La medida justa de la cera
~7 min · 1342 palabras
Clara no busca la pluma. Pasa de largo ante el pliego municipal que flota a medias sobre el lodo oscuro del suelo, manchándose los bordes de la falda con el agua gélida que sigue brotando del pozo ciego. Se acerca a la viga. Apoya el hombro derecho contra la testa astillada de la madera, justo debajo de las manos de Gael, y empuja hacia arriba.
El peso es descomunal. Huele a humedad vieja y a corteza fermentada, como si estuvieran sosteniendo el esqueleto de un barco encallado en tierra seca.
—Mete la cuña —le dice ella con la mandíbula apretada—. La de hierro, la que estaba junto al fuelle.
Gael se desliza medio palmo, tantea a ciegas con la bota entre los cascotes y arrastra el taco de forja hasta el pie del puntal. Lo encaja de un golpe seco con el talón. La madera gime, un crujido sordo que sube por la piedra caliza del muro norte, pero el techo deja de descender. La grieta se detiene a tres dedos del vano.
Afuera, el bastón de Anselmo golpea la chapa del portón una vez más, desganado, como si el propio hierro de la calle se estuviera cansando de reclamar.
—¡Tienen hasta que cante el gallo de San Bartolomé! —grita la voz ronca desde la acera—. ¡Después entrarán los peones con la orden del juez, Mendoza!
Silencio.
Luego, el roce de unos pasos apresurados que se pierden calle abajo, chapoteando sobre los adoquines húmedos de Vallehondo.
—Se le van a helar las espuelas —murmura Gael.
Se limpia el sudor de la frente con el dorso de la muñeca. Tiene los nudillos despellejados y una mancha de hollín que le cruza la mejilla izquierda de parte a parte.
—Tiene reuma en la rodilla izquierda desde el invierno del setenta y cuatro —dice Clara, soltando el aire despacio mientras se sacude las palmas—. No aguantará de pie ahí fuera más de media hora.
La lumbre del anafe improvisado apenas levanta dos palmos de llama azulosa, alimentada con recortes de tea y piñas secas que guardaban en el rincón del zaguán. En un cazo de estaño con el fondo abollado, Clara pone a fundir un bloque de cera virgen de abeja que rescataron del aparador. La cera hierve con lentitud, soltando un vapor denso y dulce que de inmediato entra en disputa con el olor a fango del pozo y con ese rumor tibio a manteca, harina tostada y canela añeja que todavía mana, inexplicable, desde las rendijas de la despensa clausurada.
El goteo en las losas de la cocina se vuelve regular, un compás hueco que mide la noche como un reloj desquiciado.
—Hay que taponar la juntura del vano maestro —dice Gael, sosteniendo una badila de hierro—. Si la niebla entra por esa hendidura antes de que cuaje el mortero, la viga hinchará por dentro y abrirá la pared como una nuez.
Clara coge el cazo por el mango de madera chamuscada. Se acerca al marco de roble que separa la cocina del zaguán, alzando un candil de sebo con la otra mano. La luz ambarina y turbia, tamizada por cortinas de hilo crudo carcomidas por el humo antiguo de brasero y tabaco de pipa, arroja sombras que se estiran contra la cal como figuras que buscaran escapar del yeso.
Al acercar la llama para buscar la grieta en el lateral del quicio, la luz rasante descubre una serie de muescas menudas, cortadas a navaja sobre la madera viva.
Son trazos paralelos, acompañados de números torpes trazados con grafito duro.
Un metro con doce. Un metro con diecisiete. Un metro con veintitrés.
—Mira esto —dice ella.
Gael se acerca, arrastrando una banqueta de tres patas cuyo asiento tiene un círculo quemado por una plancha de carbón.
—El verano de las fiebres —recuerda él, pasando la yema del pulgar sobre la marca más baja—. Te empeñaste en que habías crecido cuatro dedos en quince días. Te subías a una teja para engañar a Baltasar.
—Nunca me subí a ninguna teja.
—A una teja curva. De las del alero del corral. Todavía tenía el musgo pegado.
Clara sonríe apenas, una comisura que apenas se levanta antes de volver a tensarse. Vierte un hilo espeso de cera líquida a lo largo de la hendidura del marco; el líquido dorado corre siseando sobre la madera sedienta, sellando los poros con un crujido mínimo, como de hojas secas que se aplastan bajo una rueda.
—El tío Baltasar decía que la cera de colmena cura la carcoma y la memoria —comenta Gael en voz baja—. Decía que sella lo que no debe abrirse hasta que haga falta.
—El tío Baltasar decía muchas tonterías cuando le dolía la gota.
—No tantas.
Gael mete la mano en el bolsillo de su chaleco y saca la cartera de cuero. Desliza sobre la mesa de nogal el sobre cerrado con lacre bermellón, cuya impronta circular aún conserva el dibujo tosco de un dedal de sastre. El tacto arenoso del polvo de cal blanca desprendida de las molduras cubre el barniz oscuro de la mesa, cubriendo el borde del papel como una llovizna seca.
—Ábrelo tú —dice él—. A mí no me corresponde romper ese sello.
Clara duda un instante. Sus dedos se detienen sobre el lacre reseco, que está frío como una moneda antigua guardada en el fondo de un pozo. No rompe el sobre. En lugar de eso, lo desliza suavemente hacia el centro de la mesa, apartando el polvo blanco con la manga.
—No hace falta abrirlo para saber qué pone —dice ella, mirando las marcas de lápiz en el marco—. Baltasar no dejó dinero porque nunca lo tuvo. Dejó deudas y este maderamen podrido para obligarnos a mirar de frente lo que dejamos atrás.
Gael baja la vista hacia sus propias botas cubiertas de barro seco.
—Te fuiste en la diligencia de las seis —dice él, sin reproche, como quien constata que el río baja turbio en noviembre—. No te despediste ni del sacristán.
—La diligencia salía a las seis y cuarto —dice ella—. Y si me quedaba, me moría.
La frase queda suspendida en el aire espeso de la cocina, flotando junto al aroma de canela y la cera que se endurece en el cazo.
Gael asiente despacio, una sola vez. No responde. Se levanta, coge un trapo viejo de arpillera y comienza a limpiar mecánicamente la cal que cubre el tablero de nogal, frotando en círculos lentos, devolviéndole a la madera un brillo tibio y aceitoso que llevaba años enterrado bajo el abandono.
Pasan las horas.
La noche en Vallehondo no transcurre: se posa. Es un sedimento que aplasta los tejados y empapa las rendijas, amortiguando los ruidos de la vega hasta que solo queda el eco sordo del agua en las losas subterráneas. Ninguno de los dos vuelve a hablar de Valladolid, ni de los siete inviernos vacíos, ni de los pagarés que Anselmo guarda en su maletín de cuero agrietado.
Hacia las cinco, el frío arrecia. Gael se sienta en el suelo contra el vano apuntalado, con las piernas estiradas y la cabeza apoyada en el marco recién sellado, roncando con una respiración pausada y entrecortada.
Clara no duerme. Permanece de pie junto a la ventana ciega, mirando cómo la oscuridad del zaguán va perdiendo su densidad de tinta, transformándose en una ceniza lechosa conforme la claridad del alba empieza a filtrarse por las grietas superiores.
De pronto, un aire tibio recorre el pasillo.
No hay golpe de viento ni sacudida. Con un chasquido sordo, el cerrojo principal cede bajo el peso de la traba que al fin se asienta en la madera encerada. Fuera no queda rastro de Anselmo, solo el camino real despejado y el frío limpio de la vega entrando por la rendija del portón entornado.
Clara miró el camino un rato largo. Luego se agachó junto a Gael y le apretó el hombro hasta que abrió los ojos.
—Levanta —le dijo—. Hay que encender el horno. Si la vieja quería pan sin prisa, va a tener pan sin prisa.
Fin del Episodio 4 · de 4
La medida justa de la cera
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