La penúltima marea de San Telmo·Episodio 02

La madera que no asienta

~5 min · 902 palabras

El segundo día amaneció con ese bochorno pegajoso que en Buenos Aires precede a las tormentas de fin de verano.

El cielo sobre los techos de chapa tenía el color grisáceo de la ceniza mojada y el aire no se movía. Dora se había levantado a las cinco y media para planchar dos piezas de lino que una clienta del pasaje Giuffra le había dejado el mes anterior. La plancha a vapor tiraba un bufido sibilante cada veinte segundos, llenando la habitación con ese olor inconfundible a almidón quemado y agua de la canilla hervida mil veces.

—Alcanzame la cinta métrica amarilla —me ordenó sin mirarme, con tres alfileres apretados entre los labios.

Le alcancé la cinta. Tenía los extremos metálicos gastados por el roce de tantas cinturas ajenas. Mi madre medía el ruedo con una precisión obsesiva, tirando del borde de la tela con las yemas de los dedos encallecidas. Tenía el esmalte de las uñas de un tono rosa pálido, descascarado en los bordes como la pintura de un zócalo abandonado.

—Doña Zulema quiere el vestido para el bautismo del nieto —dijo de pronto, con la voz ahogada por los alfileres—. Hay que dejarle tres centímetros de holgura en las sisas porque dice que en la iglesia le da calor.

Me quedé helada.

—Mamá, doña Zulema murió hace cinco años. Fuimos las dos al velorio en la calle Chacabuco, ¿te acordás?

Dora soltó la tela despacio. Se quitó los alfileres de la boca uno a uno y los clavó en el acerico de tomate que tenía atado a la muñeca con un elástico deshilachado. No parpadeó. Se acomodó el marco de los lentes con el dorso de la mano y miró la ventana que daba al patio interno, donde una bolsa de plástico celeste colgaba atrapada entre las ramas secas de la higuera.

—Qué sé yo —murmuró, como si hablara del pronóstico del tiempo—. A veces me confundo de cliente. Con tanta gente que entra y sale de este taller, una pierde la cuenta de los vivos.

Y siguió planchando como si nada hubiera pasado.

◇

A la tarde me puse a ordenar los moldes viejos apilados bajo la mesa de corte. Eran pliegos de papel madera quebradizo, atados con piolín de carnicería y rotulados con lápiz de carpintero: «Tapado invierno 94», «Pollera tubo Beba», «Vestido comunión Valeria».

Al mover la última pila, pisé una tabla de pinotea que cedió bajo mi peso con un quejido hondo. Esa madera siempre había crujido. Desde chica me acordaba de que mi padre evitaba pisarla cuando volvía de noche del turno del taxi para no despertar a nadie. Se sacaba los zapatos de cuero en el umbral y caminaba en medias con la recaudación guardada en un sobre manila doblado en el bolsillo del pantalón.

Me arrodillé con un cuchillo de untar desafilado y levanté el borde de la tabla. El hueco entre los tirantes olía a cal viva y serrín podrido.

Allí abajo, envuelta en un trapo de franela impregnado de aceite de motor rancio, descansaba una lata metálica de galletitas Canale. Tenía la litografía oxidada en las esquinas y la tapa pegada por los años. La abrí haciendo palanca con el cuchillo.

Dentro no había plata ni cartas de amor. Había una libreta de hule negro con espiral oxidado: la bitácora de viajes de mi padre del año 1998. Páginas y páginas escritas con su letra apretada de zurdo, anotando horas de salida, kilometrajes y direcciones en Dock Sud, Lanús y Pompeya. En los márgenes, con tinta roja de bolígrafo gastado, había números de patentes tachados y sumas en pesos que no coincidían con la tarifa legal del reloj.

Y debajo de la libreta, un fajo de talones amarillentos de cartas certificadas enviadas desde una sucursal del Correo Argentino en San Telmo hacia una casilla postal de Colonia del Sacramento.

Dora entró al taller trayendo la plancha apagada. La apoyó sobre el salvamanteles de chapa con un golpe seco. Clac.

—¿Qué hacés escarbando en el piso? —preguntó, con una calma que me dio más miedo que un grito.

Le mostré la libreta abierta en una página donde se leía una dirección de un depósito fiscal de Avellaneda.

—Papá no se fue porque se cansó de nosotras, ¿no?

Dora no se acercó. Se pasó un trapo húmedo por las manos manchadas de grafito y miró la libreta como quien mira un animal atropellado en la vereda.

—La gente que maneja de noche aprende a no mirar por el espejo retrovisor cuando el asiento de atrás viene vacío. Tu padre manejaba para gente pesada del puerto —dijo, con la voz baja y gastada—. Llevaba bultos que no se podían declarar y le pagaban el triple que por llevar señoras al teatro.

—¿Y vos lo sabías?

—Sabía que el día que vinieron a golpear la persiana a las tres de la mañana con un caño de plomo, tu padre se subió al Peugeot y no apagó el motor hasta llegar a la dársena norte para cruzar en el vapor de la madrugada. Me dejó dos rollos de gabardina y la llave de la máquina de coser.

Se quedó en silencio, mirando la marca redonda y oscura que la base caliente de la plancha había dejado en la madera.

—Lo que nunca entendí —agregó, antes de darse vuelta hacia el patio— es por qué tardaste quince años en venir a hacer las preguntas.

Fin del Episodio 2 · de 4

La madera que no asienta

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