La posada que te dejó entrar·Episodio 01

El latón que no perdona

~12 min · 2331 palabras

La llave de hierro gira tres vueltas completas en el aire sin encajar en la nuez, produciendo un zumbido seco y estéril, como si dentro de la cerradura alguien se dedicara a apartar los dientes del mecanismo con una pinza de costura cada vez que el metal intenta morder.

Anselmo Pernía consulta su reloj de bolsillo por cuarta vez en cinco minutos. La tapa plateada chasquea contra su chaleco de paño con la insistencia de un escarabajo atrapado en una lata de manteca.

—Ni un céntimo, Clara —dice, sacudiendo la leontina como quien espanta un tábano del río—. Advierto que no pienso soltar ni un céntimo por un caserón que se atrinchera contra sus propios dueños antes de que hayamos puesto la firma en el papel timbrado.

Clara Mendoza no le responde. Tiene los dedos ateridos por el relente de las cinco y la falda de lana basta salpicada con el barro arcilloso del camino de postas. Sostiene el aro de forja con las dos manos, tanteando el borde biselado del latón gastado.

—No se atrinchera —dice ella con un hilo de voz—. Solo está fría.

—Las casas no tienen frío, carajo. Tienen vigas podridas o tienen termita, pero no tienen temperamento.

Gael Soria permanece un paso más atrás, apoyado el omóplato contra la jamba de sillería que dos siglos de lluvia han ido curvando con paciencia de buey. Lleva una pelliza de cordero que huele a monte quemado y a humedad vieja, y la bota izquierda desatada, con la lengüeta de cuero doblada sobre el tobillo como una oreja rota. En la mano sostiene una castaña asada de la que ya no sale vapor.

—Tiene el tiro cambiado —apunta Gael con esa voz suya que parece pasada por una piedra de afilar—. La madera hincha cuando la niebla sube de los cañaverales. Ha sido así desde que pusieron el dintel.

—Nadie ha solicitado el parte meteorológico de la peonada, Soria —replica Anselmo sin molestarse en girar el pescuezo almidonado.

Gael se encoge de hombros con una parsimonia que roza el desacato. Con la uña renegrida del pulgar levanta un jirón de cáscara quemada de la castaña y se lo guarda con cuidado en el bolsillo del chaleco, junto a un cabo de cuerda de esparto que no sirve para nada.

—Solo decía. Por si a don Anselmo le da por romperse las muñecas antes de que abran el mesón.

Silencio.

El aire del atardecer trae desde el fondo del zaguán, filtrándose por las rendijas del portón, un rastro tibio que Clara reconocería con los ojos vendados en mitad de una plaza en fiestas: olor a manteca tibia, a harina tostada sobre chapa de hierro y a una canela tan vieja que parecía haber dormido en el fondo de las alacenas de castaño antes de que se inventara el ferrocarril. Era la memoria doméstica del pan cocido a deshora, persistiendo en el polvo mucho después de que los hornos se vinieran abajo.

—Prueba la otra —ordena el apoderado, marcando el compás con el tacón de cabritilla sobre las losas resbaladizas del atrio—. La redonda. La que tiene la paleta dentada como una cresta de gallo.

—Esa es la del desván de los granos —dice Clara, sin mirarlo—. Esa no entraría aquí ni aunque la limaras con arena.

—Pues haz que entre algo. El sol se está cayendo detrás de las lomas y el tiro de las mulas cobra por leguas y por horas perdidas, no por caridad cristiana.

Clara introduce de nuevo la pieza grande en la hendidura. Empuja con el hombro derecho, buscando ese punto ciego donde el marco de roble solía ceder dos milímetros si se le empujaba con cierto compás —o con una coz en el rodapié bajo, como aseguraba el tío Baltasar en aquellas cartas manchadas de humedad que nunca recibieron respuesta de la corte—. El latón gastado choca contra la chapa de hierro con un golpe sordo, áspero, que retumba al otro lado de la hoja como si alguien soltara una cadena dentro de un pozo seco.

Nada.

—¿Le sobra una hebra de picadura, don Anselmo? —suelta Gael de pronto, contemplando las ramas desnudas de los perales.

El hombre de la leontina parpadea, herido en su pulcritud de escribano.

—No fumo con extraños.

—Una lástima. Se me están quedando los dedos como estacas y el aire huele a orujo rancio.

Clara deja caer los brazos. El peso del manojo de hierro le vence la muñeca derecha, un lastre de casi una libra de metal inútil que su tío guardaba envuelto en una bayeta empapada en sebo de carnero. Se mira las palmas de las manos: están enrojecidas por el esfuerzo del giro en falso y manchadas con una arenilla de cal blanca que se desprende de las molduras del alero con cada golpe de viento. Un polvo fino, mineral, que se pega a las líneas de la piel y borra el dibujo de los dedos.

—Hay casas que no se cierran para impedir que entren los extraños, sino para obligar a los cobardes a mirarse las manos —dice Clara en voz baja, soltando las palabras contra el maderamen como si leyera una inscripción borrosa en una lápida de familia.

Anselmo resopla, acomodándose la bufanda de vicuña sobre la garganta.

—Guárdese los proverbios de sacristía para el juzgado de paz, doña Clara. Si antes de que den las seis no tengo el inventario de bienes muebles cotejado sobre la mesa de nogal del comedor, ordeno al cochero dar la vuelta y que las deudas de su señor tío las cobre el recaudador de la provincia con la guardia a caballo. A ver cuánta poesía le encuentran ustedes a las bayonetas.

A Clara le viene de golpe el inventario de las pérdidas que su tío anotaba con tinta de agallas en el margen de las escrituras: cinco fanegas de centeno comidas por el tizón en el cincuenta y cuatro; tres mulas bermejas entregadas a los proveedores de la facción sin más recibo que un vale de papel de estraza; dos arcones de ropa blanca cuyas bisagras reventaron los mozos de leva; y aquel candelabro de azófar que su madre juró haber reconocido en la repisa de una comadrona de Lerma. Las familias no se hunden como los barcos en los romances, con banderas y fanfarrias; se van desmoronando grano a grano, como un montón de trigo que los ratones visitan de noche sin hacer ruido.

—El reloj corre —insiste Anselmo, guardando la pieza con un chasquido tajante de la uña.

—Corre para el que tiene prisa —dice Gael.

No se han mirado desde las tres de la tarde. Desde que Clara bajó del pescante de la diligencia en la venta del cruce y lo vio allí parado, con la mula del molino sujeta por una soga de cerda y una manta parda sobre el lomo del animal, sus pupilas han esquivado el encuentro con la minuciosidad de dos esgrimistas ciegos. Siete años de ausencia pesan exactamente lo mismo que una viga de lagar sobre el lomo. Cuando ella subió al coche camino de los conventos de Valladolid, con un hatillo de sarga y una medalla de latón cosida al forro de la enagua, Gael estaba herrando una caballería en el cobertizo abierto. No levantó los ojos del casco de la bestia ni apartó la cuchilla de despalmar. Y ella no volvió el cuello para mirar el polvo del camino.

Ahora están a vara y media de distancia, con un apoderado calvo interponiéndose entre ambos como un hito de término municipal.

A través de los cristales ahumados del montante superior, la escasa claridad del crepúsculo baja densa, ambarina y turbia, tamizada por unas cortinas de hilo crudo que el humo antiguo del brasero y el tabaco de pipa de tres generaciones de viejos han ido amarilleando hasta dejarlas con el tacto quebradizo del papel de estraza. Y desde las profundidades del zaguán, venciendo el crujido de las tablas viejas, sube el chapoteo rítmico, hueco y pesado del agua del pozo ciego: una gota cada cuatro segundos, filtrándose entre las losas frías de la cocina como el pulso de un enfermo que no acaba de morirse.

—Quita de ahí —dice Anselmo, apartando a Clara con la manga tiesa de su sobretodo—. Déjame la llave a mí. Todo en este pueblo se hace con exceso de contemplaciones o a garrotazos.

Encaja la pieza. Aprieta con las dos manos enguantadas. Las aletas de su nariz se dilatan y el cuello se le enrojece por encima de la tirilla de lino.

El hierro no cede una cuarta de pulgada.

—Maldita sea la cerrajería de esta provincia.

—El cerrajero era de Reinosa, señor don Anselmo —dice Gael, sin despegar la espalda de la sillería—. Y cobraba por arroba de hierro forjado, no por hacerle favores a los señoritos de la capital.

—¡Cállate de una vez, animal de bellota!

Anselmo sacude el llamador con una furia inútil que solo consigue espantar a los gorriones cobijados bajo la cornisa de cal. La hoja de roble ni siquiera tiembla: es un tablazón de cinco pulgadas de grosor, curado con salmuera y cosido con clavos de forja que parecen cabezas de clavo de ataúd. Tiene la terquedad sorda de las cosas que se construyeron para durar más que los hombres que las pagaron.

Clara da un paso atrás sobre el barro endurecido.

—No va a abrirse hoy —murmura, y nota en la garganta la misma sequedad que le dejaba el polvo de las tizas en el colegio de huérfanas—. Vuelva mañana con un herrero y un formón, don Anselmo. Hoy dormiremos en el ventorro de la cuesta.

—Yo no duermo sobre jergones de paja podrida por el capricho de una cerradura herrumbrosa —masculla Pernía, tanteando el marco con el puño de plata de su bastón—. Si este portón no gira, tiro abajo el postigo del corral.

—El postigo tiene cuatro trancas de encina pasadas por dentro con pasador de corredera —dice Gael, despegándose por fin de la piedra con una lentitud que parece calculada para romperle los nervios al escribano—. Tendría que traer dos parejas de bueyes y una maroma de las del barco de paso.

—¿Me estás amenazando, mozo?

Gael no le responde. Deja caer al suelo los restos de la castaña que sostenía en los dedos, la aplasta con el tacón de la bota desatada con un chasquido limpio y avanza hacia la entrada.

Al cruzar por delante de Clara, el paño basto de su pelliza roza el hombro de ella. Huele a sudor de bestia, a ceniza de roble y a ese jabón de sosa que las mujeres del río hacían cuajar con manteca rancia en calderos de cobre. No la mira a la cara. Clara tampoco sube los ojos más allá de la cicatriz blanca que le parte a Gael el nacimiento del pulgar, una hendidura vieja que ella recordaba rosada y fresca la tarde en que él intentó abrir una colmena con una podadera mellada.

—Hágase a un lado, don Anselmo —dice Gael, con la voz plana de quien pide paso en una era.

—Mire usted que yo tengo la representación jurídica de—

Gael no forcejea. Mete el hombro entre el pecho del apoderado y la jamba de piedra, desplazando al hombre medio palmo hacia el barrizal con la misma naturalidad con que se aparta a una oveja modorra en la manga de ordeño. Anselmo tropieza en el borde del peldaño, trastabilla con el bastón y tiene que apoyarse en la pared para no dar con los fondillos en el suelo.

Silencio.

Gael no toca la llave de hierro que todavía asoma, inclinada y torpe, en el ojo de la cerradura.

Alza la mano derecha. Tiene los nudillos anchos, endurecidos por la azada y cubiertos por esa costra de piel agrietada que deja el frío de la sierra cuando no se usan guantes de cuero. Solo roza el pomo de latón con los huesos desnudos de la mano, apenas una presión lateral, como quien tantea el temple de una hoja de guadaña antes de meterla al corte.

El cerrojo salta.

Es un chasquido sordo, profundo, metálico, como si dentro de la caja de hierro una palanca sumergida en aceite hubiera encontrado al fin su asiento tras medio siglo de buscarlo a ciegas. La hoja de tres quintales se desclava del marco con un crujido de goznes que suena a hueso recolocado.

—¡Ya era hora, joder! —grita Anselmo, recomponiéndose la pechera y dando una zancada hacia el umbral—. Ya decía yo que esa cerradura solo requería un poco de pulso firme y conocimiento del mecanismo.

Gael empuja el batiente con el antebrazo. Clara, empujada por la costumbre o por el miedo a quedarse a la intemperie con los gritos del apoderado, cruza el escalón de granito justo detrás de él.

Pisa la primera losa.

El portón de roble estalla a sus espaldas con la violencia seca de un tiro de posta.

El golpe es tan brutal que una lluvia de cal blanca se desprende del techo abovedado, cubriendo los hombros oscuros de Clara con un polvo fino que huele a yeso muerto. Al otro lado de la madera queda el alarido amortiguado de Anselmo Pernía, sus imprecaciones sobre los escribanos del partido y el tamborileo ridículo de su bastón de plata golpeando contra los tablones cerrados.

A oscuras.

En el zaguán no queda más luz que el hilo verdoso que baja del montante cubierto de telarañas. El aire huele a despensa cerrada, a canela vieja y a manteca enfriada sobre madera de castaño. Y en mitad de la penumbra, a menos de cuatro cuartas de su cara, se escucha la respiración ancha de Gael Soria, que no se ha movido de la puerta.

Clara Mendoza aprieta los dedos dentro de los bolsillos de la falda, traga saliva con un chasquido seco y, por primera vez en siete años enteros, levanta la barbilla para buscar en la sombra los ojos del hombre al que jamás fue capaz de mirar antes de subir a la diligencia.

Fin del Episodio 1 · de 4

El latón que no perdona

Siguiente Episodio 2~7 minHarina tostada y serrín de nogal“—El rencor se parece a la masa madre: si no se le añade agua limpia a tiempo, termina devorándose su propia acidez.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.