La posada que te dejó entrar·Episodio 02

Harina tostada y serrín de nogal

~7 min · 1409 palabras

Al otro lado de la hoja de roble, la contera de latón del bastón de Anselmo Pernía percute tres veces contra el hierro con la insistencia de un martillo de cobrador. Es un sonido sordo, seco, que rebota en el zaguán y muere contra las vigas oscuras.

—¡Abran, Mendoza! —brama la voz del apoderado, amortiguada por las cinco pulgadas de madera fósil—. ¡Un cerrojo atrancado no deroga una orden notarial! ¡Tengo las diligencias en el bolsillo y la ley no duerme a la intemperie!

Ni Clara ni Gael se mueven.

La penumbra del vestíbulo no es negra del todo; tiene ese tono pardo de los desvanes cerrados en agosto, filtrada con pereza a través de unas cortinas de hilo crudo que el humo fósil de antiguos braseros de picón y las pipas de tabaco negro tiñeron para siempre de ámbar turbio. En la pared, las molduras de yeso se desgranan despacio. Una arenilla finísima de cal blanca cae sobre el tablero de una mesa de nogal —lustrosa todavía, como si alguien la hubiera frotado ayer mismo con cera virgen de abeja— con un susurro que apenas compite con la respiración entrecortada de Clara.

Gael baja la mano que aún sostenía cerca del aldabón. Lleva la rodilla doblada y una bota de cuero reseco a medio atar, cuya lengüeta asoma como una oreja rota.

—Grita bien —dice él, sin mirarla aún—. En la vega se le oye hasta el molino viejo.

—Tiene los pagarés, Gael.

—Tiene papel sellado. El papel se moja con la niebla y arde deprisa si hace frío. La casa no.

Se agacha con calma exasperante. Apoya la rodilla en las losas heladas y se anuda el cordón de cáñamo con dos vueltas lentas, mordiendo un cabo con los dientes antes de tirar. Clara observa la curva de sus omóplatos bajo la pelliza de cordero, ancha y gastada en los codos. Siete años caben en ese gesto vulgar de atarse una bota: la misma lentitud exasperante de quien mide los días no por las campanas de la iglesia de San Bartolomé, sino por lo que tarda una tabla de pino en soltar la resina.

—Sigues llevando la suela suelta —murmura ella.

—Y tú sigues mirando los zapatos de la gente antes de darle las buenas tardes, Mendoza.

Clara no responde. Pasa la yema del índice por la mesa de nogal; el polvo blanco de cal se le pega a las estrías de la piel como salitre. El aire adentro es denso y frío, cargado de un eco cavernoso: abajo, en las entrañas de la fábrica de piedra, el pozo ciego deja caer una gota cada diez segundos sobre el agua estancada. Ploc. Un compás hueco, medido desde el fondo de los siglos.

Sin embargo, bajo esa capa mineral y yerma, algo se mueve.

Viene del corredor del fondo, donde la cocina abre su boca umbría hacia la despensa de madera de castaño. Clara alza la cabeza. La despensa lleva tres inviernos tapiada con dos barras de hierro y un candado de herradura del que su tío Baltasar perdió la llave antes de morir en el hospital de Medina. Nadie ha entrado allí. No hay leña en los fogones, ni grasa en las sartenes colgadas de las escarpias.

Y, sin embargo, el aire huele.

Es una vaharada tibia, densa, que se desliza a ras de suelo como un perro ciego: manteca de cerdo derretida al amor de la lumbre, harina tostada al punto de corteza y ese fondo punzante de canela vieja que las abuelas guardaban en botes de lata entre las sábanas de lino.

—¿Hueles eso? —pregunta Clara, dando un paso involuntario hacia la arcada.

—La casa recuerda —dice Gael, poniéndose en pie con un chasquido de huesos en las rodillas—. O tiene hambre.

—No digas tonterías. Baltasar no dejó ni una hogaza. Cuando me fui, hace siete noviembres, aquí no quedaba más que ceniza fría y ratones.

—El rencor se parece a la masa madre: si no se le añade agua limpia a tiempo, termina devorándose su propia acidez.

Gael pasa a su lado rozándole el hombro con la aspereza del cuero curtido. No la esquiva, pero tampoco busca su mirada; camina como si recorriera un sendero de cabras que conoce de memoria con los ojos vendados. Lleva colgado del hombro un petate de lona encerada donde las gubias, los formones y las escofinas entrechocan con un tintineo apagado, como huesos de carnero en un saco.

Clara lo sigue. Sus zapatos de suela de badana —los mismos que compró en la tienda de ultramarinos de la plaza de Valladolid pensando que jamás volverían a pisar barro de cuenca— resbalan levemente en el pasillo. La cal de las paredes parece sudar.

—Anselmo no se marchará —dice ella a su espalda, sintiendo la necesidad de llenar el silencio antes de que el olor dulce del horno la maree—. Esperará a que bajen los alguaciles con el carruaje de las cuatro. Si para entonces no hemos firmado la renuncia y entregado las llaves del molino de aceite, romperá el marco.

Gael se detiene en el umbral de la cocina. Suelta una risita breve, que suena a madera que se raja.

—Que traiga dos mulas y una maroma de cáñamo triple si quiere mover una sola piedra de este dintel. Tu abuelo no escatimó en cal viva para el mortero.

—No conoces a Pernía. Es capaz de—

Se calla. La cocina se despliega ante ellos en una penumbra dorada y espesa. La luz de la tarde agoniza en los cristales emplomados de la ventana que da al patio de caballerizas, pero el foco del calor no es la luz exterior. Proviene de la boca de la gran chimenea de campana y del horno de bóveda contiguo, cuyas compuertas de hierro colado permanecen cerradas, frías a la vista, pero palpitantes de un aroma que parece engordar con cada segundo que pasa.

Sobre la artesa de amasar, una tabla de castaño de dos varas de largo, descansa una fina película de serrín fresco mezclada con virutas rizadas, transparentes como láminas de cebolla.

Gael no mira al horno. Camina directo hacia el rincón donde la madera de la alacena muestra los estragos de la carcoma: galerías abiertas en la fibra como mapas de ríos que ya nadie navega. Descarga el petate sobre el banco de nogal con un golpe seco.

—¿Qué buscas? —pregunta Clara, abrazándose los brazos para defenderse de una corriente helada que le sube por los tobillos.

—Busco lo que Baltasar me dio a guardar el día que te fuiste sin mirar atrás.

—A ti no te dio nada. Baltasar odiaba a los carpinteros.

—Odiaba a los que no sabían esperar a que la madera mermara sola —replica él, revolviendo entre las herramientas con manos anchas, de dedos manchados de savia y tinta de marcar—. Que para el caso viene a ser lo mismo.

Entre dos gubias de media caña envueltas en trapos aceitados y un mazo de encina carcomido en la testa, los dedos de Gael tropiezan con un bulto plano. No tiene prisa. Saca despacio una cartera de cuero atada con un cordel de cáñamo verdoso, desata el nudo ciego con la uña del pulgar y extrae un sobre de papel de estraza, amarillento y quebradizo en los pliegues, sellado con un lacre bermellón donde todavía se distingue la impronta de un dedal: el sello tosco que su abuela Gregoria usaba para las cartas que no debían leer los curas.

Clara da un paso. El olor a canela se vuelve casi sofocante en el centro de la cocina, dulce y terco, como si alguien acabara de retirar la pala con diez panes recién dorados.

—¿Qué es eso?

Gael no le entrega el sobre. Lo sostiene sobre la palma de la mano abierta, sintiendo su peso leve, mientras la mira por fin a los ojos con esa fijeza parda de los hombres que se pasan la vida esperando que seque la pintura.

—Baltasar no era ningún santo, Clara, pero tampoco era tonto de capirote. La posada no era suya para regalarla a los acreedores de Valladolid. La vieja dejó dicho que este suelo no se hereda por el apellido ni por la sangre que uno lleve en las venas.

Gael rompe el lacre con un chasquido que suena como una rama partida en el bosque.

—Solo se la queda quien sepa amasar el pan sin prisa. Y el señor apoderado de ahí fuera parece tener bastante más prisa que paciencia.

Fin del Episodio 2 · de 4

Harina tostada y serrín de nogal

Siguiente Episodio 3~6 minEl agua sorda del pozo ciego“Baltasar decía que cuando una viga centenaria se quiebra, no avisa con crujidos teatrales; simplemente deja de sostenerte el aire sobre la cabeza.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.