El peso del percal
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El colectivo 29 me dejó en la esquina de Defensa y Carlos Calvo cuando todavía no eran las siete.
A esa hora, San Telmo tiene un olor particular que no cambia con los años: una mezcla espesa de panadería recién abierta, meada de perro en las esquinas de adoquín y ese vapor agrio del gasoil que los motores viejos van soltando en las bocacalles. Lloviznaba una miseria fina que no alcanzaba para abrir el paraguas pero te empapaba el cuello del tapado en diez cuadras.
Arrastré las dos valijas por la vereda angosta esquivando las baldosas flojas. Una de las ruedas se había trabado en la terminal de Retiro y sonaba como un quejido seco contra la piedra. Crack, crack, crack. Parecía un metrónomo marcando la cuenta de todo lo que me había salido mal en quince años de cruzar el mar para hacer teatro independiente en salas frías de Lavapiés donde al final de la temporada solo te quedaban tres aplausos de cortesía y una intimación de desalojo pegada en la puerta con cinta de embalar.
El portal del caserón seguía pintado de ese verde petróleo que mi padre eligió antes de que naciera mi hermano menor, allá por los ochenta. La cerradura estaba oxidada por la humedad que sube del río y tuve que forcejear con la llave de paleta tres veces hasta que el cerrojo cedió con un chasquido pesado. El zaguán olía a lavandina barata, a encierro y a ese polvo manso de las telas apiladas durante décadas sin que nadie las sacuda.
Una casa vieja nunca te pregunta por qué tardaste tanto en volver; simplemente te cobra el alquiler del silencio.
Y ahí estaba el taller.
Nada se había movido de lugar, o casi nada. La mesa de corte de pinotea maciza, llena de cicatrices de trincheta y marcas de tiza sastre desvanecidas. Los rollos de percal, popelina y gabardina apretados en las estanterías de hierro hasta doblar los estantes. Los maniquíes descabezados con las espaldas clavadas de alfileres oxidados que parecían vértebras de metal. En el rincón, sobre un banquito de mimbre, la radio Spica a pilas transmitía un tango lejano ahogado entre frituras de estática.
Mi madre apareció por el corredor con una bata de franela cuadrillé que recordaba desde la secundaria. Llevaba los lentes de marco de carey colgando de un cordón de lana negra sobre el pecho y sostenía una tijera de entresacar en la mano derecha, como si la estuviera usando para defenderse de una visita indeseada.
—Dejaste la puerta entreabierta —dijo, sin acercarse.
No me dio un abrazo. No me preguntó si el viaje había sido largo ni si tenía hambre. Se quedó parada bajo el dintel descascarado, mirándome los zapatos mojados y el dobladillo descosido del pantalón.
—El cerrojo no traba bien, mamá —respondí, dejando caer la valija más pesada sobre el piso encerado.
—Traba perfecto si no lo empujás como una bestia. Tu padre tenía la misma manía de tirarle todo el peso del hombro.
Fue la primera vez que lo nombró. Treinta segundos en la casa y el fantasma ya estaba sentado en el medio de la habitación.
Puso la pava de aluminio en el fuego chico de la cocina. El aro de gas azul tardó en prender, tosiendo una llamarada amarilla que manchó el azulejo de hollín.
Nos sentamos a la mesa de fórmica verde del patio cubierto. Sacó del aparador un paquete de galletitas de agua abierto y un tarro de dulce de batata que tenía la superficie cubierta por una costra dura y azucarada. Yo me quedé mirando una toalla mojada que alguien —ella, obviamente, porque vivía sola— había dejado olvidada sobre el respaldo de una silla de mimbre. Tenía una mancha de humedad grisácea en el centro y las puntas acartonadas.
—En Madrid dicen que hace frío —comentó ella, mirando fijamente la pava que empezaba a silbar con un sonido ronco.
—Hacía. Cuando me tomé el vuelo ya estaba empezando la primavera.
—El frío de allá no es como este. Este se te mete en las articulaciones y no sale más con nada. Te endurece las manos. A la mañana no puedo enhebrar una aguja número siete hasta que no pongo las muñecas bajo la canilla de agua caliente.
—Podés dejar de coser vestidos ajenos, mamá. Ya tenés edad para jubilarte del todo.
Dora me miró por encima de los anteojos. Tenía los ojos claros, del color del agua estancada en las fuentes de plaza, y las cejas tan finas que parecían dibujadas con un lápiz gastado.
—¿Y de qué querés que viva? ¿Del aire que mandás en las postales? ¿O de las obras esas que hacías donde la gente se desnudaba para hablar de la soledad?
No respondí nada.
Qué sé yo. A veces una cruza diez mil kilómetros pensando que tiene un argumento ensayado para cada reproche y en cuanto te sirven un té en una taza cascada en el borde te das cuenta de que todos los parlamentos del mundo no alcanzan para tapar el ruido de la pava.
Dora sirvió el agua en dos tazas desparejas. El saquito de té flotó como un corcho seco hasta que lo hundió con la cuchara de alpaca golpeando el borde tres veces. Tac, tac, tac.
—Tu habitación está como la dejaste —dijo después de un trago largo—. Salvo que metí seis piezas de lienzo crudo arriba del colchón porque en el taller ya no me entra un alfiler. Si las vas a mover, hacelo con cuidado. El polvo mancha enseguida.
Se levantó sin esperar a que terminara y fue directo hacia la máquina Singer del fondo. El motor eléctrico zumbó dos veces con desgano antes de arrancar.
Afuera, la lluvia empezó a golpear más fuerte contra las chapas de zinc del tinglado.
Fin del Episodio 1 · de 4
El peso del percal
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