La noche de los telegrafistas ciegos·Episodio 05

El último despacho

~5 min · 907 palabras

Subieron de la galería subterránea cuando las primeras luces del amanecer teñían de un rosa glacial las aristas de granito del cerro Aconcagua. La ventisca había cesado de golpe, dejando el aire tan limpio y cortante que el eco del tren de exploración que subía desde Puente del Inca se escuchaba a tres leguas de distancia, con su resoplido de vapor y el chirrido de los engranajes de cremallera sobre los rieles helados.

En la sala de operaciones, el receptor Morse número dos había dejado de chasquear. La rotura del tendido exterior provocada por la última ráfaga del temporal había dejado la línea abierta al vacío, en un silencio absoluto que la estufa de fundición llenaba con el crepitar de los leños de piquillín.

Balboa permanecía inmóvil junto a la ventana, con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón y la mirada perdida en las laderas blancas donde el sol empezaba a fundir la escarcha de los postes de telégrafo.

—Hay que dar parte a la superintendencia de Mendoza —dijo Balboa con voz apagada—. Informar del hallazgo legal en la bóveda, llamar al juez de paz de Uspallata y entregar los despachos del archivo militar.

Julián se sentó frente a la mesa de lapacho. Conectó una batería seca de linterna al manipulador de bronce y apoyó los dedos en el pomo de madera.

No esperó instrucciones de la compañía ni la llegada del tren de carga. Golpeó la palanca con la firmeza serena de quien ha pasado seis inviernos escuchando el sufrimiento del mundo a través de un hilo de metal. Transmitió en el código antiguo, con la cadencia pausada de los destacamentos de frontera, tres toques secos de confirmación y el número de estación de La Cumbre: Recibido despacho del Batallón Cuarto. Novedades asentadas en el libro mayor. Guardia relevada a las 06:00 del 18 de julio. Pueden romper filas.

Desconectó los bornes del circuito militar y guardó la tira de papel carbón en la carpeta de cuero de su maletín de viaje. Afuera, la campana de bronce del andén sonó dos veces anunciando la llegada de la máquina de vapor, cuyo silbato rasgó la quietud del valle con una nota limpia y redonda que espantó a los cóndores del peñasco.

Julián se levantó, tomó su bastón de fresno y caminó hacia la puerta. Al abrirla, el sol de la cordillera le golpeó la cara con una tibieza renovada, recordándole que no hay noche tan oscura ni montaña tan alta que no acabe rindiéndose ante la primera claridad de la verdad.

El sol de la mañana iluminó la sala de telégrafos con una claridad tan viva que Balboa tuvo que entrecerrar los ojos tras las horas de penumbra. La nieve fresca acumulada en las laderas reflejaba la luz con un brillo diamantino, mientras el vapor de la locomotora de cremallera formaba un penacho blanco y denso que subía recto hacia el cielo azul cobalto de la cordillera.

Julián permaneció sentado frente a la máquina Remington, pasando las yemas de sus dedos sobre las líneas en relieve del acta que acababa de transcribir. No había rencor en su rostro ni en sus movimientos; había esa serenidad inquebrantable de los hombres que viven en el silencio y saben que la justicia no depende de las medallas de los desfiles, sino de la fidelidad con que la verdad queda escrita sobre el papel.

Balboa firmó el documento al pie de la página con una mano que ya no temblaba. El viejo jefe de estación dobló la hoja con cuidado reverente y la introdujo en el sobre oficial con lacre rojo de la superintendencia. Sabía que su apellido perdería la pensión de honor y que el retrato de plata de la sala de su casa bajaría de la pared, pero por primera vez en sesenta años la memoria de su sangre volvía a ser limpia como el agua del glaciar.

—El tren ya está en el cambio de agujas, muchacho —dijo Balboa, tocándole suavemente el hombro con la palma abierta—. Vamos a entregar el despacho al comisario de a bordo. Es hora de que La Cumbre vuelva a ser una estación de ferrocarril y no un cementerio de bronce.

Cuando la máquina de vapor del trasandino se detuvo en el andén con un resoplido inmenso de vapor y agua caliente, el jefe de tren bajó con su cartera de cuero bajo el brazo y la gorra de paño calada hasta las cejas. Al ver a Balboa y a Julián de pie en el umbral con el sobre lacrado de la superintendencia y las dos mantas militares dobladas sobre el mostrador, comprendió de inmediato que esa mañana no se trataba de una demora ordinaria por nieve.

El silbato del tren volvió a sonar, despidiendo un eco limpio que rodó por el valle hasta perderse en los desfiladeros de Uspallata. Julián respiró hondo, dejando que el aire tibio de la caldera y el olor a carbón mineral llenaran sus pulmones.

El sol de la mañana entibió los tablones de pino del andén y levantó la escarcha de la noche en penachos de vapor blanco. Julián se quedó de pie junto a la vía, con el bastón de fresno clavado en la grava, escuchando cómo las ruedas del tren de la mañana mordían la cremallera de la cumbre. Detrás de él, en el cobertizo, los tres receptores callaban. Por primera vez en seis años, a medianoche nadie iba a dictarle un nombre.

Fin del Episodio 5 · de 5

El último despacho

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