La pequeña librería de Jinbōchō·Episodio 02

Las cerezas de Kenji

~5 min · 914 palabras

A mediados de julio, el calor de Tokio ascendía desde los adoquines como un vapor denso que hacía cantar a las cigarras en los cerezos del parque Kanda. Kenji Watanabe caminaba despacio por la acera de Jinbōchō apoyando su bastón de bambú en cada junta del pavimento. Tenía ochenta años y había dedicado cuatro décadas de su vida a tallar bloques de madera de cerezo para estampas tradicionales ukiyo-e en un taller de Yanaka. Sin embargo, en los últimos meses, los nombres cotidianos se le escapaban entre los dedos como puñados de harina seca: olvidaba la línea del tranvía que debía tomar, el nombre de la estación donde bajaba y, lo más doloroso, los rasgos de la cara de su nieta Emi cuando era niña.

Buscaba una libreta de contabilidad antigua para anotar fechas antes de que se borraran del todo. El timbre de la librería Sato lo recibió con el mismo tañido limpio de campana de templo. Fumiko estaba sentada en un taburete bajo pelando una pera nashi con un cuchillo pequeño de hoja curva.

—Bienvenido, señor Watanabe —dijo la anciana, dejando la fruta sobre un plato de laca roja—. Hacía dos veranos que no se dejaba ver por este rincón. Siéntese en la butaca de mimbre, que el asfalto hoy quema las suelas.

Kenji se quitó el sombrero de paja con alivio y se dejó caer en el asiento gastado junto a la ventana. El ventilador de aspas de cobre giraba con un zumbido pausado que refrescaba la penumbra del local.

—Buenas tardes, Fumiko —respondió el anciano con voz ronca—. Mis ojos ya no sirven para tallar filigranas y mi cabeza se parece a una habitación donde alguien ha dejado las ventanas abiertas durante un tifón. Venía buscando un libro de cuentas con renglones anchos. Necesito escribir los nombres de mi familia antes de que la niebla de la vejez termine de tapar el camino.

Fumiko no se levantó de inmediato. Cortó una rebanada fina de la pera blanca, jugosa y fría, y se la ofreció en una servilleta de papel doblada en triángulo. Luego caminó hacia una estantería baja donde descansaban los libros de arte del periodo Taishō.

—Los nombres se rebelan cuando se les encierra en renglones de cuentas mercantiles, señor Watanabe —dijo con suavidad—. Mi difunto esposo decía que la memoria no es un archivador de oficina, sino un río que a veces se mete bajo tierra para regar las raíces que nadie ve.

De un estante sombrío extrajo un cuaderno delgado encuadernado al estilo japonés tradicional con cuatro agujeros e hilo de seda azul. No era un libro de cuentas: era un catálogo de bocetos botánicos de 1922 pintados a la acuarela por un grabador anónimo de Kioto, dedicado enteramente a las distintas variedades de cerezas silvestres de la región de Yoshino.

—¿Qué voy a hacer yo con cerezas pintadas, Fumiko? —preguntó Kenji, acariciando con dedos temblorosos el lomo de papel áspero—. Necesito fechas, años, direcciones de hospitales.

—Mire la página catorce, señor Watanabe —indicó la anciana mientras le servía un vaso de agua de pozo fresca con una rodaja de pepino—. La memoria de las manos es más obstinada que la de los nombres. Usted no recuerda el cumpleaños de Emi con cifras, pero sus dedos recuerdan la textura de las cerezas que le pelaba en el porche cuando ella tenía cinco años.

Kenji abrió el tomo por la página indicada. La ilustración mostraba dos cerezas diminutas unidas por un tallo verde pálido, dibujadas con un trazo tan limpio y tierno que el anciano sintió de golpe el olor a madera húmeda del porche de Yanaka en agosto de 2005. Recordó la risa de su nieta manchándose los dedos de jugo granate, el sonido de los trenes lejanos de la línea Yamanote y la promesa que le hizo aquella tarde de tallarle una peonza de madera.

Las lágrimas brotaron en los ojos cansados del grabador sin amargura, deslizándose lentamente por las arrugas de sus mejillas hasta humedecer el cuello de su camisa de lino.

—Sigue ahí —susurró Kenji, apoyando la palma de su mano diestra sobre el grabado—. No se había ido. Solo estaba esperando a que dejara de buscarla con prisa.

—Por supuesto que sigue ahí —asintió Fumiko con una sonrisa tibia—. Ahora acérquese al mostrador y anote en mi registro la frase que le corresponde.

El anciano observó cómo el sol de la tarde filtraba motas doradas a través de la celosía de madera. Durante años había creído que envejecer consistía en perder posesiones y fuerza, pero en el silencio de aquella librería comprendió que el verdadero arte de la madurez consistía en saber podar el ruido innecesario para dejar que florecieran únicamente los instantes de bondad genuina.

Kenji tomó el pincel con la firmeza del artesano que recupera su oficio por un instante, y con pulso sereno escribió: 'El amor no se borra cuando se apaga la memoria; simplemente se muda a los dedos que aprendieron a cuidar'. Dejó el cuaderno de cedro, apretó el libro de las cerezas contra el pecho como si fuera un tesoro rescatado del fondo del mar y salió a la tarde de Jinbōchō con pasos que ya no temían a la niebla.

Esa noche, al bajar la persiana, Fumiko sacó del fondo de un cajón un cuaderno de tapas negras lleno de mapas del cielo dibujados a mano, con el nombre del dueño tachado. Lo puso en el escaparate, de cara a la calle, y apagó la luz.

Fin del Episodio 2 · de 5

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