El café de las persianas rotas
~5 min · 1006 palabras
Salí del caserón antes de las nueve con los talones postales doblados en cuatro dentro del bolsillo del tapado.
El barrio parecía sumergido en una pecera turbia. Las nubes bajas que subían de la Costanera Sur traían olor a limo podrido y a basura mojada por la marea. Bajé por el pasaje Giuffra esquivando las mesas de hierro que los anticuarios todavía no habían terminado de sacar a la vereda. En la esquina de Balcarce, un perro callejero escarbaba una bolsa de consorcio rota con una paciencia triste.
El taller mecánico de Osvaldo seguía en el mismo galpón de ladrillo a la vista que recordaba de chica. La chapa que decía «Inyección y Frenos · Repuestos Legítimos» colgaba torcida de un solo tornillo. Adentro, la fosa abierta despedía un tufo caliente a grasa de caja de cambios, aceite quemado y yerba mate recién cebada.
Osvaldo estaba apoyado contra el guardabarros de un Ford Falcon desarmado. Tenía setenta y seis años bien llevados, las manos ennegrecidas hasta los nudillos y esa mirada de perro viejo que ya no ladra porque sabe que a la gente no le importa lo que tenga para avisar. Llevaba una camiseta de frisa gris con manchas circulares de sudor bajo los brazos y una radio chica sintonizada en una emisora de noticias de La Plata.
—Vos sos la hija de Ernesto —dijo apenas me vio la cara en el portón, sin dejar de cebarse un mate en un jarro de lata enlozado.
—Valeria —le dije, estirándole la mano.
Me miró la palma limpia y no me la estrechó; solo asintió con la cabeza y me señaló un cajón de manzanas dado vuelta para que me sentara.
—Tenés los mismos ojos saltones de tu viejo cuando venía apurado a cambiar las pastillas de freno antes de cruzar el puente de Avellaneda. ¿Qué hacés por acá? Me dijeron que andabas viviendo en Europa.
—Volví ayer.
Saqué los talones amarillos de la casilla postal y la libreta de hule negro y los apoyé sobre el banco de trabajo, entre dos bujías llenas de carbón y una llave inglesa oxidada.
—Encontré esto bajo el piso de la casa.
Osvaldo se tomó su tiempo. Se pasó un trapo sucio por la comisura de la boca, agarró la libreta con dos dedos para no ensuciarla más de lo que ya estaba y pasó tres páginas sin decir palabra.
—Tu viejo era un tipo derecho que se metió en un baile que no era para él —dijo al rato, mirando la fosa—. La crisis del noventa y siete le comió los ahorros. Le debía tres cuotas de la licencia a unos prestamistas de Barracas que no mandaban cartas documento; mandaban tipos con linternas a seguirte el coche. El día que le reventaron el parabrisas en la parada de Parque Lezama, vino acá temblando como una hoja.
—Mamá me dijo que se subió al vapor y se borró para siempre.
Osvaldo soltó una risita seca, como de carraspera de fumador.
—¿Borrarse? Ernesto no sabía ni pedir un café sin pedir perdón primero. Se fue a Colonia, sí. Consiguió laburo en los galpones de reparaciones de la dársena, lavando gabarras y durmiendo en un catre de lona. Y todos los meses, del uno al cinco, cruzaba a la estafeta postal y mandaba un sobre cerrado con billetes doblados adentro. Dos billetes de cien dólares metidos entre papel carbónico para que no se trasluzcan.
El estómago se me cerró de golpe.
—¿A quién se los mandaba?
—A la casilla doce de la calle Perú. A nombre de Dora Giménez. Tu vieja iba a buscar el sobre todos los meses en el 29. Con esa plata pagó la hipoteca del caserón, te pagó a vos los cursos de escenografía en el San Martín y le puso el motor nuevo a la Singer para no tener que pedalear con la rodilla rota.
Me quedé mirando el piso de cemento, manchado de combustible iridiscente donde caían las gotas del cárter.
A veces no hace falta que nadie te mienta para vivir engañado; basta con que todos miren para otro lado al mismo tiempo.
—Ernesto mandó plata durante siete años —siguió Osvaldo, cebándose otro mate que tragó de un tirón—. Hasta que una noche de invierno del dos mil cinco le falló la bomba del corazón mientras bajaba una linga en el muelle. Lo enterraron en el cementerio de Colonia en una fosa común porque allá no tenía parientes anotados. Tu madre fue al entierro. Se tomó el buquebus de las siete y volvió en el de las seis de la tarde con el tapado negro. Yo la crucé en la parada del colectivo con el paraguas cerrado.
—Ella nunca me dijo nada —murmuré, con la voz tan baja que apenas tapó el zumbido de la radio.
—Y no te iba a decir, piba. Era más fácil ser la mártir del barrio que admitir que comían de la plata de un tipo que no tuvo los huevos de quedarse a pelearla.
Caminé hasta el bar de la esquina de Humberto Primo y me senté contra la ventana.
El salón olía a café torrado rancio, a aserrín mojado en el piso y a desodorante de pino. Pedí un cortado en jarrito que el mozo sirvió con una espuma espesa y quemada que no invitaba a tomarlo. Apoyó el vaso sobre la mesa de madera desnuda sin posavasos, dejando una marca redonda y húmeda que se fue ensanchando despacio como una mancha de tinta.
Miré a través de las persianas rotas hacia la plaza. Los puesteros del mercado de pulgas estaban tapando las mesas con toldos de plástico negro porque el cielo hacia el sur ya se había puesto del color del plomo derretido. La tormenta estaba a menos de una hora.
Pensé en mi madre sola en la cocina, enhebrando agujas bajo el agua caliente, guardando un secreto de veinte años para que nadie en la cuadra supiera que la dignidad se compra a pedazos con la plata de los cobardes.
Fin del Episodio 3 · de 4
El café de las persianas rotas
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