La confesión del abismo
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Descendieron por la trampilla del piso que daba a la galería de mantenimiento de la estación. Balboa llevaba una linterna de carburo que silbaba despidiendo un resplandor blancuzco y un olor denso a acetileno; Julián avanzaba un paso por delante, guiándose con la punta de su bastón de fresno contra los muros húmedos de la bóveda subterránea.
El suelo estaba cubierto por una capa de barro helado que crujía bajo las botas. Al llegar al fondo de la galería, el haz de carburo iluminó la reja de hierro forjado empotrada en el arco de medio punto. Las barras estaban cubiertas de una costra rojiza de óxido y las bisagras aparecían selladas con gruesos cordones de plomo derretido.
Detrás de los barrotes, en una hornacina excavada en la toba volcánica, descansaba un mueble de caoba de campaña militar: un receptor de cinta de tinta Morse con mecanismo de relojería, conectado a dos recipientes de vidrio de batería Daniel llenos de sulfato de cobre.
La piedra no guarda rencor, pero cuando los hombres la sellan con una mentira, el aire dentro se pudre hasta que alguien rompe el mortero.
El martillo del aparato no se movía por el impulso de un fantasma ni por una fuerza esotérica: el cable militar exterior, tensado por la nieve acumulada en la ladera alta, actuaba como una cuerda de arpa gigante. Cada vez que la ventisca tiraba del poste en la cumbre, la deformación elástica del alambre abría y cerraba un ruptor mecánico de péndulo inventado por los zapadores para transmitir avisos de derrumbe de forma automática.
Pero había algo más. Sobre la mesa de caoba, junto al rollo de papel amarillo cubierto por cincuenta años de polvo y moho, descansaban dos esqueletos humanos vestidos con los restos andrajosos de uniformes militares de paño azul con botones dorados de la Confederación.
Balboa cayó de rodillas sobre el fango helado, con la linterna temblando en su puño.
—No huyeron con la caja de caudales —susurró el anciano con lágrimas que se congelaban sobre sus arrugas—. Los encerraron aquí para no pagarles el jornal de la campaña. Mi abuelo no cobró una pensión de gloria; lo tapiaron vivo para que el intendente de la frontera se quedara con los títulos de las tierras del valle.
Julián se acercó a la reja. Extendió el brazo entre dos barrotes oxidados y sus yemas tocaron la tira de papel que colgaba de la rueda de arrastre del aparato. Con la extrema delicadeza de quien lee las cartas de un ciego en el silencio de una biblioteca, leyó el relieve de los últimos puntos perforados en la cinta antes de que el reloj de cuerda se detuviera para siempre en el invierno de 1868: Llegamos a la roca madre. No hay salida hacia el este. Digan en el pueblo que cumplimos la guardia hasta que se apagó la lumbre.
La bóveda subterránea olía a piedra caliza húmeda, a cera de abeja rancia y a la salmuera seca de las baterías de sulfato. A medida que avanzaban hacia el fondo de la galería, el haz blanco de la linterna de carburo recortaba en las paredes los antiguos grafitis trazados con carbón de leña por los soldados de la guarnición de 1868: cruces de calvario, nombres de muchachas de los valles bajos y calendarios de días tachados con un clavo de herradura.
Julián no necesitaba la luz para comprender la tragedia que había tenido lugar en esa estancia sellada. El suelo conservaba las huellas endurecidas en el barro seco de los intentos desesperados por excavar una salida hacia la galería de ventilación: marcas de uñas, surcos abiertos con bayonetas melladas y cuñas de madera astilladas contra el mortero romano que los albañiles del ferrocarril habían vertido con soplete sobre la reja.
Los dos uniformes azules conservaban aún los cordones de lana roja en las hombreras que distinguían a los tiradores de vanguardia. Entre los dedos descarnados de una de las manos esqueléticas, apoyada sobre la caja de madera del manipulador de telégrafo, brillaba una medalla de plata de la virgen del Carmen, doblada por la mitad por la mordedura de los dientes en el momento de la asfixia.
—No los enterraron —dijo Julián en un susurro que no admitía consuelo—. Los dejaron aquí sentados con la llave en la mano para que siguieran transmitiendo las órdenes del general mientras los oficiales cruzaban el paso con las mulas cargadas de oro. La línea nunca se cortó, don Balboa: simplemente esperó a que alguien bajara a escuchar el final de la guardia.
Balboa tomó la linterna de carburo y la acercó a los rostros de los dos soldados caídos. El frío perpetuo de la montaña había desecado los tejidos sin descomponerlos, conservando los rasgos de los rostros con la rigidez de máscaras de cuero marrón. Uno de ellos, el más joven, conservaba un crucifijo de madera de boj apretado entre los dientes; el otro, un hombre maduro con galones de cabo primero en las mangas deshilachadas, tenía el brazo extendido hacia el conmutador de la batería como si hubiera intentado enviar un último punto antes de expirar.
—Este es Varela —dijo Balboa con un susurro quebrado—. Su viuda lavaba ropa en la acequia de mi madre cuando yo era un chiquillo. Decían que su marido se había escapado a Chile con una cantinera del ejército. Cuarenta años lavando sábanas ajenas mientras su marido estaba aquí arriba, enterrado como un perro bajo las tablas de mi oficina.
Fin del Episodio 4 · de 5
La confesión del abismo
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