La receta de volver·Episodio 04

La medida justa

~9 min · 1802 palabras

Roi no contestó enseguida.

Giró la muñeca hacia la izquierda, un movimiento seco que cerró la espita del propano con un chasquido metálico. El silbido azul se extinguió, dejando únicamente el rumor pastoso del sofrito que aún burbujeaba por pura inercia térmica en la sartén de hierro: cebolla morada deshecha hasta volverse casi mermelada, pimentón ahumado tiñendo de carmín la grasa translúcida de la panceta y ese punto de ajo que amenazaba con pasarse de tueste si nadie apartaba la lumbre. La apartó. Con la palma protegida por un trapo de hilo áspero, tieso de salmuera y almidón de tanto lavarlo a mano en el pilón, arrastró la cazuela al borde de la plancha apagada.

Afuera, el puerto empezaba a toser. Eran los motores diésel de los pesqueros maniobrando contra el muelle de la dársena, un ronroneo pesado que hacía temblar los marcos de madera de la taberna. Olía a marea vacía, a gasóleo crudo y a cajas de sardina recién descargadas que los estibadores arrastraban sobre el cemento mojado.

—Te sobra veneno, Lidia —dijo Roi, dándole la espalda.

—Me sobra oficio, que es distinto.

Roi se frotó con el pulgar la quemadura vieja del antebrazo izquierdo, esa franja rugosa y pálida que le tiraba de la piel cuando cambiaba el tiempo hacia el sudoeste. Un hábito estúpido. Cada vez que no sabía qué decir, se tocaba la cicatriz como si buscara un interruptor.

Tiene nueve años y su abuelo Manuel le mete la mano bajo el grifo de agua fría sin mirarle a la cara. No le grita por haber destapado la pota de congrio sin trapo; solo abre el caudal hasta que el hierro de la tubería cruje por la presión y se queda ahí, de pie, oliendo a tabaco de brizna y a sudor limpio, sujetándole la muñeca con unos dedos callosos como raíces de tojo. En la cocina no se llora por lo que arde, rapacito, se aprende a qué distancia quema. Solo eso. Nada más.

Roi parpadeó. La cocina seguía ahí, en penumbra grisácea, oliendo a grasa tibia y a salitre.

Sacó dos tazas del anaquel. No eran un juego; ninguna lo era en la taberna. Una tenía el esmalte blanco cuarteado como una telaraña y la otra mostraba una muesca en el labio de loza parduzca por donde asomaba el barro cocido. Sirvió café de pota, oscuro y espeso, colado a través de la manga de tela que colgaba del grifo auxiliar. Sin azúcar. Lidia no había pedido azúcar ni la primera tarde ni la noche anterior.

Llevó las tazas a la mesa número seis, la del rincón junto al ventanal empañado, donde la cuña de tapón de sidra recortada a navaja seguía nivelando la pata coja.

—Bebe —dijo él, dejándose caer en la banqueta de enfrente.

Lidia miró la taza desportillada. Tenía las solapas del abrigo gris levantadas y el pelo todavía húmedo bajo la pinza de carey, del trayecto desde la pensión de la estación. Apoyó los codos en la madera desnuda, entrelazó los dedos y lo miró fijamente. No con desafío; era esa calma espesa de la gente que está acostumbrada a esperar a que los demás se equivoquen al hablar.

—¿Dormiste algo? —preguntó ella.

—El motor de la lancha de Antón arrancó a las cinco menos cuarto. Hace un ruido de biela que te despierta a dos kilómetros.

—Un buen hombre.

—Un cabezón —corrigió Roi—. Que es peor.

Lidia sopló sobre el vaho del café. La película negruzca se abrió en círculos concéntricos.

—La maestra le ayudó con las comas —soltó de pronto, casi divertida—. En la carta. Antón ponía puntos suspensivos en cada frase, como si se le acabara el aire en mitad de las palabras. Ella le tachó la mitad y le enderezó los verbos, pero la desesperación no hubo forma de corregirla. Se notaba a la legua.

Roi miró hacia la cristalera. A través de la condensación del cristal, las siluetas de los marineros parecían sombras desdibujadas descargando palangres.

—No le correspondía pedir limosna por mí.

—No pidió limosna. Pidió que alguien viniera a ver si todavía quedaba verdad en esta barra.

Silencio.

Una gaviota picoteó con violencia el zinc del alféizar exterior, buscando restos de carnada, y salió volando con un graznido bronco hacia los tinglados de la lonja.

◇

La puerta de la calle se abrió de golpe, empujada por una ráfaga húmeda que trajo consigo el estampido seco de una caja de madera contra el suelo del zaguán. Antón entró con las botas de goma amarillas salpicadas de escamas y fango de bajamar, el chaquetón de agua abierto sobre un jersey de lana parda que olía a arenque y a tormenta vieja.

—Roi, te dejé cuatro piezas de pinto en la pileta de la entrada —soltó el marinero sin quitarse la gorra, sacudiéndose las gotas de agua de las cejas—. Traían la tripa dura todavía. Para el mediodía te valen si les das salida pronto.

Se detuvo en seco al ver a Lidia sentada frente a Roi. Sus ojos, enrojecidos por la noche al raso en las piedras de fuera, fueron de la taza de la periodista a la cazuela tibia en el fogón.

—Ah —murmuró Antón—. Estás ocupado.

—Entra y toma un trago, Antón —dijo Roi sin levantarse.

—No, qué va. Rosa me espera en casa para subir al novenario antes de que apriete el agua de la tarde. Solo... quería dejarte el pescado. Por si acaso.

El marinero se quedó un segundo balanceándose sobre los talones, incómodo, con las manos metidas en los bolsillos del hule impermeable. Parecía querer disculparse, o dar un portazo, o explicar por qué las deudas del banco importaban más que el orgullo de una familia que llevaba cuatro generaciones pelando patatas de Coristanco con el mismo cuchillo de cachas de boj. Pero no dijo nada de eso.

—El tiempo viene del norte —dijo al fin, mirando al techo con fingida indiferencia—. Va a cerrar el paso en las Sisargas antes de que acabe la marea.

—Ya lo sé —respondió Roi.

—Pues eso. Cuidado con el tiro de la chimenea, que te revoca humo.

Cerró la puerta.

Y el silencio volvió a asentarse en la taberna, denso como una salsa que ha reducido demasiado tiempo a fuego sordo.

◇

Roi metió los dedos en el bolsillo del delantal manchado de hollín y sacó el trozo de papel doblado en cuatro que la noche anterior había recogido bajo el plato hondo de la mesa seis. Estaba arrugado, con los bordes reblandecidos por la grasa vieja de la loza.

Lo desdobló despacio sobre la mesa, alisándolo con la yema del pulgar.

La letra de su abuelo Manuel no era hermosa. Era una caligrafía picuda, trazada con tinta azul desvaída en el reverso de una factura de harina de maíz de mil novecientos ochenta y dos. Unas líneas escritas con la torpeza de una mano habituada al cabo de cáñamo y al mango del hacha:

A raya pide lume manso e compaña de quen non fuxa. Y debajo, más pequeño, añadido otro día con otra tinta: Non lle teñas medo ao sal que falta. Tenllo á présa.

Lidia no intentó quitárselo. Solo observó el trozo de papel gastado entre las manos de Roi.

—Él sabía lo que hacía —dijo ella, con una voz que había perdido el filo periodístico, teñida ahora de una aspereza extrañamente cercana—. Cuando vine hace seis años a hacer el reportaje de los naufragios, tú estabas embarcado en Gran Sol y nadie te lo contó. Me senté en esa misma banqueta. Tu abuelo me sirvió un caldo verde que sabía a huerta helada y a humo de roble. No me preguntó de qué periódico venía. No le importaba un carajo mi firma en Madrid. Me miró las manos, vio que me temblaban del frío de la lancha y me puso el tazón delante con un cacho de broa recién cortado. Come, miña dona, me dijo. Depois xa contarás as túas mentiras.

Roi tragó saliva. La nuez de su garganta subió y bajó, dura.

—Era terco como una mula.

—Tenía razón. Que no es lo mismo.

Lidia metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y extrajo un sobre alargado de papel manila, cerrado sin lacrar, con el membrete impreso en relieve negro de la editorial en una esquina. El papel crujió con un chasquido limpio cuando lo colocó sobre la mesa, justo al lado del papelito arrugado del abuelo.

Allí dentro estaba el texto. Las dos páginas que saldrían el domingo siguiente en la separata nacional. La condena a seguir siendo una taberna invisible devorada por los intereses de demora de la caja de ahorros, o la salvación empaquetada en una reseña que llenaría el comedor de forasteros con dinero buscando la autenticidad que ellos mismos destruían al llegar.

Roi no miró el sobre.

Se quedó mirando la ventana, donde la luz del mediodía atlántico lavaba los tejados de pizarra del puerto con un tono gris ceniza, plano, sin sombras.

—Mi abuelo decía que hay cosas que se rompen en cuanto intentas arreglarlas con palabras finas —murmuró Roi, casi para sí mismo. Recordó una frase que había escuchado mil veces entre estas cuatro paredes, una letanía que sonaba a madera vieja y a marea muerta: volver no consiste en desandar los pasos, sino en aprender a sentarse a la mesa sin miedo al silencio.

Lidia empujó el sobre dos centímetros hacia adelante. El papel manila rozó el cerco húmedo que la taza de café había dejado sobre el pino.

—Léelo —dijo ella en un susurro—. Si cambio una sola coma para complacerte, la reseña no servirá de nada. Si la dejo como está, vendrán. Vendrán todos, Roi. Pero vendrán a buscar lo que tú cocinas, no lo que ellos quieren que cocines.

Hambre.

No de comida. Hambre de que algo fuera sencillo una sola vez en la vida.

Roi se levantó despacio. Sus rodillas crujieron, un estallido sordo en la quietud de la sala. Caminó hacia la barra, rodeó el mostrador de zinc y abrió el primer cajón de madera bajo la cafetera, donde se guardaban los cubiertos que nunca salían al comedor.

Buscó al fondo, entre las tijeras de descabezar pescado y las llaves de paso oxidadas. Sus dedos encontraron la madera lisa, pulida por décadas de grasa, agua y caricias de pulgar.

Regresó a la mesa seis.

No tocó el sobre de la revista. Ni siquiera bajó la vista hacia el membrete.

Con un movimiento pausado, depositó sobre el papel manila la cuchara de boj que su abuelo había tallado a navaja en los inviernos de la posguerra, con la pala combada y el mango oscurecido por el calor de mil ollas. La madera quedó allí, haciendo de pisapapeles sobre el futuro de la taberna.

Roi se cruzó de brazos y esperó.

Fin del Episodio 4 · de 4

La medida justa

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