.

Antón no hizo ademán de retroceder. Avanzó arrastrando las suelas con tacos de goma, se quitó un guante de estopa con los dientes y sacó del pecho un bulto aplastado que venía protegiendo bajo el hule del chubasquero. Lo soltó sobre el mostrador de cinc con un golpe plano.

Era una revista de papel satinado, doblada por el lomo y con los bordes encrespados por la humedad.

En la portada destacaba un reportaje a doble página sobre los naufragios del banco de las Sisargas, pero la hoja estaba abierta por la mitad, vencida sobre un artículo de fondo. Al pie de una fotografía granulada en blanco y negro, la tipografía negra no dejaba lugar a dudas: Texto de Lidia Salgado.

Una gota espesa de lluvia cayó desde la visera de la boina de Antón directamente sobre la tinta, emborronando la letra ele de su apellido.

—¿A qué viene esto? —preguntó Roi, manteniendo la espumadera inmóvil sobre el sofrito.

—A que ya no es un cuento de los que andan jugando al tute en la lonja. Se bajó del coche de línea de las cuatro y media en la parada del empalme.

—Habrá venido a arreglar los papeles de la casa de sus tíos.

—Sus tíos vendieron esa ruina hace cinco inviernos para meterse en un asilo de Lugo, bien lo sabes. Trae un chaquetón azul marino que parece de la marina mercante inglesa y una cartera de cuero que le tira del hombro. La reconocieron hasta las gaviotas del varadero.

Roi tomó el trapo de hilo doblado en cuatro pliegues que descansaba sobre la repisa. Era un paño áspero, endurecido por mil lavados en agua de salmuera y secado al viento del norte, tieso por el almidón barato. Con una calma deliberada, comenzó a frotar el cinc alrededor del papel mojado, limpiando las salpicaduras de lluvia sin atreverse a rozar la revista.

—Este pueblo es muy chico, Antón. La gente ve una forastera y ya cree que viene el cobrador del frac.

—No es una forastera, carallo. Es Lidia. Y tú sabes de sobra qué viene a buscar.

Antón metió la mano en el bolsillo del pantalón de faena y extrajo un paquete aplastado de tabaco negro. Intentó sacar un cigarrillo con los dedos hinchados por el frío, pero el papel se le rompió por la mitad.

—Mierda de cerillas mojadas. ¿Tienes fuego?

—Ahí tienes el hornillo auxiliar. Acércate y no des la lata.

El marinero se arrimó al fogón de hierro, prendió la punta estropeada del pitillo en la llama viva y dio dos caladas hondas que inundaron la estancia de un olor penetrante a alquitrán y pasto seco. Miró la ceniza que caía sobre la hornilla y chasqueó la lengua.

—El mar no devuelve lo que traga; solo te lo escupe deshecho cuando ya no recuerdas cómo nombrarlo —recitó de carrerilla Antón, señalando la revista con la uña sucia de brea—. Lo pone ahí. En el segundo párrafo. Dice que se lo escuchó decir a un viejo patrón en la ría de Muros. ¿A ti te parece que alguno de nosotros habla así, Roi? Ni el cura después de tres orujos dice esas sandeces.

—Escribe como le da la gana. Es su trabajo.

—Escribe para los que leen en el tren camino de la oficina, que es distinto. Y si está aquí, no es para hablar de las xoubas ni de la cuota de la merluza.

Roi no contestó. El vaho espeso del sofrito ascendió en una columna tibia de cebolla tostada y grasa que le empañó los cristales de las gafas. Se las quitó con un gesto mecánico, usando el dorso de la mano derecha, donde el aceite de oliva dejaba un rastro brillante sobre los nudillos curtidos. Parpadeó frente a la luz cenicienta del ventanal.

En el fregadero de piedra se acumulaban los platos del almuerzo, todavía con restos secos de harina de freír y cabezas de sardina que nadie lavaría hasta la medianoche. El delantal blanco, tiznado de carbón en la pechera, colgaba del pomo de la alacena como un espectro encorvado que vigilaba sus silencios.

—Vete a la dársena, Antón. La marea baja termina a las ocho y tienes la lancha rozando el verdín del muelle.

—Ya le di cabo largo a la proa, déjame en paz.

—Pues vete a cenar a tu casa, que Rosa te va a cerrar la puerta por fuera.

—Rosa está en el novenario de su prima, no me espera hasta las diez —replicó el viejo, acomodándose sobre un taburete bajo con un quejido de rodillas gastadas—. Anda, échale el pimentón a eso, que la cebolla ya está pidiendo tierra y se te va a amargar.

Roi tomó de la balda la lata roja de pimentón de la Vera, con la chapa abollada en una esquina. Levantó la tapa metálica con el filo del cuchillo y volcó dos cucharadas colmadas sobre el sofrito. El polvo carmesí chocó contra el aceite hirviente, espesándolo al instante en un borboteo bermejo que tiñó el aire de un perfume denso, dulce y ahumado, borrando de un plumazo el rastro del gasóleo.

Fuera, un golpe de viento azotó los postigos con la fuerza de un latigazo húmedo.

La campanilla de latón sobre la puerta tintinea con la brisa salitrosa; al levantar la vista del sofrito de cebolla, Roi encuentra los ojos pardos de Lidia mirándolo a través del vaho denso de la taberna.

Fin del Episodio 1 · de 4

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