La posada que te dejó entrar·Episodio 03

El agua sorda del pozo ciego

~6 min · 1155 palabras

Clara no responde de inmediato. Mira los dedos de Gael, que conservan en la yema del pulgar una mancha renegrida de tinta seca, como si hubiera estado copiando libros de cuentas hasta cinco minutos antes de bajar al camino.

—Baltasar nunca tuvo prisa para nada —dice ella, pasando la mano por la superficie de la mesa de nogal—. Ni para cobrar, ni para casarse, ni para morirse. Por eso estamos como estamos.

El polvo de cal desprendido de las molduras cubre la madera encerada con una película blancuzca y áspera al tacto. Gael desdobla el pliego que guarda en la cartera de cuero. El papel cruje con desgana, fatigado de dobleces viejos, y deja al descubierto una caligrafía menuda y temblorosa que parece retroceder ante el propio margen. No hay fórmulas notariales ni sellos de juzgado; solo tres líneas escritas con tinta parda de agallas y un renglón tachado con tanta saña que el plumín casi ha perforado la fibra.

—«A la niña Clara» —lee Gael en voz baja—. Y luego: «No dejes que vendan el cobre de las calderas. El cobre recuerda la lumbre antes de que entre el invierno». Nada más.

—Vaya una herencia.

—Dejó también el cazo de estaño —apunta él, señalando con la barbilla hacia el vasar—. Y la deuda con el fielato.

Afuera, el silencio que ha dejado la rabieta de Anselmo dura exactamente lo que tarda una cerilla en consumirse entre los dedos. Un golpe seco, bronco y pesado retumba contra la fábrica de sillería del muro norte. No es el pomo de su bastón; es hierro contra piedra.

Un chasquido metálico y sordo de latón desgastado repica de inmediato contra la chapa del portón, como si el apoderado se cerciorase de que la tranca sigue mordiendo por dentro antes de desatar la piqueta.

—Ha traído a alguien de la cantera —murmura Clara.

—O ha encontrado una barra en el cobertizo de las mulas —replica Gael, sin levantar la vista del pliego—. Anselmo no gasta en jornales si puede reventarse los riñones él solo por puro rencor.

La luz ambarina y turbia que logra filtrarse por las cortinas de hilo crudo, carcomidas por cuarenta inviernos de humo de brasero y picadura de tabaco negro, tiñe el suelo de un tono ceniciento. En mitad de esa penumbra suspendida, el vano de la despensa tapiada con tablones de castaño exhala una corriente templada. Es un vaho terco y tibio: grasa de manteca derretida a fuego manso, corteza tostada y ese fondo picante de canela en rama que se queda pegado a las sartenes de cobre.

Clara da un paso hacia el fogón apagado. Bajo sus botas, el suelo suena distinto.

Un chasquido hueco.

Bajo las losas cuadradas de granito gris, el pozo ciego de la cocina —esa boca muda que su abuela Gregoria mandó cegar con cal viva cuando la fiebre del 78— respira con un rumor sordo. No es un murmullo lejano de corriente subterránea. Es un goteo regular, pesado, que golpea el fondo con la cadencia de un péndulo de plomo.

Gota. Gota. Gota.

Una línea renegrida empieza a dibujarse entre dos baldosas maestras, justo donde el mortero de cal blanca cede. El agua no mana limpia; sube densa, empujando una costra de moho fósil que abre la llaga del suelo con un silbido breve y fangoso.

—Gael.

—Lo oigo.

Otro golpe de piqueta sacude el lienzo exterior. El impacto viaja por la mampostería hasta el envigado del techo y arranca una lluvia diminuta de yeso seco que cae sobre los hombros de Clara. La casa entera da un respingo rígido —como los bueyes viejos cuando sienten el aguijón antes de doblar la cerviz bajo el yugo— y la viga de roble que cruza la techumbre suelta una hebra de serrín sobre el papel de Baltasar.

—Está cascando el contrafuerte —dice ella, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo—. Si abre brecha ahí, la techumbre se nos viene encima.

—No se viene tan fácil —responde Gael, aunque sus ojos se clavan en el nudillo central de la madera, donde una veta oscura parece retorcerse—. Baltasar decía que cuando una viga centenaria se quiebra, no avisa con crujidos teatrales; simplemente deja de sostenerte el aire sobre la cabeza.

Silencio.

El agua negra avanza dos pulgadas más y lame la pata torneada de la mesa.

—Tráeme la cuña de hierro del petate —pide Gael con voz plana, despojándose por fin de la chaqueta de pana—. Y no pises la junta blanda.

—No pienso quedarme aquí a esperar que Anselmo tire el tabique con nosotros dentro.

—¿Tienes tabaco?

Clara lo mira como si le hablara en un dialecto extinguido.

—¿Que si tengo qué?

—Tabaco. De pipa, de hebra, me da igual. En los bolsillos de Baltasar siempre quedaba una brizna.

—Gael, se nos está hundiendo el suelo.

—Por eso mismo. La madera asustada no se arregla con prisas, Clara. Se arregla apuntalando donde duele.

Un estruendo metálico corta la discusión. En lo alto del portón, el postigo enrejado cede bajo un empujón brutal desde el exterior y la ventanilla de hierro cae hacia dentro con un golpe seco de gozne oxidado. El aire helado de la calle entra de golpe y dispersa en un segundo el olor a manteca y harina tostada.

Por la abertura no asoma el rostro de Anselmo, sino su mano enguantada en piel de cerdo, manchada de tizne y polvo de mortero. Con un ademán violento arroja al zaguán un pliego doblado en cuatro, lacrado con el membrete oficial del consistorio de Vallehondo, que resbala por las losas húmedas hasta detenerse junto al borde de la grieta negra.

—¡Notificación de ruina inminente, Mendoza! —ruge la voz de Anselmo desde la calle, agrietada por el esfuerzo y el frío—. ¡El aparejador firma el acta! O tiráis vosotros el ala norte antes del alba por peligro para la vía pública, o a las seis entra la guardia a desalojar y precintar las puertas. ¡Firmas la cesión de la finca ahora mismo por la reja, o te quedas sin posada y con las costas del derribo a tus espaldas!

El postigo queda oscilando sobre su gozne maltrecho.

Clara se agacha junto al papel y no llega a tocarlo. El agua que mana de la losa ya ha empapado la esquina inferior y ha emborronado el sello municipal de tinta encarnada hasta convertirlo en una mancha violácea. Arriba, la viga maestra cruje con un chasquido sordo, una sola vez, y cede medio dedo hacia el abismo de la cocina.

Gael apoya las dos manos abiertas contra la madera combada, con los codos bloqueados y la mandíbula apretada, aguantando el peso de los pisos altos sobre sus propios hombros.

—Tú decides, Clara —dice él, sin mirarla, con la voz ahogada por la fuerza—. O le pasas la pluma por el postigo, o te vienes aquí y me ayudas a sujetar este madero antes de que se nos caiga el tejado encima.

Fin del Episodio 3 · de 4

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