El cuaderno del astrónomo
~5 min · 908 palabras
A finales de septiembre, cuando las primeras hojas de los ginkgos de la calle Yasukuni empezaban a tornarse de un amarillo pálido, Daiki Endō se refugió en Jinbōchō para escapar de las llamadas telefónicas de su madre. Tenía dieciocho años, vestía una sudadera gris con capucha y llevaba en la mochila el sobre blanco con el sello escarlata de la Universidad de Tokio confirmando lo que ya sabía desde las nueve de la mañana: había reprobado el examen de admisión por segundo año consecutivo. En su familia de médicos e ingenieros de Shinjuku, reprobar era considerado un defecto de carácter, una mancha vergonzosa que se lavaba únicamente encerrándose catorce horas diarias en una academia preparatoria de Kanda.
Llevaba cuatro horas dando vueltas sin rumbo entre las librerías especializadas en derecho y literatura francesa, con las manos metidas en los bolsillos y el peso asfixiante de la culpa taladrándole las sienes. Cuando empezó a lloviznar, divisó el farolillo de papel de la librería Sato. Empujó la cancela corredera buscando únicamente un rincón seco donde esperar a que cayera la noche para volver a casa sin tener que mirar a nadie a los ojos.
Fumiko estaba sentada detrás del mostrador envolviendo paquetes de postales antiguas con cordel de yute. Al ver entrar al muchacho empapado y con la mandíbula apretada, no hizo preguntas sobre títulos ni autores. Se levantó con calma, tomó un paño limpio de algodón blanco y se lo tendió por encima del mostrador.
—Séquese el pelo, joven —dijo con voz suave—. El otoño en este barrio no perdona a los que andan con la cabeza descubierta. Siéntese en el taburete del fondo mientras pongo a calentar un poco de agua.
Daiki tomó el paño con torpeza, avergonzado de haber sido descubierto en su desolación. Se sentó en un rincón apartado junto a una pila de atlas geográficos antiguos, con la mirada clavada en la puntera de sus zapatillas deportivas gastadas.
—No tengo dinero para comprar nada —murmuró el chico, con la voz entrecortada por un nudo de rabia que amenazaba con quebrarle el tono—. Solo entré para no mojarme. Ya me voy.
—Nadie se va de esta tienda con el pelo mojado —respondió Fumiko con serenidad mientras vertía agua hirviendo sobre hojas secas de té verde en una tetera de barro negro—. Y aquí el dinero nunca ha sido un requisito para tener un libro entre las manos. Si tiene hambre, en la alacena quedan dos galletas de arroz con sésamo.
Daiki tragó saliva. La gentileza desinteresada de la anciana derribó la muralla de orgullo que el muchacho había sostenido durante meses. Apoyó los codos sobre las rodillas, hundió la cara entre las manos y dejó escapar un sollozo seco que llenó el silencio del pequeño local.
—Reprobé el examen de ingreso otra vez —confesó, sintiendo que pronunciar las palabras en voz alta le arrancaba el aire de los pulmones—. Todos en mi clase entraron a facultades de prestigio. Yo soy el único idiota que no sirve ni para resolver una ecuación diferencial sin equivocarse de signo.
Fumiko escuchó sin interrumpir. Dejó la taza humeante sobre una mesita auxiliar de bambú junto a él y subió dos peldaños de la escalera de madera para alcanzar un estante superior cubierto por una cortinilla de tela. De allí extrajo un cuaderno de tapas de cartón marrón con esquinas reforzadas en tela negra: un cuaderno de trabajo de astronomía de 1954, repleto de cálculos a mano con tinta azul y correcciones tachadas en rojo.
—Mire estas páginas, muchacho —dijo la librera, abriendo el cuaderno sobre las rodillas del joven—. Perteneció a un investigador del observatorio de Mitaka que pasó tres años calculando la trayectoria de un cometa menor. Mire cuántos números están tachados con dos líneas rojas gruesas. Errar un cálculo en papel permite que el cohete aterrice sin herir a nadie.
Daiki recorrió con la yema del dedo las fórmulas astronómicas. Vio páginas enteras tachadas con anotaciones al margen como 'error de refracción' o 'empezar de nuevo desde la medianoche'. Había más tachaduras que aciertos, pero en la última página del cuaderno, fechada en noviembre de 1957, aparecía una elipse perfecta trazada a compás con la palabra 'Confirmado' escrita en tinta verde esmeralda.
—Él también se equivocó cientos de veces —murmuró Daiki, fascinado por la paciencia que respiraban aquellos trazos.
—Se equivocó durante tres inviernos seguidos, y gracias a eso el telescopio apuntó al lugar exacto —asintió Fumiko con dulzura—. Un examen suspendido no significa que su mente esté rota; solo significa que todavía no ha terminado de despejar su propia ecuación. Llévese este cuaderno. Le recordará que los números equivocados también forman parte del camino hacia las estrellas.
Daiki bebió el té verde, caliente y reconfortante. Se acercó al mostrador, tomó el pincel que la anciana le ofrecía y escribió con pulso tembloroso en el cuaderno de cedro: 'Hoy aprendí que no saber el resultado no me convierte en una persona inútil, sino en alguien que todavía está aprendiendo a buscar'. Salió a la calle Yasukuni con la cabeza alta, sintiendo por primera vez en dos años que el futuro no era una sentencia de muerte, sino una hoja en blanco esperando su siguiente trazo.
Al día siguiente, Fumiko buscó en la trastienda un libro bilingüe, japonés en una página y español en la otra, que llevaba años sin comprador. Le quitó el polvo con la manga y lo apartó. —Alguien va a necesitarlo antes del invierno —murmuró.
Fin del Episodio 3 · de 5
El cuaderno del astrónomo
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