El té de cebada y el faro
~5 min · 968 palabras
La lluvia de junio caía sobre el asfalto de Jinbōchō con la constancia paciente de un telar antiguo. A las siete de la tarde, las aceras de la avenida Yasukuni se llenaban de paraguas transparentes de vinilo que se rozaban en silencio bajo las marquesinas empapadas. Keiko Takahashi llevaba tres semanas durmiendo a ráfagas de dos horas, despertándose con el zumbido de la pantalla de su tableta gráfica grabado a fuego en la retina. Trabajaba como directora de arte para una agencia de publicidad en Chiyoda, diseñando carteles para bebidas energéticas cuyos lemas prometían una vitalidad que ella misma había olvidado hacía años.
Buscando un atajo hacia la estación de metro para evitar el gentío apresurado, Keiko dobló por un callejón estrecho detrás del teatro Suzuran. Allí, aprisionada entre dos bloques de hormigón gris de diez plantas, sobrevivía una fachada baja de madera oscura de ciprés. Sobre el quicio colgaba un farolillo de papel de arroz ligeramente descolorido con dos caracteres pintados en tinta china: 'Librería Sato'. No había escaparates de cristal ni carteles de rebajas, únicamente tres cajas de madera de manzana en la entrada repletas de volúmenes de lomo cosido protegidos del agua por un toldo de lona encerada.
El timbre de latón sobre la puerta tintineó con un sonido seco y limpio cuando Keiko empujó la cancela corredera. El interior olía a papel envejecido por el sol, a polvo de arroz y al aroma tostado y reconfortante del té de cebada recién infusionado. Tras un mostrador bajo de roble, una mujer menuda de cabellos blancos recogidos con una horquilla de bambú pasaba un plumero de plumas de pato por los lomos dorados de una enciclopedia botánica.
—Buenas tardes —saludó la anciana, dejando el plumero sobre el fieltro verde sin apresurarse—. El suelo resbala un poco con los zapatos mojados. Pase usted y déjeme su paraguas en la tinaja de cerámica.
Keiko obedeció con una reverencia torpe, sintiendo de pronto el peso agobiante de su maletín de cuero y la rigidez de sus hombros entumecidos por catorce horas frente a monitores de alta definición. Las estanterías de la tienda trepaban hasta el techo bajo, arqueadas bajo el peso de millares de libros apilados en horizontal y vertical: tratados de agricultura del periodo Meiji, cuadernos de caligrafía china, guías ferroviarias descatalogadas y colecciones de ensayos encuadernados en tela cruda.
—Disculpe la intromisión —dijo Keiko, frotándose los ojos con la punta de los dedos—. Me pareció ver luz desde el callejón. Estaba buscando algo sencillo para leer antes de dormir. Llevo un mes sin conseguir conciliar el sueño y los somníferos del médico solo me dejan un sabor amargo en la boca.
La librera sonrió con una hilera de arrugas amables que le surcaron las sienes. Se llamaba Fumiko y llevaba más de cincuenta años detrás de aquel mostrador. Caminó con pasos lentos y silenciosos hacia una sección angosta cerca de la escalera de mano de madera, pasó la yema del índice por varios lomos de papel satinado y extrajo un tomo de tamaño de bolsillo forrado en tela azul índigo.
—En esta casa no cobramos en yenes, señorita —explicó Fumiko, extendiendo el volumen sobre la tabla de madera junto a una taza humeante de cerámica áspera—. El precio de cada libro es una frase verdadera que usted no se atreva a decirle a sus compañeros de trabajo, escrita en nuestro cuaderno de visitas.
Keiko miró la cubierta del libro: era un cuaderno de viajes de 1968 que recopilaba los faros de la costa norte de Hokkaido, con fotografías en blanco y negro de acantilados azotados por el viento y breves notas de bitácora escritas por un guardafaro retirado.
—¿Un manual de faros? —preguntó Keiko, extrañada, tomando la taza de té que la anciana le ofrecía con ambas manos.
—Un libro no es un sedante, señorita Keiko; es un faro apagado que solo alumbra cuando alguien decide encenderlo despacio. Los faros de Hokkaido soportan tormentas de nieve sin gritar y no compiten con nadie por brillar más fuerte que las estrellas. Beba su té con calma y piense en qué frase desea dejarme a cambio.
Keiko sostuvo la taza caliente contra las palmas entumecidas. El té de cebada sabía a grano tostado, a tierra limpia y a una infancia lejana en los campos de Saitama antes de mudarse a la capital. Tomó el pincel de bambú que Fumiko le tendió, abrió el cuaderno encuadernado en madera de cedro y escribió una sola línea: 'Tengo miedo de que mi juventud se termine sin que haya aprendido a mirar una nube durante diez minutos seguidos'.
La lluvia repiqueteaba con suavidad contra el alero de cedro sobre sus cabezas, un susurro continuo que parecía aislar el callejón entero del estrépito de los viaductos ferroviarios. Keiko contempló la penumbra ámbar de la estancia, el brillo gastado de los tablones pulidos por miles de pasos cansados, y comprendió que por primera vez en todo el año su pecho respiraba con holgura sin la opresión habitual de las fechas de entrega.
Fumiko sopló con cuidado la tinta húmeda para que no manchara la guarda, cerró el cuaderno con un nudo de cordel rojo y envolvió el libro de los faros en una hoja de papel de periódico antiguo atada con hilo de cáñamo. Cuando Keiko salió de nuevo a la lluvia de Jinbōchō, las luces de neón de la avenida Yasukuni ya no le parecieron tan hirientes. Guardó el paquetito contra el pecho y caminó hacia el metro con el primer bostezo verdadero en tres semanas.
Cuando la campanilla dejó de sonar, Fumiko subió al altillo y bajó un libro de tapas rosadas con cerezas grabadas en el lomo, que nadie había pedido en once años. Lo dejó junto a la tetera, como quien prepara una taza para alguien que todavía no ha llegado.
Fin del Episodio 1 · de 5
El té de cebada y el faro
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